sábado, 25 de abril de 2009

Progre-pijos


Antes del almuerzo privado en La Moncloa, la mujer del presidente francés, Nicolas Sarkozy, visitará el museo Reina Sofía con Sonsoles, la esposa de Zapatero. Después almorzarán juntas. Por favor, ninguna ha ganado las elecciones!!! ... y son portada en la prensa proge-pija. Como en el fascismo más tradicional.

¡Si Marx levantase la cabeza!!! Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, proponen la enseñanza pública y llevan a sus hijos a colegios privados, especialmente en Estados Unidos.Los restaurantes que frecuentan,... ¡un pastón! No hablemos de sus coches, sus casas, su personal doméstico, su tren de vida, su salario, ... Se agarran a la teta del poder y no la sueltan,... aunque arruinen la nación (antes llamada España).

La crisis, la deflación,... y los progres en plan capitalista. ¡Quien los ha visto y quien los ve!,... Comed y bebed, que mañana,... (no es la primera vez os pasa por glotones), dejad algo para el pueblo. Pero claro, con el Pueblo, para el Puelo,... pero sin el Pueblo (no sea que moleste).
Félix Velasco

viernes, 24 de abril de 2009

Aido = yogurcito


El mismo día en el que se ha conocido que la cifra de paro alcanza ya ha cuatro millones de personas y que 2.670 familias enteras se quedan diariamente sin empleo, la ministra Aído ha dicho que "España es un país de colores".
¡Más tonta y no nace! Alguna mujer inteligente tiene que haber en el Partido Socialista Español para encontrar el útero. Que por cierto, ya no es ni socialista, ni obrero, ni español
¡Viva la diferencia!!!! Esta individua no se ha enterado que todos somos diferentes. Sólo las ovejas Dolly clonadas on iguales, pero que las personas, libres y responsables somos únicos e irrepetibles.
¡Dimite y déjanos en paz!!! Tu ministerio es un gasto innecesario. No pretendas aborregarnos, ¡no hay un solo ser humano igual!!! La grandeza de la Humanidad es su diferencia, no pretendas clonarnos.
Y si no entiendes que hombres y mujere son diferentes, vuelve a matricularte en el colegio, es de básica. ¡Qué bien, todos somos diferentes!!!
Félix Velasco

Sobre mochilas y supervivencia


Dentro del plan general de protección civil, el ayuntamiento de Madrid recomienda tener preparada una mochila de supervivencia a la que recurrir en caso de catástrofe: una especie de equipo familiar con medicamentos, documentación, teléfono, radio, agua, botiquín y demás elementos que permitan tomar las de Villadiego. Y la idea parece razonable. Por lo general nos acordamos de Santa Bárbara sólo cuando truena; y entonces, con las prisas y la improvisación, salimos en los telediarios de cuerpo presente y con cara de panoli, como si el último pensamiento hubiera sido: «A mí no puede ocurrirme esto». Y la verdad es que nunca se sabe. Yo, por lo menos, no lo sé. La prueba es que a los cincuenta y siete tacos sigo yendo por la vida –aunque a veces sea con Javier Marías y de corbata, expuesto a la justa cólera antifascista– con el antiguo reflejo automático de mi mochililla colgada al hombro, y en ella lo imprescindible para instalarme en cualquier sitio: una caja de Actrón, cargador del móvil, libros, gafas para leer, kleenex, jabón líquido, una navajilla multiuso, lápices, una libreta de apuntes pequeña y cosas así.
Al hilo de esto, se me ocurre que tampoco estaría mal disponer de una mochila para evacuación rápida nacional, siendo español. Algo con lo que poder abrirse de aquí a toda leche, como el Correcaminos. Mic, mic. Zuaaaaas. A fin de cuentas, si de sobrevivir a emergencias se trata, los españoles vivimos en emergencia continua desde los tiempos de Indíbil y Mandonio. La mejor prueba de lo que digo es que algunos de los lectores potenciales de esta página no tienen ni puta idea de quiénes fueron Indíbil y Mandonio. Y no me vengan con que soy un cenizo y un cabrón, y que lo de la mochila es paranoia. Hagan memoria, queridos amigos del planeta azul. La historia de España está llena de momentos en que el personal tuvo que poner pies en polvorosa sin tiempo de hacer las maletas. Con lo puesto. Eso, los que tuvieron la suerte de poder salir, y no se vieron churrasqueados en autos de fe, picando piedra en algún Valle de los Caídos o abonando amapolas junto a la tapia del cementerio.
De manera que, inspirado por la iniciativa de Ruiz-Gallardón, convencido como estoy de que un pesimista sólo es un optimista razonablemente informado, he decidido aviarme un equipo de supervivencia español marca Acme, que valga tanto para salir de naja en línea recta hacia la frontera más próxima como para quedarme y soportar estoicamente lo que venga. Que viene suave. Para eso necesito una mochila grande, porque a mi edad hay ciertas necesidades. Pero más vale mochila grande que discurso de ministro, como dijo –si es que lo dijo, cosa que ignoro en absoluto– Francisco de Quevedo.
Cada cual, supongo, sobrevive como puede. Mi equipo de emergencia –Ad utrumque paratus, decía mi profesor don Antonio Gil– incluye un ejemplar del Quijote, que para cualquier español medianamente lúcido es consuelo analgésico imprescindible. También hay unas pastillas antináusea que impiden echar la pota cuando te cruzas en la calle con un político o un megalíder sindical, y una pomada antialérgica –buenísima, dice mi farmacéutica– para uso tópico en miembros y miembras cuando las estupideces de feminazis analfabetas producen picores y sarpullidos. También tengo un inhibidor de frecuencias japonés, cojonudo, que impide sintonizar cualquier clase de tertulia política radiofónica o televisiva, un cedé de Joaquín Sabina y media docena de chistes contados por Chiquito de la Calzada, una foto de Ava Gardner, otra de Kim Novak, los deuvedés de Río Bravo, Los duelistas, Perdición y El hombre tranquilo, la colección completa de Tintín, una resma de folios Galgo –o podenco, me da igual– y una máquina de escribir Olivetti de las de toda la vida, que siga funcionando cuando algún gángster amigo de Putin compre Endesa, o toda la red eléctrica, tan antinucleares nosotros, se vaya a tomar por saco. Por si la supervivencia incluye poner tierra de por medio, también tengo una lista de librerías de Lisboa, Roma, París, Londres, Florencia y Nueva York, el número de teléfono de Mónica Bellucci, un jamón ibérico de pata negra y una bota Las Tres Zetas llena hasta el pitorro, una bufanda para poder sentarme en las mesas de afuera de los cafés de París, los documentos de Waterloo de mi tatarabuelo bonapartista, su medalla de Santa Helena y las que me han dado a mí los gabachos, a ver si juntándolo todo consigo convencer a Sarkozy y me nacionalizo francés. De paso, con el pasaporte y la American Express, meteré en la mochila una escopeta de cañones recortados, un listín de direcciones de fulanos con coche oficial y una caja de tarjetas de visita hechas con posta lobera. Sería indecoroso irme tan lejos sin dar las gracias. Compréndanlo. Por los servicios prestados.

Arturo Pérez-Reverte

Cursis de ahora y de siempre


Suele decir el veterano y respetabilísimo Carlos Castilla del Pino, buen amigo y excelente compañero de la Real Academia Española, que toda cursilería es una forma de impostura, y que detrás de cada cursi se oculta un canalla o un embustero. El otro jueves se lo oí decir de nuevo, y me quedé con la copla, que resulta especialmente adecuada en los tiempos que corren. No sé si el espíritu será exacto o no; aunque, como prestigioso psiquiatra que es, Carlos tiene mi confianza, pues conoce el paño. Por no salir de la RAE ni de su diccionario, de las tres acepciones que tiene esa palabra, quizá mejorables –y en eso andamos–, las más significativas son las dos primeras: «que presume de fino y elegante sin serlo», y, dicho de una cosa, que «con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto». Pero los tiempos cambian, y la gente con ellos; o tal vez sea la gente la que termina cambiando los tiempos. El caso es que, habiendo como hay todavía cursis de los de toda la vida, ortodoxos y de pata negra, y habida cuenta de que el término `elegante´ no es el que mejor define los modos, maneras y aspiraciones actuales, la palabra `cursi´ –las palabras también están vivas y evolucionan– se interna con nosotros en el siglo XXI, enriqueciéndose con nuevas connotaciones y variantes. Ampliando su territorio semántico, por decirlo también de un modo a juego, o sea, cursi. Su polivalencia. Eso ocurre en todas partes, claro. Y en España, para qué les voy a contar.

Lo que más se ajusta hoy a la versión moderna de cursi es, en mi opinión, lo políticamente correcto. Aquello que, con apariencia de puesto al día y buen rollito, resulta ridículo y de mal gusto en boca de un fulano que presume, sin serlo y alardeando de ello, de abierto, de puesto al día, de yupi-yupi chicos, de tener todo el día a Pepito Grillo, a Bambi y al borreguito de Norit sentados en el regazo. Y digo que presume sin serlo, porque no me cabe en la testa que alguien con dos dedos de frente –los tontos ya son otra cosa– pueda ser, en el fondo de su corazón, tan sincera y rematadamente gilipollas. Un ejemplo de esto, tomado al buen tuntún, es una reciente circular de la comisión de coeducacion (sic) del Centro del Profesorado de Málaga, que tras encabezar «Estimados compañeros y queridas compañeras» –a cada cual lo suyo, queridas ellas y estimados ellos–, se dirige, en sólo veinte líneas, a «a vosotros y vosotras» y «a todos y a todas», por si están «interesados o interesadas». Dejo al criterio del lector establecer si los firmantes del asunto –un pavo y dos pavas con nombres y apellidos– se creen de verdad lo del estimados y queridas, si se trata de cursis en el sentido clásico o moderno del palabro, o si son, simplemente, tontos de remate.

Y es que en lo cursi posmoderno, o como se diga, el problema reside en que no siempre resulta fácil distinguir. Establecer, por ejemplo, si la bonita anécdota de los juegos de guerra de los ejércitos norteamericano y español puede ser calificada de cursi a secas o entra en el terreno de la imbecilidad absoluta. Las fuerzas armadas gringas tienen un juego llamado American’s Army que desarrolla un programa de combate útil como simulador y entrenamiento de acción bélica rural o urbana. Por su parte, las fuerzas armadas españolas colgaron hace algún tiempo en la red un juego de estrategia cuyo título no adivinarían ustedes por más vueltas que le dieran: Misión de paz –sabía que no lo adivinarían nunca–, a base de reconstrucción y reparto de ayuda humanitaria; que, como todo el mundo sabe, es la razón intrínseca de cualquier soldado. Y no me digan ustedes que esa bella, amable, conmovedora imagen de los soldados y soldadas españoles y españolas desfilando marciales y marcialas con las cartucheras y cartucheros llenas y llenos de Frenadol, tiritas y biberones, camino de Afganistán con la cabra de la Legión disfrazada de Beba la enfermera, no merece un huequecito en la futura edición del diccionario de la lengua española. O dos.

Afortunadamente, lo cursi de toda la vida también sigue ahí, dando solera ortodoxa al invento. Aunque surjan, al compás moderno, nuevas formas de entender el asunto, la cursilería clásica se mantiene tradicional como ella sola, inasequible al desaliento. Con vista al frente y paso largo, haciéndonos pasar buenos ratos echando pan a los patos. Vean, si no, lo que escribe un lector bilbaíno, ebrio de santa cólera después de haber leído en esta página pecadora la frase –rotundamente laica– `dar un par de hostias´: «Ante la reiterada y continua vulneración de los más elementales principios de respeto a la fe cristiana de los lectores, pisoteando, mancillando, agraviando y ultrajando a la Sagrada Eucaristía con su léxico blasfemo, irreverente, procaz y grosero, ruego sean subsanados y reparados hechos y situaciones de este cariz y contexto».

Arturo Pérez-Reverte

miércoles, 22 de abril de 2009

Tú que puedes, vuélvete


Soñé que el río me hablaba
Con voz de nieve cumbreña
Y dulce, me recordaba
Las cosas de mi querencia.

Tu que puedes, vuélvete
Me dijo el río llorando
Los cerros que tanto quieres
-me dijo-
allá te están esperando.

Es cosa triste ser río
Quién pudiera ser laguna
Oír el silbo del junco
Cuando lo besa la luna.

Qué cosas más parecidas
Son tu destino y el mío
Vivir cantando y penando
Por esos largos caminos.
Atahualpa Yupanqui

De alguna manera


De alguna manera
tendré que olvidarte,
por mucho que quiera
no es fácil, ya sabes,
me faltan las fuerzas,
ha sido muy tarde
y nada más, y nada más,
apenas nada más.

Las noches te acercan
y enredas el aire,
mis labios se secan
e intento besarte.

Qué fría es la cera
de un beso de nadie
y nada más, y nada más,
apenas nada más.

Las horas de piedra
parecen cansarse
y el tiempo se peina
con gesto de amante.

De alguna manera
tendré que olvidarte
y nada más, y nada más,
apenas nada más.
Luis Eduardo Aute

Rosas en el mar


Voy buscando un amor
que quiera comprender
la alegría y el dolor,
la ira y el placer,
un bello amor sin un final
que olvidé para perdonar.

Es más fácil encontrar
rosas en el mar.
Rosas en el mar.

Voy buscando la razón
de tanta falsedad.
La mentira es obsesión
y falsa la verdad.

Qué ganarán, qué perderán,
si todo esto pasará.
Voy pidiendo libertad
y no quería oír.

Es una necesidad
para poder vivir.
La libertad, la libertad,
derecho de la humanidad.

Luis Eduardo Aute

Canción de amor para mi patria


Será porque me dueles,
será porque te quiero,
será que estoy segura que puedes
llenarme de palomas el cielo.

Será porque quisiera que vueles,
que sigue siendo tuyo mi vuelo.

Será que estás en celo
velando la alborada
o acaso acumulando desvelos
por dudas largamente acunadas.

Tan sólo se levanta del suelo
el que del todo extiende sus alas.

Amada mía,
querida mía,
¡ay patria mía!
de tumbo en tumbo,
se pierde el rumbo
de la alegría.

Vamos arriba,
que no se diga
que estás llorando,
que tus heridas
mal avenidas
se irán curando.

Defiende tu derecho a la vida
y juntas seguiremos andando.
Será que ya no quieres
sufrir mas desengaños
que vives levantando paredes
por miedo a que la luz te haga daño.

Si ya no vienen llenas tus redes,
tampoco hay mal que dure cien años.

Quizás en apariencias
te alejas o me alejo,
el caso es que sufrimos de ausencia
con un dolor ambiguo y parejo.

Amor no significa querencia,
también se puede amar desde lejos.
Alberto Cortez

martes, 14 de abril de 2009

Corazón Valiente


¡Yo soy William Wallace! Y estoy viendo a un ejército de paisanos míos, aquí reunidos contra la tiranía. Habéis venido a luchar como hombres libres. ¡Y hombres libres sois!. ¿Qué haríais sin libertad? ¿Lucharéis? Luchad y puede que muráis. Huid y viviréis. Un tiempo al menos. Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, ¿no estaréis dispuestos a cambiar todos los días desde hoy, por una oportunidad, solo una oportunidad de volver aquí a matar a nuestros enemigos? Pueden que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán ¡¡la libertad!

William Wallace (Mel Gibson) en la película Braveheart

Utamawarimashita


Palabra japonesa, que según cuenta Manuel Leguineche en el libro Recordad Pearl Harbor es lo que le respondió el jefe de protocolo del Palacio Imperial de Tokio cuando solicitó una entrevista con el emperador.
La traducción literal de tan complicada palabra podría ser “Haremos todo lo posible por complacer su honorable deseo”. Es la forma japonesa de decir no. Hay pueblos a los que les cuesta negar algo.

Félix Velasco

viernes, 10 de abril de 2009

Los Hombres de Harrelson

La culpa y el desencanto


Un obsesivo sentimiento de culpa ha perseguido a la ideología progresista de Occidente desde que éste es éste y desde que aquélla es aquélla. Pertenecer a cualquier país occidental, ser blanco y no haber nacido o crecido en el seno de alguna clase oprimida por la pobreza más extrema ha significado, para los miembros de la izquierda europea más sectaria, cargar con el peso de una culpa intraspasable, insufrible, insoportable en términos de conciencia ideológica. Aquellos que han comulgado con la idea de que todos los males sociales han sido siempre debidos a la desigualdad y al racismo son los mismos que han considerado que todo delito no es más que consecuencia de la pobreza, que ser británico, por ejemplo, ha sido algo de lo que avergonzarse, nunca de lo que enorgullecerse, y que no ser de otra raza que la dominante es llevar una irrenunciable carga de esa culpa ya descrita. Así lo considera, en un libro de alto valor incendiario entre las conciencias de tal militancia, Andrew Anthony (El desencanto, Planeta 2009). Anthony es columnista de The Guardian, la biblia progresista de los británicos, y viene a resumir en un ágil y sarcástico relato personal el trasiego ideológico que supuso su vida desde la caída del muro hasta el atentado de las Torres Gemelas del 11-S, en el que estuvo a punto de perder a su mujer. Anthony relata cómo no ponía en duda que, aunque todas las culturas no tenían el mismo valor, no se podía censurar ninguna excepto, por supuesto, la occidental, la cual había que condenar siempre que se presentase la ocasión. También era de los que estaban convencidos de que Israel era la causa de la mayor parte de los problemas de Oriente Próximo y que los Estados Unidos fueron desde la conclusión de la Segunda Guerra Mundial el principal factor de desequilibrio del mundo. Probablemente formó parte de la indisimulada grey de comentaristas e intelectuales que sentían una secreta admiración por los países comunistas. Es sabido que la tradición progresista europea (y parte de la americana) concedía al bloque soviético y a China el beneficio de la duda, mientras reservaba para USA un juicio implacable y sin atenuantes. Estos días en los que se está juzgando a miembros de segunda fila del régimen asesino de Pol Pot en Camboya, viene a cuento recordar cómo Noam Chomsky, el que pasa por ser el intelectual de más peso e influencia en el mundo, regañaba en un ensayo publicado en 1977 a los que declaraban que se estaba produciendo un genocidio en aquel país. Millones de personas habían sido asesinadas cuando se reeditó el libro, pero a Chomsky –como a Hildebrant, como a Gareth Porter– no le pareció oportuno reconsiderar su venenosa invectiva. Es un ejemplo.

Alan Finkielkraut, filósofo francés de no poca trascendencia, ha tildado el afán de culpa de los progresistas occidentales de «narcisismo penitente». Considera Anthony que la ansiedad por hallar una respuesta apropiada al fracaso del comunismo también podría clasificarse dentro de la misma rúbrica: para una franja dominante del pensamiento progresista, si el culpable no es Occidente, casi por definición no puede haber delito. Algunos de los que superaron ese síndrome de permanente culpabilidad lo hicieron el día que hubieron de reconocer a regañadientes que, una vez caído el muro, eran los orientales los que corrían hacia Occidente y no al contrario. Comenzó un desencanto, en algunos casos lleno de honestidad, que poco a poco permitió cuestionarse dogmas intocables hasta el momento. El resto de ellos pudo desaparecer el día en que inocentes de todas nacionalidades, razas, edades y condición perecieron víctimas de los ataques suicidas de Nueva York y Washington. Y Londres. Y Madrid. Con todo, aún proliferan los que creen que la culpa la tienen los gobiernos de esos tres países –qué decir de Aznar y su responsabilidad ‘incuestionable’ en la muerte de doscientas personas en Atocha–. Como concluye Anthony su libro: «Pensar después del 11-S que la principal amenaza para la democracia procede de gobiernos democráticos es un lujo que sólo pueden permitirse los fantasiosos, los hipócritas y los ingenuos incurables. Los demás debemos enfrentarnos a la realidad con todas sus consecuencias».

En ese punto nació su desencanto y comenzó a desmontar sus prejuicios, los que le hicieron creer a pies juntillas en la pureza ideológica de los sandinistas o en la saludable oxigenación social que suponía el multiculturalismo. Ha sido extraordinariamente honesto escribiendo este libro demoledor que les aconsejo vivamente.

Carlos Herrera

Quevedo llama coja a la reina


En una ocasión, nuestro incomparable Quevedo apostó con sus amigos una suma de dinero a que era capaz de ridiculizar a la reina (Doña Isabel, esposa de Felipe IV) su regia cojera. Al poco tiempo, fue invitado a una recepción de Palacio. Quevedo se presentó con dos bellas flores, una rosa y un clavel. Al acercarse a la reina, la entregó ambas diciéndo: "Entre el clavel y la rosa, Su Majestad escoja”. Ganó la apuesta.

El propio Quevedo también tenía un problema en el pie que le obligaba a cojear levemente. Se dice que esta anécdota llegó a oídos del propio rey quien, molesto, intentó “devolverle” a Quevedo la jugada. Felipe IV le llamó a audiencia y le solicitó que le compusiera algún verso improvisado en el momento. El autor le pidió un tema sobre el que hacer el verso, diciéndole: “Dadme pie Majestad”.

El rey, aprovechando la frase, y con muy poca fortuna, le alargó la pierna para intentar burlarse del poeta, a lo que éste le respondió: “Paréceme, gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la cabalgadura”.

Félix Velasco

El Señor del Mundo


Leo en estos días, editada con esmero y primor por la Biblioteca Homo Legens, una novela de Robert Hugh Benson que merecería figurar entre las más clarividentes utopías siniestras que jamás se hayan escrito, al lado de 1984 o Un mundo feliz. Sólo que, mientras las obras maestras de Huxley u Orwell nos hablan de pesadillas ya cumplidas –siquiera parcialmente–, la obra de Benson se está haciendo realidad ante nuestros ojos; de ahí que su valor profético sea todavía mayor. La novela de la que hablo se titula Señor del mundo, y retrata una época donde han triunfado el relativismo filosófico, el secularismo a ultranza y el humanitarismo sin Dios; un mundo en el que, en el nombre de la tolerancia, los creyentes son contemplados primero con recelo, luego con franca animadversión, ya por último perseguidos como facinerosos; un mundo, en fin, donde el progreso científico y la adoración del hombre han instaurado un simulacro de paraíso en la tierra, donde la eutanasia es administrada a los enfermos como una medicina benigna y la idolatría política encumbra a un gobernante que promete a los pueblos una era de bienestar infinito. Señor del mundo es una novela sobre los Últimos Tiempos, como quizá ya haya adivinado el lector. Y en los Últimos Tiempos desempeña un papel primordial, según leemos en las Escrituras, la figura del Anticristo, que en el imaginario colectivo suele pintarse con rasgos demoniacos grotescos, como una especie de Nerón redivivo al que adornasen toda suerte de vicios; en lo que se contraviene a los profetas, que siempre anunciaron que el Anticristo aparecería ante los ojos obnubilados de los hombres como una suerte de mesías o salvador de la Humanidad.

En Señor del mundo, Benson desestima las pinturas tremebundas y disparatadas que cierta tradición popular nos ha legado sobre el Anticristo y lo personifica en Felsenburgh, un político extraordinariamente seductor, de apariencia mansa y dialogante, que con discursos llenos de una retórica emotiva, salpimentados de constantes menciones a un reinado de paz en la tierra, logra enardecer a las multitudes, que acaban tributándole el culto reservado a los dioses. Felsenburgh promete al mundo la paz; y desde luego se la da, aunque sea una paz falsa sostenida sobre un orden inicuo. También le promete la solución de los problemas económicos que lo afligen; y desde luego se la da, mediante una simbiosis de capitalismo y socialismo, hasta lograr detener la carestía e instaurar una nueva era de euforia y abundancia, aunque sean la euforia y la abundancia del hormiguero, donde los hombres, bien alimentados y asistidos en sus necesidades, se convierten en infrahombres satisfechos.

Felsenburgh postula una nueva religión, una suerte de cristianismo falsificado caracterizado por la mística de la deificación del Hombre y del Progreso, que pronto tendrá sus seudoprofetas y seudoapóstoles, dispuestos a propagarla hasta los confines de la tierra. Naturalmente, la entronización de esta parodia de religión discurre paralela a la persecución de los cristianos, que en la novela de Benson son ya muy pocos y aparecen a los ojos de las masas embaucadas y cretinizadas como un puñado de delincuentes; una persecución que Felsenburgh no hace al estilo de aquellas sangrientas orgías de los Césares de antaño, sino de forma mucho más aséptica y taimada, envolviéndola de hipocresías cívicas (hoy diríamos «laicistas», para entendernos) que no hacen sino aumentar su prestigio a los ojos de la «opinión pública». En la novela de Benson, la Iglesia es vista como una sociedad totalitaria, artera e inhumana, que aspira al poder mundial y que por lo tanto conviene destruir.

Felsenburgh, en fin, es soberbio, mentiroso y cruel, aunque se finge virtuoso. Instaura un reinado de alegría postiza y exterior que esconde la más aciaga angustia. Es un hipócrita; pero no al estilo burdo del Tartufo de Molière, sino al estilo de los fariseos, que por todo el mundo eran tenidos por santos. También es un orgulloso hinchado de vanidad; pero disfraza esta lacra con los vistosos ropajes de las virtudes estoicas. Felsenburgh promete a sus súbditos una libertad de placeres y diversiones; pero frente a la desesperación no tiene otro consuelo que brindarles sino la eutanasia subvencionada.

Por supuesto, cualquier parecido entre Felsenburgh y los gobernantes contemporáneos es pura coincidencia.

Juan Manuel de Prada

900 euros al mes

El otro día escuché a la ministra de Educación. Me parece que era ella. Y si no, da igual. Sería otra pava que hablaba como la ministra de Educación. Títulos, por cierto, el de ministra y el de Educación, que en España parecen sarcasmos. O que lo son. La oí satisfecha de esto y aquello, goteando agua de limón, encantada de que, gracias a ella y sus colegas, el nivel cultural y educativo de los españoles de España vaya a estar a la cabeza de Europa de aquí a nada, e incluso antes, merced a su buen pulso y a sus previsiones astutas, que tienen rima. Con rutas y con virutas. Después, en el mismo telediario, creo, escuché a un ministro de Economía –por llamarlo de alguna forma– que anda camuflado y con gafas de sol, pese a lo arrogante que era en otro tiempo, después de pasar una larga temporada justificando lo injustificable. Y me dije: hay que ver, Arturete, qué poco trecho va, en esta perra vida, de fulano respetable a ministro, y de ahí a marioneta o sicario. Pero lo que me tocó el trigémino fue que ambos, ministra y ministro, mencionaran a los jóvenes y el futuro, en sus respectivos largues, sin despeinarse. Esos jóvenes llenos de futuro por los que tanto curran. Y se desvelan.

Así que voy a proporcionarles hoy, para facilitar un poquito el desvelo, el retrato robot de uno de esos jóvenes por los que cada día, en los ministerios correspondientes, se rompen abnegadamente los cuernos. Puede valer como ejemplo una de las cartas que me llegaron esta semana: la de una chica de 28 años que trabaja en una tienda de Reus cobrando 900 euros al mes. Con novio desde hace dos años. Un chaval noblote y atento, pero con quien no puede irse a vivir, como quisiera, entre otras razones porque él lleva ya seis meses en el paro; y ella, por su parte, carga en su casa con todo el peso de la economía familiar.

Porque esa es otra. Con la chica viven su padre y su madre. Ésta, enferma de epilepsia, después de trabajar quince años sin que la dieran de alta en la Seguridad Social, no tiene trabajo, ni ayuda, ni pensión; y los setenta euros que se gasta cada mes en medicinas –un hachazo para la mermada economía familiar– tiene que dárselos su hija. Había en casa una cuarta persona, segunda hija, estudiante, que trabajaba cuando podía hasta que también se quedó sin empleo, y tuvo que irse a vivir a casa de su novio, con la familia de éste, porque en su casa una estudiante era una boca más y no había modo de mantenerla.

En cuanto al padre, nos vale también para retrato robot del español medio. Echado a la calle de la empresa donde estuvo veinticinco años trabajando, perdió el juicio, como cada vez, o casi, que un trabajador se enfrenta en solitario a una multinacional. Después tuvo que pagar las costas procesales y la minuta del abogado, y ni siquiera pudo cobrar el finiquito. Ruina total. Tuvo que dejar el piso que ya estaba casi pagado, malvender el camión con el que trabajaba, liquidar letras e irse a vivir a un sitio más modesto, pagando 900 euros mensuales de hipoteca más gastos de comunidad. Al cabo de un tiempo de estar en el paro consiguió, temporalmente, un trabajo de seis días a la semana llevando un tráiler al extranjero, por 1.600 euros mensuales que, descontados seguros, hipoteca, comida, teléfono e impuestos, no alcanzaban a pagar la luz, el agua y el gas. Pero ese dinero lo dejó de cobrar al quedarse de nuevo en paro por la crisis –ésa que no iba a existir, y que ahora sólo durará, afirman, un par de telediarios–. Y resulta, para resumir, que un hombre que ha trabajado toda su vida, desde los catorce años, se encuentra a los cincuenta y tres con que el mes que viene no puede pagar la hipoteca de la humilde vivienda donde se refugió tras perder el primer trabajo y la otra. Porque no tiene los cochinos 900 euros cada mes. Porque resulta que el único dinero que entra en casa, justo esa cantidad, es el que gana su hija: la joven cuyo futuro maravilloso planean con tanto esmero y eficacia la ministra de Educación, el de Economía y el resto de la peña. Y esa chica, con el sueldo miserable que percibe por trabajar ocho horas diarias seis días a la semana, con la casa familiar puesta a su nombre –el padre, comido de embargos, no pudo ponerla al suyo–, tiene ahora la angustia añadida de que, con los tiempos que vienen, o están aquí, en la tienda entra menos gente, y cualquier día pueden cerrarla y ponerla a ella en la calle. Y mientras, mantiene a su padre y a su madre, paga la luz, el agua, el gas y el teléfono, compra comida y lleva un año sin permitirse un libro o un revista, ni ir a un museo –los cobran– ni al cine, ni salir con su novio un sábado por la noche. Porque no puede. Porque no tiene con qué pagarse, a los veintiocho años y con una carrera hecha, trabajando desde hace cuatro, una puta cerveza.

Así que ya ven. Barrunto que la ministra de Educación, y el de Economía, y la ilustre madre que los parió, no hablan de los mismos jóvenes. Ni de la misma España.

Arturo Pérz-Reverte

De presagios


El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.

Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...

A tu alma se iba
por caminos anchos.

Preparé alta escala
-soñaba altos muros
guardándote el alma-
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.

Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma

¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?

Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.
Pedro Salinas

Yo voy soñando caminos


Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy soñando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.

"En el corazón tenía
la espina de una pasión:
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón.
"Y todo el campo un momento
se queda mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece,
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada¡
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada!
Antonio Machado

sábado, 4 de abril de 2009

Palabra de honor


Hubo un tiempo en que los chicos nos pegábamos a la salida del colegio porque, durante el recreo, alguien había puesto en duda nuestra palabra de honor. En aquella época, más ingenua que ésta, de cine con bolsa de pipas, de tebeos del Guerrero del Antifaz, de libros de la colección Historias o Cadete Juvenil –Con el corazón y la espada, Ivanhoe, Quintín Durward, El talismán y cosas por el estilo–, de reyes magos que traían la espada del Cisne Negro, poner el honor como aval de esto o lo otro era un argumento al que algunos recurríamos con cierta soltura. Quizá porque también oíamos esa palabra en boca de nuestros mayores. En cualquier caso, con esa recta honradez que suelen tener los muchachos mientras no crecen y la pierden, algunos solíamos llevar el asunto hasta las últimas consecuencias. Eso solía zanjarse más tarde, fuera de clase para no incurrir en indisciplinas punibles por el hermano Severiano, o su homólogo de turno según el lugar y las circunstancias. Resumiendo: círculo de compañeros, carteras en el suelo, puños y allá cada cual. Zaca, zaca. A veces, al acabar, nos dábamos la mano. A veces, no. De cualquier modo, como digo, eran otros tiempos. Hoy le hablas a un chico de honor y lo más probable es que te mire como si acabaras de fumarte algo espeso. Como mucho, si mencionas esa palabra –«Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo», dice el DRAE– algunos pensarán en rancios lances de capa y espada, en talibanes fanáticos que lapidan a su hija porque se niega a usar burka, o en esa gentuza que de vez en cuando aparece en el telediario diciendo: «Prometo por mi honor cumplir los deberes de mi cargo», etcétera. No hay nada más eficaz para corromper la palabra honor que ponerla en boca de un político: una ministra de Educación, un ministro de Economía, un presidente de Gobierno. Pasados, presentes o futuros, todos ellos, sean cuales fueren sus partidos e ideologías. Igualados en la misma desvergüenza.
Pero no sólo se trata de políticos, ni de jóvenes. Cada sociedad, en cada momento, es lo honorable que llega a ser el conjunto de sus individuos. Las menudas honras, que decían los clásicos cuando ambas palabras, honra y honor, andaban emparentadas, y no siempre para bien. Muchas son las infamias que en todo tiempo se cometieron en nombre de una y otra, como sigue ocurriendo. No hay palabra, por noble que sea, que no deje una larga estela de canalladas perpetradas al socaire. Sin embargo, pese a todo eso y a la lucidez obligada del siglo en que vivimos, a veces lamentas no encontrar con más frecuencia a gente en la que el honor sea algo más que una fórmula equívoca o un recurso demagógico, vacío de sentido. A fin de cuentas, la propia estima, los «deberes respecto del prójimo y de uno mismo», también ayudan a conseguir un mundo mejor y más justo. O a soportar el que tenemos.
Recuerdo una historieta personal que viene al pelo. Ocurrió hace casi treinta años, cuando yo conducía por una carretera del sur de España. Adelanté frente a un cambio de rasante, con el espacio justo para ponerme a la derecha sólo unos palmos antes de la línea continua. En ese momento, una pareja de motoristas de la Guardia Civil coronaba la rasante; y el primero de ellos, creyendo desde su posición lejana que yo había pisado la línea, hizo gestos enérgicos para que detuviese el coche. Paré en el arcén, seguro de que no había llegado a infringir las normas. Se acercó un picoleto joven, corpulento, hosco. Ha pisado usted tal y cual, dijo. Me bastó echarle un vistazo a su cara para comprender que de nada servía discutir. «¿Quién está al mando?», pregunté con mucha corrección. Me miró, desconcertado. «El cabo», respondió, señalando al compañero que había estacionado la Sanglas al otro lado de la carretera. Salí del coche, crucé el asfalto y me acerqué al cabo. Era veterano, bigotudo. «Pagaré la multa con mucho gusto», dije. «Sólo quiero pedirle que antes me permita hacerle una pregunta.» Me miraba el guardia suspicaz, sin duda preguntándose a dónde quería ir a parar aquel fulano redicho que tenía delante. «¿Me da usted su palabra de honor –proseguí– de que me ha visto pisar la línea continua?» Me estudió un rato largo, sin abrir la boca. Al cabo hizo un seco ademán con la cabeza. «Puede irse», respondió. Entonces fui yo quien se lo quedó mirando. «Gracias», dije. Le tendí la mano y él, tras una brevísima vacilación, me la estrechó. Di media vuelta, subí a mi coche y me fui de allí. Fin de la historia.
Y ahora intenten imaginar hoy una situación parecida. «¿Me da usted su palabra de honor, señor guardia?» El motorista revolcándose de risa por el arcén, con el casco puesto. Y luego, con toda la razón del mundo, haciéndome soplar en el alcoholímetro y calzándome tres multas: una por pisar la continua, otra por ir mamado y otra por gilipollas.
Arturo Pérez-Reverte

En una recepción


En una recepcion a Paul Valery, uno de los más ilustres de la líricos contemporáneos, le presentarona a una dama de alta alcurnia que, al saber que era famoso, extrajo su libro de autógrafos y le dijo: "perdóneme...Todavía no he leído ninguno de sus libros. No obstante,me gustaría que me escribiera cualquier cosa en este album". "Encantado,señora", le respondió, y sobre la hoja en blanco Valery anotó todos los titulos de sus obras y sus precios.
Félix Velasco

En cierta ocasion, un aspirante a musico pidio a Wolfgang Amadeus Mozart que le explicara como debia componer una sinfonia. Mozart le contestó: "Eres aun muy joven ¿Porque no empiezas con una balada?" A lo que el intrepido mozo replico: "Vos compusisteis una sinfonia a los 10 años". "Si pero yo no pregunte como se componian", fue la respuesta del maestro.

Félix Velasco

Cambia tú primero

Si cuidas una abeja, habrá más miel en el panal.
Si evitas una injusticia, habrá más justicia en el mundo.
Si cultivas un rosal, habrá más rosas en el jardín.
Si amas, Dios estará más presente en el mundo.
Si siembras un grano de trigo, habrá menos hambre en el mundo.
Si enciendes una vela, habrá más luz en la noche.
Si vives en la verdad, habrá menos mentira en el mundo.
Si cuidas un nido de golondrinas, habrá más golondrinas en primavera.
Si vives en libertad, habrá más libertad en el mundo.
Si enciendes un fuego, habrá más fuego en el invierno.
Si irradias tu alegría, habrá menos tristezas en el mundo.
Si esperas cambiar tú cuando haya cambiado el mundo, morirás sin haber vivido.
Si comienzas cambiando tú, ya estás cambiando el mundo.
No creas que es poca cosa lo que has hecho, si es todo lo que puedes, no estás obligado a más.
Violeta Marni

María Antonieta, siempre correcta


Al mediodía del día 16 octubre de 1793, subía Maria Antonieta, esposa de Luis XVI de Francia, un tramo de escalera cuando tropezó con un hombre. Se volvió hacia él y en tono amable le dijo: “Discúlpeme, acabo de pisarle, no lo hice a propósito”. Era la escalera del cadalso y el hombre en cuestión, el verdugo que iba a guillotinarla. Murió sin haber querido confesarse con el sacerdote constitucional que le habían propuesto. Fue enterrada en el cementerio de la Madeleine, calle de Anjou-Saint-Honoré, con la cabeza entre las piernas. Su cuerpo fue exhumado en 1815 y llevado a Saint-Denis.
Félix Velasco