viernes, 25 de julio de 2008

Sobre imbéciles y champaña


Supongo que se habrán fijado, como yo, en la manía que le ha dado a la gente que gana premios y carreras y cosas así de coger una botella de champaña, agitarla bien para que coja fuerza, splash, splash, y luego regar a la concurrencia con el chorro de espuma, poniendo perdido a todo cristo. Ahora ya no hay Gordo de lotería, ni fiesta de cumpleaños, ni carrera de motos, de coches o de lo que sea, que no termine con espuma de champaña a diestro y siniestro mientras el personal parece encantado de que lo chorreen, yupi, yupi, y todavía pide más, dispuesto a gastarse lo que haga falta en lavandería con tal de participar en la fiesta. Uno, es un suponer, recorre cinco mil kilómetros haciendo el niñato gilipollas en un coche que vale una pasta, y después de atropellar a un dromedario, dos perros y siete negros, llega el primero de vuelta a Madrido a Dakar o a donde le salga de la punta del clarinete, y entonces, para expresar su alegría, al muy imbécil no se le ocurre otra cosa que agarrar un mágnum de cinco litros y poner perdidos a los fotógrafos y a las cámaras de la tele, y a las topmodel pedorras esas que suben al podio para dar el premio y dos besos y siempre sonríen caiga lo que caiga, a la espera de poder contar en Tómbola cómo se lo hicieron con Jesulín, trámite imprescindible para hacerse famosas y enseñar el felpudo en Interviú.
Aunque peor es lo de los premios. Porque el del Gordo que acaba de embolsarse trescientos kilos, para dejarlo claro y que sepan lo contento que está y la marcha que lleva en el cuerpo, entra en el bar de la esquina, invita a los amigos, agarra el Codorniz o el Gaitero, según haya cobrado ya o todavía deba pasar por el banco, y a todos los que no han tenido premio ni han tenido nada y andan por allí cerca blasfemando para su coleto, los salpica con el chorro de espuma para que compartan su alegría, el muy sopla pollas. Y si hay cámaras delante y posibilidad de verse en el telediario, entonces, en vez de agarrar al de la botella e inflarlo a hostias, que es lo natural y lo que antes solía hacerse en tales casos, la gente se ríe, y baila, y se abraza y aplaude al borde del mismo orgasmo, y dice suerte, suerte, que esta espumita trae suerte, y hasta saca a la suegra con un vasito de plástico en la mano para que salga con la permanente chorreando en lo de María Teresa Campos. Los subnormales.
Decía el otro día el gran Manolo Vicent, que es amigo y es marino y es mediterráneo, algo que no me resisto a transcribir literalmente: “No creo que haya existido una época en que los cretinos hayan sido tan apabullantes, ni los tontos hayan mandado más, ni la idiotez haya tratado de meterse como la humedad por todas las ventanas de las casas y los poros del cuerpo”. Y eso es algo rigurosamente cierto. Nunca en la historia de la Humanidad hubo un tiempo como éste, en el que gracias a ese multiplicador perverso de conductas que es la puta tele y sus consecuencias, gracias al mimetismo social que imita hasta el infinito la propia imbecibilidad y nos la devuelve bien gorda y lustrosa, alimentada de sí misma, el ser humano ha alcanzado cotas en apariencia insuperables, pero que demuestra ser capaz de superar día a día.
Hubo otros tiempos, claro, de memez y fanatismo, porque eso va ligado a lo irracional de la condición humana. Hubo, naturalmente, histerias colectivas, epidemias mentales, modas ridículas y todas esas murgas. Pero nunca hasta ahora fue tan rápido el contagio ni tan devastadores sus efectos. Cualquier gilipollez, la más tonta frase, canción, gesto, moda, difundida por la televisión a una hora de máxima audiencia, es adoptada en el acto por millones de personas a quienes uno supone en su sano juicio; y luego te la tropiezas aquí y allá, en todas partes, imitada, superada, desorbitada hasta límites increíbles, machacona y definitiva, cantada, bailada, repetida en el metro, en el autobús, en boca incluso de quienes por su posición o criterio deberían precisamente mantenerse al margen de todo eso. Y así terminas viendo a Clinton bailar Macarena en vísperas de que la OTAN bombardee Kosovo, a un ministro justificando su gestión política con una frase de Gran hermano, a presuntos respetables abuelos de ochenta años bailando los pajaritos en Benidorm, a irresponsables cretinos conduciendo cual si llevasen de copiloto a Carlos Sainz, o a un gilipollas con un décimo de lotería en el bolsillo salpicando a los transeúntes como si estuviera en el podio del Roland Garros, con los salpicados mostrándose felices con la cosa, y locos por que les llegue el turno para hacer lo mismo. Y comprendes que unos y otros no son sino manifestaciones del mismo fenómeno y de la misma estupidez colectiva, que nos tiene a todos bien agarrados por las pelotas. Y miras todo eso y te preguntas, si tú lo ves tan claro, cómo es que no lo ven claro los demás. Hasta que un día, como el padre Damián en Molokai, te miras al espejo y dices: maldita sea mi estampa. También yo he trincado la misma lepra.
Arturo Pérez-Reverte

El bar de Lola

Hoy van a permitir ustedes que vuelva a tomar unas cervezas con un amigo, estavez en el bar de Lola. Ese bar es imaginariosólo hasta cierto punto. Tiene antiguos azulejos en las paredes, un par de barricas de roble que huelen a vino añejo, y dos viejos carteles: anís del Mono y Fundador. Hay otro anuncio en la fachada, también de azulejos, que dice: Nitrato de Chile. En cuanto a Lola, es una belleza morena, cuarentona,ajada pero reteniendo mucho poderío, con esa callada lucidez que dan la vida y los años en la barra de un bar. La clientela es fundamental: borrachines que desayunan vasos de vino o carajillos de Magno a las nueve de la mañana, alcohólicos anónimos sin complejos, trabajadores del puerto, albañiles y fontaneros con bocatas y botellines, y tipos así. Hasta el Piloto asoma de vez en cuando, enciende un pitillo y se toma su caña, silencioso, en un rincón. Por las noches, los fines de semana, el sitio se anima con jóvenes que van de vinos y coexisten pacíficamente con la parroquia de diario. Ese es el bar de Lola.

La cerveza de hoy la paga Antonio, Toni para los amigos. Y yo soy su amigo. Antonio tiene veintisiete tacos, y es un pegahierros, o sea, un soldador sin más estudios que los justos, con todas las pasiones oportunas, y todavía capaz de soltar la lágrima, cuatro copas por encima de la línea de flotación, con el Canto a la libertad de su paisano Labordeta. Aunque conviene precisar que, por lo general, las lágrimas de Antonio son lágrimas de rabia. Porque hay lloros y lloros, y cada cual llora según como es y se siente. Antonio es y se siente lancero del cuadro de Velázquez, pero de los del fondo. De los que sólo se ve la lanza.

Antonio le mira las tetas a Lola entre tiento y tiento a las cañas. Las tetas de Lola, dicho sea de paso, son espléndidas, y según los escotes de sus blusas, morenas y sabias. Todos se las miramos y a ella no le importa porque lo hacemos con respeto, de forma objetiva, igual que contemplas una hermosa puesta de sol o a un crío jugando en un parque. El caso es que Antonio mira lo que mira, pide otras dos cañas, y me dice: fíjate, colega, el problema es que ni yo ni mis alrededores existimos en este puto país. Llevo currando desde los dieciséis como un cabrón. He leído encuestas, estudios demográficos y otras murgas, y la verdad es que no sé de qué país de Walt Disney hablan cuando nos hablan. Cada vez que llego a casa reventado y pongo la tele, me salen niñatos guapos, listos, con buen rollito, o sea, unos pijos de diseño que te cagas. Y al loro cantimploro, tío, nunca se les ve trabajar –mucho menos como yo, con mono-, porque eso sí, estudian siempre aunque tengan treinta tacos, y con unos problemas trascendentales que te descojonas de risa. y la gente va y se lo cree y encima termina pareciéndose a ellos, fíjate. Se lo tragan todo con patatas y España va bien, y somos europeos y la pera limonera, porque luego te encuentras a sus clones como ovejas Dolly, guapitos de cara que salen en las encuestas y en los telediarios, todos super-realizados, con curros súper-súper, que resulta que ahora todos los que veo en el metro a las siete de la mañana con cara de zombis, camino del andamio o del taller, son alucinaciones mías. Así que cuéntame qué coño pasa, tú que tienes estudios. Porque o la gente no es gente y son marcianos, o yo soy gilipollas, o el marciano y gilipollas soy yo, y lo que veo todos los días es mentira.

Lola nos ha puesto otras dos cervezas, y por un momento he pensado en pedirle que ponga también algo de lñaki Askunze, que me gusta tenerlo de fondo cuando me las tomo con los amigos; pero al fin medito y decido que Antonio no está para músicas. Así que me calzo media caña, asintiendo de vez en cuando porque comprendo que mi amigo no busca respuestas sino desahogo. Y así lo sigo oyendo decir, colega, que en este país tan europeo y que va tan de puta madre, hasta los principitos y las principitas tienen dieciséis carreras y la del galgo, y les gusta esquiar y montar a caballo e ir en yate de lujo, no te jode, ya mi mujer ya mí también -Antonio está casado con una morenita de pelo que le quita el sentido-; pero ella y yo tenemos la mala costumbre de comer todos los días y pagar el piso. Ya ves. De manera que, bueno, quizás lo mejor es manifestarse pacíficamente cuando hay ocasión, reclamar por los cauces legales y demás, ya sabes. Pero siempre te pegas con el muro de los golfos y los aprovechados y los mangantes, y lloras de rabia y de impotencia ante las perrerías que te hacen, y encima acojonado por si te echan del curro y te quedas mojama, mirándote la parienta. ¿Cómo lo ves?... Y yo, en lugar de decirle cómo lo veo, que maldito lo que necesita que lo diga, le pido a Lola otras dos cañas. Y Antonio termina así: «Hay días en que oyes eso de que España va bien, y te dan ganas de hacerte maquis, echarte al monte, y el que más chifle, capador». Eso es lo que me dice Antonio mientras tomamos cañas en el bar de Lola.
Artúro Pérez-Reverte

sábado, 19 de julio de 2008

No te salves


No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer lo párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas entonces
no te quedes conmigo.
Mario Benedetti

Mis amigos


Escojo mis amigos no por la piel u otro arquetipo cualquiera, y sí por la pupila.
Tiene que tener un brillo cuestionador y una tonalidad inquietante.
A mi no me interesan los buenos de espíritu ni los malos de hábitos.
Me quedo con aquellos que hacen de mí un loco y un santo.
De ellos no quiero respuesta, quiero mi opuesto.
Que me traigan dudas y angustias y aguanten lo peor que hay en mí.
Para eso, sigo siendo loco.
Los quiero santos, para que no duden de las diferencias y pidan perdón por las injusticias.
Escojo mis amigos por la cara lavada y por el alma expuesta.
No quiero solo el hombro o el regazo, quiero también la mayor de sus alegrías.
Amigo que no ríe con uno, no sabe sufrir con uno.
Mis amigos son todos así: mitad estupidez, mitad seriedad.
No quiero risas previsibles ni llantos piadosos.
Quiero amigos serios, de aquellos que hacen de la realidad su fuente de aprendizaje, pero luchan para que la fantasía no desaparezca.
No quiero amigos adultos ni aburridos. Los quiero mitad infancia y otra mitad vejez.
Niños, para que no olviden el valor del viento en el rostro y viejos, para que nunca tengan prisa.
Tengo amigos para saber quién soy yo.
Pues viéndolos locos y santos, bobos y serios, niños y viejos, nunca me olvidaré de que NORMALIDAD es una ilusión imbécil y estéril...
Oscar Wilde

sábado, 5 de julio de 2008