viernes, 31 de julio de 2009

Piel morena


Es la magia de tu cuerpo
O el perfume de tu aliento
Es el fuego de tu hoguera
Que me tiene prisionera

El veneno dulce de tu encanto
Es la llama que me va quemando
Es la miel de tu ternura
La razón de mi locura

No soy nada
Sin la luz de tu mirada
Sin el eco de tu risa
Que se cuela en mi ventana

Eres dueño del calor sobre mi almohada
De mis noches de nostalgia
De mis sueños y esperanzas

Eres piel morena
Canto de pasión y arena

Eres piel morena
Noche bajo las estrellas

Eres piel morena
Playa, sol y palmeras

Eres piel morena
Sueño de mi primavera

Son tus besos
Dulce fruta que me embriaga
Que se lleva mis tristezas
Y devuelve al fin la calma

Prisionera
De tu amor en la alborada
De tus besos, tus carícias
Que se quedan en el alma

Eres piel morena
Canto de pasión y arena

Eres piel morena
Noche bajo las estrellas

Eres piel morena
Playa, sol y palmeras

Eres piel morena
Sueño de mi primavera

Piel morena
Eres tu mi sol y arena
Piel morena
Mi delirio y mi condena

Es la magia de tu cuerpo
O el perfume de tu aliento
Es el fuego de tu hoguera
Que me tiene prisionera

¡Ay caramba!

Piel morena
Eres tu mi sol y arena
Piel morena
Mi delirio y mi condena

Eres suave como el viento
Eres dulce pensamiento
Eres sol de mis trigales
Eres miel de mis cañales

Son tus besos
Dulce fruta que me embriaga
Que se lleva mis tristezas
Y devuelve al fin la calma

Prisionera
De tu amor en la alborada
De tus besos, tus carícias
Que se quedan en el alma

Eres piel morena
Canto de pasión y arena

Eres piel morena
Noche bajo las estrellas

Eres piel morena
Playa, sol y palmeras

Eres piel morena
Sueño de mi primavera

Eres piel morena
Porque solo a tu lado soy feliz

Eres piel morena
Tengo tantas cosas para ti

Eres piel morena
Consumiendome en tu hoguera

Lentamente

Eres piel morena
Tu me tienes prisionera
Thalía

jueves, 30 de julio de 2009

domingo, 26 de julio de 2009

El libro de la naturaleza


Ya nos hemos referido en alguna otra ocasión a esa propensión que tienen las ideologías a colonizarlo todo, extendiendo sobre nuestra visión del mundo una suerte de niebla confundidora. La ideología es, al fin y a la postre, una idolatría; esto es, un sucedáneo religioso pertrechado de falsos dogmas que simplifican de manera artificiosa la realidad, creando antinomias insalvables en el pensamiento y fragmentando nuestra capacidad de discernimiento moral. El veneno ideológico es, por naturaleza, invasor: no se conforma con ejercer su imperio en los ámbitos naturales de la disputa política; necesita apropiarse del alma de sus adeptos, envileciéndolos y alienándolos, hasta que dejan de ser propiamente humanos.
Muestras de este apetito voraz tan característico de las ideologías las hallamos por doquier. La ideología actúa siempre del mismo modo: primero hace añicos una visión inteligible del mundo, fundada en valores antropológicos verdaderos; y, a continuación, con los añicos o fragmentos resultantes de la demolición elabora construcciones en las que, sin embargo, falta la argamasa que las tornaría coherentes. Una prueba llamativa y desconsoladora de este proceso la observamos, por ejemplo, en lo que podríamos denominar el `problema ecológico´. Primeramente, se rompe el vínculo profundo entre hombre y naturaleza, se impide que los hombres lean en el libro de la naturaleza la encomienda que han recibido; una vez roto ese vínculo, ante la naturaleza sólo caben dos actitudes: el desprecio o la deificación. Una persona que lee el libro de la naturaleza cobra conciencia de su lugar en el mundo; descubre que ese don inapreciable le ha sido confiado y que, por lo tanto, le incumbe una responsabilidad de ejercer sobre ella un dominio justo que, básicamente, consiste en sacarle fruto sin esquilmarla, en «guardarla y cultivarla». La ideología, al arrancar de las manos del hombre el libro de la naturaleza, convierte ese don inapreciable en un ‘organismo ajeno’ que se puede expoliar libremente o, por el contrario, encumbrar a altares de adoración; actitudes ambas que niegan al hombre la posibilidad de ejercer sobre la naturaleza un «dominio justo», porque niegan que posea una encomienda. Durante siglos, la ideología inspiró una actuación desaprensiva ante la naturaleza: el progreso –que no era sino el vistoso ropaje con que la avaricia se disfrazó, para adecentar sus desmanes– parecía justificar la explotación desenfrenada de los recursos naturales. Más tarde, la ideología inspiró un culto maniático a la naturaleza, erigida en una suerte de tabú intangible; culto por lo demás hipócrita hasta extremos chirriantes, porque a la vez que profesaba una suerte de panteísmo reverencial se negaba a renunciar a las cúspides de ‘progreso’ alcanzadas mediante la explotación de los recursos naturales. Y así la ideología nos ha conducido a callejones sin salida tan pintorescos como el debate sobre la energía nuclear: a la vez que abominamos de ella no estamos dispuestos a renunciar a los desaforados niveles de consumo energético que garantizan nuestro bienestar. Y es que, una vez que hemos dejado de leer el libro de la naturaleza, la ideología nos obliga a comulgar con antinomias insalvables.
Y, como siempre ocurre cuando se trata de elaborar una visión del mundo fragmentaria, construida con los añicos de la visión coherente que previamente se ha demolido, la ideología –carente de cualquier otra sustancia que no sea la voluntad de poder– genera una conflictividad insoportable, hasta convertir la convivencia social en un campo de Agramante. Y así, a los adoradores maniáticos de la naturaleza que anuncian los efectos devastadores del cambio climático se oponen los despreciadores maniáticos de la naturaleza que se carcajean de tales predicciones agoreras; y, a poco que uno escarba, descubre que unos y otros se parecen muchísimo más de lo que ellos podrían sospechar, puesto que todos ellos niegan –o simplemente no ven, ofuscados por una misma niebla confundidora– el lugar que al hombre le corresponde dentro del orden natural, que no es el de estar por encima ni por debajo, sino al frente. Claro que para estar al frente hay que tener primeramente noción de la misión que nos ha sido encomendada; y esta noción de encomienda –que religa al hombre con la naturaleza– es la que falta en las artificiosas construcciones ideológicas. Pero, como decíamos al principio, la ideología es una idolatría, un sucedáneo religioso en el que, sin embargo, falta el elemento primordial y constitutivo; y, a falta de ese elemento, reacciona deificando al hombre o deificando la naturaleza.

Juan Manuel de Prada

El museo desaparecido


Paso a menudo junto al antiguo museo del Ejército, cerca de la Real Academia Española, y cada vez siento la misma desolación al ver sus puertas cerradas. Uno de los más espectaculares museos de historia de España que conocí ya no existe. Kaputt. Me lo robaron. Le debo el favor definitivo al ex presidente Aznar, al ex ministro Trillo y al Pepé, entonces en el gobierno. Pasándose por el arrogante forro todas las protestas y argumentos razonables, esos individuos echaron el cierre al recinto para trasladar su contenido al Alcázar de Toledo. Les hacía más ilusión tenerlo allí todo junto, supongo. Alcázar, militares, ejército. Las hordas rojas. Etcétera. Dando, de paso, nuevos argumentos a los imbéciles que sostienen que en España la memoria es de derechas, y que la historia militar se la inventó el franquismo. Hay que joderse.
En fin. Con lo del museo me alegro por los toledanos, que así lo tienen a mano. Mejor para el turismo local. Pero a mucha otra gente nos queda lejos, y Madrid ya no tiene museo del Ejército. Ésa es la fetén. En cuanto a lo que haya ocurrido con los riquísimos fondos que el viejo lugar contenía, lo comentaré con ustedes cuando inauguren el nuevo. Y lo vea despacio. Aunque, como devoto del museo antiguo –ese concepto romántico y abigarrado, donde cabía todo–, barrunto que la puesta al día, moderna, luminosa y tal, se cobrará daños colaterales. Mucha misión humanitaria y poca guerra, ya me entienden. Paz por un tubo. Como si tres mil años de historia, con los españoles dándole cebollazos a los de afuera, o dándoselos entre sí, pudieran borrarse con buenas intenciones. Y no sólo eso. Me cuentan que los textos que acompañarán a las piezas, cuando hacen alusión a España como esfuerzo común de una nación –imaginen si ahí debería haber unos cuantos–, están siendo mirados con lupa, a fin de no ofender sensibilidades ni doctrinas pacíficas al uso. Toda referencia a hechos que contradigan la diversidad plurinacional y plurimorfa de este pluriputiferio nuestro se camufla o adoba de modo conveniente. O se intenta. Como la Guerra de Sucesión y Felipe V, por ejemplo, por algunos de cuyos aspectos pasaremos de puntillas. O la actuación de los voluntarios catalanes y vascos que combatieron bajo las órdenes del general Prim en la guerra de Marruecos. Delicadísimo asunto ese, por cierto. Guerra colonial donde las haya, muy políticamente incorrecta. Y con moros, además. Por no hablar del desembarco de Alhucemas, cuando la dictadura de Primo de Rivera. Y de la Legión y Melilla, comandantes incluidos –tengo curiosidad por ver cómo se resuelve eso–. Y de la Guerra Civil, con toda una España republicana buena y solidaria frente a unos pocos nacionales malos y peinados con gomina. Etcétera.
Pero la cosa no queda sólo en Toledo. O no va a quedar. Ahí está el caso escandaloso del Museo Naval de San Fernando, Cádiz, cuyas nuevas instalaciones han costado tres millones de euros; y que, cuando todo estaba listo para trasladar el museo viejo al lugar adecuado, digno de la antigua isla de San Carlos y de su historia, el ministerio de Defensa lo ha puesto patas arriba, instalando en el nuevo recinto, como si no hubiera otras instalaciones militares cerca, a la infantería de Marina, y dejando la colección en donde estaba.
Pero aún puede ser peor. Tal es el caso de ciertas ideas, o tentaciones, sobre una renovación del Museo Naval de Madrid, afortunadamente aplazadas. Y digo afortunadamente porque una cosa es reformar y actualizar, y otra aprovechar el barullo para descafeinar el asunto, adecuándolo a la doctrina de turno. Me aterra pensar en lo que ese magnífico museo podría convertirse, una vez pasado por la criba de lo políticamente correcto. Por el titular de telediario y la foto en primera página. Hay quien opina, en Defensa, que el Museo Naval tiene demasiado contenido bélico y conviene rebajarle un poco el nivel, dando más relieve a las exploraciones y a los avances científicos que tanto debieron a los marinos ilustrados y cartógrafos españoles. En eso estoy de acuerdo, pues sólo los nombres de Jorge Juan y Antonio de Ulloa o la expedición de Malaspina merecerían espacios monográficos. Pero también es cierto que la historia naval española está llena de hechos de armas –el mar era un continuo batallar– y eso no hay pacifismos mal entendidos ni buen rollito que lo borren. Conociendo el ganado, temo que una actualización de ese bellísimo museo terminaría alterando conceptos históricos fundamentales para adecuarlos al canon oficial de esta España Que Nunca Existió, en la que tanto golfo y tanto imbécil medran a sus anchas. Dense una vuelta por el desaparecido museo militar de Montjuic –futuro museo de la Paz– o por el naval de las Atarazanas de Barcelona, moderno y muy bien concebido en lo formal. Lean despacio los textos en este último, comprueben lo que hay y lo que falta. Verán a qué me refiero.
Arturo Pérez-Reverte

domingo, 12 de julio de 2009

El habla de un bravo del siglo XVII


El habla de un bravo del siglo XVII - D. Arturo Pérez-Reverte
MADRID, 12 de junio de 2003

Señores Académicos:
Estar aquí esta tarde es favor altísimo y honra siempre codiciada, en palabras que son venerables en este recinto. Aunque ese favor y esa honra yo no los hubiera codiciado nunca, ni los imaginara siquiera, hasta que ilustres miembros de esta institución, a la mayor parte de los cuales no conocía sino por su prestigio, trabajo y magisterio, me hicieron el inmenso honor de proponer mi nombre para ocupar el sillón de la letra T.
Eso me ha colocado en una doble incomodidad. Primero, por encontrarme hoy aquí, en lugar de otros escritores cuyo trabajo admiro y respeto. Y también porque quien me precedió en el sillón que hoy ocupo fue el profesor don Manuel Alvar. Cualquier orgullo o satisfacción que yo pueda sentir por hallarme aquí se templa y hace modesto ante su obra y su recuerdo.
Con profundo respeto y agradecimiento, como escritor que trabaja con la lengua española que el profesor Alvar tanto amó, tengo que recordar a mi insigne predecesor en este sillón que me dispongo a ocupar. Y por si no bastara el inmenso caudal de su obra, y mi deuda (nuestra deuda) con ella, tengo el privilegio de que algunos de sus discípulos, de esas decenas de miles que tiene repartidos por el mundo de habla hispana, sean mis amigos; y en boca de ellos obtuve hace tiempo la costumbre de pronunciar siempre el nombre de don Manuel Alvar con veneración absoluta. Es difícil contar todo lo que hizo. Sería más fácil hacer recuento de lo que no hizo, al mencionar la obra de este pionero en la globalización de la filología española. Doctor honoris causa de 25 universidades, adelantado en el estudio del español del sur de los Estados Unidos y en el análisis de la sociolingüística al estudiar el español de las Canarias, el hondo saber de aquel maestro indiscutible de la dialectología española abarcó historia de la lengua, sociolingüística, toponimia, literatura contemporánea, literatura medieval, cronistas de Indias, fonética, poesía popular, lengua y literatura sefardí, y culminó en la titánica obra de los atlas lingüísticos, donde trazó la casi totalidad de la geografía del español; con especial atención a esa América que, en sus propias palabras, fue su ventana, desde el norte del río Bravo hasta la Tierra del Fuego, desde Puerto Rico hasta Ecuador. Y entre sus 40.000 páginas escritas y 859 títulos publicados, dos de esos títulos pueden considerarse un manifiesto oportunísimo para estos tiempos y esta Casa: Variedad y unidad del español y La lengua como libertad.
Con esa lengua hermosa y libre a la que el profesor Alvar dedicó su vida entera, trabajo como escritor, como novelista, desde hace diecisiete años. Por eso hoy elijo un asunto que me es querido y familiar, desde que en 1995 empecé una serie de novelas históricas ambientadas en el siglo XVII, con intención de explicar, a la generación de mi hija, la España en la que hoy vivimos. Somos lo que somos porque, para bien o para mal (a menudo más para mal que para bien), fuimos lo que fuimos. En ese intento por recuperar una memoria ofuscada por la demagogia, la simpleza y la ignorancia, elegí como protagonista a un soldado veterano de Flandes que malvive alquilando su espada. El trabajo de ambientación histórica y el necesario rigor del lenguaje me llevaron a adentrarme, también, por los vericuetos fascinantes del habla de germanía: esa lengua marginal, paralela a la general y en continua interacción con ella, que ha evolucionado con el tiempo para conservar su utilidad hermética; y que hoy es lo que algunos llamamos golfaray: el argot de los delincuentes y de las cárceles. Pues, como ya apuntaban las jácaras del siglo XVI:
Habla nueva germanía
porque no sea descornado;
que la otra era muy vieja
y la entrevan los villanos. 1
Con cuatro novelas de esa serie escritas y con una quinta a punto de acabar, el asunto me resulta cercano. Por eso decidí que mi discurso de entrada en la Real Academia Española trataría del habla de un delincuente, de un bravo. Un valentón, en este caso, de los que en el Siglo de Oro vivían mitad de las mujeres, mitad de alquilar su espada, o su cuchillo: un rufián, o jaque. El habla de esa gente quedó recogida en una abundante literatura contemporánea, incluidas brillantes páginas realistas de los más grandes autores de aquel tiempo; no en vano por la cárcel de Sevilla, por citar sólo una, pasaron Mateo Alemán y Miguel de Cervantes (nada tiene que ver el idealismo con lo que se decía en el patio de Monipodio). Han transcurrido cuatro siglos, y esa jerga del hampa, riquísima, barroca, salpicada de rezos y blasfemias, no está muerta ni es una curiosidad filológica. Además de su influencia en el español que hablamos hoy, la germanía del XVI y XVII es un deleite de ingenio y una fuente inagotable de posibilidades expresivas. A menudo recurro a ella en mis novelas sobre el Siglo de Oro español, y les aseguro (o son mis lectores quienes lo hacen) que, debidamente contextualizada, todavía funciona. Para demostrarlo, con esa habla quiero contarles una historia. En parte me beneficio del trabajo de otros: profesores y estudiosos, algunos de los cuales se sientan en esta Real Academia. En el resto, de mis lecturas. En todo caso, he querido utilizar para este discurso de ingreso mi propia biblioteca: los libros con los que documento las novelas del capitán Alatriste. Por eso esto debe considerarse no una pretensión de filólogo o lexicógrafo, sino una aproximación como lector. Como lector, insisto, que accidentalmente escribe novelas. Como corsario ante un rico botín que saqueo sin escrúpulos, a fin de narrar con la mayor eficacia posible. Tal es el privilegio del escritor de ficción que maneja una lengua tan hermosa como la nuestra. Con esa lengua (y esto no es en absoluto una obviedad) he construido este discurso.

EL HABLA DE UN BRAVO DEL SIGLO XVII

El bravo, el valentón, se levanta tarde. La noche, que él llama sorna, es su territorio; y a veces, para su gusto y oficio, algunas clareas (algunos días) tienen demasiada luz. Ya empieza a bajar el sol sobre los tejados de la ancha, la ciudad (que en este caso es Madrid), cuando nuestro hombre se echa fuera de la piltra, carraspeando para aclararse la gorja. Se le nota en la cara, que él llama sobrescrito, en lo desordenado de los bigotes y en los ojos inyectados en sangre, que anoche y hasta de madrugada dio a la bufia y besó el jarro más de lo prudente, que el sueño ha sido escaso, y que la borrachera, la zorra, aún está a medio desollar. Era de lo fino, por supuesto. De lo caro. Y de remate, para terminar de cargar delantero, otro vino dulce como alquitara de monja moza, y espeso como sangre de Cristo. El caso es que nuestro jaque se lava un poco, y tras mirarse en el azogue la zanja que le santigua la cara (recuerdo de una cuchillada, o jiferazo, de seis puntos, porque a veces es uno quien madruga, y otras veces nos madrugan otros), se compone con parsimonia los bigotes, que son fieros, de guardamano, apuntándole mucho a los ojos. Que entre la gente de la carda, o de la hoja, la valentía se estima según el tamaño de los bigotes, la barba de gancho y el mirar zaino, valiente, de quien es (o parece) capaz de reñir con el Dios que lo engendró. Pues él es uno de esos de quienes dice la jácara:
En ese mar de la Corte
donde todo el mundo campa,
toda engañifa se entrucha
y toda moneda pasa;
donde sin ser conocidos
tantos jayanes del hampa
tiran gajes, censos cobran
de las izas y las marcas;
donde, haciendo punto de honra
esto de la vida ancha, andan como cazadores
viviendo de lo que matan. 2
Se viste nuestro bravo, tintineándole al cuello el crucifijo de plata y las medallas de santos (que en la España del rey católico, paladín de la verdadera religión, una cosa no quita la otra). En lo terrenal, lo suyo no es indumento de lindo, sino propio de la jacarandaina. Un poco a lo soldado, pese a no haberlo sido nunca. A él, las guerras de Flandes y de Italia le pillan demasiado lejos, y es de los que dirían, en palabras de Lope:
Bien mirado, ¿qué me han hecho
los luteranos a mí?
Jesucristo los crió,
y puede, por varios modos,
si Él quiere, acabar con todos
mucho más fácil que yo. 3
El caso es que se viste, como decía, con aires de mílite, cosa a menudo propia de la gente de la hojarasca. Aunque no haya oído en su vida zurrear de veras un arcabuzazo, y al turco y al luterano no los conozca sino de los corrales de comedias, él y sus compadres suelen dárselas de veteranos de los tercios o de las galeras del rey. Y alguno lo es, en efecto; pero no de tragafuegos de cubierta, sino como bogavante en gurapas: como galeote. El caso es que el valentón se pone la camisa, que no es lo que en jerga de su oficio llaman una cairelota, una camisa elegante, sino una lima sencilla, y no muy limpia (nuestro jaque ignora, por supuesto, que esta palabra, lima por camisa, como varias de su parla, seguirá utilizándose en el golfaray que hablarán los delincuentes del siglo xxi; habiéndose perdido, sin embargo, otras variantes como alcandora, amiga, carona, hermana, prima y certa, o serta). Se pone luego el bravo los alares (palabra que también ha llegado hasta la jerga rufianesca de nuestro tiempo), que en el siglo XVII no se llaman todavía pantalones, sino calzones: gregüescos, en este caso, más modernos que las calzas a las que, en tiempos de su padre y su abuelo, los hampones honraban con los nombres germanes de leonas o follososas. Enfunda luego las gambas en las cáscaras, las medias, y después se calza lo que algunos germanes llaman duros, o pisantes, pero que él prefiere denominar calcos, tal vez porque le suena (y así es, aunque él no lo sabe) palabra más culta e hidalga (otra, por cierto, que llegará también hasta nuestros días), y porque el acto de poner pies en polvorosa, propio de su oficio sobre todo cuando asoma gurullada de alguaciles y corchetes, suena más digno cuando se lo define con la palabra calcorrear. Pues los hombres de hígados como nuestro bravo no se van, sino que se alonan. No corren, sino calcorrean. Nunca huyen, sino que se trasponen, se alargan, redoblan, las afufan o se van al ángel. Sin olvidar la expresión más común en el ambiente: peñas y buen tiempo.
Y viendo que a la Justicia
quien no temerla codicia
ni noble ni cuerdo es,
volví la espalda, y huyendo
en vuestra casa me entré. 4
Completa nuestro bravo su indumento con unas grullas o polainas sobre los calcos, que abotona con parsimonia, y luego busca la carlanca: un cuello de camisa con pretensiones de valona, usado de tres días y almidonado de grasa, pero no hay otro. Después se pone el apretado, o jubón. Por su oficio debería cubrirse el torso con un coleto de ante o de cuero, como de soldado, o mejor con un jaco o cota de malla, también llamada once mil o cofradía; pero las premáticas del rey nuestro señor lo prohíben para el callejeo. De manera que se conforma con lo que él llama un cotón doble: un jubón forrado de estopilla, con más remiendos que el parche de un tambor en Flandes, y que a un arrojado de braveza siempre lo ayuda algo cuando granizan cuchilladas. Así vestido, el valentón mete en la sacocha de la goda (así llama al bolsillo de la derecha) la bolsa, en germanía cuadrada o cigarra, que tras el apiorno de anoche anda ligera, cargada sólo con unos pocos charneles. Y en el puño del jubón, sobre la cerra lerda (la mano izquierda), introduce un mocante de lienzo fino, primorosamente bordado por su marca, su hembra, una bachillera del abrocho que es anzuelo de su bolsa en una manfla (una mancebía) de la calle de la Comadre. Pues nuestro bravo puede responder, como el soldado de la comedia lopesca, en Zalamea:
-Me parece que no es mujer para mí.
-Pues para mí, señor, sí,
cualquiera que se me ofrece. 5
Después mira por la ventana. El tiempo no es malo; pero a la noche, refresca. Mejor capa que herreruelo. Descarta, pues, el bonito y recurre a la abuela, también llamada red, o pelosa. Antes de ponérsela sobre los hombros, por supuesto, nuestro rufo se ciñe los instrumentos propios de su oficio: tachonado de cuero, que así llama él al cinto, con espada, o mejor toledana, de cazoleta y grandes gavilanes, larga de seis o siete jemes, casi palmos, a la que él gusta llamar centella y a veces durindana: esto último porque, aunque apenas sabe escribir (y se le da una higa, porque en España nunca fue de hidalgos leer ni hacer buena letra), nuestro bravonel posee una cultura elemental, popular, procedente de los corrales de comedias, las jácaras y los romances oídos en los mentideros, en las tabernas y en las plazas. Como una de sus loas favoritas, la de la Espada, que se sabe de memoria:
No estoy solo, pues me guarda
esta espada que me ciño.
El que la lleva a su lado
lleva cruz, defensa, amigo,
valor, adorno, nobleza,
honra, desenfado, aviso. 6
Aunque en realidad su gusto tiende más al lenguaje de la jacaranda, que es su garla, y en la que se encuentra más a sus anchas cuando oye eso de:
A la capa llama nube,
dice al sombrero tejado,
respeto llama a la espada,
que por ella es respetado. 7
O lo de:
Mató a su padre y su madre
y un hermanito el mayor;
dos hermanas que tenía
puso al oficio trotón. 8
En fin. Por aquello de que para ir artillado más vale que sobre y no que falte, completa nuestro bravo el equipo con una ganchosa vizcaína: una daga de ganchos, atravesada en los riñones y al alcance de la zurda, lista para salir como un relámpago. Que, en el oficio de valentía, hombre precavido mata por dos, o por siete; y en materia de madrugarle al prójimo siempre valió más una hora antes que un minuto después. Pues nuestro bravote es de aquellos a quienes hacía decir Calderón:
¿Y cuántos hombres son estos
que he de matar? Porque vaya,
con que si no son cincuenta,
con menos no hacemos nada. 9
Y como en materia de precauciones nunca hay nada superfluo, también esconde en la caña de la grulla goda, o polaina derecha, lo que nosotros llamaríamos cuchillo, pero que él prefiere llamar desmallador: cachas amarillas, corto y de filo bien amolado (pieza clave, ésta, en la panoplia de cualquier alentado que se precie, y que se conoce también, en el oficio, por los elocuentes nombres de filosillo, secreto, agujón, barahustador y enano). Así equipado, nuestro rufián requiere el gavión o chapeo, el sombrero, que él prefiere llamar tejado, y que es de mucha falda, con toquilla y pluma. Se lo arrisca a lo bravonel y sale a la calle con mucho ruido del hierro que carga encima y el andar arrufaldado y zambo (nosotros diríamos chulesco) de los valientes:
Rebosando valentía
entró Santurde el de Ocaña;
zaino viene de bigotes
y atraidorado de barba.
Un locutorio de monjas
es guarnición de la daga,
que en puribus trae al lado
con más hierro que Vizcaya. 10
Cruza la plaza procurando no pisar los cagajones de las caballerías, y su ojo avisado advierte los trajines de la vida que late alrededor. El sitio es de posadas: bullen foranos, buscavidas, daifas de medio manto, acechonas encubiertas que traen dueñas para florear a incautos, ociosos y mendigos, o capachas, con mutilaciones reales o fingidas que, de creerlos, estuvieron en Amberes, en Nieuport y hasta en Lepanto, y que andan a la brivia pidiendo limosna de la manera que suelen los mendigos españoles: con muchos fieros y palabras arrogantes, como si el sonante se les debiera por derecho, y la única forma de disculparse con ellos fuese decir: «perdóneme vuesamerced, pero hoy no llevo dineros». Que en España, hasta los mendigos dicen aquello de:
Entre nobles no me encojo;
que, según dice la ley,
si es de buena sangre el reyes
de tan buena su piojo. 11
Más allá, a la puerta de una bayuca, entre las mesas con jarras de vino, un anciano de pelo blanco y aspecto hidalgo pide por la doncella (un timo tan frecuente en la época como todavía en nuestro tiempo el tocomocho) a la busca de un palomo al que sangrar la bolsa de dineros, o armas reales. También los de la cofradía del agarro hacen su vendimia: bruhadores y peinabolsas se dan en gavilla:
Murciélagos de la garra,
avechuchos de la sombra,
pasteles en recoger
por todo el reino la mosca. 12
Muchas del centenar largo de variantes que en germanía del XVII debe de tener la palabra ladrón según las diversas especialidades (de puta habrá más de ochenta) se dan en la ciudad, en este cuartel y en esta plaza: bailes, caleteros, cicarazates, comadrejas, apóstoles, picadores (que perviven hoy en la palabra piqueros, o carteristas), lechuzas, cachucheros, alcatiferos, golleros, sanos de Castilla, farabustes, ciquiribailes, buzos, cherinoles, doctores del araño, murcios, filateros, águilas de flores llanas. Incluida, entre muchas otras, una que todavía se usa: juanero. Ladrón especializado en aliviar de peso, hoy euros como antaño maravedises, los juanes, o juanillos: los cepillos de las iglesias.
Con el fieltro hasta los ojos,
con el vino hasta la boca
y el tabaco hasta el galillo,
pardo albañal de la cholla,
columpiando la estatura
y meciendo la persona,
Zampayo entró, el de Jerez,
en casa Maripilonga. 13
Llega así el bravo hasta una taberna, la que más frecuenta porque el vino es turco (no ha sido bautizado con agua) y porque tiene puerta trasera por donde guiñarse o alargarse si a los vellerifes del Sepan Cuántos, o sea, los alguaciles y corchetes de la Justicia (los acerradores o alfileres de la gura), se les ocurre caer por allí con intención de hospedar por cuenta del rey a algún parroquiano. Entra el rufo en la bayuca retorciéndose los bigotes, el aire peligroso y de muchos fieros, poniendo el baldeo en gavia, o sea, apoyando la mano en el pomo de la espada para que ésta le levante la capa por detrás, a lo bravo. Dándose además mucho toldo, porque nuestro hombre gusta, como todos sus camaradas de la carda (y como todos los españoles en general), de apellidarse hijodalgo, muy Mendoza y Guzmán y cristiano viejo por línea directa de los godos. Que en nuestro siglo XVII (y la cosa estuvo lejos de terminar ahí) hasta los sastres y los zapateros se colgaban espada y eran don Fulano y don Mengano.
Mándame quemar por puto
si no valiere un millón,
imponiendo en cada Don
una blanca de tributo. 14
Lo que tampoco se resume mal en aquellos otros versos lopescos que no han perdido, por cierto, su vigor ni su sentido en cuatro siglos:
¡Oh, españoles fanfarrones,
todos voces y palabras!
Nidos sois de la soberbia,
allí le nacen las alas. 15
Pero volvamos al bravonel. Por muchos dones y fieros que se ponga, nuestro jayán es alfarachado de cuna, tinto en lana y de Lavapiés; barrio que con La Heria de Sevilla, el patio de los Naranjos y el corral de los Olmos de esa misma ciudad, el Potro de Córdoba y los Percheles de Málaga, entre otros sitios ilustres, ha dado a España y al mundo lo mejor de cada casa en los siglos XVI y XVII: la nata de la chanfaina. Es de los que tienen a honra decir, y dice:
Y más que ya probé el Potro,
comí chufas en Valencia,
y en el corral de los Olmos
aprendí chanzas y levas. 16
O de esos cuya biografía es honrada con versos como estos otros:
Nació en Córdoba la llana
de un ventor y una gitana;
creció el chulo y dio en valiente
entre germanesca gente. 17
El caso es que entra nuestro matante como quien es, y se para a lo escarramán, las piernas muy abiertas y echada la cadera, mirando alrededor con ese aire entre receloso, fanfarrón y avisado que los de su oficio llaman a medio mogate. Saluda a la amontonada valentía que allí anda piando de la bufia, y la jábega le responde grave con mucho vuacé y uced y camarada, pronunciando las palabras a lo gayón, muy puestos en garla de jaque. Son de los que cantan:
Vino y valentía,
todo emborracha;
más me atengo a copas
que a las espadas.
Todo es de lo caro,
si riño o bebo,
con cirujanos,
o taberneros. 18
Y que don Francisco de Quevedo, el poeta, describe así en una de sus jácaras:
Matadores como triunfos,
gente de la vida hosca,
más pendencieros que suegras,
más habladores que monjas. 19
Se sienta nuestro rufo con otros dos matachines que, como él, viven a lo de Dios es Cristo y, a fuer de tales, cargan sobre el hígado más hierro que las rejas de la cárcel de Sevilla, amén de capas fajadas por los lomos, jubonazos de estopa más agujereados que el cedazo de la Méndez, chapeos con las faldillas altas por delante, bigotazos de ganchos y tatuajes en los dorsos de las manos de uñas tan negras como sus almas. Pide vino para él y aquí, los valentachos, y algo de muquir, que su estómago mocho tiene boque, es decir, hambre. El vino se lo traen aguado, o sea, cristiano; protesta el bravo con mucho pardiós y pesiatal, diciendo que esa afrenta a un hidalgo no se viera ni entre luteranos. Al cabo traen otro vino, esta vez tan satisfactoriamente infiel como arráez de gurapa (de galera) argelina. La mufla, que llega al poco, consiste en un guiso de gallina, a la que el bravo se refiere como gomarra (aún se llama hoy a los robagallinas gomarreros) y una escudilla de quemantes crudos: de ajos. Embucia con apetito el recién llegado y sorben los tres como para quitarse las pesadumbres, limpiándose los bigotes entre tiento y tiento, bien a gusto:
Aquí paz y después gorja.
Más vino han despabilado
que en este lugar la ronda,
que un mortuorio en Vizcaya
y que en Ambers una boda. 20
Mientras azumbran, los tres bravotes garlan de la vida y de sus cosas. Que si dicen en las gradas que el turco baja o sube. Que la coima de Fulano tiene mal francés y le ha pegado las melacotufas a su engibacaire. Que a Zutano le trincharon los aparejos el otro día, por apitonarse con un rajabroqueles que le salió rápido de aceros. Que a Mengano, por no sobornar a un alguacil (por no ensebarle la palma al mayoral de la güerca), le acanelonaron un jubón de pencas, de latigazos, paseándolo por las calles acostumbradas, y salió luego de ajo en la ristra de la chusma, camino del Puerto de Santa María, para muflirse, o sea, comerse, tres años cosido al palo de batanear sardinas. Que, como dice el entremés de la Cárcel:
Plaza, plaza al comisario
de las jaulas de la mar,
que lleva a encerrar calandrias
porque cantaron acá. 21
O aquella carta famosa del Escarramán a su daifa, la archifamosa Méndez:
Remolón fue hecho cuenta
de la sarta de la mar,
porque desabrigó a cuatro
de noche en el Arenal. 22
Y el caso es que allí rema el camarada, graduado de pencas, como quien dice, al grito todo el día de ropa fuera y boga larga, la espalda bien amapolada de alamares por el corbacho del cómitre. Que rascarse y bogar, todo es empezar:
Envíanme por diez años
(¡sabe Dios quién los verá!)
a que, dándola de palos,
agravie toda la mar. 23
Luego recuerdan a Perengano, que andaba escondido, o sea, a sombra de tejados desde que con otros camaradas le afufó el ánima a un corchete: a un alano de la gura. Al pobre Perengano lo acerró por fin el árbol seco (la Justa, la Justicia) saliendo de la iglesia donde se había llamado a altana. En el estaribel (palabra que sigue en uso en el golfaray del siglo xxi para designar la cárcel) le pusieron cuerdas y clavijas sin ser guitarra; y, como al Maladros del romance:
Mandáronle que declare
lo que debe en este trato.
Maladros responde: «Iglesia»,
sin responder otro garlo. 24
Y de ese modo, el bravonel se comió tres ansias (es decir, tres tormentos de agua y cordel) como un grande de España, sin berrearse de los camaradas (ese berrear por delatar también sigue hoy en vigor); y allí sigue el león, embanastado pero con la sin hueso, la lengua, en soniche. Cosa muy de elogiar, por cierto. Que negar cuando se anda en tratos de cuerda es de godos, y para ejemplo, Grullo:
A Grullo dieron tormento,
y en el de verdad de soga,
dijo nones, que es defensa
en los potros y en las bodas. 25
O aquel otro quevedesco que decía:
Tienen la tirria conmigo
los confesores de historias;
mas sólo Iglesia me llamo
pueden hacer que responda. 26
Amén que el son y el soniche (que de las dos formas se llama al silencio), aparte de ser saludables para la honra de la gente de la hojarasca encarcelada en la casa fosca (la cárcel, otrosí llamada caponera, cesto de culpas, casa de poco pan y bolsón de la horca) lo son también cuando a uno le quitan los cascabeles (o sea, los grillos y las cadenas) y lo desembanastan, y una vez en la calle tiene que dar cuentas a los camaradas de lo que dijo y de lo que no dijo. De rijón (sí) a nejo (no) va un abismo; y más teniendo en cuenta que cuando se es fuelle de fraguas ajenas o abanillo de chimenenas (es decir, delator o soplón), cualquier bramo acabas pagándolo con la gorja. Y además, qué diablos. Puestos a garlar, si no queda otra, para un hidalgo las mismas letras tiene un no que un sí.
Bien remojada la palabra, los tres escarramanes tratan de su oficio. Son malos tiempos, por vida del rey de copas. Como dice el baile:
Todo se lo muque el tiempo,
los años todo lo mascan.
Poco duran los valientes,
mucho el verdugo los gasta. 27
Eso, en cuanto al oficio y los camaradas. En cuanto a las coimas, o sea, las yeguas que cada cual tiene en la dehesa, las cosas tampoco van muy bien. Sus hembras, que responden a los ilustres nombres de Blasa Pizorra, Gananciosa y Marizápalos, apenas rinden resullo (dinero). Últimamente no trotan más que de baratillo, con balhurria, y el poco socorro que aportan con el trabajo de su broquel (o guzpátaro, para entendernos, aunque hay otros nombres; y permitan que me quede ahí), ese dinero se les va a ellos alijando la nao, o sea, gastándoselo, en el garito, con la desencuadernada (los naipes) o con los dados: los huesos de Juan Tarafe. Y del oficio de valentía, para qué hablar. Fatal. O sea, agua y lana. Uno de los jaques, la cara persignada por varios araños, se queja de que ayer mismo un cabestro (un marido barbado, o sea, un cornudo, o cartujo) pretendía una hurgonada (una estocada) al querido de su legítima por la fardía ledra de veinte míseros ducados. Una vergüenza, se lamenta otro compadre. A él le ofrecieron hace una semana, explica, veinticinco ducados por trincharle las asas (las orejas) y treinta por calaverar (cortar la nariz) a un galán que ponía (observen hasta qué punto el golfaray del XVII trabajaba también lo culto) aljófar en alcatara ajena. Por vida de Roque, adónde vamos a parar, se lamentan los tres bravos. Ni entre turcos o herejes viérase tal desprecio por las maneras y el oficio de valentía. Por ese argén, matiza uno, no hay hombre de bien que desenvaine la fisberta. Lo más que puede ajustarse por veinticinco granos es un signum crucis: un chirlo en la cara. Un tajo de diez puntos o, como mucho, un beneficio de doce, e incluso una cruzada de oreja a oreja: de aldaba a aldaba. Así se lo dije al bacalario, responde el primer rufo. Dije nones. El hijo de mi madre no trincha una calle del tabaco, o sea, una nariz, por menos de cuarenta cruzados. Se me apitonó el cliente muy Bernardo, echamos verbos y a punto estuve de desnudar la de Juanes y atarascarlo a él, dándole su ajo, pero gratis. Que, como dicen los valientes:
Eso déjolo yo para la zurda,
que con la diestra soy del mundo azote. 28
En fin. Que son malos tiempos, se quejan de nuevo los compadres, besando el jarro. Mundo mundillo, protesta uno; nacer en Granada y morir en Trujillo. Parlan luego de tiempos gloriosos, cuando el Escarramán, y Gonzalo Xeniz, y Gayón el de la mojada (la cuchillada) famosa, y otros bravos respetados y triscadores, que no cenaban liebre ni gallina, ni temblaron nunca sino de frío. Como, sin ir más lejos, Ginesillo el Lindo, que floreaba a primera vista dando astillazo porque parecía alcorza, tan rubio y blanco de piel, de los que cuentan (ahora diríamos de los que entienden); pero que en realidad era caimán ahigadado, fácil de centella (de espada) y de filoso (de puñal) como el que más; y que metió mano a la blanca e hizo cecina a un corchete, afufándole el ánima porque éste lo llamó puto en público. Pues, como dice el entremés famoso:
Que soy muchísimo hombre
para andar escrito en burlas. 29
Comentan también el caso de Tomás Mojarra, un arrojado de braveza al que dieron de agudo en una cascarada desabrigándole el resuello con dos palmos de toledana: al verse descosido el cofre de los molletes, hecho un eccehomo en un charco de colorada y sintiendo que se iba por la posta, pidió confesión y óleos; pero luego, cuando llegó el dómine con los avíos, viendo que había conocidos entre la concurrencia, se lo pensó mejor y se negó a cantar en la última ansia, a confesar, diciendo que no era de hidalgos berrearle como una calandria a última hora al coime de las Clareas, o sea, a Dios, lo que tantas veces había callado en el potro. Aunque, puestos a hablar de bravos con hígados, no podía olvidarse a Nicasio Ganzúa, prestigioso archimandrita de la Heria, espejo de crudos, buen tajador y azote de garitos y pinares (mancebías) que despachó a su propio padre, y a dos que pasaban por allí, sólo porque el padre le dijo «mientes por la barba». Ganzúa era de esos de los que se cuenta:
Con una daga que le sirve de hoja,
y un broquel que pendiente tray al lado,
sale con lo que quiere o se le antoja. 30
Con Ganzúa, la noche antes de su ejecución en San Francisco de Babilonia, a orillas del Betis, ciudad que es Chipre de los valientes, los camaradas echaron tajada (que así se decía a acompañar al amigo que iba a ser ejecutado al día siguiente) confortándolo en el banasto (o trena, como aún decimos después de cuatro siglos) con mucho azumbre de lo fino y guitarras:
Vamos todas tres a verle
zampuzado en el banasto
donde agora le llevan
para poder vendimiarlo. 31
Ése era el ambiente, recuerdan los tres bravos. Y Ganzúa, como quien era, estuvo jugando a las cartas todo el rato y haciendo la razón a los amigos, alzado de empeine. Es decir, con muchos argamandijos (o redaños) y con mucha flema, hasta el alba (seis granos juego, matantes tengo, voy con la puta de oros, alce vuacé por la mano, envido, malilla y demás lances de la baraja, o catecismo), diciendo entre naipe y naipe que verse enjaulado no era injuria, pues enjaulados se tenía a los leones. Y en cuanto a la esquinencia de esparto de la que en la siguiente clarea (al día siguiente) iba a verse con la Cierta (la muerte, también llamada la Descarnada o la Chata), a él, a fin de cuentas, quien lo llevaba al finibusterre era la justicia real, o sea, el mismo rey; y a eso, dijo, nada tenía que objetar, pues entruchaba (entendía) que quien lo sacaba del mundo era el rey en persona, como quien dice, y no un calcirroto cualquiera. Que, en tal ilustre marrajo como él, fuera deshonra verse despachado por un don nadie, y que a otro no se lo hubiera consentido en absoluto. Y con ese talante subió al día siguiente a la mula como quien va de bureo, retorciéndose los bigotes y saludando con mucha flema y asaduras a la gavilla que allí se juntaba para ver el espectáculo. Y en el patíbulo, o sea, en el cabo de Palos, mientras le añudaban la calle del trago, aún tuvo alforjas para decirle al bederre (al verdugo) que hiciera su oficio bochándolo con presteza y decoro, porque él no era de los bravos de contaduría que blasonan del arnés y nunca lo visten, sino de los que dicen: tenga yo fama y háganme pedazos. Que en vida nadie se la hizo que no la pagase; y si algún bellaco quedaba, el día de la resurrección de la carne iban a verse las caras. Y entonces, voto a Dios y a quien lo engendró, daríale tierra hasta el ánima.
Tratan luego de un negocio en curso. Ya saben vuacedes, dice nuestro bravo, que en España no hay más Justicia que la que uno compra:
El médico está mirando
cuándo el de a ocho le encajas;
el letrado, cuándo bajas
la mano al párrafo, dando;
el jüez, cuándo le toca
la parte del denunciado;
el procurador no ha dado
paso hasta que el plus le toca;
el que escribe, sólo atiende
cuándo sacas el doblón.
Cualquiera negociación
de sólo el dinero pende. 32
Y resulta, prosigue, que un profeta, también amparo (es decir, un abogado) de la plaza de la Providencia, que defiende un pleito complicado y costoso de los llamados sanguijuelas, afloja el minamayor del cigarrón (el oro de la bolsa) si a un testigo molesto le abren una buena boca de tarasca para impedir que el cometa, el testigo, declare ante el juez y el escribano (o, para entendernos, ante el Noli me tangere y el lima sorda). Que como decían el otro día los representantes de la comedia nueva de Lope en el corral de la Cruz, en España:
Traer un pleito forzoso
es negocio temerario,
con un hombre poderoso
y el escribano contrario. 33
Así que una de estas noches, apunta el valentón, cuando todo esté oscuro a boca de sorna, tendremos danza de blancas, con la ventaja casual de que somos tres a uno (que hasta para acuchillar a un manco hay que precaverse), y de que el mayoral de alacranes que estos días va de ronda por el cuartel es amigo, se le ha ensebado la cerra, y no hemos de temer que nos inquiete la gurullada. Pero si algo sale a ledras, que nunca se sabe, y durante el negocio asoma la zarza (la Justicia), cerca tenemos la altana de San Andrés, para trasponernos y amadrigarse en sagrado, hasta que escampe.
Se levanta nuestro jayán. Mete, o más bien cala, la cerra (la mano) en la sacocha y hace tintinear un Juan Platero sobre la mesa, también llamado Juan Redondo:
Helo por do viene mi Juan Redondo,
con su cruz y sus armas en el de a ocho. 34
Pero los dos guiñaroles le dicen que se guarde el cumquibus, que hoy pechardinan de manga, o sea, que pagan tomando la penchicarda. Dicho y hecho. Alzan la voz los tres y echan verbos como si discutieran, en tono propio de aquella jácara quevedesca:
¿Tú te apitonas conmigo?
¿Hiédete el alma, pobrete?
Salgamos a berrear,
veremos a quién le hiede. 35
Y en efecto, los tres hampones salen afuera muy atropellados y sin pagar, como dispuestos a reñir acuchillándose las asaduras; y una vez en la calle se despiden y se van cada uno por su lado. Que, como dice el refrán, hombre apercibido, medio combatido.
Una vez solo, camina el bravo por la calle como si fuera suya, echando bálago y contoneando el navío, el cuerpo, para que resuene toda la Vizcaya que carga encima, el aire feroz, una mano apoyada en el pomo de la temeraria y la otra retorciéndose los bigotes. En la calle interroga a un muchacho desocupado sobre si ha visto por allí a Fulana, su coima, y el chulamillo responde que ésta anda en corso tres esquinas más allá. En este punto conviene precisar, una vez más, que nuestro bravo no es precisamente de esos que se reconocen cuando en el corral del Príncipe o el de la Cruz, representando lo último de Tirso, o de Lope, alguien recita, grandilocuente:
¡Ay, honor, fiero enemigo!
maldiga el cielo tu nombre,
pues no hay hombre a quien no asombre
que el honor pudiese hacer
que flaquezas de mujer
fuesen infamias de un hombre. 36
Todo lo contrario. La Marizápalos es murciélago de moneda, de esas que saben de coro la cartilla del buscar:
Piensa que somos de aquellas
que infaman este lugar,
que salen a negociar
con la luz de las estrellas.
Que salen, aventureras,
a esta Vega y al Cambrón
a dar público pregón
de sus hermosuras fieras. 37
Y exactamente así encuentra nuestro bravo a su hembra, mariscando: en tratos con un cliente a la puerta de la manflota, la mancebía (también llamada aduana porque nadie pasa adentro que no pague), y decide quedarse por allí, esperando que el palomo se decida a alojar el caballo en el broquel de la hurgamandera y alcabale los nipos, o dineros. Porque no será nuestro bravote quien impida a su pencuria ganarse la vida, y de paso la de él. Que con una hembra como la Marizápalos, que así se llama la cantonera, es difícil no caer en la tentación:
Quien no tiene por hazaña
caer, quien se aventuró,
acuérdese, pues se engaña,
que cayó Troya y cayó
la princesa de Bretaña. 38
Sin embargo, el cliente no se decide a abrochar. Quizá sea de los que se amapolan ante una doctora del arte aviesa, o le parecen caricios los dineros que pide la rabiza porque le troten el anca. El caso es que nuestro rufián se impacienta; de manera que se acerca, arroldanado y bravoso, añusgando (mirando) al mandria muy fijo y muy zaino, con las piernas abiertas al caminar, andando a lo columpio sin apartar la cerra, la mano, de la amenazadora bayosa que carga al costado. El otro, que en cuanto le mira el coram vobis adivina que el bravo se acerca con las intenciones del turco, parece hombre de paz y poco amigo de meterse en baraja: de reñir. Así que, temiéndose un araño, se acatalina y bate talones tomando calzas de Villadiego. O, dicho de otro modo, peñas de longares. Murmurando tal vez entre dientes eso de:
A niños de la doctrina
no pienso pagar la solfa:
música que no he de oílla,
que la pague quien la oiga. 39
O tal vez aquello otro que decía Juan Rana:
-¿Y el atajo que os dije?
-En mi trabajo,
no salir a reñir es el atajo. 40
O, finalmente, en versos rufianescos cervantinos:
Muerte y vida me dan pena;
no sé qué remedio escoja,
que si la vida me enoja,
tampoco la muerte es buena. 41
El caso es que allí queda nuestro rufo dueño del campo, y le dice a su gananciosa que palme el cairo de la jornada, que tiene necesidad de socorro para unos asuntos. Le entrega la otra el sonante, que no es mucho, lamentándose, la mantilla terciada al brazo, de la poca paja que últimamente mete en el establo; pero es que, señala en su descargo, estos días está con la camisa, o sea, con la costumbre.
Dices que te contribuya,
y es mi desventura tal,
que si no te doy consejos,
yo no tengo qué te dar. 42
Pese a las excusas, al engibador le parece poco dinero; se arrufa, y para demostrarlo hace ademán de asentarle la mano a la pecatriz. Déjate de tretas y alicantinas, dice, y no le hagas cagar el bazo a este león. Que ya me conoces: hay cosas que no sufro ni en Argel, y cuando se me alborota el bodegón igual atrueno a dos que a doscientos, y soy capaz, pardiez a caballo, de borrajarte el mundo cruzándote con un tajo (persignándote con un signum crucis) esa bonita cara. Así que alonga luengo y gánate tu jornal y el mío si no quieres que te esclisie o te desoreje trinchándote una mirla. Todo eso se lo dice con la cerra derecha en alto, como si fuera a jugar de abejón sacudiéndole el balandrán a la acechona, que se amilana y llora (acebolla los columbres) vertiendo abundante clariosa de los lagrimales porque teme una turronada. Pero el jaque amaga y no da. Pese a sus fieros, en el fondo le tiene ley a su cisne. Cuando se pone tierno, cosa que ocurre sólo muy de vez en cuando, le recita junto al asiento de las arracadas aquello de:
Marca la más goda y fresca
de todo el trato germano,
donde tuvo mi navío
de sus trabajos regalo. 43
O eso otro de:
¡Ay coima la más godeña
de toda la germanía,
reina de todas las coimas
y flor de todas las izas! 44
La iza es, con perdón, más puta que la Caba Rumía; pero eso sí: cumplidora, limpia, ambladora y muy buena (muy godeña) en el oficio trotón. No como las trongas, abadejos y calloncos que trabajan para rufeznos traspillados (y tal vez la palabra callonco haya llegado hasta nuestros días abreviada en callo, a veces acompañada del adjetivo verbenero: callo verbenero). El caso es que, volviendo a nuestro bravo y a su iza, ésta no es como esas grofas de todo trance a las que, por volver a decirlo en germán culto, o casi, aceitan de almendras el alhorce por cuatro blanquillas; sino de tan buen aspecto, en opinión de su hombre, que podría pasar por tusona de categoría, de las que frecuentan condes y marqueses de mucho toldo. Y tan dispuesta a lo suyo, además, que de quedarse preñada (cosa que evita una vieja cobertera de la vecindad), podría decírsele lo del romance aquel de don Francisco de Quevedo:
Fuimos sobre vos, señora,
al engendrar el nacido,
más gente que sobre
Romacon Borbón por
Carlos Quinto. 45
El caso es que, asentada su autoridad, el germán se embanasta la pecunia, le palmea el buz (o retaguardia) a la daifa y la deja seguir ruando, no sin que antes ésta lo llame cherinol de mi corazón, flor de la altana, cosario de mis columbres, abrigo de mis criojas y (en plan más íntimo) ballestazo de mi broquel, califi$$que su boca de arcaduz de mi dicha, y sus ojos de quemantes de mis asaduras. Que, en la España del Siglo de Oro, las bachilleras del abrocho no necesitan leer a don Luis de Góngora para enjaezarles las escarpias, o sea, halagarles las orejas, a los gallos (a los caporales) de sus entretelas.
Que, por Dios, así me goce,
que le vi reñir con doce. 46
Se encamina nuestro bravo a la casa de conversación, es decir, al garito, no sin hacer antes viacrucis colando calles por las tabernas, o sea, por las alegrías y consolatorias que le pillan de camino, haciendo suyo aquel higiénico y casi filosófico principio de:
¿Cuándo se vio que muriese
hombre que sin asco sorba? 47
Seguro de eso, el bravonel escurre el barroso, o el barro, o el estaño, que en todo puede ir el vino, con algunos conocidos piadores que por allí pastan, haciendo la razón, o brindis, o dominus vobiscum. (No sorprende, por cierto, la presencia de tantos cultismos en el golfaray de la época, si tenemos en cuenta que Italia estaba muy presente en la vida española, que el teatro, la jácara, las canciones y los romances callejeros eran populares, y que la participación del pueblo en la vida religiosa hacía de uso común, burlesco a veces, no pocas expresiones latinas.)
Volviendo junto a nuestro bravo, y bien remojadas por éste la obra y la palabra, lo vemos llegar por fin a la casa de tablaje, y entrar:
... de capa caída,
como los valientes andan,
azumbrada la cabeza
y bebida la palabra. 48
El garito, todo hay que decirlo, no es coima de minoribus, o de poquito, ni antro de baratillo, sino coima de maioribus frecuentada por gente de calidad, donde se dan astillazos bien godizos, a lo grande, y lo mismo ruedan brechas, o dados (también llamados albaneses, hormigas, astas, peste, cuadros o Juan Tarafe), que se ara con bueyes: nombre este que los germanes como el que nos ocupa dan al libro real, o baraja, también llamado desencuadernada además de catecismo. En el garito se juegan lo mismo quínolas, polla y cientos, que son juegos de sangría lenta, donde un palomo sangra el argento poco a poco, que el siete, el reparólo y otros juegos de los llamados de estocada, por la rapidez con que dejan a un hombre sin dinero, sin habla y sin aliento. A fin de cuentas, la comparación no es ociosa, y ya lo dijo Lope:
Como el sacar los aceros
con quien tuviere ocasión, así el jugar es razón
con quien trajere dineros. 49
Sólo que en este caso, como es costumbre en los garitos para evitar males mayores, las armas se dejan al portero, pues en gente poco sufrida como la española, y más si es del hampa, los dimes y diretes suelen terminar a cuchilladas. Así, destocado del gavión, o chapeo, y de la red, la capa, y aliviado de hierro (aunque conserva el desmallador escondido en la caña de la grulla) pasea el valentón entre la media docena de mesas, rumor de conversaciones, ir y venir de tahúres, mirones y entretenidos que despabilan velas y cumplimentan a los que ganan, en busca de propina, o barato. En las mesas, alrededor de las cartas y de los dados que ruedan, se oyen suspiros, jaculatorias y pardieces. Sobre todo esto último: juramentos de los que alijan el navío. O sea, los que palman, o más bien, aquellos a quienes despalman:
Veinte escudos que tenía
de mi amo le he jugado
con un fullero taimado,
pensando que no sabía.
Por la compuesta le alcé,
y tanto del juego ignoro,
que, de veinte escudos de oro,
con uno me levanté. 50
En ese ambiente de tipos gariteros (sages, vivandores, coimeros, templones, cercenadores, caballos, astilleros y dancaires), nuestro bravo encuentra a algunos conocidos, mirones y prestamistas del garito, llamados tomajones, que lo abrazan. Y responde a tanto afecto con tiento, recordando que en lugares como ése, españoles todos a fin de cuentas:
Cuando te abracen, advierte
que segadores semejan:
con una mano te abrazan,
con otra te desjarretan. 51
Se juega nuestro bravo el cumquibus de su daifa, evitando las mesas donde fulleros de él conocidos, doctores de la valenciana expertos en ahuecar el as, el rey, el siete o la sota en forma de teja o boca de lobo, astillarlo con una marca o un raspado o hacerle la ceja para reconocerlo, despluman a chapetones incautos con barajas a las que también llaman huebras. Llevan éstas los naipes (los bueyes) preparados y llenos de trampas, o flores, que son tan infinitas como el ingenio (berrugueta, ballestón, tira, cristalina, alademosca, panderete) y que parecen directamente salidas del popular romance de Perotudo:
Diez huebras lleva de bueyes;
cada cual es con su flor,
con la raspa y cortadillo,
tira, panda y ballestón. 52
Prueba primero nuestro bravote con los dados, a los que él llama brechas. Ruedan en su contra, así que piensa que están cargados o tal vez amolados: Mira mal al brechador, a quien le resbala, y decide cambiar de aires antes de que lo dejen en cordobán. Se va a una de las mesas de las cartas donde se aran quínolas y cuaja conversación, que así se dice a empezar a jugar. Pero hace agua, o sea, pierde más que gana. Y como no es de los que callan como en misa, termina jurando a los doctrinales. O, dicho de otro modo, a echar mantas y no de lana, renegando del papo de Adán y del broquel de Eva. No se fía del tahúr que lo despluma, y lo observa con mucho cuidado intentando descornarle la flor, atento a si hace amarre (que es trampa para que salga cierto naipe), o retén (también llamado salvatierra), reteniendo el siete de matantes, o de espadas, que en germanía se conoce como setenil, ronda o cueva del becerro. Carta esa, o buey, que a nuestro bravo le permitiría cambiar su suerte. Pero no lo consigue. Sigue perdiendo, y añusga de mala manera al fullero, que con mucha desvergüenza le sostiene la mirada. Sin duda es brujulero fino, de esos de los que puede decirse:
¡Vive Dios, que no hay mayor
bellaco desde aquí a Roma!
¡Qué bien unos naipes toma,
qué bien sabe cualquier flor! 53
Viendo su dinero más perdido que el alma de Judas, se arrufalda nuestro bravote; más por no poder probar la flor que porque se la hagan. Aunque empieza a olerse que la alicantina se la fragua un doble del fullero, que a su espalda, dándoselas de curioso, puede estarle haciendo el espejo de Claramonte, pasándole al otro señas para soplarle los palos vacíos (el cinco de bastos), la calle del puerto (el seis de copas) y la puta de copas (la sota) que nuestro bravo tiene en las manos y que el otro le avizora, o columbra, por encima del hombro. Al fin se vuelve el rufo a decirle al apuntador que se quite de ahí. Echan verbos y mentís por la gola, y al cabo hace nuestro león ademán de meter mano a la temeraria que no carga, porque se la dejó al portero. Dicen de salir a reñir afuera. Tercian los conocidos y también el coimero, el dueño del garito, pidiendo que no se alborote el aula; y al fin, nuestro bravo observa que el fullero y su contrayente (hoy todavía se usa la palabra consorte para cómplice) son hombres avisados y no están solos, sino que tienen cerca una camada de cuatro o cinco campeadores de garulla, allí llamados padrinos o ángeles de guarda, por si las cosas se complican y hay que darle a alguien en la calle un catorce, o un antuvión de esos que llaman conclusión o mojada de cien reales. El caso es que, como las reglas de los que profesan de braveza dicen valientes pero no tontos (o sea, crudos pero no badajos), nuestro Roldán decide que peñas y buen tiempo. De manera que se va hacia la puerta como si tuviera algo importante que hacer, tocándose el cinto cual si lamentara no ir de hierro hasta las cejas. Y allí, muy arrojado de chanfaina, se vuelve a medias y le dice al mozo de la puerta: «Cuerpo de Mahoma, juro a dix y vive Dux, juro por mis dos y por mis cuatro que si no tuviera un asunto urgente, voto al cinto, desataba la sierpe y le contaba los botones con mi temeraria a más de un bellaco. Por vida del rey de espadas (que de España iba a decir) que no hay bastantes hombres aquí para quien, como yo, ha reñido cien veces y matado a quinientos, y eso en ayunas. A fe de quien soy, y no digo más. Y quien dijese lo contrario, miente».
... Y luego, en
continente,
caló el chapeo,
requirió la espada,
miró al soslayo,
fuese,
y no hubo nada. 54
Muchas gracias.

NOTAS


1. Romancero General, II, Madrid: BAE., 1851, t. 16, p. 595.
2. Quiñones de Benavente, Luis: «Jácara de doña Isabel, la ladrona», en Entremeses, loas y jácaras, Madrid: Alfonso Durán, 1872, t. I, p. 358.
3. Lope de Vega, Félix: Los milagros del desprecio, en Obras de Lope de Vega publicadas por la Real Academia Española, Madrid: 1916-1930, t. XIII, p. 2.
4. Calderón de la Barca, Pedro: Mejor está que estaba, en Comedias escojidas de don Pedro Calderón de la Barca, t. IV, Madrid: Imprenta de Ortega, 1833, p. 144.
5. Calderón de la Barca, Pedro: El alcalde de Zalamea, ed. J.M. Díez Borque, Madrid: Castalia, 1989, p. 134, vv. 197-200.
6. Lope de Vega: «Loa famosa en alabanza de la espada», en Cotarelo y Mori, Emilio: Colección de entremeses, loas, bailes, jácaras y mojigangas, Madrid: Bailly-Baillière, 1911, vol. 2, p. 414
7. Romancero General, p. 595.
8. Quevedo, Francisco de: Obra poética, ed. de J.M. Manuel Blecua, Madrid: Castalia, 1969. Aquí, 865, «Los valientes y tomajonas» (baile), vv. 137-140.
9. Calderón de la Barca, Pedro: Guardadme las espaldas (entremés), en Entremeses jácaras y mojigangas, ed. de Evangelina Rodríguez y Antonio Tordera, Madrid: Castalia, 1982, p. 222, vv. 175-178.
10. Quevedo, Poesía... 866, «Las valentonas, y destreza» (baile), vv. 57-64.
11. Quevedo, Poesía... 644, letrilla satírica, vv. 39-42.
12. Quevedo, Poesía... 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 25-28.
13. Calderón de la Barca, Las jácaras (entremés), en Entremeses... p. 91-92, vv. 53-60.
14. Lope de Vega, La paloma de Toledo, en Obras de Lope de Vega, ed. M. Menéndez Pelayo, Madrid: Atlas, 1968, t. XXII, p. 309.
15. Lope de Vega, El secretario de sí mismo, en Obras, t. IX, p. 309.
16. Romancero General, p. 571.
17. «Quintillas de la heria» en Poesías Germanescas, ed. John M. Hill, Indiana University Press, Humanities Series, nº 15, Bloomington, 1945, pp. 38-39, vv. 16-19.
Naçio en Cordoba la llanade vn ventor y una jitana;crezio el chulo y dio en valienteentre jermanesca jente.
18. Quevedo, Poesía... 897, «Los borrachos» (baile), vv. 49-56.
19. Quevedo, Poesía... 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 21-24.
20. Quevedo, Poesía... 873, «Los borrachos» (baile), vv. 36-39.
21. Quiñones de Benavente, Luis, «Entremés cantado: la visita de la cárcel», en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 2, p. 513.
22. Quevedo, Poesía... 849, «Carta de Escarramán a la Méndez» (jácara), vv. 29-32.
23. Quevedo, Poesía... 849, «Carta de Escarramán a la Méndez» (jácara), vv. 89-92.
24. «Romance de la vida y muerte de Maladros», en Hidalgo, Juan, Romances de germanía de varios autores con el vocabulario por la orden del a.b.c. para declaración de sus términos y lengua, Madrid: Antonio de Sancha, 1779, p. 101.
25. Quevedo, Poesía... 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 145-148.
26. Quevedo, Poesía... 853, «Villagrán refiere sucesos suyos y de Cardoncha» (jácara), vv. 81-84.
27. Quevedo, Poesía... 865, «Los valientes y tomajonas» (baile), vv. 1-4.
28. Hurtado de Mendoza, Antonio, El ingenioso entremés del examinador Miser Palomo, en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 1, p. 326.
29. Calderón de la Barca, Las jácaras (entremés), en Entremeses... p. 94, vv. 115-116.
30. Cervantes, Miguel de, El rufián dichoso, ed. Florencio Sevilla, Madrid: Castalia, 1997, p. 123, vv. 507-509.
31. Quiñones de Benavente, Luis, «Jácara nueva de la plemática», en Cotarelo y Mori, Emilio, op. cit., vol. 2, p. 842.
32. Lope de Vega, La noche toledana, en Obras, t. XIII, p. 98.
33. Lope de Vega, Los torneos de Aragón, en Obras, t. X, p. 17.
34. Quevedo, Poesía... 865, «Los valientes y tomajonas» (baile), vv. 229-232.
35. Quevedo, Poesía... 858, «Desafío de dos jaques» (jácara), vv. 13-16.
36. Lope de Vega, La inocente Laura, en Obras, t. XII, p. 358
37. Lope de Vega, El toledano vengado, en Obras, t. II, p. 594.
38. Quevedo, Poesía... 675, «Fiesta en que cayeron todos los toreadores», vv. 116-120.
39. Quevedo, Poesía... 862, «Postrimerías de un rufián» (jácara), vv. 85-88.
40. Calderón de la Barca, El desafío de Juan Rana (entremés), p. 204, vv. 73-74.
41. Cervantes, Miguel de, El rufián dichoso, ed. cit., p. 202, vv. 1692-1695.
42. Quevedo, Poesía... 850, «Carta de la Méndez a Escarramán» (jácara), vv. 49-52.
43. «Romance de la vida y muerte de Maladros», en Romances de germanías, op. cit., p. 109-110.
44. «Apartamiento de Pedro de Castro y Catalina», en Romances de germanías, op. cit., p. 57.
45. Quevedo, Poesía... 732, «Sacúdese de un hijo pegadizo», vv. 21-24.
46. Cervantes, Miguel de, El rufián dichoso, ed. cit., p. 248, vv. 2553-2555.
47. Quevedo, Poesía... 862, «Postrimerías de un rufián» (jácara), vv. 49-50.
48. Quevedo, Poesía... 866, «Las valentonas, y destreza» (baile), 69-72.
49. Lope de Vega, Las flores de don Juan, en Obras, t. XII, p. 173.
50. Lope de Vega, En los indicios, la culpa, en Obras, t. V, p. 289.
51. Quevedo, Poesía... 726, «Instrucción y documentos para el noviciado de la Corte», vv. 45-48.
52. «Romance de Perotudo», en Romances de germanía, op. cit., p. 8.
53. Lope de Vega, La obediencia laureada, en Obras, t. XIII, p. 136.
54. Cervantes, Miguel de, «Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla», en Obras completas, ed. Florencio Sevilla, Madrid: Castalia, 1999, pp. 1179-1180.


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Esa gentuza


Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.
Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí mismos, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el día, el país y la vida.
Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado –ahí no hay discrepancias ideológicas– el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día.
De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tenía ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro día seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.
Arturo Pérez-Reverte

Retrógrados


La vicepresidenta Fernández de la Vega ha tildado de ‘retrógrados’ a quienes se oponen al aborto; y, acaso sin pretenderlo, ha dado en el clavo. ‘Retrógrado’, liberado de su carga despectiva, significa ‘que retrocede’. Se puede retroceder por cobardía; pero también por cordura, que es la expresión máxima de valentía. Retrógrados fueron, por ejemplo, los patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos. La prosperidad de Roma se asentaba sobre la institución de la esclavitud, protegida por leyes que establecían que los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran ‘personas’ en el sentido jurídico de la palabra; esto es, no se les reconocía capacidad para obligarse, y tampoco los derechos inherentes a tal condición. Los esclavos eran ‘bienes’ en propiedad de sus amos, como pudieran serlo un predio o una vaca; y tal consideración se extendía a sus hijos, pues según el principio admitido por casi todos los pueblos de la Antigüedad, el hijo concebido fuera de justas nupcias seguía la condición que tuviera su madre el día de su nacimiento. Entonces surgieron unos insensatos, inspirados por las predicaciones de unos zarrapastrosos que se proclamaban discípulos de un oscuro rabí galileo, que empezaron a manumitir esclavos, aduciendo que, más allá de los principios jurídicos establecidos por el derecho de gentes, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable, nacida de su filiación divina. Y que tal condición natural era previa a su consideración de ciudadano romano, o a las circunstancias en que hubiese sido concebido. Aquellos insensatos causaron un daño gravísimo a la administración del Imperio; pues, al ‘retroceder’ a ese estado anterior a la vigencia del derecho de gentes, erosionaban los cimientos sobre los que se sustentaban el progreso material y la prosperidad de Roma. Cualquier patricio celoso del cumplimiento de las leyes –cualquier patricio ‘progresista’– podría haberlos tildado de ‘retrógrados’, como ahora hace la vicepresidenta con quienes se oponen al aborto.
‘Progresista’, según los códigos lingüísticos establecidos en nuestra época, es aquel que camina hacia delante, frente al retrógrado que se vuelve atrás. Pero quien camina, inevitablemente, se topa con bifurcaciones y encrucijadas; y, con frecuencia, toma el sendero equivocado. El retrógrado, entonces, decide reconocerlo y desandar el camino; pero nuestra época, engolosinada en su progresismo desnortado, en lugar de reconocer que se ha equivocado de camino, sigue hacia delante. Los promotores de la reforma del aborto aducen que la ley vigente se ha convertido en un ‘coladero’; y para evitar que la gente se siga ‘colando’, establecen un sedicente ‘derecho al aborto’. A esto nuestra muy progresista época lo llama ‘avanzar’; y sólo los retrógrados osan dar un paso atrás. Entre esos retrógrados se contaba, por ejemplo, el cineasta Pier Paolo Pasolini, a quien no me atreveré a calificar como prototipo de meapilas, que en un memorable artículo publicado en el Corriere della Sera, proclamaba: «Soy contrario a la legalización del aborto porque la considero una legalización del homicidio. Que la vida humana sea sagrada es obvio: es un principio anterior y más fuerte que cualquier principio de la democracia». A conclusiones semejantes llegaba el filósofo del Derecho Norberto Bobbio, cuya adscripción ideológica al socialismo era notoria: «Hay tres derechos en liza. El primero, el del concebido, es fundamental. Los otros dos, el de la mujer y el de la sociedad, son derivados. Además, y esto es el punto central, el derecho de la mujer y el de la sociedad, que son de ordinario esgrimidos para justificar el aborto, pueden ser satisfechos sin recurrir al aborto, es decir, evitando la concepción. Una vez ocurrida la concepción, el derecho del concebido sólo puede ser satisfecho dejándolo nacer. (...) Me sorprende que los laicos dejen a los creyentes el honor de afirmar que no se debe matar».
Pero Pasolini y Bobbio eran, sin duda, unos retrógrados de tomo y lomo, según los códigos lingüísticos empleados por la vicepresidenta Fernández de la Vega. A ellos, como a aquellos patricios insensatos que un día empezaron a manumitir esclavos, les corresponde el honor de retroceder hacia la cordura, que es la máxima expresión de valentía, en una época que avanza, engolosinada en su progresismo desnortado, hacia la locura. Pues locos son quienes, no contentos con extraviar el camino, deciden extraviar también el mapa.
Juan Manuel de Prada