sábado, 27 de julio de 2013

viernes, 26 de julio de 2013

Protégete del pesimista

El pesimista sufre un trastorno obsesivo compulsivo, incluso los datos positivos y las buenas noticias le molestan y procura buscar algún motivo para rechazarlas. Tiene el convencimiento que el futuro que le espera será siempre peor, distorsionando su entendimiento y voluntad.
No es capaz de realizar un análisis objetivo y realista, limitando así su vida personal, laboral o académica. Esta actitud nociva y falta de confianza le afecta a él e influye en las personas que lo rodean.
Ve las dificultades por encima de todo y las magnifica, siendo imposible llevar a cabo o conseguir cualquier objetivo. Se siente derrotado antes de empezar cualquier proyecto y a quienes le rodean les contagia de su falta de entusiasmo.
No posee esperanza en el futuro. Piensa que para conseguir lo que desea es necesario realizar un gran esfuerzo y sufrir y que, a pesar de ello, es muy probable que no lo logre.
Disfruta poco tiempo de los acontecimientos alegres, mientras que las desgracias son vividas con gran intensidad y persistencia. Siempre tiene alguna preocupación, y cuando se resuelve es rápidamente sustituida por otra. Estar preocupado es una constante en su vida.
El pesimistas mantiene una actitud pasiva y desesperanzada ante los acontecimientos, considera que no merece la pena luchar, porque haga lo que haga, nada va a cambiar.
Estos individuos son lo que menos necesitamos en nuestro entorno próximo. ¡Protégete del pesimista y de sus opiniones!
Félix Velasco - Blog

martes, 23 de julio de 2013

Negatividad

Los "ataques de negatividad" son frecuentes en personas resentidas, rencorosas o fanatizadas. Impermeabilizan su opinión (que no criterio) con relación a todo lo que suponga una visión distinta. Incapaces de saborear lo bueno, hermoso y noble de otros puntos de vista, se enrocan en sentimientos heredados (ni eso es propio) que sembraron en sus corazones.
Félix Velasco - Blog

El palacio del rey David

Un grupo de arqueólogos israelíes cree haber descubierto las ruinas del palacio del rey David en la ciudad fortificada de Khirbet Qeiyafa, al oeste de Jerusalén.
En el perímetro del palacio, un gran complejo fortificado de 1.000 metros cuadrados, los investigadores hallaron varios espacios cerrados donde se han encontrado vestigios de una industria de metal, recipientes especiales de cerámica y fragmentos de vasos de alabastroque fueron importadas de Egipto. Los arqueólogos hallaron cientos de piezas, incluyendo objetos religiosos, sellos, vasijas y herramientas típicas de la época.
«Esto es una prueba inequívoca de la existencia de un reino que supo establecer centros administrativos en puntos estratégicos», anunciaron en un comunicado Yossi Garfinkel, de la Universidad Hebrea, y Saar Ganor, de la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA).
Para Garfinkel, la ubicación del sitio en una colina indica que el gobernante buscaba un sitio seguro en un terreno elevado en una época violenta de conflictos frecuentes entre las ciudades-estado.
El equipo de Garfinkel encontró objetos de culto utilizados normalmente por los habitantes de Judea, los súbditos del rey David, y que no encontraron rastros de cerdo (los preceptos del judaísmo prohíben el consumo de cerdo). Indicios como éstos, dijeron, son «evidencias inequívocas» de que David y sus descendientes gobernaron en el sitio.
Duelo bíblico
Los arqueólogos identifican esta antigua ciudad con la bíblica Saaraim, mencionada en el libro de Josué y en el primer libro de Samuel, donde David gobernó la región durante el siglo X a.C. y donde derrotó al gigante Goliat, según el Antiguo Testamento.
La excavación en este asentamiento es una de las más importantes de los últimos siete años en esta zona, donde los arqueólogos también han descubierto un gran almacén que contiene ollas y otros objetos, lo que probaría la existencia de una autoridad en Judá.
Se cree que gran parte del palacio fue destruido 1.400 años después de su construcción, durante el período bizantino. Aunque no se ha encontrado ninguna prueba física definitiva de su existencia del rey David, se trata del primer palacio atribuido al siglo X antes de Cristo descubierto por los investigadores.
E. Jorreto
Félix Velasco - Blog

lunes, 22 de julio de 2013

La vida es una escuela

La vida, de la cuna a la tumba es una escuela; por eso tenemos que resolver problemas y aprender lecciones.
Félix Velasco - Blog

sábado, 20 de julio de 2013

¿Quién comienza las guerras?

El odio es una emoción simplista que se hace atractiva a cierto tipo de mentes y corazones, inmaduros y fáciles de embaucar. Es el rechazo a la razón, la cordura y al sentido común. Acaba por convertir a la masa en carne de cañón, sacrificada en aras de intereses que no son los suyos.
Félix Velasco - Blog

viernes, 19 de julio de 2013

La batalla de Bailén

Bailén, la batalla donde Napoleón fue cruelmente humillado por el Ejército español
"La rendición de Bailén», cuadro de José Casado del Alisal que se exhibe en el Museo del Prado, con el general Castaños a la izquierda y el derrotado general Dupont a la derecha"
Un día como hoy, aunque hace nada menos que 205 años, las tropas españolas lograron un hito que ningún otro ejército había conseguido antes: vencer a las fuerzas de Napoleón en combate abierto. Aquella jornada, bajo un sol de justicia andaluz que acosaba a los soldados con una temperatura de 40 grados, las huestes del «pequeño corso» nada pudieron hacer contra los briosos hispanos que, a mosquete y espada, defendieron el pequeño pueblo jienense de Bailén del invasor.
Ese 19 de julio de 1808 los españoles no sólo humillaron a las altivas tropas napoleónicas mediante un ejército formado por multitud de milicianos, sino que también lograron dar un golpe de efecto quemarcaría el principio del fin de la ocupación francesa en España. Así, la batalla de Bailén quedaría grabada con tinta indeleble en la Historia.
Corrían malos tiempos para España en los inicios del s. XIX. Todo había comenzado con un pequeño megalómano, Napoleón Bonaparte, quien, después de subir al poder en Francia años atrás, asumió como suya la tarea de dominar una buena parte de Europa y derrotar al gran enemigo de su Imperio: Gran Bretaña.
Tras caer en la cuenta de que no podía asediar a la indomable Albión por mar, el corso prefirió pasar a una táctica menos invasiva:bloquear el comercio de Reino Unido. Sin embargo, para que esta idea se sucediera a la perfección, Bonaparte debía conquistar Portugal, una región tradicionalmente aliada de los ingleses y que no se plegaría sus deseos.
Pero para llegar hasta Portugal una tierra se interponía en el camino de Napoleón, España. Por ello, en 1807 el francés firmó con Godoy –valido del rey- el Tratado de Fontainebleau, mediante el cual logró obtener el permiso para atravesar con más de 100.000 hombres el territorio hispano.
El macabro plan de Napoleón había comenzado. Y es que, en su paso a través de España, el disciplinado ejército francés fue ocupando diferentes ciudades hasta llegar a Madrid. Así, lo que en un principio comenzó como un permiso de paso, acabó convirtiéndose en una invasión a gran escala. A su vez, las intrigas políticas del «pequeño corso» –que consiguió finalmente dar el trono español a su hermano- terminaron por minar la paciencia de la población que, a partir de mayo, comenzó a levantarse contra los casacas azules.
Así, se iniciaron una serie de revueltas por todo el territorio a base de rastrillo y cuchillo en contra del águila imperial. Tocaba defender el territorio del invasor y, ante la escasez de tropas regulares, el pueblo no dudó en proteger cada palmo de tierra hispana con su sangre. Además, a lo largo y ancho de toda España, los defensores se fueron constituyendo en pequeñas juntas locales –encargadas de organizar la resistencia contra Francia- ante la destrucción y la inactividad de los organismos centrales.
Sin embargo, en casi toda España comenzaba a imponerse el entrenamiento de los soldados galos que, mejor pertrechados, plantaban cara con osadía a cualquier levantamiento local. Por ello, con el centro y el norte asediados, Napoleón no tardó en plantearse la conquista del sur de la Península.
«Confiado en el éxito inmediato de la ocupación, Napoleón ordenó al general Pierre Dupont de l'Etang que ocupara Córdoba y avanzara hacia Sevilla y luego a Cádiz. El objetivo era rescatar a una escuadra francesa allí bloqueada desde la batalla de Trafalgar y hacerse con el control de los puertos andaluces, al tiempo que amenazaba Gibraltar» señala el escritor y periodista Fernando Martínez Laínez en su obra«Vientos de gloria».
Para cumplir esta misión, los franceses enviaron unos 9.000 soldados de infantería, a los que los que se sumaron unos 4.000 hombres montados (entre coraceros –la caballería de élite del ejército galo experta en ataques cuerpo a cuerpo- y dragones –jinetes armados con mosquetes-). Al mando de esta fuerza estaba Dupont, uno de los generales más destacados y fiables del «pequeño corso».
No obstante, la campaña andaluza salió muy cara a los franceses que, acosados por los guerrilleros y el hambre, decidieron asentarse en Andújar (ubicada a 28 kilómetros de Bailén) con la intención de esperar refuerzos. Con todo, prefirieron dejar su sello de destrucción arrasando y saqueando Valdepeñas y Córdoba. Sin embargo, lo que no sabían los soldados del águila imperial es que los españoles les harían pagar cada gota de sangre derramada.
Una vez llegados sus refuerzos, Dupont levantó la cabeza con orgullo al saber que contaba a sus órdenes con 34.000 hombres divididos en cinco divisiones. Para facilitar la organización de este ejército tan numeroso -como bien explica el escritor y experto Francisco Vela en su obra «La batalla de Bailén. El águila derrotada» - el galo entregó cada una a un oficial. Entre ellos destacaba el General de división Vedel, un militar que se había ganado sus galones y el favor de Napoleón combatiendo contra los austríacos varios años antes.
A su vez, el francés sabía que de su lado estaba, además del gran número de soldados galos, la experiencia de los mismos. De hecho, se creyó tranquilo al conocer que combatiría al lado de un buen numero de sanguinarios coraceros y un batallón de marinos de la guardia imperial (una de las unidades de élite de la infantería imperial).
Por su parte, y ante el peligro que se cernía sobre la patria, España llamó a filas a los ciudadanos, que se sumaron las escasas tropas regulares existentes. «Tras el levantamiento madrileño del 2 de mayo, que se extendió prácticamente a España entera, las Juntas de Sevilla y Granada comenzaron a formar dos ejércitos que deberían unirse en algún punto de Sierra Morena para detener a los franceses», explica Laínez.
Así, los defensores consiguieron reunir una fuerza equiparable a la de los crueles «gabachos» al contar con 30.000 soldados. Sin embargo, más de la mitad del ejército estaba formado por milicianos que, aunque tenían en su interior el ardor propio de un militar español, carecían de experiencia en combate. Con todo, cada uno sabía que plantaría cara al invasor francés hasta la última bala de mosquete.
Al mando de la fuerza se destacó el general Francisco Javier Castaños. Éste, a su vez, decidió dividir a sus hombres en tres columnas, como bien explica Laínez en su obra: «La primera, con 9.450 hombres, al mando del mariscal de campo de origen suizo Reding. […] La segunda, mandada por el mariscal de campo belga marqués de Coupigny [contaba] unos 8.000 hombres. […] La tercera columna, compuesta de dos divisiones al mando de los tenientes generales Félix Jones y Manuel La Peña [disponía] de 12.000 hombres de las milicias provinciales. […] Además, se contaba con una “columna volante” que mandaba el coronel Juan de la Cruz con unos 2.000 hombres, casi todos voluntarios».
Tras una serie de pequeñas escaramuzas iniciales entre ambos contingentes, el día 17 de julio de 1808 se realizaron una serie de movimientos que marcarían directamente el resultado de los combates. Todo comenzó el 16, jornada en que Dupont –ubicado en Andújar- envió a la división de Vedel hacia el entonces insignificante pueblo de Bailén con órdenes de plantar cara a las tropas de Reding, a las que se suponía defendiendo el lugar.
Pero el general francés encontró este minúsculo pueblo vacío. ¿Qué había podido suceder? Casi sin tiempo para pensar, en la cara de Vedel se pudo adivinar una expresión de terror. Y es que, la posibilidad más lógica era que la división española hubiera partido hacia Despeñaperros (un paso a través de las montañas en dirección a Madrid) para cortar una posible retirada francesa.
«En esta ocasión todo el equívoco parte de las informaciones dadas por el paisanaje a los franceses, en especial por un alemán afincado en el pueblo, el cual le confirmó el paso de tropas enemigas encabezadas por los Dragones de Lusitania, lo que acabó por confundir a Vedel que vio cómo fuerzas regulares le sacaban ventaja en la carrera por llegar a Despeñaperros», explica en su libro Vela.
Velozmente, Vedel inició la marcha hacia las colinas dejando atrás el verdadero teatro de operaciones. Sin embargo, este no fue el único error que cometieron los franceses, sino que, además, enviaron a otro de sus generales con una considerable cantidad de tropas hacia dos posiciones ubicadas en la sierra.
Mientras, el altivo Dupont continuó esperando despreocupado en Andújar creyendo inocentemente que su experimentado ejército podría hacer frente a cualquier hueste formada por los españoles. Al parecer, nunca tuvo demasiado respeto a un ejército que, según sus palabras, carecía de instrucción y disciplina.
Días después, y ante la falta de noticias, Dupont dio un giro radical a su plan de operaciones y partir hacia Bailén, en el cual creía que había solo un pequeño contingente de tropas españolas. Todo cambió cuando, en la noche del día 18, sus exploradores le informaron de que a las puertas del lugar le esperaban nada menos que 14.000 soldados enemigos: las divisiones de Reding y Coupigny movilizadas días antes por Castaños.
A los españoles, por su parte, también les cogió por sorpresa el encuentro, pues sabían que, aunque eran superiores en número a las tropas francesas, no contaban con la experiencia suficiente para vencer al poderoso ejército galo. No obstante, y a pesar de esta curiosa sorpresa de verano, ambos bandos se prepararon para la batalla. Ahora sólo quedaba ganar tiempo hasta que llegaran los refuerzos: Vedel por parte de los franceses y Castaños por el bando español.
«Como se puede comprobar, de todo esto deducimos que ambos bandos se encontraban mal informados sobre las fuerzas y posiciones respectivas y que se dirigían a una batalla de encuentro. Ni Dupont sabía que se iba a topar con Reding ni éste que se le echaba Dupont encima. Aquel tenía su retaguardia amenazada por las dos divisiones de Castaños, y Reding amenazada la suya por Vedel», completa el autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada».
Tras el primer contacto con las unidades de exploración francesas –aproximadamente a las tres de la madrugada del día 19-, los españoles dieron comienzo a una alocada carrera contra el tiempo para formar su línea defensiva. El ejército, ahora al mando de Reding, tuvo que organizar a dos divisiones que incluían, según Vela, a unos 12.600 infantes (armados principalmente con mosquetes) y 16 piezas de artillería. A su vez, la fuerza contaba con el apoyo de casi 1.200 jinetes, entre los que había varias unidades de los famosos garrochistas (pastores que, diestros en el uso de la lanza, se incorporaron a filas para combatir al invasor francés).
Para hacer frente a los galos, las tropas españolas formaron a las afueras de Bailén. «Al amanecer, el ejército español se desplegó en forma de arco o herradura abierta con los extremos apoyados en los cerros Valentín, al norte, y Haza Walona, al este», completa el autor español en su obra.
En vanguardia se situó la infantería formando una consistente fuerza de choque a base de mosquete y bayoneta. Como apoyo, se intercalaron varias piezas de artillería con las que aplastar las formaciones francesas. En segunda línea, Reding ubicó varias unidades de infantería de reserva además de algunos regimientos de caballería con un doble objetivo: apoyar a los cañones y flanquear al enemigo.
Por su parte, el experimentado Dupont contaba a sus órdenes con unos 8.000 infantes (entre los que se encontraban los marinos de la guardia imperial), unos 2.000 jinetes (sumando a coraceros y dragones) y 23 cañones. Como siempre, la fuerza de los franceses la componía principalmente la caballería pesada, que solía ser usada como un martillo en contra de las formaciones enemigas.
Como era de esperar, Dupont ordenó formar con un sólido bloque de infantería en el centro, la temible caballería en los flancos y varios cañones como apoyo (estas de menor potencia que las españolas). Con las piezas dispuestas para la partida de ajedrez, ahora todo quedaba en manos de la resistencia, la valentía y la tenacidad de los soldados.
La contienda comienza bajo un caos total, pues eran las tres de la mañana y la oscuridad todavía no había abandonado Bailén. «Entre las tres y las cinco de la madrugada lo único claro es que no hay nada claro. En medio de la oscuridad […] lo único cierto son las voces de ¡quién va!, los fogonazos de los disparos y poco más», determina en su completísima obra Vela.
A las cinco de la mañana, y sin más dilación, varias unidades del ejército español se lanzaron -en el extremo del flanco izquierdo- a la conquista de una posición que les podía otorgar una ventaja táctica de gran importancia: el cerro Haza Walona. Con sus mosquetes cargados y una buena visibilidad tomaron este emplazamiento sin combates y se aprestaron a la defensa.
Sin embargo, su alegría dura poco, pues, con la primera luz de la mañana, Dupont ordenó a la brigada suizo-española (antiguamente al servicio de España y ahora encuadrada a la fuerza en el ejército francés) asaltar la colina. Por suerte, la tenacidad de los defensores se hizo patente y consiguieron resistir este primer embiste.
Sin más paciencia que agotar, Dupont organizó a su caballería para que, al galope y colina arriba, tomara el Walona. En este caso, ni el incesante fuego de mosquete español valió para detener a lo mejor del ejército imperial, que arrasó a dos batallones españoles a los que, incluso, arrebató sus estandartes, un hecho muy significativo para la época.
Pero, a pesar de que los jinetes franceses podrían haber abierto brecha en la línea española, se retiraron a sus posiciones azuzados por una curiosa treta de los defensores. «[Una unidad española] a las órdenes de un teniente mantuvo una frenética actividad para dar la impresión de contar con un mayor número de efectivos. Sin saberlo, esta actividad, junto con los agudos toques del trompeta de este destacamento ejecutando todos los toques reglamentarios, confundió a los jinetes galos», añade el autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada».
Mientras, en el centro del campo de batalla, los franceses formaron columnas para lanzar la que, según creían, sería la ofensiva definitiva sobre las tropas españolas. «La Brigada Chabert desplegó en cuatro columnas de ataque […] e inició la contrastada maniobra gala del choque a la bayoneta en columnas cerradas», señala Vela.
En perfecto orden, los soldados franceses avanzaron hasta situarse frente a las tropas defensoras. Sin embargo, los galos no contaban ya con parte de su artillería –la cual había sido destruida por los cañones españoles desde la lejanía- lo que provocó que fueran tiroteados sin piedad.
Tras sufrir considerables bajas, la situación terminó de complicarse para los soldados de Napoleón cuando Reding ordenó a una parte de la caballería española cargar contra sus filas. La presión fue demasiada para los experimentados casacas azules, que, sin poder resistir ni un segundo más, se retiraron manteniendo la formación.
Sin embargo, la inexperiencia de algunas de las tropas hispanas salió cara a Reding cuando los garrochistas, ávidos de venganza, no mantuvieron la formación y se lanzaron solos contra varios olivares defendidos por soldados galos. Por desgracia, los mosquetes franceses no perdonaron este error e hicieron mella en las filas de los confiados lanceros.
Con el espeso polvo surcando el campo de batalla y el calor haciendo mella en los soldados, la situación se recrudeció en el flanco derecho cuando un escuadrón español, fogoso y ávido de hacer sangrar a tantos soldados franceses como pudiera, se adelantó demasiado y perdió el apoyo de sus compañeros.
Tras un breve intercambio de disparos con la infantería gala, la imprudencia de estos españoles les terminó pasando factura cuando, de improviso, tuvieron que hacer frente nada menos que a una carga de caballería francesa. Por suerte, y a pesar del gran número de bajas que sufrió esta unidad, se consiguió mantener la línea gracias al apoyo de varios regimientos cercanos.
Ya al medio día, el sol se convirtió en un desagradable protagonista para ambos ejércitos cuando la temperatura sobrepasó los 40 grados. En ese momento hicieron su entrada en batalla cientos de mujeres del vecino pueblo de Bailén que, arriesgando sus vidas, trasportaron cántaros de agua entre sus compatriotas.
Abrasados por el calor, extenuados por el cansancio y temerosos ante la posibilidad de que Castaños atacase su retaguardia, los franceses organizaron entonces a sus últimas tropas para llevar a cabo un desesperado asalto contra Bailén. Para ello, además de a las mermadas unidades de infantería que le quedaban, Dupont llamó también a sus escasas reservas: los marinos de la guardia imperial.
«Eran en total unos 3.300 hombres desesperados encabezados por el mismísimo Dupont y su Estado Mayor, que sabían que se les acaba el tiempo», señala el experto. Conocedores de que necesitaban un milagro para dar un vuelco a la contienda, los franceses trataron de sacar últimas fuerzas y plantar cara a sus enemigos.
No obstante, la misión era casi imposible y las últimas tropas galas fueron pasadas a mosquete por los ávidos españoles. La última gota de ánimo que aún mantenía vivos a los franceses se acabó cuando Dupont fue herido y casi derribado de su montura. Finalmente, la esperanza imperial se desvaneció cuando vieron aparecer a las tropas de La Peña por su retaguardia.
Todo había acabado. Sabedor de la derrota, Dupont ordenó la rendición y llegó a un acuerdo con los españoles para que sus tropas fueran repatriadas a Francia (cosa que nunca se llegó a realizar, pues una gran parte de los soldados imperiales acabaron muriendo de inanición en una isla cercana).
De nada valió la llegada en el último momento de las tropas de Vedel por la retaguardia española, pues Dupont ordenó a su subordinado detener el ataque ante el temor de las represalias sobre los soldados franceses capturados. Había aparecido demasiado tarde para poder ser determinante y las «inexpertas» tropas españolas se habían hecho con la victoria.
La capitulación fue, al parecer, demoledora para Napoleón, que nunca antes había visto a su ejército derrotado en campo abierto. Además, el hecho de que hubiera sido vencido por una fuerza formada por multitud de milicianos no ayudó a calmar su ira. Tal fue su enojo que acabó con la carrera de los pocos oficiales galos que volvieron a Francia.
Una vez acabada la batalla hubo que recontar las bajas. Por el lado francés sumaban –entre muertos, heridos y contusos- unos 2.200 soldados (el resto fueron hechos presos). «En el bando español […] se confirmaron 192 muertos, 656 heridos, 8 contusos y 1.013 extraviados», finaliza Vela.
Manuel P. Villatoro
Félix Velasco - Blog

domingo, 14 de julio de 2013

Unas cuantas impresiones

Leo uno de esos análisis, que pudieran llamarse sociológicos y de minorías poderosas, esta vez gentes de la televisión o nuevos «maîtres à penser» que, refiriéndose a su país, los Estados Unidos, cuentan tranquilamente cómo han ido conformando a las gentes, al fin y al cabo, actuando, según decía el señor Stalin acerca del oficio periodístico o literario, como el de «ingenieros de almas».
El caso es que estos señores a los que me refiero encuentran que el modo de vida de las gentes ha sido transformado por la televisión que, tomando como arcilla la sociedad norteamericana, decidió, por ejemplo, presentar un tipo de sociedad que no fuera aquella sociedad de los cincuenta y sesenta, que se definió como llena de frustraciones y mentiras, y se denominó patriarcal. De modo que se fue diseñando y haciendo ingienieria de ideas y sentimientos y levantando una sociedad anti-patriarcal en el que el padre no significara nada, ni nada lo demás. Se barrió toda alusión religiosa y moral, y el alcohol, el sexo, las drogas y la brutalidad ocuparon el lugar del ánima. Pero las cosas han ido de tal manera –dicen esos ingenieros de almas– que ahora todos ellos echan de menos una vida sencilla y humana, con sus esquinas irremediables, pero su ánima.
Pero ésta es una especie de autocrítica o arrepentimiento del que nadie hará caso; y recuerdo, ahora, muy bien el viaje de Alexander Solzhenitsyn por Europa y América durante el que el escritor dijo algunas de estas cosas pero con un cierto aire de Savonarola que venía a fastidiar la fiesta a todo el mundo. Pero lo que yo no sabía era que, tras su conferencia de Harvard un señor que se llamaba R.J Berney, de Norfolk, –según dice Joseph Pearce– comparó «las palabras del escritor con el discurso del primer ministro británico, James Callaghan, que había aparecido aquel mismo día en «The Times». A diferencia de las clarividentes advertencias de Solzheninsyn, el discurso de Callaghan ''nos atrae aún más hacia el acogedor asidero de ese vehículo funerario, el Estado democrático occidental, en cuya agonía no sentimos dolor, no sentimos nada''». El comentario del señor Berney es también un tanto un treno de Savonarola, pero el que algo se diga con un cierto dramatismo no quiere decir que no sea verdad; y seguramente que ni Europa ni su régimen democrático son carros fúnebres, pero sí que es completamente cierto que no existe ninguna clase de conciencia de nada, y que la práctica democrática, la ética y el valor de la persona humana dejan bastante que desear. Y así, por ejemplo, se nos dice que, entre quienes deciden estas cosas, ya se ha llamado la atención sobre la demasía que supone conceder cuatro jornadas de permiso laboral por causa de fallecimiento de un familiar cercano, lo que sería mucho luto para tan poca cosa, por lo visto. Con los nuevos adelantos psicológicos ya no son necesarios más gastos de tiempo en despedirnos de un ser querido. Sólo es un elemento productivo más o menos rentable que ha desaparecido, y hay materiales más preciosos que el ser humano.
¿Son todas estas cosas pequeñas señales de un nuevo manchesterismo o stajanovismo, o simplemente es una muestra más de «quien manda» en nuestro cuerpo y nuestra alma en este tiempo de tanta autonomía y libertad personales?
Otra noticia de esos mismos días enuncia igualmente una cierta inhumanidad sistemática y legalizada, aunque esta vez un tribunal europeo ha llamado la atención sobre una decisión administratriva o judicial española, que habían separado de su madre a una niña por ser aquélla pobre. ¡Se ha dado tantas veces! Porque, como la vida no se concibe sin abundante dinero, no se comprende cómo los pobres puedan cuidar de sus hijos. Me arrepiento un poco de haber sido a veces tan desdeñoso con Europa. Como puede comprobarse, todavía queda en ella algo de la vieja y renegada humanidad, aunque quizás no sea por mucho tiempo. Pero nunca se sabe.
José Jiménez Lozano
Félix Velasco - Blog

miércoles, 10 de julio de 2013

¿Hubo alguna vez dos lunas?

¿Tuvo la Tierra dos lunas?
¿Hubo alguna vez dos lunas iluminando el cielo nocturno de nuestro planeta? Una inquietante pregunta que podría tener una respuesta afirmativa, según el trabajo que Erik Asphaug, científico planetario de la Universidad de California en Santa Cruz, y Martin Jutzi, de la Universidad de Berna, exponen estos días en un simposio de la Royal Society sobre nuestro satélite.
La segunda luna, más pequeña, se habría formado casi al mismo tiempo que nuestro satélite y habría logrado sobrevivir durante apenas un puñado de millones de años, para chocar finalmente contra él y aplastarse, literalmente, contra su superficie.
Como ya explicaron estos investigadores en 2011, en un artículo en Nature, la “colisión lenta” de la Luna con un segundo satélite, más pequeño, podría explicar por qué las dos caras de la Luna son tan diferentes. Según su teoría, ambos satélites se fusionaron en uno solo hace millones de años tras un encuentro que duró varias horas y que dio como resultado la única Luna que podemos ver en la actualidad.
Sabemos que la Luna se formó hace varios miles de millones de años, a partir de los escombros lanzados al espacio después de que un enorme cuerpo, del tamaño de Marte, chocara contra la Tierra. Pero Asphaug y Jutzi creen que de esa titánica colisión no suegió solo una luna, sino dos. Los investigadores sostienen que tras el impacto planetario, la Luna en formación fue absorbiendo todos los objetos a su alrededor. Sin embargo, uno de esos objetos logró hacerse lo suficientemente grande como para sobrevivir y alcanzar una posición orbital estable en el sistema Tierra-Luna.
En concreto, el segundo satélite se habría acomodado en uno de los “puntos Lagrange” del sistema, aquellos en que las gravedades dela Tierra y la Luna se anulan mutuamente.
Los indicios de la existencia de esa “otra luna” se pueden buscar, según los investigadores, en las misteriosas diferencias que existen entre las dos caras de la Luna, la visible y la oculta. La primera está dominada por extensas llanuras de lava, mientras que en la segunda abundan relieves y colinas. Pero el contraste va mucho más allá de la superficie: La corteza lunar tiene, en la cara oculta del satélite, hasta 50 km. más de espesor que en la cara visible. Lo cual sugiere, según Asphaug, que “algo” aplastó y se deslizó sobre una de las caras de la Luna evitando que su corteza se solidficara, cosa que sí que sucedió en la cara opuesta del satélite.
Para los investigadores, la explicación más plausible para esas diferencias es un impacto con otro cuerpo, con otra luna de la Tierra. “Ocurrió una gran colisión -explica Asphaug- que afectó solo a una de las caras y que, aunque causó la fusión de toda la superficie del satélite, creó una asimetría”.
Asphaug y Jutzi han creado una simulación informática en la que se aprecia que el estado actual de la Luna puede explicarse por la colisión con otro satélite “hermano” y que debió tener una masa equivalente a la tercera parte de la de la Luna y un diámetro de unos 1.000 km.
“No se trata de un típico evento de impacto en el que se forma un cráter -asegura Asphaug- un disparo directo en el que una bala excava un cráter mayor que ella. Aquí, tenemos un cráter que tiene apenas la quinta parte del volumen del impactor, y el impactor, simplemente, se aplastó contra la cavidad que había creado”.
El de Asphaug y Jutzi no es el primer intento de explicar las diferencias entre las dos caras de la Luna, un misterio que lleva décadas martirizando a los astrónomos y que ahora, por fin, podría haber sido aclarado para siempre. Por supuesto, se necesitan más datos y comprobaciones para comprobar la exactitud de la teoría. Algo que llegará, sin duda, durante los próximos años.
ABC
Félix Velasco - Blog

sábado, 6 de julio de 2013

Héroes, super-héroes y anti-héroes

"Es curiosa la figura del héroe, nuestro tiempo ha acabado con ella porque la detesta, hasta el punto de que ya no tenemos héroes, sino súper-héroes: personajes sobrehumanos de la Marvel-Comics cuya sola existencia pone en cuestión las epopeyas de los héroes de verdad. Mientras el héroe de la Antigüedad poseía cualidades extraordinarias y encarnaba los valores supremos de su época, realizaba hazañas asombrosas y se erigía así en modelo de comportamiento para la sociedad... El héroe ha perdido prestigio desde la segunda mitad del siglo XX porque los modernos no soportaban el idealismo que representaba, así que inventaron aquello del anti-héroe." (Ángela Vallvey)