martes, 29 de marzo de 2011

Echando pan a los patos

Me pregunto a qué están esperando en España, con lo aficionados que somos a correr delante de la locomotora, y al que no quiera correr, obligarlo por decreto. A más de un político aficionado a la psicopedagogía de laboratorio y a la lengua hablada y escrita controlada por ley, debería gotearle el colmillo: hay más humo con el que marear la perdiz. Más posibilidades de que la peña, propensa a desviarse de pitones cuando le agitan un capote desde la barrera, no piense en lo que debe pensar, la que está cayendo y va a caer. Buenos ratos echando pan a los patos. 
Hace un par de meses, una editorial gringa publicó edicionespolíticamente correctas del Huckleberry Finn y el Tom Sawyer de Mark Twain en las que, además de retocar crudezas propias del habla de la época, se elimina la palabra nigger, que significa negro. Los alumnos se escandalizaban, arguyó el responsable: un profesor de Alabama que, en vez de explicar a sus escandalizables alumnos que los personajes de Twain usan un lenguaje propio de su época y carácter -Joseph Conrad tituló una novela The nigger of the Narcissus-, prefiere falsear el texto original, infiltrando anacronismos que encajen en las mojigatas maneras de hoy. Convirtiendo el ácido natural, propio de aquellos tiempos, en empalagosa mermelada para tontos del ciruelo y la ciruela. 
Coincide la cosa con que el ministerio de Cultura francés,confundiendo la palabra conmemorar con la de celebrar, excluya a Louis-Ferdinand Céline de las conmemoraciones de este año, cuando se cumplen cincuenta del fallecimiento del escritor. Que fue pésima persona, antisemita y colaborador de la Gestapo -como, por otra parte, miles de compatriotas suyos-, y autor de un sucio panfleto antijudío titulado Bagatelle pour un massacre; pero que también es uno de los grandes novelistas del siglo XX, el más importante en Francia junto a Proust, y cuyo Viaje al fin de la noche transforma, con inmenso talento narrativo, una muy turbia sordidez en asombrosa belleza literaria. Eso demuestra, entre otras cosas, que un retorcido miserable puede ser escritor extraordinario; y que un artista no está obligado a ser socialmente correcto, sino que puede, y debe, situarnos en los puntos de vista oscuros. En el pozo negro de la condición humana y sus variadas infamias. 
Así que, españoles todos, oído al parche. Suponiendo -tal vez sea mucho suponer- que quienes vigilan a golpe de ley nuestra salud física y moral sepan quiénes son Twain o Céline, imaginen las posibilidades que esto les ofrece para tocarnos un poquito más los cojones... ¿Qué son bagatelas como prohibir el tabaco o convertir en delito el uso correcto de la lengua española, comparadas con reescribir, obligando por decreto, tres mil años de literatura, historia y filosofía éticamente dudosas?... ¿A qué esperan para que en los colegios españoles se revise o prohíba cuanto no encaje en el bosquecito de Bambi?... ¿Qué pasa con esas traducciones fascistas de Moby Dick donde se matan ballenas pese a los convenios internacionales de ahora?... ¿Y con Phileas Fogg, tratando a su criado Passepartout como si desde Julio Verne acá no hubiera habido lucha de clases?... ¿Vamos a dejar que se vaya de rositas el marqués de Sade con sus menores de edad desfloradas y sodomizadas antes de la existencia del telediario?... ¿Y qué pasa con la historia y la literatura españolas?... ¿Hasta cuándo seguirá en las librerías la vida repugnante de un asesino de hombres y animales llamado Pascual Duarte?... ¿Cómo es posible que al genocida de indios Bernal Díaz del Castillo lo estudien en las escuelas?... Y ahora que todos somos iguales ante la ley y el orden, ¿por qué no puede Sancho Panza ser hidalgo como don Quijote; o, mejor todavía, éste plebeyo como Sancho?... ¿A qué esperamos para convertir lo de Fernán González y la batalla de Covarrubias en el tributo de las Cien doncellas y doncellos?... ¿Cómo un machista homófobo y antisemita como Quevedo, que se choteaba de los jorobados y escribió una grosería llamada Gracias y desgracias del ojo del culo, no ha sido apeado todavía de los libros escolares?... En cuanto a la infame frase Viva España, que como todo el mundo sabe fue inventada por Franco en 1936, ¿por qué no se elimina en boca de numerosos personajes de los Episodios nacionales de Galdós, donde afrenta a las múltiples y diversas naciones que, ellas sí, nos conforman y enriquecen?... ¿Y cómo no se ha expurgado todavía El cantar del Cid de las 118 veces que utiliza la palabra moro, sustituyéndola por hispano-magrebí de religión islámica, y buscándole de paso, para no estropear el verso, la rima adecuada? 
Por fortuna no leen, ni creo que en el futuro lo hagan. Tranquilos. El peligro es mínimo. Menos mal que esos pretenciosos analfabetos, dueños del Boletín Oficial, no han abierto un libro en su puta vida.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

Basura universitaria

Un acopio de energúmenos borrachuzos asaltó la capilla de la Universidad Complutense de Madrid en un muy valiente acto de protesta por la presencia católica en el seno de la misma. Otrosí en la Universidad de Barcelona. Ambos actos, con la sonrisa timorata y cobardona de ambos rectores. En el caso de la de Madrid unas cuantas estudiantes meonas escenificaron la valentía de quedarse en prendas menores junto al altar mientras articulaban danzas tribales. En la barcelonesa desplegaron una pancarta mal redactada en la que reclamaban el carné de católico para poder acceder a la misma. Ambos grupos de futuros parados, que parecen directos herederos de las turbas de los años treinta, exhibieron la vocinglera ignorancia de los fanáticos, la ridícula tendencia a la bufonada que muestran los descerebrados radicales y la violencia extrema de los intolerantes que calientan su temperatura intelectual con calimochos y garrafones. 
Toda esa chusma universitaria, la misma que impide a empujones y griterío la libertad de expresión en diversas facultades españolas, decidió violar un derecho fundamental de cualquier ciudadano en cualquier ámbito social: el de reunión y el de culto también. La autoridad, ausente en todo momento, calla como una puta acomplejada y no se atreve a decir ni pío. La turba, hoy orgullosísima de su proeza, justifica su acción con palabras balbucientes y con medias ideas libertarias, mientras se muestra dispuesta a continuar con heroicidades semejantes ante la inacción de quienes deberían, al menos, decirle complacientemente que eso no se hace y que no está bien. Los rectores no sirven ni siquiera para eso. Son unos pobres mierdas. 
El anticlericalismo barato, la nostalgia del anarquismo incendiario de los peores años de nuestra historia, ha desembocado en una suerte de delincuencia organizada por un laicismo simplón tan del gusto de alguno de nuestros responsables públicos y en una cobarde reacción de quienes deberían guardar, al menos, la apariencia de garantizar los más elementales derechos. Ya sabemos que no sirven, que están acojonados, que son unos bobalicones y que buscan a diario excusas para no ejercer su autoridad, pero al menos que disimulen algo y aparenten guardar algunas formas. Matones de la peor escoria se dedican a insultar a los estudiantes que dedican unos minutos de su tiempo a acudir a algún oficio religioso de los que se celebran casi clandestinamente en algunas facultades y que no acabo de comprender exactamente en qué molestan a esta compleja mezcla de ignorantes y descerebrados, amigos de escribir en pancartas baratas y en eructar proclamas sectarias y fascistoides. De haber una mezquita en la sede universitaria -que podría haberla sin ninguna objeción-, ninguno tendría huevos de plantarse en la puerta de la misma a escupir cualquiera de sus proclamas. Ahí me gustaría ver a toda esa valiente muchachada comedora de basura ideológica. 
Una sociedad que no sabe respetar espacios de libertad de culto y conciencia es una sociedad que no vale la pena, que no es capaz de articular espacios de tolerancia. Una universidad que no sabe reaccionar ante la acción chulesca y bufa de unos colectivos crecidos y desafiantes es una universidad incapaz de formar individuos libres, sujetos que en el futuro deberán comandar una sociedad de emprendedores, liderar el crecimiento colectivo, edificar el progreso y fomentar espacios de libre creación. Si esta excrecencia es la que tiene que edificar la España del mañana, así los coja confesados a los que coincidan con ellos. 
Sería deseable que los responsables políticos y sociales que sellenan la boca de libertad y respeto, cuando no de confesionalidad católica, organizaran, si tienen lo que hay que tener, un acto de desagravio y acudieran a algún tipo de oficio con tal de solidarizarse con los pocos o muchos que quieran ejercer su derecho de culto en la Universidad. Y, luego, que los bravos rectores de ambas universidades propongan a los valientes alborotadores que realicen un curso de Erasmus en la Universidad de Teherán. A ver si hay cojones.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

El verdadero «efecto contagio»

Desde que un joven tunecino decidió quemarse a lo bonzo encendiendo la llama de la revolución en todo Oriente Medio, el mundo entero habla del «efecto contagio». Muchos son los que, para explicarlo, mencionan el papel que han tenido las redes sociales, hasta tal punto que se habla ya de «las revoluciones de Facebook» y de «la diplomacia Twitter». Sin embargo, como muy bien saben los historiadores, esas corrientes libertarias eran igualmente veloces e imparables en tiempos en los que las redes sociales estaban en pañales o ni siquiera existían. Tal es el caso, por ejemplo, del «efecto dominó» ocurrido en Europa del Este tras la caída del Muro de Berlín o, para ir más atrás en la historia, la casi simultánea independencia de los países americanos, cuyos diversos bicentenarios se cumplen por estas fechas. ¿Cómo se produce entonces este tipo de movimientos sincrónicos? ¿Cómo se ponen de acuerdo personas de países distantes y diversos para, de pronto, alterar el statu quo? Según los sociólogos, la respuesta está en la «ignorancia pluralista». Tras esta expresión se oculta un comportamiento humano tan curioso como perfectamente comprensible. Según este, la gente tiende a ocultar sus verdaderas preferencias porque cree que las personas de su entorno no piensan o sienten como ellos. He aquí un ejemplo: en 1975, el sociólogo Hubert O´Gorman observó que la ignorancia pluralista era responsable de la errada percepción que los blancos de Carolina del Sur tenían sobre la segregación. En realidad, la mayoría de ellos estaba en contra del trato discriminatorio dispensado a las personas de raza negra, pero no se atrevía a manifestarlo. Sin embargo, en cuanto se enteraban de que eran muchos los que pensaban como ellos, se producía un cambio radical en su actitud porque, como señaló O´Gorman, el mero hecho de saber que existe una corriente de cambio ya propicia un cambio. En la Universidad de Princeton fueron un paso más allá y decidieron utilizar el fenómeno de la ignorancia pluralista para acabar con los malos hábitos respecto de la ingesta incontrolada de alcohol. Primero, descubrieron a través de encuestas anónimas que la mayoría de los estudiantes estaba en desacuerdo con las grandes borracheras de fin de semana, pero que no se atrevían a comportarse de otro modo por miedo a quedar como mojigatos. Una vez sabido esto, en lugar de prohibir el alcohol, lo que se hizo fue divulgar las cifras de las encuestas realizadas. 
Para volver al ejemplo de Oriente Medio, podemos decir, por tanto, que en Túnez, en Egipto o en Libia la población estaba harta de los abusos de sus tiranos, pero no se atrevía a manifestarlo por miedo a no ser respaldada por sus pares. Por eso, en cuanto se hizo patente que todo el mundo deseaba un cambio, tal deseo corrió como la pólvora ayudado, qué duda cabe, por las redes sociales. Pero no solo por ellas, sino también -o mejor dicho, sobre todo- porque la fruta estaba madura (por no decir «podrida») y solo necesitaba una mínima sacudida para que cayera del árbol. La pregunta ahora es: ¿sirve la ignorancia pluralista como ayuda en la segunda fase de un cambio, esto es, para construir una democracia y una paz social? La respuesta, me temo, es solo «según» o «depende». En ocasiones, como durante la Transición española, por ejemplo, el hecho de que la gente pensara que sus pares estaban de acuerdo en dos cosas: en su pavor a volver a las dos Españas y en intentar el camino de las democracias occidentales, sirvió para consolidad la democracia y la monarquía. Sin embargo, en los países del Este que se liberaban del yugo soviético, unos pueblos, los más evolucionados, emprendieron el camino de la democracia. Pero otros se debaten aún entre extrañas nostalgias y la siempre alargada sombra de la corrupción. ¿Qué va a ocurrir en Oriente Medio? Nadie lo sabe, pero los países occidentales harían bien no solo en ayudar política y económicamente, sino prestando atención a este curioso fenómeno de la ignorancia pluralista que está detrás de todo cambio. Sabiendo, además, que, en potenciarlo e incluso en «tunearlo», sí pueden jugar un papel decisivo las redes sociales.
Carmen Posadas
Félix Velasco - Blog

lunes, 28 de marzo de 2011

sábado, 26 de marzo de 2011

Garota de Ipanema



Olha que coisa mas linda
mas cheia de graça 
é ela menina 
que vem e que passa
num doce balanço a
caminho do mar.
Moça do corpo dourado 
do sol de Ipanema,
o seu balançado 
é mais que um poema,
é a coisa mais linda 
que eu ja vi passar.
Ah! Por que estou tao
sozinho?
Ah! Por que tudo é tao
triste?
Ah! A beleza que existe,
a beleza que nao é 
so minha,
que tambem passa
sozinha.
Ah! se ela soubesse que
quando ela passa
O mundo sorrindo 
se enche de graça
E fica mais lindo 
por causa do amor.

Félix Velasco - Blog

sábado, 19 de marzo de 2011

Cafe Del Mar - Arnica Montana Sea Sand And Sun

Chicles


Se vendían de forma individual y lo más característico era su forma, una especie de taco formado por tres circunferencias planas o discos unidos. 
Se hacían globos enormes con estos chicles.
Félix Velasco - Blog

viernes, 18 de marzo de 2011

Y sin embargo se mueve - Galileo Galilei

"Yo, Galileo, hijo del difunto Vincenzo Galilei, florentino, de setenta años de edad, compareciendo personalmente como acusado ante este tribunal y arrodillado ante vosotros, eminentísimos y reverendísimos señores Cardenales Inquisidores Generales contra la depravación herética a lo largo y a lo ancho de toda la comunidad cristiana, teniendo ante mis ojos y tocando con mis manos los Santos Evangelios, juro que he creído siempre, y que creo ahora, y que, con la ayuda de Dios, creeré en el futuro, todo lo que sostiene, predica y enseña la santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
Pero en vista de que, después de habérseme intimado judicialmente por este Santo Oficio el mandato de que yo debía abandonar por completo la falsa opinión de que el Sol es el centro del mundo y está inmóvil y de que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve, y de que yo no debía sostener, defender o enseñar de ninguna manera, verbalmente o por escrito, dicha falsa doctrina, y que después de habérseme notificado que dicha doctrina era contraria a las Sagradas Escrituras, escribí e imprimí un libro en el cual discuto esta nueva doctrina ya condenada, y presento argumentos grandemente convincentes en su favor, sin presentar ninguna solución de ellos, he sido declarado por el Santo Oficio como vehementemente sospechoso de herejía, es decir, por haber sostenido y creído que el Sol era el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no era el centro y que se movía.
Por lo tanto, deseando quitar de las mentes de sus Eminencias y de todos los fieles cristianos la vehemente sospecha justamente concebida contra mí, con sincero corazón y no fingida fe, yo abjuro, maldigo y detesto los antedichos errores y herejías y, en general, todo otro error, herejía y secta que sea en absoluto contraria a la Santa Iglesia, y juro que en el futuro nunca más diré o afirmaré, verbalmente o por escrito, nada que pudiera dar ocasión a una sospecha similar con respecto a mí.
Pero, si llegara a conocer a cualquier hereje o persona sospechosa de herejía, lo denunciaré ante este Santo Oficio o ante el Inquisidor y Ordinario del lugar donde yo pudiera estar. Más aún, juro y prometo cumplir y observar en toda su integridad todas las penitencias que me han sido o que me serán impuestas por este Santo Oficio.
Y, en el caso de que contraviniera (¡que Dios no lo permita!) cualquiera de estas mis promesas y juramentos, me someto a todas las penas y penitencias impuestas y promulgadas en los cánones sagrados y en otras constituciones, generales y en particular contra tales delincuentes. Que así me ayuden Dios y estos Santos Evangelios que toco con mis manos.
Yo, el antedicho Galileo Galilei, he abjurado, jurado, prometido y obligado a mí mismo según dicho anteriormente, y en testimonio de su veracidad he suscrito con mis propias manos el presente documento de mi abjuración y lo he recitado palabra por palabra, en Roma, en el convento de Minerva, este día 22 de junio de 1633".

Después de pronunciar este discurso, se dice que Galileo murmuró "...y sin embargo se mueve..."
Galileo Galilei
Discurso de retractación de Galileo Galilei ante los Tribunales de la Iglesia, 22.06.1633.
Félix Velasco - Blog

miércoles, 16 de marzo de 2011

Enterrar el miedo

Influido sin duda por el cine bélico de mi infancia, he sentido durante mucho tiempo una antipatía general hacia el pueblo japonés, al que suponía servil para el trabajo, anticuado para las costumbres y extremadamente cruel para el castigo. Nunca me gustó su manera de vivir, tan impersonal y mecanizada, ni ese apego de los trabajadores a sus empresas, que se manifiesta en una actitud casi devota, por no decir esclava. Ni siquiera sentí jamás curiosidad por la lengua japonesa, que me parecía que solo servía para demostrar arrogancia, crueldad o violencia, del mismo modo que durante algún tiempo pensé que los alemanes hablaban un idioma áspero y ferruginoso, casi oncológico, que se lo tenían bien merecido por lo nazis que habían sido. David Lean filmó la maravillosa “El puente sobre el río Kwai” con una actitud conciliadora que reparaba en cierto modo la mala imagen de los soldados japoneses durante la II Guerra Mundial, aunque a mí el jefe nipón del campo de prisioneros no acababa de inspirarme confianza porque sonreía como si su falsa felicidad de fogueo le hiciese doler las muelas. Más recientemente, el formidable y ecuánime Clint Eastwood tomó la trágica referencia de Iwo Jima para hacer apostolado a favor de una visión menos maniquea del comportamiento de los japoneses durante la guerra en el Pacífico. Naturalmente, yo no necesité la desintoxicación de Eastwood para darme cuenta de que los japoneses reales tenían poco que ver con los salvajes soldados tantas veces retratados por Hollywood y se parecían mucho más a los turistas minuciosos y callados, siempre tan respetuosos, casi anticonceptivos, que le hacen fotos incluso a las tiendas de cámaras fotográficas. Por si faltaba algo en el desagravio a los japoneses, las imágenes de la reciente devastación acaban de mostrarnos a un pueblo estupefacto y afligido que llora su tragedia en riguroso silencio, con una contención que en otros países ni siquiera se concibe en sus muertos. Ha sido el suyo un derroche de dolor cívico y reservado, una especie de dolor analgésico que les permite demostrar su tristeza sin perder por ello la compostura, como si supiesen que, por desesperada que sea, no hay en la vida una sola situación en la que sea razonable permitir que en los refugios de emergencia se salten la cola del arroz, la ansiedad, el hambre o el miedo. Yo no dudo que los japoneses sientan pánico en situaciones como la que acaba de sobrecoger al mundo, pero pienso que, en la duda de salir huyendo, ellos corren solo por dentro de si mismos, persuadidos sin duda de que nada hay tan peligroso como imitar al peligro y reaccionar sin orden. Las imágenes de televisión nos refieren un auténtico caos, una devastación difícil de narrar, y sin embargo los japoneses recorren sus ruinas con una mezcla de estupor y curiosidad, como si por sus viejas costumbres y por su tradición estoica supiesen sin ninguna duda que incluso en el caos cada cosa tiene que estar exactamente en su sitio, igual que si el terremoto que desencadenó la tragedia fuese un tren que se saltó dos estaciones cargado de ataúdes, en cuyo interior pensaban los supervivientes enterrar juntos el dolor, el olvido y el miedo. 
José Luis Alvite
Félix Velasco - Blog

domingo, 13 de marzo de 2011

Los terrores del milenio

Y por si nos faltara algo, por si no fuera nada la crisis económica, para mí peor que la Gran Depresión de 1929, este obligatorio máster en tsunamis. Todo lo que no aprendimos cuando el tsunami de Indonesia en 2004 lo estamos sabiendo ahora con el Japón. Pregúntenme lo que quieran sobre olas gigantes que parecen anunciar el fin del mundo. El hombre que se cree la medida de todas las cosas no puede nada contra los elementos desatados de la Naturaleza. Sólo puede hacer una cosa, pero está mal vista: rezar. Eso es políticamente incorrecto, salvo que se rece a Buda o a Alá. Como las lagartonas que se desnudaron de cintura para arriba, como si fueran a hacerse una radiografía de tórax las muy pendonas, en la Capilla Universitaria de Somosaguas y se pusieron a insultar a Dios, a su Iglesia, al Papa, a los curas y a nosotros los creyentes. ¿Por qué no tienen huevos para hacer eso mismo en la Mezquita de la M-30, o frente a la embajada iraní? Sí, hombre, sí: para que las mujeres de esos países musulmanes tengan los mismos derechos que aquí las despechugadas y se puedan quitar el burka como ellas el sujetador. ¿Usted ha oído a Bibiana Aído o a Leire Pajín defender a la mujer musulmana? Así que a las suripantas de la Autónoma les pediría que vayan a enseñar las domingas a la plaza mayor de Teherán, para pedir por la igualdad de las mujeres con los hombres, para que les dejen estudiar, para que les dejen casarse a la edad que ellas decidan y con quien quieran. Las mandaría a Kabul, para que protesten porque a las mujeres no las atienden los médicos. Y a Etiopía o Sudán para que evitaran la ablación del clítoris.
Cuando en el 2000 inauguramos este Tercer Milenio, no hubo, como en el anterior del medieval año 1000, terror colectivo. Nadie creyó, como entonces, que el mundo se iba a acabar. Pero yo me quedaría con aquel medieval Terror del Milenio del año 1000, que era infundado, en comparación con lo que el mundo lleva sufrido desde el 2000. Anda que no viene bien despachada de desastres ni de terrores del milenio por entregas esta centuria que tiene nombre de club de Paloma Segrelles: Siglo XXI... Nos creíamos que el Efecto 2000 iba a inutilizar todos los ordenadores y suspiramos cuando tal no ocurrió. Pero no sabíamos que los verdaderos terrores estaban por llegar. Que si el atentado contra las Torres Gemelas del 11-S; que si el tsunami de Indonesia; que si el terremoto de Haití; que si la guerra de Irak; que si la de Afganistán; ahora lo del Japón y la costa del Pacífico... Por no hablar de la masacre de Atocha y de las explosiones del 11-M, que para mayor horror nos trajeron directamente, con relación de causa y efecto, el terrorífico Gobierno de ZP que padecemos. Y al fondo de todo, la crisis económica, y los Malaquías de la economía profetizando que España es líder del Índice de Miseria de la Unión Europea. Y por si fuera poco, la rebelión generalizada de los países árabes, entre el encarecimiento de los precios del petróleo y el miedo reverencial a la morería, la maurofilia de los progres que nos hace hocicar ante la chilaba y la babucha.
Ante todos estos terrores, no cabe ni rezar a Dios, porque te dicen que eres un facha. El santo temor de Dios ha sido sustituido por el laico pánico a lo políticamente incorrecto. En los actuales terrores del milenio no tiemblo ante la profecía de Malaquías, sino ante el análisis de Juan Roig, el dueño del Mercadona, que me cae más cerca y que acaba de decir: «2011 tiene una cosa buena, y es que será mejor que 2012».
Antonio Burgos
Félix Velasco - Blog

El ahorro de España y el suyo de usted

Corría el año 73 y la guerra entre árabes e israelíes puso el petróleo por las nubes, despertando al mundo e ilustrando a sus pobladores de las muchas tensiones que le esperaban en el futuro. La economía española sufrió lo indecible -aunque mucho más sufriera en la crisis petrolífera del 77 y 78- y diseñó una campaña de ahorro que se resumió en una frase conminatoria: «Aunque usted pueda, España no puede». No se trata de que pueda permitirse lujos o no, se trata de que se rebaje la factura total que pagamos de petróleo y de que el dinero no se vaya alegremente por la ventana. Eso venía a decir aquel eslogan que ignoro si fue razonablemente efectivo. Desde aquella primera lección, el mundo no ha sido capaz de desarrollar una tecnología que permita los traslados en automóviles sin tener que depender de los combustibles fósiles, y el precio que pagar por ello ha sido estar sujeto a repetidas y recurrentes crisis petrolíferas surgidas de lo delicado de los escenarios en los que se produce gran parte del oro negro. Cíclicamente, la factura del petróleo que hay que pagar por casi todos los países ha puesto en jaque sus economías y ha supuesto un duro banco de pruebas para los ciudadanos menos adinerados. Todo es más caro, como podemos imaginar, porque todo se transporta y mucho se confecciona mediante la energía que surge de la combustión de diversos productos derivados de ese líquido negro hallado en las entrañas de la tierra y que parece que no se va a acabar nunca. Y aunque el petróleo suba y baje, aquello que es repercutido por sus subidas suele bajar muy pocas veces, con lo que todo es más caro y tal y tal. 
Ahora andamos alarmados por las consecuencias que presenta el conflicto interno libio, el cual ha significado una subida del barril -hasta el momento de escribir este suelto- a 111 dólares. Por supuesto ha estado mucho más caro en otros momentos y ha flaqueado más, mucho más, su producción, pero parece que ahora estemos a la puerta del fin del mundo y que el escenario inflacionista y ruinoso de nuestra economía no vaya a poder soportar un conflicto como el de estos días. Así que el Gobierno español le ha dado a la máquina de confeccionar ocurrencias y, después de unos días de incertidumbre, ha decidido que circulemos a 110 km/h por aquellos tramos en los que está autorizado hacerlo a 120. A la par de tan caprichosa decisión, equiparable a aquella del 73, se ha desatado la fiebre del ahorro y los gobernantes se han dispuesto a hacer en grandes proporciones lo que los ciudadanos llevan haciendo tanto tiempo como hace que empezaron las apreturas que ellos negaron machaconamente una y otra vez. Y, ocurrencia tras ocurrencia, no sé cuánto dinero dicen que llevamos ahorrado ya, pero siempre encuentran una paternalista explicación para justificar su intervencionismo en nuestra vida privada. ¡Claro que un ciudadano sabe lo que tiene que hacer cuando sube la gasolina!: ¡consumir menos!, y no hace falta que lo obligue el ministro de turno. A él y a otros del Ejecutivo ha habido que explicarles que el consumo de gasolina no está en función de la velocidad, sino de las revoluciones del motor, y que lo que se dejará de gastar por circular a 110 no pasará de ser una mera anécdota, y que dicha anécdota puede que no compense otros costes asociados, entre los que se encuentra, por ejemplo, estar más tiempo en la carretera, cosa que no siempre es rentable y no siempre gusta al conductor. 
Este gobierno de nuestras angustias, tan bien intencionado siempre y tan torpe en cada una de sus disposiciones -que siempre acaban traduciéndose en un disparo en el pie-, es el mismo que argüía que mediante el gasto público se excitaba la economía, ya que se ponía dinero en circulación y así se hacía crecer el consumo. Mediante esa fallida idea, se pulieron el superávit español -planes E, cheques bebé, paga de 400 euros, etcétera-, y ahora andan recordándole a usted que ahorrar en determinados apartados no es mala cosa. Y, además, obligándolo; cuando el petróleo, por ejemplo, no lo paga España, lo pagan los españoles... 
Ay, Señor, ¡tantos años pasados para volver a los eslóganes del 73!
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

El difícil punto medio

Mientras escribo estas líneas, se está debatiendo en Cataluña si es correcto o no ir desnudo por la calle. Primero pensé que el debate consistía en dilucidar si era conveniente regular cierta forma de vestir, como ir por la ciudad sin camisa o en biquini. Pero no. Se trata de una moción presentada por una asociación nudista para que se permita ir en pelota picada. «Es nuestro derecho y vuestra obligación», oigo decir en la tele a un señor muy enfadado -y temerario- porque, para dejar clara su condición, se hace entrevistar en bolas en la calle en plena ola de frío. Con «vuestra» imagino que se refiere a la obligación de todos nosotros, de la sociedad, del resto de los ciudadanos imbéciles y trogloditas que no respetamos sus deseos. «Es lo más natural», dice, al tiempo que se rasca los bajos, supongo que para demostrar que, en efecto, él es supernatural. Por lo visto, la polémica está siendo acalorada porque ¿cómo se nos ocurre coartar la libertad de este colectivo? ¿Acaso no tienen ellos derecho a ir como se les antoje? ¿Quién puede prohibir que cada cual haga lo que le dé la gana? A mí lo que más me sorprende de esta polémica no es que los nudistas reclamen airadamente su derecho a ir en bolas por la ciudad, sino que sus argumentos sean aplaudidos por los mismos que quieren prohibir tantas otras cosas: fumar, ir a los toros, educar a los niños en colegios no-mixtos o en la lengua de elección de los padres... Por lo visto, el argumento de «¿acaso no tiene cada uno derecho a hacer lo que le dé la gana?» sirve para unos, pero no para otros. Y lo mismo ocurre con la premisa de «prohibido prohibir». No se puede prohibir todo aquello que atente contra los derechos de algunos colectivos minoritarios, pero sí contra los de otros amplios como los fumadores (el 30 por ciento de la población), los taurinos (calculo que al menos otro 30 o 40 por ciento) o el de padres que desean poder elegir el tipo de educación que prefieren dar a sus hijos, cuyos porcentajes desconozco, pero calculo rayanos al cien por ciento. 
Nunca me he considerado una persona conservadora, pero a base de tanta pseudoprogresía papanatas van a acabar por convertirme en carca. Porque lo que peor llevo de todo este asunto de lo que hay que prohibir y lo que hay que permitir es la falta absoluta de sentido común, la inveterada costumbre de desconocer las virtudes del punto medio. No son difíciles de comprender las razones por las que se ha producido este fenómeno. Se trata de una tardía resaca de lo que fueron las prohibiciones del franquismo. Todo lo que entonces estaba reprimido ha de ser permitido e incluso convertirse en norma. Naturalmente, hay cosas que es lógico que se permitan, pero según y cómo. Por supuesto nadie puede prohibir a alguien ir desnudo por su casa, por ejemplo, ni en los clubs y playas dedicados a tal efecto, pero también aquellos a los que no les gusta esa práctica tendrán algún derecho, digo yo. Derecho a que sus hijos no se encuentren con tipos en bolas en los parques junto a los columpios o el tobogán. Porque ¿nadie ha pensado, por ejemplo, que tal vez a algún pederasta se le pueda ocurrir la «imaginativa» idea de decir que es naturista para acercarse a los niños? Son cosas tan evidentes que da sonrojo tener que escribirlas, pero esta pseudoprogresía que nos infesta no solo es cerril, sino también bastante incongruente. Y es que me apuesto la cabeza a que, si se les hiciese la pregunta de otra manera, ellos serían los primeros en confesarse defensores de preservar ciertos espacios reservados a los niños. Que quede bien claro que no estoy diciendo que los nudistas «ataquen» a criaturas ni nada por el estilo, faltaba más. Lo que digo es que cada cosa tiene su lugar y cada derecho acaba donde empieza el del prójimo. Se trata de algo tan simple y a veces tan extremadamente difícil de entender y de alcanzar como el punto medio.
Carmen Posadas
Félix Velasco - Blog

sábado, 5 de marzo de 2011

Rebelión en la granja

Dicen que supervivientes y genios tienen en común la rebeldía, un «gen» especial, el mejor antídoto contra manipulación, demagogia y «estupidismo». El que manda no siempre tiene razón ni las cosas son siempre lo que parecen. George Orwell nos descubrió la trampa: no importan las ideas revolucionarias y de igualdad, si al poder absoluto no se le ponen límites, éste se corrompe y vuelve dictador a quien lo tiene. Las gallinas son sinónimo de «personas incapaces de rebelarse»: respiran miedo, carecen de dignidad, consienten que les humillen por un poco de grano de dudosa calidad. 
La nueva plaga del siglo XXI se llama «Victimismo»; humillarse aguantando relaciones personales tóxicas, tragar en trabajos donde mandan ineptos y los talentos se ningunean, obligarse a depender del «amo» sin cuestionar ni rebelarse, hace que enfermemos, pues estamos maltratando al alma. Muchos no osan reivindicar pues no quieren ser enviados al paro. Sin embargo, despiden a su rebeldía, valentía, confianza y genialidad. Apuntarse al «dame pan, y llámame tonto», asegura el hambre a todos los niveles: físico, emocional, intelectual, espiritual. El nefasto SanZPdelasruinas le arrancó la D a la democracia convirtiéndola en Dictadura. ¡Se acabó el victimismo y el tragar! Nadie nos hace nada que no consintamos. Asumamos la realidad: este incompetente desgobierno cada día inventa una nueva prohibición con la que aplastarnos un poco más la libertad. No dejes para mañana lo que puedas rebelarte hoy. Mejor vivir un solo día de pie, que toda la vida de rodillas. Yo no soy gallina.
Rosetta Forner
Félix Velasco - Blog

Otra vez ganan los malos

Al principio creí que era simple estupidez; pero rectifico. Es prepotencia, vileza y mala leche. Es la imbecilidad de unos pocos visionarios analfabetos, aceptada con entusiasmo formal por los clientes y en silencio cómplice por los cobardes. Como se veía venir, aquel artículo 22 bis de la ley 56/2003, creado a partir del artículo 5 de la ley de Igualdad, ha conseguido el sueño perfecto de todo gobernante totalitario: reprimir hasta el uso de la lengua hablada y escrita cuando no se ajusta a su concepción del mundo, por muy limitada, inculta o cantamañanas que ésta sea. Rebajar por decreto, imponiendo el uso irracional de la fuerza del Estado, la libertad y dignidad del idioma español hasta el triste nivel de su propia estupidez. De su mezquino oportunismo político. 
Ya no es anécdota suelta, como la que les contaba aquí el año pasado-«Chantaje en Vigo»-. Ya es violencia sistemática, de Estado, contra el uso correcto de la lengua española. Penúltimo caso: una empresa de Sevilla que, recurriendo con naturalidad al uso genérico del masculino -consagrado por el uso, el sentido común y la Gramática-, puso un anuncio para cubrir «una plaza de programador» en vez de «una plaza de programador o programadora», fue obligada por la Inspección de Trabajo a modificar el texto, bajo amenaza de una multa de 6.250 euros. El argumento diabólico es que, según la ley, «se considerarán discriminatorias las ofertas referidas a uno de los sexos». La pregunta es: ¿se considerarán, por parte de quién? Y también, ¿qué entendemos por «uno de los sexos»? Porque ahí está el truco infernal. Establecer si el uso del masculino genérico discrimina en un anuncio al sexo femenino, es algo que la ley no deja a los lingüistas, que saben de eso. Ni siquiera a los jueces y su presunta ecuánime sabiduría. Quien decide es cada inspector de Trabajo, según su particular criterio. Como le salga. Y aunque no dudo que entre los inspectores de ambos sexos -que a su vez tienen órdenes que vienen de arriba- haya dignos y cultos funcionarios capaces de distinguir entre incorrección gramatical, uso machista de la lengua, abuso de poder y simple gilipollez, nadie discutirá, supongo, que de ahí a convertirlos en policías e inquisidores de la lengua española, usada por 450 millones de personas en todo el mundo, dista un buen trecho. 
Es aquí donde entramos en la parte diabólica del negocio. Son varios los empresarios que se han dirigido a la Real Academia Española denunciando situaciones parecidas, en demanda de argumentos o amparo. Y la RAE, que en tales cosas está obligada a mantener una exquisita prudencia oficial, responde siempre lo mismo: el uso genérico del masculino es correcto y aconsejable, la lengua pertenece a quienes la hablan, no se puede forzar por decreto, y no hay ley de Igualdad que pueda imponerse sobre la autoridad de la Gramática ni violentar el uso correcto del castellano. Incluso algunos académicos, a título particular, nos hemos ofrecido a dar dictámenes técnicos en favor de los empresarios acosados, e incluso a acudir a los tribunales en defensa de quien nos pida consejo para defenderse de la desmesura y el chantaje lingüístico de que es víctima. Pero claro. Ahí está la trampa ineludible. Eso habría que solventarlo ante un juez, y a ver qué empresario amenazado por una inspección de Trabajo se atreve a litigar contra quien puede convertir su vida y su empresa en un infierno. Sólo de imaginar un juicio, largo y de resultado incierto, les dan sudores fríos. Y más con la que está cayendo. De manera que el respaldo de autoridad que la Academia puede dar frente a tales abusos no sirve para nada, pues el empresario indefenso nunca llegará a exponer su caso ante un juez: se resigna, modifica lo que le piden, y traga. Qué remedio. Y así, inevitablemente, la Inspección de Trabajo y los analfabetos -incluidas analfabetas con nombre y apellidos- que redactaron el artículo 22 bis de la ley de Igualdad, se apuntan muescas en su infame navaja, mientras la imbecilidad que tanta risa nos daba hace tiempo en boca del lendakari Ibarretxe -aquel ridículo «vascos y vascas»- se convierte, al fin, en chantaje impune, sueño anhelado de feminazis talibanes y sus mariachis. En arrogante norma inquisitorial contraria a la lengua, la razón y la justicia. 
Así que vamos listos, me temo. Imaginen qué ocurrirá cuando, por ejemplo, un empresario publique un anuncio pidiendo un cantante, y al inspector/a de Trabajo de su pueblo se le ocurra ley en mano, porque le da la gana y para chulo él, que el anuncio debe añadir «o cantanta»; y, si hay disponible una plaza de taxista, se especificará también «o taxisto», so pena de inspección laboral y multa. Por la cara. A veces me pregunto si de verdad nos damos cuenta de lo que nos están haciendo. De lo que, borregos resignados y sumisos, permitimos que nos hagan.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

El futuro de Internet

Que Internet no es el futuro, sino el presente, como decía Álex de la Iglesia en su comentadísimo discurso de despedida como presidente de la Academia de Cine, parece una evidencia palpable que no requiere mayor elucidación. Más discutible resulta, como también afirmaba el gran cineasta, que sea «la salvación del cine»; aunque, desde luego, un hipotético cine del porvenir (y lo mismo podría predicarse de otras expresiones artísticas) que pretenda subsistir al margen de Internet o contra Internet no parece concebible. Esta supervivencia del cine contra Internet es la que postula, sin embargo, la llamada «ley Sinde», a la que no auguramos un destino feliz. Los jueces españoles podrán ponerse a cerrar páginas de descargas a troche y moche; pero a los mantenedores de tales páginas les bastará con alojarlas en servidores de otros países, para escapar a su jurisdicción. Y, aun suponiendo que llegara a consolidarse una legislación de ámbito universal que persiguiera este tipo de páginas, los internautas (que no son una secta de extraviados delincuentes o una minoría refugiada en las alcantarillas de la sociedad, como a veces se les pretende caracterizar ridículamente, sino el común de la población) se las ingeniarían para intercambiar archivos por otros procedimientos, mismamente a través del correo electrónico. 
Lo que legislaciones como la llamada «ley Sinde» nos permiten barruntar es que, en los próximos años, el poder establecido va a tratar de fiscalizar Internet hasta extremos que hoy nos resultan inconcebibles. Desde luego, la «ley Sinde» es una antigualla, antes incluso de entrar en vigor, y un instrumento que no tardará en revelarse inútil; pero lo que en ella cuenta, más que los resultados, es el propósito, inequívocamente fiscalizador, que augura el advenimiento de una nueva era en la que el poder político y económico van a intentar domeñar Internet, que es algo así como un niño que han criado a sus pechos, en la esperanza de convertirlo en un instrumento más al servicio de sus intereses, y que sin embargo les ha salido respondón. Ignoro si ese propósito fiscalizador (que hoy se nos antoja una tarea tan inabarcable como tratar de encerrar el agua del océano en un hoyo excavado en la arena) alcanzará su objetivo, haciendo de Internet una suerte de tentáculo o extensión del poder establecido; o si, por el contrario, Internet hará añicos el control que las oligarquías políticas y económicas ejercen sobre la sociedad. Lo que sí me parece incontestable es que en los próximos años, tal vez décadas, asistiremos a ese combate sin cuartel, que cambiará la fisonomía del poder y tal vez dé al traste con el modelo de sociedad que conocemos. Y, mientras ese combate dure, el afán fiscalizador no hará sino crecer. 
Que al poder establecido le interesa un homo videns perpetuamente colgado de una pantalla, hipnotizado por lo que esa pantalla le muestra, acogido en esa pantalla como en una tibia placenta que lo envuelve en su abrazo y rompe sus vínculos con la realidad es algo fuera de toda duda; pero para que ese homo videns sea el perfecto esclavo atiborrado de imágenes que entorpecen su capacidad de raciocinio, lacayo de los estímulos que desde la pantalla le llegan, el poder establecido necesita construir un Internet que sirva plenamente a sus intereses, que desempeñe el mismo papel idiotizante y alienador que en la actualidad desempeñan otros medios de comunicación de masas, dedicados a embrutecer sensibilidades y a golpear las meninges con rudimentarias consignas. Internet, desde luego, posee una naturaleza más hipnótica (y, por ende, embrutecedora) que la de cualquier otro medio de comunicación de masas, pues ofrece al usuario una capacidad de elección casi infinita (o siquiera su simulacro). Pero, al mismo tiempo, Internet permite al usuario «montárselo por su cuenta»; y aunque la inmensa mayoría de la gente, pensando que se lo monta por su cuenta, no hace sino montárselo al gusto del poder que desea alienarla, es cierto que Internet permite campar por sus fueros a francotiradores que nada tienen que ver con ese homo videns reducido a la esclavitud, tan querido por el poder. Contra esos francotiradores que, al modo de la levadura, podrían propiciar con el tiempo un cataclismo en el modelo de dominación establecido se proponen actuar, mediante una fiscalización de Internet que hoy ni siquiera podemos imaginarnos; pero que, a poco que vivamos, experimentaremos en nuestras propias carnes.
Juan Manuel de Prada
Félix Velasco - Blog

La Yihad Antitabaco y algunos tontos

Hagamos sitio para todos los tontos que aparecen por doquier con motivo de la Ley Antitabaco. Cada día son más y están a punto de caerse al mar. Los más recientes aparecieron en Barcelona, en un asomo de organismo municipal llamado Agencia de Salud Pública: tras recibir una denuncia de un particular de la Yihad Antitabaco -¡cómo no!-, amenazaron con sanciones ejemplares a los productores de la obra teatral Hair por aparecer alguno de sus actores fumando en el escenario. ¿Fumando en un escenario? ¡Delito!, ¡prisión para ellos!, ¡extradición!, ¡incautación de sus bienes!, ¡escarmiento público!... 
Da igual que lo que fumen no sea tabaco, da igual que la escenarepresente el tiempo hippie en el que aquellos gansos malcriados se fumaban praderas enteras envueltas en alfombras, da igual que tengan que simular la época en la que vivían y la existencia flotante en la que se desarrollaba su quehacer. Da igual: no caben excusas para el excitado espectador que intuyó un grave incumplimiento de su ley favorita al ver a alguien en un escenario simulando fumar hierba mezclada con tabaco. El delito es el delito y hay que perseguirlo con toda la contundencia de una normativa que ha aparecido con la mejor intención y con la peor. La mejor es que se respete el derecho del no fumador a no tener que cohabitar en cubículos llenos de humo, cosa comprensible, y la peor es que se consiga enfrentar a los ciudadanos, cosa tan del gusto de este Gobierno. 
Los perplejos productores del musical han aducido que no se trata de tabaco, sino de hierbas compradas en herboristerías, tales como hierbaluisa y hoja de nogal, pero eso no les ha servido de explicación a los sandios funcionarios de esa agencia pública: alguien sostenía algo que se parecía a un cigarrillo y ello es intolerable. También han argumentado que los hippiesde aquellos años en los que se desarrolla el afamado y viejo musical organizaban corrillos de interminables horas fumándose macetas enteras de marihuana y que ese es un símbolo de su tiempo de la misma forma que lo era el pelo largo, la ausencia de jabón y la ropa floreada que lucían sus cuerpos gentiles. No importa, la directora de esa oficina siniestra, una tal Isabel Ribas, no tiene edad de recordar qué pasaba en los sesenta y sus anteojeras no le permiten ver más que el articulado de una ley que, según ella, no distingue entre tabaco y demás hierbas ni entre ficción y realidad. 
Asegura el productor que, a este paso, habrá que cortar las películas en las que aparece Bogart cargándose medio paquete de cigarrillos, ya que el ejemplo resulta intolerable. Todo puede ser en esta España de talibanes absurdos que, al parecer, no tienen nada mejor que hacer que salir refunfuñando de un teatro y cursar una denuncia contra una obra tras haber visto a alguno de sus protagonistas con un trasunto de cigarro entre los dedos. Está ocurriendo algo similar con los cigarrillos de pega que exhalan vapor de agua: aunque no sea tabaco, ni huela, ni pringue ni atufe, hay gente a la que no le gusta el gesto placentero que le pueda proporcionar a alguien sostener un pitillo en las manos. En más de un lugar han exigido que se lo metan en el bolsillo o que salgan a la calle a fumarlo. Que se sepa, de ese invento vaporoso y placebo no dice nada la ley, pero ¡cómo perder la oportunidad de ejercitar venganzas acumuladas! 
Finalmente, se solucionó el desatino y no han suspendido la obra ni multado a los productores. Simplemente amenazaron la Agencia y la lánguida y vegetal Montserrat Tura, candidata a candidata a alcaldesa de Barcelona. Con todo, no deja de resultar bochornosa la pasión por la tontería que tiene tanto intolerante desperdigado por las calles. Pasó en Sevilla hace unos días: un tipo fumaba un cigarrillo por la acera y una señora que andaba a su paso le conminó a que tirase el pitillo pues le molestaba. Fue contundente la contestación: «Si le molesta, lo tiene muy fácil: váyase a un bar».
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

El amor tiene a veces tan mal gusto

Como saben, una de las cosas que más me divierten es coleccionar muletillas. Frases de esas que la gente repite y que, por lo visto, nadie se toma la molestia de cavilar, no ya si son verdad o no, sino la mera posibilidad de que puedan ser una soberana estupidez. Pongamos, por ejemplo, esta: «En el amor solo escucho a mi ser interior, voy donde el corazón me lleve». Apuesto que, si hiciéramos una encuesta para preguntar su opinión a la gente, la enorme mayoría no se atrevería a desdecir frase tan redonda. «¿De qué me voy a fiar si no es de mi corazón cuando se trata de temas sentimentales?», pensamos. «¿Quién sino mi corazón sabe lo que me conviene para ser feliz?» Si se volviera a preguntar a los encuestados si no consideran más conveniente usar la cabeza en temas amorosos, seguro que en perfecta sincronía todos se llevarían las manos a la ídem arguyendo ruidosamente que no. Que de ninguna manera, que ellos no son personas «cerebrales», sino puro sentimiento. Empiezo por afirmar que yo me considero una mujer cerebral y fíjense que lo escribo, siendo muy consciente de lo mal que suena. Sin embargo, aun siéndolo, cuando se trata de relaciones personales, he metido la gamba en más de una ocasión. Porque díganme: ¿quién no se ha enamorado alguna vez de un impresentable, de un cursi, de un tonto o incluso de un canalla? Claro que, mientras uno está inmerso en esa relación, no se da cuenta, porque el amor tiene la virtud de alelarlo a uno. Se produce lo que Stendhal llamaba la «cristalización» y que consiste en adornar al ser amado con una serie de cualidades y atributos inexistentes, pero que, mientras dura el enamoramiento (que Ortega llamaba «un estado de estupidez transitoria», dicho sea de paso), nos parecen reales. Es luego, al acabarse el embrujo, cuando uno cae del guindo y dice: «Pero bueno, ¿qué demonios le vi yo a fulano si no hay por dónde cogerlo?» y se asombra de su propia estupidez o ceguera. Yo comprendo que de muy joven es lógico caer una, dos, varias veces en la cristalización que produce ese estado de idiotez transitoria. Lógico también creer que el corazón no se equivoca nunca, pero a medida que se van cumpliendo años tal vez valga la pena revisar esta bonita idea rosa. Sí, el corazón se equivoca mucho; sí, el amor tiene muy mal gusto, a veces ¡pésimo!, de modo que no estaría mal empezar a usar la cabeza en temas amorosos. ¿Que eso suena calculador y cerebral? Bueno, y qué. ¿Acaso no la usamos para todo lo demás en esta vida cuando deseamos acertar? ¿Por qué no hacerlo entonces en la decisión más importante de todas, que es elegir pareja? Conste que, al proponerles esto, soy consciente de que no solo es poco romántico, sino también muy difícil de poner en práctica porque, a cada paso, hay que estar luchando contra esa bonita y engañosa nubecilla rosa que nos promete: «Esta vez va a ser diferente», «mi amor puede con todo» o -grandísima metedura de pata- «no importa, yo la/lo cambiaré». Mentira, es muy difícil cambiar a alguien y tal vez el amor pueda con todo, pero casi siempre a cambio de un precio harto elevado. En realidad, si se fijan ustedes, la mayoría de las veces nos equivocamos a sabiendas. «Esto va a ser una catástrofe», decimos, pero seguimos adelante, puesto que es muy difícil desprogramar una pulsión. Soy la primera en reconocer su enorme influjo, pero pienso que saber que uno se equivoca es al menos un primer y tímido paso para aprender a no hacerlo la próxima vez. Porque solo aprende aquel que reconoce su error, los demás continúan tropezando una y otra vez en la misma piedra. Y es que la vida es así de cabrona, que diría Pérez-Reverte. Te pasa lecciones todo el rato y, en especial, sobre relaciones humanas. Si las aprendes, estupendo y, si no, te las vuelve a pasar... hasta dejarte hecho polvo. Por eso pienso que «ir donde el corazón te lleve» suena guay, pero si donde te lleva una y otra vez es al mal de amores, tal vez vaya siendo hora de cambiar de guía o de brújula.
Carmen Posadas
Félix Velasco - Blog

martes, 1 de marzo de 2011

Los 11 Principios de la Propaganda - Joseph Goebbels

"Los 11 principios de comunicación aplicados en la estrategia comunicativa por casi todos los partidos políticos del mundo:
1. Principio de simplificación del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.
2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan".
4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
5. Principio de la vulgarización. "Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar".
6. Principio de orquestación. "La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas". De aquí viene también la famosa frase:"Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad".
7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público está ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad."
Joseph Goebbels
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