lunes, 26 de abril de 2010

Alfonso XIII, ese franquista

Si es que te la dan hecha. La página, quiero decir. Con la náusea adjunta. Igual que si te metieran los dedos en el gaznate. Luego escriben cartas a XLSemanal, quejándose cuando los llamas gentuza y te refieres a sus muertos. Como una tal señora Cunillera, creo que se llamaba, o llama, que se descolgó una vez por el buzón de nuestro cartero con grititos de dignidad ofendida. Cómo se atreve, etcétera. El rufián.
Hoy me relamo con otra perla parlamentaria, y no me resisto a compartirla con ustedes. Especialmente porque, si no me equivoco, pasó casi inadvertida en la prensa: media tímida columnita en un rincón, y poco aire de la clase política. Entre bomberos, supongo que se dijeron, no vamos a pisarnos la manguera. La soltó un pavo llamado Joan Herrera, diputado de Iniciativa por Cataluña Verde, me parece que es, pero podía haberla facturado cualquier otro individuo de los que frecuentan el garito. O buena parte de ellos. De esos a los que alguna vez encuentro en la rotonda o los restaurantes del Palace –yo pago allí con mi dinero, y ellos también pagan con el mío y con el de ustedes–, y me veo obligado a oír sus conversaciones telefónicas o de viva voz. Como ya apunté en esta página alguna vez, España debe de ser el único país de Europa, o de por ahí cerca, donde para sentarse en las Cortes no hace falta tener ni el bachillerato.
En pregunta parlamentaria, hace un par de semanas, ese tal Herrera inquirió, muy serio, si bajo los supuestos de la ley de Memoria Histórica de 2007, que impone la retirada de objetos, monumentos o menciones conmemorativas que exalten la sublevación militar de 1936, el Gobierno tiene previsto cambiar el nombre de la Base Alfonso XIII de Melilla: que a su juicio, y de acuerdo con la citada ley, «supone una exaltación franquista». Respondió el Gobierno que, aunque se han tomado muchas medidas acordes con lo establecido en esa ley, la figura de Alfonso XIII no está incluida en ella, puesto que el abuelo del actual monarca dejó de reinar en España con la proclamación de la II República, que fue anterior a la Guerra Civil y a la dictadura del general Franco. Lo que, dicho en bonito, venía a significar que el diputado Herrera se había tirado un planchazo de órdago, mezclando dictaduras –la de Primo de Rivera sí fue bajo Alfonso XIII– y liándose más que el tobillo de un romano.
No vayan a creer ustedes que Herrera, azote implacable –y verde– de dictadores y dictaduras, pidió disculpas por meter la gamba hasta la ingle, o en sincero auto de fe salió al día siguiente en el telediario admitiendo: soy un indocumentado y un cantamañanas. Nada de eso. Se dio por satisfecho, y con la solemne impavidez del tonto, supongo, miró al soslayo, fuese al bar y no hubo nada. Quede claro de todas formas, diría su gesto seguro y la sonrisilla satisfecha, que aquí mis votantes y yo no dejaremos pasar ni una. Faltaría más. A esa puta y facha España.
Opino, sin embargo, que el Gobierno, aunque diligente, anduvo escaso en la respuesta. Mañana mismo, algún otro insobornable martillo de dictadores puede sentir curiosidad por franquismos parecidos, y esta clase de cosas es mejor prevenirlas. Lo de Alfonso XIII es más que una simple anécdota: delata caudales de rancia estupidez nacional, aliada con ignorancia y oportunismo político. Individuos que hacen preguntas como ésa, indigentes intelectuales de semejante calibre, votan leyes y deciden, con sus pactos, alianzas y pertinaz desvergüenza parlamentaria, nuestro presente y el futuro de varias generaciones. Habría convenido, por tanto, aprovechar la respuesta gubernamental para explicar a los vigilantes de la playa, y compañía, que Franco fue un dictador culpable de muchas cosas; pero que España es un lugar complicado y viejo, con tres mil años de verdadera memoria histórica, donde antes de la Guerra Civil, fecha a la que aquí se remite toda referencia y clave de nuestros males, ocurrieron otras cosas. Aunque despachara a moros y cristianos, por ejemplo, el Cid no era franquista. Ni Cervantes, aunque escribió en castellano. Tampoco los Reyes católicos, que expulsaron a los judíos, o Felipe III, que echó a los moriscos. Y la bandera roja y amarilla, pásmense todos, no la impuso Franco en 1936, sino Carlos III –que era un rey ilustrado– en 1785, inspirada en la antigua señal del reino de Aragón. Todo eso está en los libros de Historia, explicado muy clarito. Los hay de bolsillo, baratos. Cuando hagan otro de esos caros viajes protocolarios internacionales con avión en clase preferente, hotel y dietas a que tan aficionados son nuestros diputados, en vez de ponerse ciegos a canapés en las salas Vip de los aeropuertos, podrían leer alguno.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

Fin de un tonto pacto de silencio

Mientras escribo estas líneas, no hay desenlace feliz ni tampoco fatal –afortunadamente– en la huelga de hambre que desde el 24 de febrero mantiene el disidente cubano Guillermo Fariñas. El tiempo corre y parece que por fin el esclerótico régimen castrista empieza a resquebrajarse, a consecuencia de sus muchos errores. Siempre me ha llamado la atención que en este mundo existan personas –y por extensión, también regímenes políticos– a los que se les perdona todo, mientras que a otros no se les pasa ni media. El club de los que poseen bula es tan colorista como variopinto y en él figuran desde Berlusconi hasta algunos políticos autonómicos españoles, pasando por George Bush hijo. Pero, sin duda, la mayor patente de corso que se conoce es la que disfruta el régimen castrista. Hay que reconocer que Fidel ha triunfado tanto en sus relaciones públicas como fracasado en su modelo político. Desde el ya lejano 1959, él ha conseguido mantener viva la ilusión romántica que generó su llegada al poder. Y mira que es difícil seguir siendo un referente ético y estético cuando el resultado real de su gestión es el fracaso más absoluto. Pero Castro siempre ha sabido utilizar muy bien el victimismo. A ello han ayudado, qué duda cabe, la belicosidad del exilio de Miami y el embargo norteamericano. Pero no sólo de victimismo eficaz vive el hombre. La revolución cubana ha contado con un aliado muy poderoso: el papanatismo de muchos que se negaban a ver falta alguna a esta bella utopía que desde hace años no es bella ni utópica. Y es que, para un sector de la izquierda, Cuba sigue siendo una especie de baluarte moral, un «Vaticano revolucionario». Hasta tal punto es así que intelectuales y artistas siguen apoyando al régimen con sus declaraciones y sus conciertos hasta el día de hoy. Afortunadamente, como bien decía Abraham Lincoln (éste sí un abanderado de la libertad y la igualdad), «se puede engañar a algunas personas algunas veces y se puede engañar a muchas personas muchas veces, pero no se puede engañar a todas las personas todo el tiempo». Por eso ahora, y paradójicamente, el régimen se resquebraja por el flanco que les es más querido, el del pueblo. Y es que Fidel estaba preparado para afrontar una invasión yanqui, embargos sucesivos o sofocar a sangre rebeliones contrarrevolucionarias, pero no para pelear contra hombres dispuestos a morir en huelga de hambre o mujeres pacíficas que recorren las calles de la Habana vestidas de blanco para reclamar la excarcelación de los presos de conciencia. Han tenido que surgir estas voces del pueblo para que, por fin, a los intelectuales se les caiga la venda con la que ellos mismos se habían cegado. Y los primeros han sido los de la propia isla, encabezados por Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, que ha llegado a decir que ya va siendo hora de enterrar la `r´ de revolución y apostar por la «evolución». Tal vez ahora que se ha roto el pacto de silencio intelectual desde el corazón mismo del Vaticano revolucionario despierten las voces de otros muchos miembros de la intelligentsia de izquierdas que siempre han preferido ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga del quince en el propio. Pienso que no sólo sería un acto de honestidad intelectual por su parte, sino que incluso conveniente a sus intereses. Porque defender un régimen tan fracasado por el mero hecho de ser de izquierdas es tanto como decir que dicho modelo político es un fracaso. Pienso que el modelo progresista tiene muchas y muy necesarias virtudes y para defenderlas hay que alejarse lo más posible de sus encarnaciones fraudulentas. Siempre recuerdo que cuando mis padres vivían en Rusia, allá por los años setenta, Agnelli, el dueño de la Fiat, puso en marcha una iniciativa muy inteligente. Se las arreglaba para dar como premio a sus obreros más izquierdosos un viaje de veinte días al paraíso soviético. Cuando volvían a casa, después de luchar con comisarios políticos, grifos de los que no salía agua, comidas interminables a base de nabos y berzas y otras encantadoras experiencias proletarias, su fe en el comunismo estaba tan maltrecha como sus estómagos. Yo, que a mi vez viví la experiencia por aquel entonces, también quedé vacunada para los restos, lo aseguro.
Carmen Posadas
Félix velasco - Blog

sábado, 24 de abril de 2010

El Observatorio de la Ira Laicista

Fantástico. Un organismo pomposamente autotitulado `Observatorio de la Laicidad´ proclamó hace unos días la inconveniencia de que en las procesiones de Semana Santa se interprete el himno nacional a la salida o entrada de las cofradías de sus templos y, asimismo, lo indebido de que en dichos desfiles procesionales participen miembros de las Fuerzas Armadas o de los Cuerpos de Seguridad del Estado. Ya sé que se ha escrito largamente de este asunto en los días que median entre el Domingo de Resurrección y hoy, pero no me resisto. Los argumentos de estos sandios son de peso: el himno es de todos y los funcionarios deben evitar participar en ejercicio religioso alguno. Esta nueva Inquisición que en forma de laicismo quieren instaurar algunos sujetos va a llevar a que ni siquiera los alcaldes presidan procesión alguna. Lo que invita a pensar que lo que de verdad quieren decir –pero no se atreven– es que deberían prohibirse nazarenos, penitentes, Vírgenes bajo Palio y Misterios con Cristo andando libremente por la calle.
Por partes. El himno es de todos, y en ello es fácil que nos pongamos de acuerdo; razón por la cual yo lo pongo en mi casa cuando me dé la gana, y si lo quiero interpretar cuando mi Cofradía sale a la abarrotada calle por miles de personas, lo hago. Y no tengo que pedirle permiso a ningún observatorio de tontos. Los policías y guardias civiles que escoltan pasos lo hacen por ser devotos de esas hermandades, de forma voluntaria y en sus horas libres. Sólo faltaría que tuvieran que pedirle permiso a los profesionales de la ira laicista. Los alcaldes que toman la vara representan a la ciudad en un cortejo al que asiste la suficiente ciudadanía como para que su presencia sea exigible. Menudo disgusto le darían a algunos alcaldes del PSOE si les prohibieran vestirse el chaqué en diversas cofradías. Más: el Observatorio de la Pataleta Laicista se queja amargamente de que se concedan indultos todos los años por mediación de alguna hermandad, siendo el más conocido el que promueve Jesús el Rico en Málaga. Pues que se lo pregunten al indultado, que suele ser siempre un preso con condena menor y que a buen seguro estará encantado de que los laicistas lo quieran de por vida en prisión.
Nadie está obligado a que le gusten los actos religiosos y procesionales de Semana Santa. Conozco a no pocos sevillanos, sin ir más lejos, que huyen despavoridos a la playa, pero no conozco a muchos que pretendan prohibir a los demás que durante una semana se viva una tradición en la que se mezcla –de forma particular y en proporciones personales– la fe, el amor por las costumbres, la admiración por obras artísticas de primer orden o, sencillamente, el gusto por la calle. Son los mismos que no objetan nada cuando el carnaval toma el barrio –sin que les tenga por qué gustar un disfraz– o que no se quejan por la algarabía del Día del Orgullo Gay. Puestos a objetar, no comprendo la tardanza de estos bobos en lamentar la cabalgata de los Reyes Magos o los nacimientos que los ayuntamientos colocan en Navidad a la puerta de sus edificios. Ni entiendo cómo aún no han exigido formalmente que las fiestas de Zaragoza no sean en honor de la Virgen del Pilar, ni las de Barcelona sean por la Mercè ni las de Pamplona por San Fermín. Seguro que los corredores que le cantan al santo en la cuesta de Santo Domingo estarán encantados cuando esta alegre muchachada les llame la atención.
Cada día se hace más cierto que en España no cabe un tonto más. Como surjan cuatro o cinco más, se caen al agua. Estos pavos que, presos de un ferviente odio anticatólico no tienen reparos en hacer el ridículo y en mostrar un curioso envés totalitario propio de los peores comisariados, deben de estar hondamente contrariados por el hecho de que millones de personas hayan salido a las calles esta Semana Santa a acompañar a sus imágenes o a contemplar la belleza de una cofradía de su preferencia. Comprendo que ello los lleve a no poder sujetar su tic intolerante y a proclamar bobadas con la boca llena. Qué le vamos a hacer.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

lunes, 12 de abril de 2010

Suspiros de España


Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer.
Y al cumplir su voluntad
en un jardín de España nací
como la flor en el rosal.
Dentro del alma te llevaré
cuna de gloria, valentía y blasón
España, ya nunca más te he de ver
De pena suspira mi corazón.
Tierra bendita de mi querer
tierra gloriosa de perfume y pasión
España ponga una flor a tus pies
suspira mi corazón.
Ay de mi, pena mortal
por qué me alejo España de ti
por qué me arrancan de mi rosal.
Quiero yo volver a ser
la luz de aquel rayito de sol
hecho mujer
por voluntad de Dios.
¡Ay, tierra mía!
¡ay! quién pudiera
ser luz del día
y al llegar la amanecia
sobre España renacer.
Mis pensamientos
han renacido
del firmamento
del verso mío
y sobre España
como gotas de rocío
los dejó caer.
En mi soledad
suspiro por ti
España, sin ti me muero
España, sol y lucero
En mi corazón
te llevo metía
y el eco de mi canción llevará
España en un suspiro.
Félix Velasco - Blog

martes, 6 de abril de 2010

Kamikaze

Los kamikazes antes de la batalla seguían un ritual. Comenzaban poniéndose un pañuelo en la cabeza con el Sol Naciente, luego se ceñían un citurón con 1000 puntadas dadas por 1000 mujeres, bebían un copa de sake y por último componían y recitaban un poema, como hacían los samurais antes de hacerse el harakiri.
Félix Velasco - Blog

lunes, 5 de abril de 2010

Vidas descatalogadas


En el pasadizo subterráneo de la estación de metro de Banco de España, al pie de la plaza de Cibeles, en el corazón de Madrid, viven o languidecen hasta una docena de mendigos en unas condiciones de insalubridad pavorosas. Envueltos en cartones que los protegen de las corrientes de aire, yacentes sobre colchones repescados de algún vertedero, exhalan un olor pútrido en el que se entremezclan los miasmas de enfermedades indescifrables y los efluvios rancios de sus propios orines. A eso de las ocho de la mañana, cuando paso por allí, los veo remejerse somnolientos entre mantas costrosas y harapos, como restos de un naufragio que se han quedado arrumbados en una playa desierta; borroneados por las sombras, parecen apenas bosquejos de hombre, una hermandad de vidas arrugadas y apátridas que no figuran en ningún catastro, inquilinos de la soledad, sombras en tránsito hacia la nada. Los transeúntes que se aventuran por el pasadizo aprietan el paso, contienen la respiración, clavan la mirada cabizbajos en el suelo, para evitar que la visión dantesca les amargue el día; y, cuando por fin ascienden otra vez a la superficie, toman aire aliviados, como quien despierta de una pesadilla que a punto ha estado de devorarlos. Afuera, en la calle, el edificio de Correos que hoy hospeda la sede del Ayuntamiento se yergue como una orgullosa tarta de cumpleaños; hasta hace unos meses, de su fachada colgaban pancartas que proclamaban la candidatura olímpica, con su manita multicolor y soplapollas, orgullosas de entonar las loas de una ciudad que se pavoneaba ante el mundo, como una damisela con polisón, mientras bajo sus faldas se cobijaban aquellas vidas descatalogadas. Era una alegoría de la mentira en la que vivimos plácidamente instalados, una mentira que va dejando cadáveres en las cunetas como el excursionista jovial va dejando desperdicios a su paso, absorto en las delicias del paisaje.
Las pancartas de la manita multicolor y soplapollas desaparecieron como desaparecen las hojas de los árboles en otoño, mohínas y avergonzadas de su pasajero lustre, pero en el pasadizo subterráneo se quedaron los mendigos, ajenos a las vicisitudes olímpicas de la ciudad, como muebles descangallados que se dejan en una casa vacía cuando sus dueños, incapaces de encontrarles utilidad alguna, se mudan a otro barrio. Han sobrevivido al invierno como sobrevive la vegetación de la tundra, quietos y ateridos, aburujados en sus harapos, reblandecidos de humedades que llenan sus tripas de estalactitas y estalagmitas, contemplando el desfile de gentes premiosas y azaradas que discurre ante ellos. Gentes tal vez temerosas de que los mendigos las desvalijen o simplemente les arrojen al rostro su aliento fétido; gentes tal vez atareadas o que tal vez sólo finjan estarlo; gentes a quienes tal vez azuce la mala conciencia; gentes a quienes tal vez ofenda que los mendigos ni siquiera se dignen solicitarles una limosna; gentes que tal vez vean en esos mendigos una premonición del futuro que les aguarda, del futuro que quieren a toda costa exorcizar; un ir y venir de gentes que no se atreven ni siquiera a mirarlos, por miedo a compadecerse de ellos, o por un miedo aún más lacerante a compadecerse de sí mismas. Gentes en huida, como almas que lleva el diablo hacia no se sabe dónde; aunque, desde luego, el diablo sí lo sabe, porque siempre las lleva al mismo sitio.
Yo soy uno de esos que pasan ante los mendigos apretando el paso, conteniendo la respiración, contando los segundos que restan para alcanzar las escaleras que me conducirán a la superficie. Aquí, en la superficie, puedo compadecerme de los huerfanitos de Haití, puedo preocuparme de los estragos del cambio climático, puedo lloriquear pensando en las focas que son sacrificadas por cazadores sin escrúpulos, puedo –en fin– entregarme a las causas más solidarias, que son las que ocurren en los arrabales del atlas, en los desvanes de la estratosfera, en los hielos árticos, allá donde mis ojos no alcanzan y mi corazón no siente, o sólo siente de oídas. Aquí, en la superficie, puedo olvidar lo que mis ojos no quisieron alcanzar ni mi corazón sentir, mientras cruzaba el pasadizo; y puedo imaginar, colmado de euforia y optimismo, que tal vez con la primavera la fachada del Ayuntamiento vuelva a engalanarse de pancartas olímpicas, mientras abajo, allá donde se quedó sepultada mi humanidad, unas cuantas vidas descatalogadas se pudren lentamente, como paquetes sin destinatario en los sótanos de una oficina de correos.
Juan Manuel de Prada
Félix Velasco - Blog

sábado, 3 de abril de 2010

Las tres bombas atómicas

Las bombas atómicas explosionadas por EE.UU., tenían como nombres Trinity, Little Boy y Fat Man.
La prueba Trinity fue la primera prueba de un arma nuclear por los Estados Unidos. Por tanto, fue la primera explosión en la historia de un arma de este tipo. Tuvo lugar el 16 de julio de 1945. La bomba detonada usaba como material fisionable plutonio. El lugar elegido para la prueba fue una zona remota de Alamogordo, después conocida como White Sands. El lugar se encontraba en la zona norte, entre los pueblos de Carrizozo y San Antonio, Nuevo México, en el desierto Jornada del Muerto, al suroeste de los Estados Unidos (33.675° N, 106.475° O).
Little Boy fue lanzada sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, desde el bombardero estadounidense B-29 llamado Enola Gay pilotado por el teniente coronel Paul Tibbets, desde unos 9.450 m de altura. El aparato explotó a las 8:15:45 AM (JST), aproximadamente, cuando alcanzó una altitud de 600 m., matando aproximadamente a 140.000 personas.
Fat Man fue lanzada el 9 de agosto de 1945, desde el bombardero B-29 Bockscar, pilotado por el Comandante Charles Sweeney, medía 3,29 m de longitud por 1,56 m de diámetro, y pesaba 4.545 kg y su fuerza era de 25 kilotones, fue detonado a una altitud de 550 m sobre la ciudad de Nagasaki, se estima que 40.000 personas murieron en este ataque y otras 25.000 fueron heridas, y varios miles morirían después debido a heridas relacionadas, envenenamiento y radiación residual.
Félix Velasco - Blog

viernes, 2 de abril de 2010

Cayo Apuleyo Diocles

Cayo Apuleyo Diocles fue un deportista hispanolusitano, el más notable auriga del Mundo antiguo. Su carrera de 24 años fue inusualmente larga, ya que muchos aurigas morían jóvenes en accidentes. Comenzó a correr a los 18 años y se retiró a los 42 años. Compitió en 4.257 carreras y obtuvo 1.462 victorias, ganando la impresionante suma de 35.863.120 sestercios (56 millones de euros al cambio actual), instalándose en la ciudad latina de Preneste, donde falleció.