miércoles, 29 de octubre de 2014

El tonto de la bandera republicana

Cada vez que hablan de tontos, especie hispánica sin riesgo alguno de extinción, echo de menos a Jaime Campmany, autoridad mundial en Estultología o Ciencia de los Tontos, quien convalidó mi aportación del Tonto con Balcones a la Calle. Campmany profundizó en la conexa Estulticiología o Estultología Aplicada, que es a la Estultología como la Sociometría a la Sociología: la ciencia de clasificar tontos, observar su comportamiento, calcular el ITC (Índice de Tontos Contemporáneos) y el PIT (Producción Interior de Tontos). Ido Campmany, tengo por mi maestro en Estultología al embajador José Cuenca Anaya, quien sirvió al Reino de España en destinos tan decisivos como el Moscú de Gorbachov o el Palacio de Santa Cruz en tiempos de integración en la OTAN y en Europa. Cuenca es dueño de un bien escaso y valiosísimo: una prosa clásica, bien armada, asentada en Cervantes, con paladar de campo y pueblo, escopeta y perdiz. Perfecta. Quien quiera saborearla, lea sus libros «Sierras, perdices y olivares», «La Sierra caliente» o los recientes relatos de «La noche de bodas».
Cito a mi ilustre estultólogo porque el embajador Cuenca, doctoral y generosamente, me ha desvelado la causa de la incógnita que planteé el otro día: ¿por qué tras el triunfo de nuestra selección millones de españoles se echaron a la calle enarbolando la bandera nacional y absolutamente ninguno la republicana? El embajador Cuenca me ha dado la respuesta. Me llamó desde su mundo literario de Cazorla y Segura y me aclaró:
—Mira, igual que existe el que en mi pueblo, en Iznatoraf, llaman tonto de clavo pasado, y el tonto de la botella, que es el que va por la calle siempre con una botella de plástico de agua mineral para hidratarse, porque el tonto de la botella nunca bebe, se hidrata, está el tonto de la bandera republicana. Que no se queda tranquilo si no va con su bandera republicana a la manifestación. ¿Y qué ha pasado tras el triunfo de nuestra selección en el Mundial? Pues está clarísimo: que al tonto de la bandera republicana no le gusta el fútbol. Si no, prontito se iba a quedar el tonto de la bandera republicana en su casa cuando el Mundial...
Tiene razón mi actual Estultólogo Mayor del Reino. El tonto de la bandera republicana existe y todos lo conocemos. Hay muchos tontos de bandera. ¿No hablamos de «un toro de bandera» y ahí está la nacional con el de Osborne? Pues lo mismo existe el tonto de bandera. De diferentes banderas. Igual que el de la bandera republicana, que ni estaba ni se le esperaba cuando el Mundial, existe el tonto de la bandera palestina, imprescindible en toda manifestación que se precie. Y el tonto de la bandera saharaui. Y el tonto de la estrellada bandera separatista catalana. Y el tonto de la bandera arco iris: en algunas ciudades los tontos municipales de bandera hasta la izan en lo más alto del Ayuntamiento. Sin olvidar a un tonto histórico, que no ha podido aclarar la Estulticiología Vexilológica: aquel inquietante tonto moro que cuando los mojamés nos quitaron el Sáhara iba en la Marcha Verde con la bandera de los Estados Unidos. La única explicación que le encuentro es que era el tonto de la bandera del Polisario, pero que no le echó cojones. Y enseguida se iba a quedar el tonto de la bandera saharaui sin ir a una manifestación medio buenecita...
Antonio Burgos
Félix Velasco - Blog

domingo, 19 de octubre de 2014

El día menos pensado


Concéntrate en los pasos que puedes dar en el presente. ¿Qué puedes hacer ahora para que mañana sea según lo que has planificado y suceda lo que quieres conseguir? ¡Libérate de la ansiedad de un futuro incierto y de un presente amorfo, sin sueños ni esperanzas!
Félix Velasco

domingo, 12 de octubre de 2014

Aprender de Malala

Yo no sé si la Nobel de la Paz podría entender a nuestros desmotivados escolares del Primer Mundo
YA sé que no le han dado el Nobel de la Paz exactamente por espabilada, pero a mí es lo que más me admira de Malala y me llena de esperanza en estos días tan feos y marcados por la escasez de inteligencia en tantos adultos con toda clase de honores, títulos, cargos y responsabilidades. Me impresiona la total clarividencia de una niña en medio de una realidad sórdida y hostil para comprender la importancia que tenía acceder a la escolarización que se le negaba; «lo claro que lo tenía todo» en su cabecita a tan temprana edad y cómo esa claridad ha sabido abrirse camino en la oscuridad de sus desalentadoras circunstancias y de las más intimidatorias amenazas. Cómo no conmoverse ante la historia de ese blog que abrió a los trece años con un pseudónimo para la BBC y en el que se puso a contar su vida bajo el régimen de los talibanes. Cómo no quedarse pasmado ante esa mirada de lista que se ha impuesto sobre la precariedad, la bestialidad, la ignorancia y el fanatismo. Cómo no sorprenderse ante el caso de una cría del Tercer Mundo que se tuvo que jugar la vida para conquistar el derecho a ser educada y disfrutar de un bien básico cuando, en un país del Primer Mundo como el mío, una generación que ha accedido a la enseñanza gratuita ofrece tan tristes datos de fracaso, abandono y desaprovechamiento escolares. El último informa PISA, el de este año, levanta acta notarial del bajo resultado de los estudiantes españoles en lo que se refiere a comprensión lectora, a capacidad matemática y a resolución de problemas sencillos como el de encontrar en un mapa de carreteras la ruta más corta o el de comprar el billete más barato que combine metro, autobús y tren para ir de un lugar a otro.
Hemos creado en nuestro país gentecilla que se cree que con quince años ya no tiene nada que aprender en la vida y que lo sabe todo. El dinero fácil que propició la burbuja inmobiliaria, hoy reventada, contribuyó en una importante medida a ese desaguisado pedagógico. Malala, que viene de un país pobre y en guerra, contrasta con esa realidad de nuestro desarrollo. Yo no sé si ella podría entender a nuestros desmotivados escolares. Yo le pediría que les diera alguna clase particular además de luchar en la ONU por la educación universal. A Malala le llegó la noticia del Nobel cuando estaba en la escuela, en ese sitio que ella aún valora a sus diecisiete años y que considera privilegiado.
Malala es una esperanzadora noticia. Como lo es Kailash Satyarthi, el activista indio que ha luchado contra la explotación del niño. Lo es el Nobel de la Paz de este año que se ha fijado en la infancia y en dos personas concretas. A veces el Nobel premia más a las causas que a las personas y éstas luego le salen ranas. No parece ése el caso de Malala, que, siendo una lección viviente, quiere seguir aprendiendo. No estaría mal que se nos pegara algo de ella a los pequeños y a los mayores. No sé por qué me da que lo único que hará a este país salir de la crisis es la malalez.
Iñaki Ezkerra
Félix Velasco - Blog

Culpas

"Hace treinta años, cuando el sida llegó a España, hubo quienes lo atribuyeron a la decisión divina de exterminar a drogadictos y homosexuales y quienes lo consideraron un bulo propagado por el Vaticano para terminar con la promiscuidad. Las epidemias siempre han estimulado la parte criminal de la imaginación colectiva en sus raíces siempre individuales. Son las ocasiones más propicias para la elección arbitraria de chivos emisarios, o sea, de víctimas designadas a purgar las culpas sociales en el curso de jubilosos linchamientos gregarios.
Las epidemias favorecen la regresión de las multitudes a la fase de pensamiento mágico que ve en todo contacto una posible emisión de flujos contaminantes. La gente se olvida de lo que es un virus, si alguna vez lo supo, y cifra la causa de la enfermedad en la malevolencia de agentes humanos encabronados con el resto del mundo: quizás enfermos que no se resignan a su suerte e intentan vengarse contagiando, quizás espías de potencias enemigas, o brujas, o frailes, o moros o judíos. Desaparece la confianza mínima en el vecino, exigible para coexistir sin violencia, y que, si no se restaurase, haría saltar todos los consensos. Pero no hay que ponerse trágicos. Generalmente se restaura gracias al mecanismo infalible de la víctima propiciatoria, chivo expiatorio o como se le quiera llamar, que consiste en designar aleatoriamente un culpable y dirigir contra él toda la agresividad del grupo. Por lo general, el designado es inocente, o, si tiene alguna culpa, no es mayor que la de cualquier miembro de la muchedumbre linchadora. Pero eso no importa. Lo importante es que el mecanismo funcione, y suele funcionar. No para terminar con la epidemia, claro está, pero sí para calmar la furia de la masa aterrada."
Jon Juaristi
Félix Velasco - Blog

sábado, 11 de octubre de 2014

Cataluña y las demás Españas

Muerto sin sucesión Carlos II, se disputaron el trono de España, en una larga guerra de Sucesión, Felipe de Borbón y Carlos de Habsburgo. Cataluña peleó por el archiduque austriaco que, finalmente, resultó derrotado. En ningún momento se planteó la independencia catalana sino, muy al contrario, en ambos bandos se combatió por España y su Rey verdadero. En un libro desapasionado y riguroso, España y Cataluña, el historiador británico Henry Kamen deja todo esto muy claro, desmitificando las manipulaciones tendenciosas de algunos intelectuales catalanes que escriben desde la ebullición pasional.
Tras leer al hispanista británico me he sumergido en Cataluña y las demás Españas de Santiago Muñoz Machado. Estamos ante uno de los libros más importantes que se han publicado en nuestra nación en los últimos años. Desde el rigor jurídico, la precisión histórica, la objetividad conceptual, la claridad ideológica, Muñoz Machado disecciona el problema catalán de forma incontestable. Se lamenta el gran jurista de la ambigüedad que preside la sentencia de la Corte Internacional de Justicia sobre Kosovo. Subraya el derecho del Estado a su unidad, a su integridad territorial. No existen dudas ni fisuras. El derecho internacional se muestra inequívoco frente a derechos singulares de territorios aspirantes a la independencia. Recuerda el autor la sentencia del Tribunal Supremo de Alaska que prohibió un referéndum de independencia al considerar la iniciativa anticonstitucional. La integridad territorial, por cierto, se consagra también en la última Constitución francesa de 1958, artículo 89: “No es admisible ninguna reforma de la Constitución que afecte al territorio del Estado”.
Añora Muñoz Machado el pactismo para que desde la negociación se pueda evitar la violencia. Denuncia la torpeza de Adolfo Suárez, Fernando Abril y los constituyentes por su ligereza al no establecer las cautelas necesarias al trazar el Estado de las Autonomías. No comparte el pacto federal que algunos proponen porque eso “implicaría cambiar la residencia de la soberanía para situarla en las entidades infraestatales (la mayor parte de ellas artificialmente construidas a partir de 1978) y nos llevaría a un confederalismo de nuevo cuño y de futuro ahora inexplorable”.
Lo razonable para Muñoz Machado es una reforma constitucional que ampare una nueva fórmula de articulación de Cataluña en el Estado. Hay que evitar que la reforma se convierta en “una alocada carrera hacia adelante en la dirección misma del abismo”. Aunque advierto cierta ambigüedad en el procedimiento y los tiempos, Muñoz Machado no descarta que la aprobación final para el encaje de la nueva articulación de Cataluña en la Constitución se vote simultáneamente por todos los españoles, catalanes incluidos, claro, que ejercerían así su derecho a decidir.
“Creo -afirma el gran jurista- que la solución óptima sería la tramitación simultánea, y naturalmente fraccionada, de la norma que ponga al día el autogobierno de Cataluña y su integración en el Estado, y la reforma constitucional, si fuera precisa, que dé cabida a ese proyecto”. Si el Estatuto de 2006, desautorizado en parte por el TC, se hubiera acompañado por una propuesta de reforma constitucional, tal vez hoy la situación discurriría por las vías adecuadas para evitar la colisión de trenes.
En mi opinión, los dirigentes políticos a izquierda y a derecha tienen la obligación de leer este libro y reflexionar sobre lo que en él se afirma y se propone. Santiago Muñoz Machado ha escrito una obra de importancia excepcional y, en muchos aspectos, definitiva. Me temo que algunos dirigentes políticos desdeñarán el esfuerzo clarificador del jurista español y permanecerán en la ambigüedad, la suficiencia y la pertinaz estupidez. La mediocridad de nuestra clase política está incluso por encima de su corrupción y provoca vergüenza ajena.
Luis María Anson - De la Real Academia Española
Félix Velasco - Blog