viernes, 24 de octubre de 2008

Un piropo, por favor

Escribo estas líneas sentada en un destartalado banco público de la ciudad de La Habana adonde he venido a pasar unos días. Ya saben ustedes cómo son los finales de año, a uno le da por pensar con nostalgia sobre los temas más nimios, y es precisamente uno de estos temas el que me hecho detenerme aquí cerca del Malecón. Escribo apoyada en dos ejemplares del Granma y quiero aprovechar este dulce bienestar que da el Caribe para hablarles de algo que me ronda desde hace tiempo: me refiero a la decadencia y muerte del piropo en España. Es una pena, pero es verdad; en nuestro país el requiebro está muerto y enterrado: ya puede pasar por delante de un grupo de hombres la propia Kate Moss en cuerpo glorioso, que a ninguno de esos machos se les moverá un pelo. (Huelga decir que a nosotras, simples mortales, no nos escupen de puritito milagro. Pero en fin).
En cambio, aquí y ahora, sentada en mi banco de La Habana, alimento mi desinflado ego con un montón de lisonjas de esas que la dejan a una como nueva. Comprendo que alguien alegue, y con razón, que los latinoamericanos, como los italianos, son mucho más dados a decir cosas lindas. Pero les aseguro que al visitar Francia, Inglaterra, e incluso Rusia, he comprobado que todos practican esa vieja costumbre del halago callejero, cada uno a su manera. Los franceses, por ejemplo, lo hacen como (casi) una declaración de amor en toda la regla que a menudo comienza con un Oh! Madame. Los ingleses, más tímidos, aprovechan el sempiterno tema del clima para introducir algún comentario de tipo romántico-botánico que invariablemente rematan con un My luv (Mi amor, dicho en cockney). Y por fin, los rusos mascullan ternuras que lamentablemente no puedo contarles de qué tratan. sólo sé que tienen tono de balalaika. En España en cambio, país antaño ingenioso en galanteos, ya no se oye una linda palabra, ni siquiera una palabrota como la que antes solían lanzarnos los obreros desde los andamios. Se acabó, las mujeres parecemos no inspirar comentario alguno, ni bueno mi malo. ¿Pero quién mató al piropo? ¿En qué momento comenzó la indiferencia callejera? Yo tengo mi teoría al respecto. Pienso que el cambio tiene mucho que ver con la evolución social ocurrida en España en las últimas décadas. El miedo a parecer tercermundistas, las quejas de algunas feministas que confunden el halago con el menosprecio, y el cambio de roles entre hombres y mujeres ha hecho retraerse a los varones, como si gritar ¡guapa! al paso de una de estas nuevas mujeres profesionales e independientes fuera una guachafada. Cierto es que algunas feministas se ofenden con los gestos que antes llamábamos caballerosos: retirar la silla para que se siente una señora, dejarla pasar primero por una puerta. pero les aseguro, caballeros, que no todas las mujeres somos así de fundamentalistas. A mi modo de ver, el machismo implica otras actitudes más profundas y desagradables que el permitir que nos ayuden a ponernos el abrigo o que nos piropeen el vestido que estuvimos horas eligiendo para una cita. Tampoco es ningún síntoma de modernez el pasar delante de una chica guapa y mirarla con el mismo desinterés que a un señor de bigote. Es una pena que, en la adaptación a las nuevas actitudes entre hombres y mujeres, hayamos perdido la galantería. Nada tienen que ver churras con merinas. Nada tiene que ver el piropo con el respeto, y no hace falta llegar a Cuba para darse cuenta de lo agradable que resulta un halago masculino. Ya les digo: ahora que es tanto mas fácil viajar hagan la prueba en otros países. Verán que la desaparición de piropo es un fenómeno sólo español. (A Dios gracias, pues yo, con mi proverbial minúscula autoestima, ya pensaba que me había vuelto demasiado vieja para cosechar un ¡guapa! callejero).
Carmen Posadas

Arrumaco

Consiste en una demostración de cariño hecha con gestos o ademanes.
Es divertida por la cantidad de sinónimos simpáticos que tiene: carantoña, mimo, caricia, halago, cucamonas, zalamería, marrullería, lagotería, garatusa, monada, coba,...
Da sensacion de cercania, transmite fuerza y dulzura al mismo tiempo. También describe el lenguaje gestual del amor, muestra cariño, amistad, gratitud,... sin necesidad de utilizar palabras.
Félix Velasco

Voyage, voyage


Sobre los viejos volcanes
deslizando las alas sobre
la alfombra del viento, viaja, viaja
continuamente.

Nubes sobre pantanos,
desde el viento de España, a la lluvia de Ecuador
viaja, viaja
vuela por las alturas.

Sobre las capitales
con ideas fatales
miras el océano.
Viaja, viaja
más lejos que la noche y el día (viaja, viaja
por el espacio lleno de amor

Viaja, viaja
sobre el agua sagrada de un río indio (viaja, viaja)
para nunca volver.

Sobre el Ganges o el Amazonas
con los blancos, con los indios, con los amarillos,
viaja, viaja, por todos los reinos.

Sobre las dunas del Sahara
desde las islas Fiji al Fuji-Yamaviaja, viaja
no te pares.

Sobre las alambradas
sobre corazones bombardeados,
mira el océano.
Desireless

domingo, 19 de octubre de 2008

Dale vida a los sueños


Dale vida a los sueños que alimentan el alma,
no los confundas nunca con realidades vanas.
Y aunque tu mente sienta necesidad, humana,
de conseguir las metas y de escalar montañas
nunca rompas tus sueños, porque matas el alma.
Dale vida a tus sueños aunque te llamen loco,
no los dejes que mueran de hastío, poco a poco,
no les rompas las alas, que son de fantasía,
y déjalos que vuelen contigo en compañía.

Dale vida a tus sueños y, con ellos volando,
tocarás las estrellas y el viento, susurrando,
te contará secretos que para ti ha guardado
y sentirás el cuerpo con caricias, bañado,
del alma que despierta para estar a tu lado.

Dale vida a los sueños que tienes escondidos,
descubrirás que puedes vivir estos momentos
con los ojos abiertos y los miedos dormidos,
con los ojos cerrados y los sueños despierto.

Mario Benedetti

La rebelión de las masas - 20


Nunca el hombre-masa hubiera apelado a nada fuera de él si la circunstancia no le hubiese forzado violentamente a ello. Como ahora la circunstancia no le obliga, el eterno hombre-masa, consecuente con su índole, deja de apelar y se siente soberano de su vida. En cambio, el hombre selecto o excelente está constituido por una íntima necesidad de apelar de sí mismo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que al comienzo distinguíamos al hombre excelente del hombre vulgar diciendo que aquél es el que se exige mucho a sí mismo, y éste, el que no se exige nada, sino que se contenta con lo que es, y está encantado consigo.
José Ortega y Gasset

La rebelión de las masas - 19


Y si la impresión tradicional decía: «Vivir es sentirse limitado y, por lo mismo, tener que contar con lo que nos limita», la voz novísima grita: «Vivir es no encontrar limitación alguna, por lo tanto, abandonarse tranquilamente a sí mismo. Prácticamente nada es imposible, nada es peligroso y, en principio, nadie es superior a nadie.»
Esta experiencia básica modifica por completo la estructura tradicional, perenne, del hombre-masa. Porque éste se sintió siempre constitutivamente referido a limitaciones materiales y a poderes superiores sociales. Esto era, a sus ojos, la vida. Si lograba mejorar su situación, si ascendía socialmente, lo atribuía a un azar de la fortuna, que le era nominativamente favorable. Y cuando no a esto, a un enorme esfuerzo que él sabía muy bien cuánto le había costado. En uno y otro caso se trataba de una excepción a la índole normal de la vida y del mundo; excepción que, como tal, era debida a alguna causa especialísima.

Pero la nueva masa encuentra la plena franquía vital como estado nativo y establecido, sin causa especial ninguna. Nada de fuera la incita a reconocerse límites y, por lo tanto, a contar en todo momento con otras instancias, sobre todo con instancias superiores. El labriego chino creía, hasta hace poco, que el bienestar de su vida dependía de las virtudes privadas que tuviese a bien poseer el emperador. Por lo tanto, su vida era constantemente referida a esta instancia suprema de que dependía. Mas el hombre que analizamos se habitúa a no apelar de si mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Igualmente, sin necesidad de ser vano, como lo más natural del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos. ¿Por qué no, si, según hemos visto, nada ni nadie le fuerza a caer en la cuenta de que él es un hombre de segunda clase, limitadísimo, incapaz de crear ni conservar la organización misma que da a su vida esa amplitud y contentamiento, en los cuales funda tal afirmación de su persona?
José Ortega y Gasset

La rebelión de las masas - 18


Mi tesis es, pues, esta: la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza. Así se explica y define el absurdo estado de ánimo que esas masas revelan: no les preocupa más que su bienestar, y, al mismo tiempo, son insolidarias de las causas de ese bienestar. Como no ven en las ventajas de la civilización un invento y construcción prodigiosos, que sólo con grandes esfuerzos y cautelas se pueden sostener, creen que su papel se reduce a exigirlas perentoriamente, cual si fuesen derechos nativos. En los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías. Esto puede servir como símbolo del comportamiento que, en más vastas y sutiles proporciones, usan las masas actuales frente a la civilización que las nutre.
José Ortega y Gasset

sábado, 11 de octubre de 2008

Si hija de mi amor fuese


Si hija de mi amor mi muerte fuese,
¡qué parto tan dichoso que sería
el de mi amor contra la vida mía!
¡Qué gloria, que el morir de amar naciese!

Llevara yo en el alma adonde fuese
el fuego en que me abraso, y guardaría
su llama fiel con la ceniza fría
en el mismo sepulcro en que durmiese.

De esotra parte de la muerte dura,
vivirán en mi sobra mis cuidados,
y más allá del Lethe mi memoria.

Triunfará del olvido tu hermosura
mi pura fe y ardiente, de los hados;
y el no ser, por amar, será mi gloria.
Francisco de Quevedo

Pelmazos sin fronteras


Hoy vengo a la tecla con animus citandi. Decía uno de los hermanos Goncourt –si no lo dijo uno lo dijo el otro- que en sociedad se reconoce a la gente educada por algo muy sencillo: te hablan siempre de lo que te interesa. Eso coincide con aquel comentario de Heine, don Enrique, que utilicé hace dieciséis años como epígrafe para una novela: “Soy el hombre más cortés del mundo. Me precio de no haber sido grosero nunca, en esta tierra donde hay tantos insoportables bellacos que vienen asentarse junto a uno, a contarle sus cuitas e incluso a declamarle sus versos”. Y eso que en tiempos de Heine y de los Goncourt la gente procuraba parecer educada, aunque no lo fuera. Ahora se procura alardear de lo contrario: de naturalidad, de franqueza y de falta de educación. Cuando alguien dice que me vas a perdonar, oye, pero soy muy sincero, es para echarse a temblar; sobre todo cuando nadie le ha pedido que lo sea, y a veces ni siquiera que abra la boca. No es ya que estés sentado en un café o un restaurante y los vecinos de mesa te informen a gritos de tu vitae, o que un tonto del culo con teléfono móvil te ponga al corriente en el tren o en mitad de la calle de los apasionantes pormenores de su vida laboral o sentimental. Es que hay prójimos que a las primeras de cambio te endilgan directamente, sin ningún pudor, monografías personales que maldito te importan.

Verdean de muchos tonos, claro. Ustedes tendrán los suyos y yo tengo los míos. Los que mandan, por ejemplo, novelas inéditas que nadie ha pedido –hay semanas que recibo cinco-, y luego cartas indignadas porque no dedicas dos o tres días de tu vida a leer cada una, y después otra hora de tu tiempo a aconsejar al autor sobre si futuro literario. O quienes, en una conferencia sobre el capitán Alatriste, piden palabra y disertan quince minutos sobre lo que opinan ellos del último Harry Potter. También está el pelmazo no cualificado: el que no aspira a ser escritor, ni conferenciante, ni otra cosa que el pelmazo a secas. Estás sentado en el café Gijón leyendo o cambiando miradas con Alfonso el cerillero cada vez que entra una señora estupenda, y de pronto se esclafa en tu mesa un tío al que no has visto en tu puta vida, que te dice, sin que le preguntes, que no ha leído nada tuyo –es del género franco, adviertes aterrado- pero considera que Javier Marías sí es un novelista brillante a quien su mujer, muy lectora, sigue mucho; y a continuación se pone a contarte su vida a quemarropa. La suya, ojo, no la de Marías, ni la de su mujer, ni la de su mujer y Marías. O se pone a opinar sobre esto y aquello, pese a que tú, a estas alturas de la vida, cuando quieres opiniones vas y las buscas. A mí, para que se hagan a una idea, me han contado la guerra de los Balcanes de pe a pa en la sala de espera de un aeropuerto, justo cuando yo regresaba de pasar varios meses en Zagreb o Sarajevo –mi tema favorito de conversación en ese momento, imagínense. También miles de taxistas me han informado con detalles primorosos de lo mucho que nos jugamos todos en tal o cual partido del domingo, pese a que no soporto el fútbol ni a los taxistas parlanchines. Y locuaces matronas me han contado hasta la náusea lo que estudian sus hijos, lo que hace o no hace su digno esposo, y dónde pasaron las últimas vacaciones. Aderezado todo ello, a menudo, con guiños para implicarte en el ajo. Yo también escribo, dicen, o mi niña quiere ser periodista como usted, o yo es que en el fondo soy un aventurero, o tengo un cuñado en Murcia. Pretextos, en realidad, para hablar de sí mismos.

Uno comprende todo eso, claro. La gente anda bien sola y bien jodida, y es normal que procure desahogarse cuando puede, contando lo que sea. Esta misma página semanal tiene, a veces, mucho de desahogo o ajuste de cuentas; lo que pasa es que cualquiera puede saltársela, si quiere, e ir directamente al perro inglés, o a donde le salga; y además mi caso se justifica porque vivo de contar cosas y encima de desahogarme trinco viruta. Otra cosa es la gente que larga el rollo por la cara, acorralándote sin preocuparle si interrumpe algo: una lectura, una reflexión, un recuerdo, un dolor. Es descorazonadora esa impertinencia incapaz de considerar el momento idóneo para cada cosa, y que no distingue ente la atención cortés y el verdadero interés por la brasa que te están dando. Asusta comprobar lo mal que el pelmazo contumaz capta las señales de hastío e indiferencia de sus víctimas: esos asentimientos de cabeza que no comprometen, esos monosílabos mirando el reloj –ajá, no me diga, vaya, caspita-, que intercalamos en mitad del martirio macabeo. Al contrario. Ni siquiera lo de caspita los mosquea. Algunos se sienten animados, incluso, y redoblan su entusiasmo. Te cuentan lo de aquel sargento en la mili o lametástasis de su tía Merche, los miras, dices “no jodas” y contestan: “¿Verdad que sí?. Pues no sabes lo mejor, etcétera”. Y piden otra caña mientras tú piensas: así se te vaya por la glotis. Cabrón.
Arturo Pérez-Reverte

La mujer del vestido blanco


Es curioso cómo algunas cosas se parecen a otras. Aquélla me recordaba una escena de Sarajevo, o de Beirut en los viejos tiempos, y resulta que estábamos en mitad de La Mancha. El caso es que el otro día iba al volante por donde les cuento, autovía A-3 pasada la venta de San José, por esas rectas donde la gente arrea, zuaaas, zuaaas, de manera que sorprende que no palmen de diez en diez, cuando al llegar a una curva vi una nube de polvo, coches que paraban, etcétera. Leñazo habemus, me dije. Di las luces intermitentes y aflojé la marcha, y al otro lado de la polvareda vi una escena idéntica a ciertas imágenes que uno tiene en la memoria: un coche patas arriba en la cuneta y una mujer con un vestido blanco que salía tambaleándose, los brazos extendidos, el rostro fuera de sí y la boca abierta en un grito, supongo, porque yo llevaba las ventanillas cerradas y la escena era muda. La mujer se dirigía a un hombre que había salido antes y que estaba de pie, inmóvil, como si estuviera medio torrija y no se diera cuenta de lo que ocurría. Y ese hombre se tocaba la cabeza con las manos y miraba el suelo, el aire incrédulo, de reflexionar mucho o contemplar algo, o a alguien, tirado allí.
Ya había iniciado los movimientos para detenerme; pero vi que había varios coches en el arcén, y que paraban más, una veintena de personas corriendo hacia los accidentados, otros hablando por teléfono móvil y dos coches junto al poste de teléfono SOS que por suerte se levantaba algo más lejos. Así que me dije: bueno, chaval, eso está controlado y ahí sobras. Y seguí camino. Lo curioso es que, de toda la escena, la imagen que me quedó en la cabeza, y que aún estuvo presente unos kilómetros, fue la de la mujer: su expresión aterrada y sorprendida, el desgarro del grito silencioso ante el horror que acababa de golpearla de aquella manera inesperada y brutal. Y yo la he visto antes, pensé. Los he visto a los dos, y también al que estaba tirado en el suelo, si es que de veras había allí alguien a quien miraba el hombre que se tocaba estupefacto la cabeza. Porque la escena era idéntica a las que vi muchas veces cuando me ganaba la vida en el otro oficio; cuando después de caer una bomba, raaaaca, bum, y tras el estampido, entre el polvo, asomaban hombres aturdidos que se tocaban la cabeza como aquel de la A-3, y mujeres con los brazos abiertos y la cara desencajada y la boca abierta en un grito de horror, a veces ensangrentadas, a veces con un niño reventado en los brazos, a veces increpando absurdamente -o quizás no era tan absurdo del todo- al hombre aturdido que había sido incapaz de mantenerlos a salvo del dolor y de la muerte.
Y es que, en realidad es lo mismo, concluí una vez más, al ver las luces de una ambulancia pasar a toda velocidad por el carril contrario. Vivimos tiempos en los que el hombre ha conseguido rodearse de barreras que le permiten disimular la existencia del dolor y de la muerte. Nuestros abuelos sabían todo eso; pero a los abuelos los encerramos y amordazamos en asilos y en hospitales para que murieran detrás de biombos, y no nos lo recordaran. Ahora tenemos residencias de ancianos, sanatorios y eufemismos. El truco es no miro, luego ignoro. Ignoro, luego no existe. Y nos movemos por la vida con una seguridad suicida, basada en la absurda certeza, o esperanza, de que nunca vamos a sufrir, de que la enfermedad y el dolor son cosa de otros, y que nosotros no vamos a cascar jamás. Y así nos va. Porque el hecho de que no pensemos en ello, de que nuestra actual forma de vida tan funcional y tan moderna -guapos e inmortales como somos ahora-, mantenga al Horror en ese distante segundo plano, ámbito de lo posible pero improbable, no impide que ese Horror siga estando donde siempre estuvo: al acecho, en espera de la oportunidad para manifestarse en toda su violencia y su crudeza. Y de pronto, camino de las vacaciones, cuando acabas de enamorarte, justo al terminar la carrera, recién nacido o al día siguiente de conseguir la anhelada jubilación, ese Horror llega y dice hola buenas, familia. Alehop. Y cae la bomba en el comedor de la casa, o el imbécil de Manolo hace ese adelantamiento que no debía, o el azar te pone en el sitio justo a la hora precisa. Entonces, paf, todo vuelve a ser como antes. Como siempre fue y nunca dejó de ser, aunque lo hayamos olvidado. Y, ya sin estar preparado para ello, el ser humano vuelve a verse enfrentado a su propia fragilidad, a su condición mortal y a su miseria.
Todo eso es natural, y son las reglas. Fue siempre así, desde hace siglos, y lo seguirá siendo hasta el final de los tiempos. Lo único que a estas alturas resulta injustificable es la sorpresa, el gesto incrédulo del hombre que se toca la cabeza mientras suena el grito de la mujer del vestido blanco. Imperdonable la estúpida expresión de quien se pregunta cómo es posible que esto haya podido ocurrirme a mí.
Artúro Pérez-Reverte

viernes, 10 de octubre de 2008

Una, dos y tres


Una, dos y tres,
una, dos y tres
lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres,
una, dos y tres
lo que usted no quiera para el rastro es.

Esto es el rastro señores

vengan y anímense,
que aquí estamos nosotros
somos Papa Noel.

Le vendemos barato
con el precio en inglés,
somos todo lo honrados
que uste quiera creer.

Una, dos y tres

una, dos y tres
lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres
una, dos y tres
lo que usted no quiera para el rastro es.

Se revenden conciencias

recompramos la piel
nos vendemos de cara,
le compramos a usted,
y si quiere dinero
se lo damos también,
usted lo da primero,
y nosotros después.

Una, dos y tres,
una, dos y tres,

lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres
una, dos y tres
lo que usted no quiera para el rastro es.

Si usted quiere ser macho
le dejamos vencer,
y si usted regatea
nos dejamos la piel,
usted salva su facha
delante su mujer,
y al final si podemos,
la engañamos también.

Una, dos y tres,
una, dos y tres
lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres
una, dos y tres
lo que usted no quiera para el rastro es.

Si usted busca pilcheo
le mercamos la ja
si diquela y es mangui
le dejamos junar
si no pucha en caliente
le jamamos el bies
los gallumbos, los calcos
y envidamos tres.

Una, dos y tres,
una, dos y tres,
lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres,
una, dos y tres,
lo que usted no quiera para el rastro es.

Si usted quiere engañarnos
nos dejamos en en
usted salva su ego
y nosotros la piel.
Usted se va contento
y nosotros ya vé
nos pagamos la cena
con el ego de usted.

Una, dos y tres,
una, dos y tres,
lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres,
una, dos y tres,
lo que usted no quiera para el rastro es.

Una, dos y tres,
una, dos y tres,
lo que usted no quiera pa mi calle es.
Una, dos y tres,
una, dos y tres,
lo que usted no quiera para el rastro es.
Patxi Andión

martes, 7 de octubre de 2008

Zambra


Danza sensual de los gitanos de Granada, posiblemente evolucionada de antiguas danzas moras. Significa fiesta, bulla, regocijo y baile.
Es típica de las bodas gitanas; aunque también la bailan para los turistas en las grutas de Sacromonte.

Se baila con los pies descalzos, con castañuelas en los dedos, la blusa anudada bajo el busto y la falda larga asegurada a la altura de la cadera con amplios pliegues.

Félix Velasco

Bella


Bella,
como en la piedra fresca
del manantial, el agua
abre un ancho relámpago de espuma,
así es la sonrisa en tu rostro,
bella.

Bella,
de finas manos y delgados pies
como un caballito de plata,
andando, flor del mundo,
así te veo,
bella.

Bella,
con un nido de cobre enmarañado
en tu cabeza, un nido
color de miel sombría
donde mi corazón arde y reposa,
bella.

Bella,
no te caben los ojos en la cara,
no te caben los ojos en la tierra.
Hay países, hay ríos,
en tus ojos,
mi patria está en tus ojos,
yo camino por ellos,
ellos dan luz al mundo
por donde yo camino,
bella.

Bella,
tus senos son como dos panes hechos
de tierra cereal y luna de oro,
bella.

Bella,
tu cintura
la hizo mi brazo como un río cuando
pasó mil años por tu dulce cuerpo,
bella.

Bella,
no hay nada como tus caderas,
tal vez la tierra tiene
en algún sitio oculto
la curva y el aroma de tu cuerpo,
tal vez en algún sitio,
bella.

Bella,
mi bella,
tu voz, tu piel, tus uñas,
bella, mi bella,
tu ser, tu luz, tu sombra,
bella,
todo eso es mío, bella,
todo eso es mío, mía,
cuando andas o reposas,
cuando cantas o duermes,
cuando sufres o sueñas,
siempre,
cuando estás cerca o lejos,
siempre,
eres mía, mi bella,
siempre.
Pablo Neruda

Efectos colaterales de la felicidad


Hace unos años, mientras escribía El buen sirviente, dediqué mucho tiempo a leer sobre el tema El Mal. ¿Qué hace que, a diferencia de los animales, los seres humanos hagamos daño a otros sin mediar un ataque previo o una necesidad? ¿Por qué somos como somos? ¿Cómo es posible que uno de los pueblos más cultos del mundo, cuna de grandes filósofos, amante de Mozart y heredero Goethe cayera en la locura colectiva del nazismo? Tuve ocasión de leer muchas teorías al respecto pero la que más me impresionó fue una de Schopenhauer. Él dice que el ser humano hace el mal, primero, por instinto de supervivencia y eso, si no justifica al menos explica muchas actuaciones reprobables. Ahí se encuadrarían por ejemplo, el egoísmo, la envidia, la mentira, la insidia, el robo en todas su facetas etcétera. Hasta aquí la teoría es fácil de entender e incluso todos podemos vernos reflejados en ella si tenemos un mínimo de sentido autocrítico.
Pero lo que más me impresionó fue esta segunda parte de su reflexión: dice Schopenhauer que, una vez resuelto el problema de la supervivencia o subsistencia, el hombre hace el mal por tedio. El tedio es por ejemplo, lo que hace que busquemos nuevos alicientes como el sexo (no como amor sino como gimnasia) la droga, o robar en el supermercado “porque tiene morbo”. Pero el tedio es responsable, además, de acciones infinitamente más terribles. La gente se sorprende, por ejemplo, al ver cómo una sociedad tan avanzada como la nuestra, tan llena de posibilidades y tan culta puede ser tan cruel. Todos nos quedamos horrorizados hace unos años con la historia de aquellos muchachos de familia acomodada que quemaron a una mendiga en un cajero automático. O con las muy frecuentes noticias de niños de apenas diez años que graban palizas en sus móviles para pasar el rato. O con esa otra de violadores cada vez más jóvenes que matan y mutilan a sus víctimas. “La sociedad está enferma”, decimos, y le echamos la culpa a la tele o a los colegios o a los padres que no son capaces de educar con disciplina. Y todo esto es verdad, y habrá que poner atención a ello, pero a mi modo de ver, también habría que poner atención al fenómeno del tedio. En esta sociedad nuestra caprichosa y algo infantil, todo el mundo tiene horror al aburrimiento e intenta llenar su vida con todo tipo de cosas absurdas. El que no se machaca los meniscos en el gimnasio hasta hacerse vigoréxico se pasa días enteros en internet o le da por emborracharse con calimocho hasta quedar inconsciente. Es como si todos nos hubiéramos convertido en yonkis de sensaciones fuertes y necesitáramos experimentar cosas cada vez más enrevesadas para neutralizar al temible monstruo del tedio. Y para ello, también hay que estar con la cabeza continuamente ocupada, si no es con la tele, con la radio, y si no con el móvil o con el mp3. Porque otro de los efectos del tedio es que se buscan siempre ruidos que aturdan, que le eviten a uno pensar o estar a solas consigo mismo.Y es que lo paradójico y a la vez terrible, es que el tedio no es otra cosa que un perverso efecto colateral de una vida feliz. Los que están luchando por dar de comer a sus hijos o por sobrevivir en una guerra o cruzando el mar en patera pueden tener muchos problemas, pero desde luego no el del aburrimiento. Todo en este mundo tiene un precio y ése es el que pagamos nosotros, ciudadanos del primer mundo, que tanto tenemos y que tan poco valoramos. Porque otra de las cosas que hemos perdido por el camino es el deseo, el anhelo. Antes un niño pasaba años soñando con una bici o un escalextric y, cuando por fin los conseguía, aquel se convertía en uno de los momentos más memorables de su vida. Ahora, la satisfacción de los deseos es inmediata y a un deseo no lo sigue una satisfacción sino un nuevo deseo. Yo ignoro cómo se frena esta espiral absurda, pero pienso que conocer su origen es, al menos, un primer paso para ponerle remedio a la gran paradoja de nuestra “sociedad feliz”, esa a la que según nos sermonean todos los tontos librillos de autoayuda debemos aspirar.

Carmen Posadas

Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros.


Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Presidente de este Gobierno. Ex presidente del otro. Jefe de la patética oposición. Secretarios generales de partidos nacionales o de partidos autonómicos. Ministros y ex ministros -aquí matizaré ministros y ministras- de Educación y Cultura. Consejeros varios. Etcétera.
No quiero que acabe el mes sin mentaros -el tuteo es deliberado- a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía.
De vosotros, torpes irresponsables, que extirpasteis de las aulas el latín, el griego, la Historia, la Literatura, la Geografía, el análisis inteligente, la capacidad de leer y por tanto de comprender el mundo, ciencias incluidas. De quienes, por incompetencia y desvergüenza, sois culpables de que España figure entre los países más incultos de Europa, nuestros jóvenes carezcan de comprensión lectora, los colegios privados se distancien cada vez más de los públicos en calidad de enseñanza, y los alumnos estén por debajo de la media en todas las materias evaluadas.
Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del Pepé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana -que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural-, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña.
Y en cuanto al Pesoe que ahora nos conduce a la Arcadia feliz, ahí están las reacciones oficiales, con una consejera de Educación de la Junta de Andalucía, por ejemplo, que tras veinte años de gobierno ininterrumpido en su feudo, donde la cultura roza el subdesarrollo, tiene la desfachatez de cargarle el muerto al «retraso histórico». O una ministra de Educación, la señora Cabrera, capaz de afirmar impávida que los datos están fuera de contexto, que los alumnos españoles funcionan de maravilla, que «el sistema educativo español no sólo lo hace bien, sino que lo hace muy bien» y que éste no ha fracasado porque «es capaz de responder a los retos que tiene la sociedad», entre ellos el de que «los jóvenes tienen su propio lenguaje: el chat y el sms». Con dos cojones.
Pero lo mejor ha sido lo tuyo, presidente -recuérdame que te lo comente la próxima vez que vayas a hacerte una foto a la Real Academia Española-. Deslumbrante, lo juro, eso de que «lo que más determina la educación de cada generación es la educación de sus padres», aunque tampoco estuvo mal lo de «hemos tenido muchas generaciones en España con un bajo rendimiento educativo, fruto del país que tenemos». Dicho de otro modo, lumbrera: que después de dos mil años de Hispania grecorromana, de Quintiliano a Miguel Delibes pasando por Cervantes, Quevedo, Galdós, Clarín o Machado, la gente buena, la culta, la preparada, la que por fin va a sacar a España del hoyo, vendrá en los próximos años, al fin, gracias a futuros padres felizmente formados por tus ministros y ministras, tus Loes, tus educaciones para la ciudadanía, tu género y génera, tus pedagogos cantamañanas, tu falta de autoridad en las aulas, tu igualitarismo escolar en la mediocridad y falta de incentivo al esfuerzo, tus universitarios apáticos y tus alumnos de cuatro suspensos y tira p'alante. Pues la culpa de que ahora la cosa ande chunga, la causa de tanto disparate, descoordinación, confusión y agrafía, no la tenéis los políticos culturalmente planos. Niet. La tiene el bajo rendimiento educativo de Ortega y Gasset, Unamuno, Cajal, Menéndez Pidal, Manuel Seco, Julián Marías o Gregorio Salvador, o el de la gente que estudió bajo el franquismo: Juan Marsé, Muñoz Molina, Carmen Iglesias, José Manuel Sánchez Ron, Ignacio Bosque, Margarita Salas, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Francisco Rico y algunos otros analfabetos, padres o no, entre los que generacionalmente me incluyo. Qué miedo me dais algunos, rediós. En serio.
Cuánto más peligro tiene un imbécil, que un malvado.

Arturo Pérez-Reverte

miércoles, 1 de octubre de 2008

Albricias


Interjección onomatopéyica de origen árabe. Cervantes la usó en distintas ocasiones en El Quijote. Se pronuncia cuando se recibe una noticia o sucede algo que se entiende como un regalo afortunado. Expresión de júbilo emocionado. Regocijo.
Esperanza que se ha convertido en realidad. Considerarse infinitamente afortunado por algo que acaba de acontecer.
La cohabitación perfecta de íes y aes es una caricia intensa para el oido de quien la escucha, normalmente el portador de una buena noticia, que a su vez se alegra de haberla dado.
Félix Velasco

Fiaca


Pereza, indolencia o desgana. Flojera que entra después de comer. Se utiliza en el sentido de ganas de no hacer nada, a pesar que tengas muchas cosas por hacer. Expresión utilizada en Argentina.
Félix Velasco

Apapacho


Es una palabra de origen nahuatl (la lengua nativa americana, cuyo uso se extiende desde el norte de México hasta Centroamérica), que se incorporó al español en México, es un abrazo mucho más cariñoso, más cálido. Significa también una caricia, un poco de atencion que todos necesitamos.

Félix Velasco