domingo, 22 de marzo de 2015

Arbeit Macht Frei

 
Hace un mes, dos parejas amigas nos fuimos de fin de semana a Múnich. Hubo nieve, cerveza, alimentación aerofágica, un castillo cursi en el que parecía que ibas a escalar una trenza, y muchas risas, como corresponde a gente que se lleva bien. El último día, casi como una improvisación porque sobraba tiempo y estaba en el camino del aeropuerto, decidimos pasarnos por el campo de concentración de Dachau, a apenas dieciséis kilómetros del bullicio de la Marienplatz y de las enormes cervecerías en las que habíamos visto confraternizar y chocar jarras a hombres que hasta tocaban el acordeón vestidos y emplumados al modo tirolés. A dieciséis kilómetros. Supongo que la escena festiva de la cervecería era idéntica a la de cualquier domingo de los años treinta, cuando, a dieciséis kilómetros, Dachau funcionaba.
Aún reíamos y hacíamos chistes mientras conducíamos hacia Dachau. Al salir, tardamos mucho rato en hablar siquiera. Y eso que Dachau no es Auschwitz, ni por tamaño, ni por el propósito casi exclusivo de exterminación del campo polaco, que en Dachau fue algo más paulatino. Dachau fue el primero de los campos nazis, el que sirvió como temprano modelo del Lager, y de hecho lo único que ahí dentro puede hacer un alemán para calmar la conciencia es recordar que fue abierto precisamente para encerrar a otros alemanes -disidentes políticos, homosexuales, católicos- a los que fueron incorporándose con el tiempo todas las etnias de los países conquistados. Con lo que ningún alemán puede aliviar la culpa es con la pregunta de cómo alegaron no haberse enterado de nada si el campo está encastrado en el pueblo, un muro con sus torretas orilla la carretera de ingreso, y el humo esparcido por la chimenea del crematorio debía de llenar las calles de un pésimo olor. El mantenimiento del campo es polémico. Algunos denuncian la banalización, la conversión en atracción turística. Otros, que se trata de un recordatorio inútil que prolonga el castigo en un país que ya hizo la penitencia. Lo cierto es que, para los escolares bávaros, la visita es obligatoria. Y, por tanto, el enfrentamiento brutal con lo que fue capaz de hacer la generación del abuelo. O del bisabuelo ya. Es como si continuara el castigo al que los soldados de la Vigésima División Acorazada y de la 42 Arcoíris, los liberadores, sometieron a la población de Dachau en la primavera de 1945, cuando los obligaron a limpiar con sus propias manos el campo de cadáveres esqueléticos y a pasarse por turnos por el cuartucho que aún existe en el que los nazis apilaban los cuerpos para la cremación en los hornos contiguos: se les agotó el carbón y dejaron decenas de ellos pudriéndose ahí dentro en una montonera espantosa, sólo superada en horror por el contenido de los vagones que encontraron en la terminal del campo y que transportaban cautivos remitidos desde los campos ya liberados. Murieron hacinados, con los cerrojos puestos, mientras los guardias huían. A los soldados americanos les brotó tal rabia que permitieron el linchamiento de algunos SS rezagados a los que alcanzaron los prisioneros capaces de mantenerse en pie. Más de mil morirían por enfermedad o agotamiento en los días posteriores a la liberación.
Vimos la reja de la puerta de ingreso al campo, de la que hace pocos años robaron la inscripción de 'Arbeit Macht Frei'. Vimos la sala de recepción de prisioneros, donde ya empezaba el trato brutal con el que hombres eran animalizados. Vimos los barracones con las literas de madera, el ala de los sádicos experimentos médicos sobre cobayas humanas. Vimos el enorme patio en el que los internos formaban con música a diario, a veces obligados a soportar durante horas el frío del invierno sin derecho a mover un músculo, y el soporte de madera y los ganchos que servían para practicar tortura. Estuvimos dentro de la cámara de gas, claustrofóbica con su techo bajísimo. Ahí dentro, una chica se arregló el pelo y posó para su novio sonriendo como si tuviera detrás el palacio de Sisí.


David Gistau
Félix Velasco - Blog

Apóstata de la vida sana

Hace poco, Warren Buffett -uno de los hombres más ricos y a la vez más generosos del planeta (no en vano junto con Bill Gates ha puesto en marcha una iniciativa por la que ambos se comprometen a dedicar la mayor parte de su fortuna a la filantropía)- incendió las redes sociales. Y no porque haya logrado que otros multimillonarios se sumen a su magnífica iniciativa, como en efecto ha hecho, sino por revelar su «régimen de vida eterna». Es decir, la dieta que sigue, según afirma, no solo para mantenerse joven a sus 84 años, sino, lo que es más importante, para no morirse.
«Desde siempre -explicó a la revista Forbes-, me tomo cinco refrescos de cola al día, cuatro light en el trabajo y, como premio, una Cherry-Coke al llegar a casa». También se atrevió a añadir que no es un devoto de las frutas ni tampoco de las verduritas y que, de vez en cuando, desayuna un tazón de helado con trocitos de chocolate. «La tasa de mortalidad más baja es la de niños de 6 años, de modo que he decidido comer como si tuviera esa edad; es lo más seguro», concluyó, dejando completamente turulato a su entrevistador. No es que yo haya decidido hacer la dieta Buffett, pero confieso que me encantó leer sus declaraciones, ya que desde hace un tiempo he apostatado de la vida ultra sana. Hasta ahora clamaba en el desierto, no lograba convencer a nadie de que apuntarse a triatlones con 50 años, triturarse las cervicales y los meniscos un día sí y otro también en largas sesiones de gimnasio y comer apio, nabo o alpiste no solo no podía ser muy sano, sino que es una innecesaria tortura.
Por suerte, otra noticia aparecida semanas atrás, y mucho más científica que la dieta del señor Buffett, ha venido a sacarme del ostracismo apóstata en el que me encontraba. El Colegio Americano de Cardiología ha demostrado que el ejercicio intenso es tan dañino como la vida sedentaria. En efecto, durante doce años, expertos de esta entidad se dedicaron a estudiar los hábitos de 1100 corredores y de cerca de 500 personas sedentarias, y llegaron a una sorprendente conclusión. Los deportistas que corren más de tres veces por semana a un ritmo superior a los 11 kilómetros por hora tienen una mortalidad igual o superior a la de los del grupo sedentario. Los más saludables, en cambio, son aquellos que practican ejercicio moderado y regular, es decir, corren unas dos horas y media a la semana o se dedican a andar media hora al día a buen ritmo.
A partir de los 35 años, añade el estudio, lo ideal es practicar ejercicios que permitan fortalecer los músculos y proteger las articulaciones, y eso no se consigue matándose a hacer pesas, por ejemplo, sino ejercitándose con pesitas de un máximo de kilo y medio. Otra interesante conclusión del estudio es la relación que existe entre el cáncer y una actividad física exagerada. Se ha descubierto que el deporte extremo debilita el sistema inmune. Esto ocurre porque, en las dos horas siguientes a la práctica de un ejercicio violento, mientras el cuerpo se recupera del esfuerzo, el sistema inmune se deprime. Así, durante ese rato, queda uno expuesto a todo tipo de infecciones que no harán más que empeorar al día siguiente, cuando el esforzado deportista vuelva al gimnasio. Dicha depresión física y mental favorece, por tanto, la aparición incluso de algunos tipos de cáncer. Consultados otros médicos, todos están de acuerdo en que la virtud está en el punto medio, al tiempo que añaden que es importante que el ejercicio no produzca obsesión, sino placer, lo que, de alguna manera muy políticamente incorrecta, me hace pensar de nuevo en la dieta de la vida eterna de Warren Buffett.
¿No será que el señor Buffett -exagerando bastante la nota, sin duda- está diciéndonos algo también interesante? Que frente al rigor espartano y masoquista de aquellos que creen que vivirán cien años poniendo su cuerpo al límite, existe también la teoría de que se puede llegar en plena salud a la vejez dándose ciertos caprichos. No me gusta nada la Cherry-Coke, así que creo que tomaré un vino blanco con hielo a su salud. Me lo merezco; además, hoy he sido buenísima, caminé media hora por el Retiro. La primavera parece que madruga este año y estaba espectacular.

Carmen Posadas
Félix Velasco - Bog

domingo, 8 de febrero de 2015

Esos delfines violadores

Hace un par de semanas escribí en esta página, parafraseando un antiguo dicho, que una ardilla podría recorrer España saltando de gilipollas en gilipollas sin tocar el suelo. Y hay quien se ha mosqueado, claro. Ya está el Reverte insultando. Pero lo blanco y en tetrabrik suele ser leche. Asumámoslo. En España, por alguna razón que tiene que ver con nuestra triste historia, con nuestra tradicional, voluntaria y gozosa incultura trufada de complejos y con ese toque de demagogia oportunista que algunos, a falta de otra ocupación decente, han convertido en medio de vida, los extremos de gilipollez nacional pueden ser formidables. Y si a los cantamañanas natos, vocacionales o simples aficionados, añades los simples tontos de infantería -otrosí llamados tontos de baba o tontos del culo-, el número de unos y otros, coincidiendo a menudo en maneras y objetivos, se hace infinito, en plan muchedumbre tan apretada que en cuanto nazcamos unos pocos más acabaremos cayéndonos al agua. Como suele decir Carlos Herrera, que conoce a la peña hasta por las tapas, aquí hay más tontos que botellines de cerveza.
Como el espacio de que dispongo no es mucho, voy a poner sólo dos ejemplos recientes. Pero estoy seguro de que cada uno de ustedes podría aportar su buena docena y media. O más. Uno lo escuché en la radio y otro en la tele. El de la radio fue en boca de una presunta señora que, indignada, reprochaba a un novelista que éste hubiera mencionado la famosa frase de Alejandro Dumas referida a sus propias novelas: «Es lícito violar la Historia, pero a condición de hacerle hermosas criaturas». Como habrán ustedes adivinado, la señora ponía de vuelta y media no sólo al autor de El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros, al que calificó de machista sin escrúpulos, sino también al infeliz juntaletras que se había atrevido a citar la frase. El uso del verbo violar ya era una agresión a la mujer, sostenía la señora. Hasta decir «violar la correspondencia» o «violar la intimidad» lo era, sostuvo, del mismo modo que decir «el terrorismo es el cáncer de la sociedad moderna», como se había dicho un rato antes en el mismo programa, era insultar a todos los enfermos de cáncer. Pero es que, además, según la antedicha dama, el resto de la cita dumasiana justificaba la violación y la presentaba como algo positivo y hasta lícito, lo que ya era el colmo. De ahí pasó a mencionar las violaciones y el genocidio en Bosnia y Ruanda, asegurando que de unas cosas vienen otras, y acabó afirmando con rotundidad: «Nunca leeré una novela de ese Dumas». Pero lo más simpático fue que el novelista que estaba siendo entrevistado, en vez de tomárselo a cachondeo, hablar de contextos socioculturales distintos entre Dumas y lo de ahora, o recomendar a la señora que leyese a Belén Esteban, que habría sido una forma elegante de mandarla a hacer puñetas, se disculpó casi balbuciente, dándole la razón y prometiendo enmendarse en el futuro. El muy tiñalpa.
La otra fue más bonita, si cabe. Más zoológicamente universal. Porque hablando de la imagen simpática que suele tenerse de los delfines, un pavo -esta vez era varón, mi primo- dijo muy serio en la tele que de simpáticos nada; pues ahí donde los ven, con su sonrisa indeleble, los machos son crueles porque «acosan a las hembras y las obligan a mantener relaciones sexuales». A tal afirmación siguió entre los contertulios un silencio, ignoro si horrorizado o desconcertado, que duró unos segundos, antes de pasar a hablar de otra cosa, mariposa. Y ahí, lo confieso malevo, sí eché en falta a alguien que, como la señora indignada con Dumas, se solidarizara con las pobres delfinas, forzadas por los malvados delfinos a tener relaciones sexuales contra su voluntad. Forzadas impunemente por esos fasciomachistas con aletas en la profundidad de los mares. Y ya puestos a ser consecuentes, que denunciara también, exigiendo soluciones urgentes, la triste situación sumisa de leonas, focas, cebras, lobas, conejas, gallinas, palomas mensajeras o sin mensaje, escarabajas peloteras, osas panda, patas azulonas, rinocerontas, tigresas de Ranchipur, urracas, murciélagas, grullas, cernícalas lagartijeras, perras salchicha, canguras australianas e hipopótamas del río Congo, entre infinidad de otras hembras oprimidas y por oprimir. Que, todas ellas, todavía en este siglo XXI, siguen siendo forzadas al sexo con intolerable desconsideración por los machos de su especie, que van al asunto con salvaje brutalidad animal en vez de acercarse a ellas con el debido respeto y la pregunta previa de si están de humor, prenda mía, o les duele la cabeza.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

Hombres nuevos

Si analizásemos los procesos históricos modernos desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, descubriríamos una idea motriz común, presentada bajo diversos ropajes. Tal idea (por supuesto demencial, pero expuesta siempre con ardor desmelenado y fatua convicción) postula que se puede romper drástica y radicalmente con el pasado, fundando una nueva época que cristaliza en hombres nuevos, proyectados hacia un futuro esplendente a lomos del progreso. Esta idea, tan optimista como mentecata, de refundación de la Historia y regeneración humana está en la médula del espíritu revolucionario y se resume en la frase del genocida Jean-Baptiste Carrier, que después de encerrar a miles de antirrevolucionarios en barcos que hizo hundir exclamó exultante: «Convertiremos Francia en un cementerio si no podemos regenerarla a nuestro modo». Todos los movimientos políticos de los dos últimos siglos han hecho propio este desiderátum psicopático, cuyos orígenes debemos buscar en Descartes.
En su celebérrimo Discurso del método, Descartes propone una visión mecanicista de la naturaleza que, aplicada a la sociedad, inspiraría esta funesta idea de 'resetear' el mundo, empezando naturalmente por el hombre. Una vez que el mundo es concebido como una suerte de teorema matemático, resulta inevitable que tarde o temprano surja el deseo de fabricar un mundo más perfecto, habitado por hombres que se hayan despojado de las cargas y gravámenes antiguos (¡el odioso pecado original!), para convertirse en una raza de dioses que imponen su sacrosanta voluntad sobre la realidad, remodelándola, negándola, refutándola y, en caso de que tales técnicas se revelen estériles (como suele ocurrir, porque la realidad es muy tozuda), haciendo como si no existiese. Este voluntarismo vesánico (y a la vez irrisorio) daría lugar a una serie de deformaciones racionalistas que ahora no tenemos tiempo de analizar: revisionismos históricos, idealismos filosóficos y constructivismos antropológicos de toda índole, con frecuencia aberrantes y casi siempre desquiciados. 
Naturalmente, al mecanicismo cartesiano se sumarían luego otras corrientes de pensamiento que contribuyeron a esta tarea de regeneración humana. El naturalismo de Rousseau propiciaría el advenimiento del primer 'hombre nuevo' con nombre propio, el 'ciudadano', que puede guiarse por su voluntad benéfica e infalible, autónoma y soberana. Las hipótesis de Darwin, por su parte, servirían para soñar con una raza de hombres mejor dotados, tanto en el carácter como en la constitución biológica, capaces de desarrollar un sentido ético (y étnico) superior. Al modernismo religioso, por su parte, no le bastó con que la Redención hubiese beneficiado espiritualmente al hombre caído, sino que imaginó al ser humano en un perenne estado de perfectibilidad que lo llevaría (según la alucinada escatología de Teilhard de Chardin) a fundirse con Dios, en un afrodisiaco punto G (perdón, quería decir punto Omega).
Este mito de la perfectibilidad humana es el motor (con carburante adulterado) de todas las utopías, que resucitaron el sueño de una Edad de Oro, despojada de la grandeza con que se revestía en las viejas mitologías paganas y acondicionada a la vulgaridad con olor a berza cocida y estufa mal purgada de las ideologías, que han ido evolucionando desde las orgullosas proclamas del racionalismo más infatuado al vómito balbuciente y sentimental de la razón hecha trizas (según aquel infalible principio mecánico y biológico que nos enseña que todo lo que sube baja). Sobre los quiméricos 'hombres nuevos' soñados por el comunismo, el fascismo o el nazismo nada diremos, pues ya han sido sobradamente diseccionados y hasta vulgarizados por el cine de Hollywood y los tertulianos más analfabetos. Mucho más interesante se nos antoja la figura del 'hombre nuevo' democrático, que en parte es el hombre-masa de Ortega (un hombre orgulloso de su vulgaridad, engolosinado en su bienestar, que sólo se guía por sus apetitos, mientras cree aseguradas la estabilidad política y la seguridad económica), en parte el hombre unidimensional de Marcuse (dedicado únicamente a producir y consumir e idiotizado por los mass media) y en parte el hombre programado de Skinner (un producto de la ingeniería social cuya conducta y pensamiento están inducidos, incluso determinados por el medioambiente, lo cual lo hace felicísimo).
Juan Manuel de Prada
Félix Velasco - Blog

Una lápida en Melilla

Los límites de Melilla están marcados por el alcance de una bala de cañón lanzada desde una esquina de la fortificación militar de la vieja ciudad, lo que los lugareños llaman El Pueblo y que hoy -a diferencia de años atrás- presenta un aspecto espléndido. La bala pesaba poco, el cañón Caminante fue inclinado en ángulo debido y cargado pertinentemente, y las diferentes balas que marcaron los límites de la ciudad alcanzaron una distancia que permitió a los melillenses expandirse poco a poco en esa figura de abanico que se abrió después de los cañonazos. Corría la mitad del siglo XIX. Tiempo en el que nacía en la República Independiente de Motril un niño llamado Antonio Herrera del Álamo, que, con los años, estaría llamado a servir a su país como militar en la primera agregaduría militar en la embajada de Washington, en la Cuba española, en la que contrajo matrimonio con la criolla Amparo Zayas, y en la Melilla de final de siglo que vio crecer a sus hijos isleños. Antonio defendió la plaza española como joven teniente en la conocida como Guerra de Margallo, allá por 1893, y fue condecorado por ello.
Aquella fue una más de las muchas guerras de los españoles con los rifeños, tribus varias que rodeaban Melilla, y fue así conocida por ser gobernador de la ciudad Juan García Margallo, bisabuelo del hoy ministro de Exteriores. Era la Guerra Chica, preludio de las tragedias que asolaron la milicia española de las dos primeras décadas del siglo XX. Melilla no pasaba de lo que hoy se conoce como la ciudad vieja: fue a partir de la mitad de la década de los años veinte cuando aquellos huertos que rodeaban la fortificación pasaron a convertirse en la ciudad modernista que hoy conocemos y que no deja de asombrar a los visitantes que no tienen ni idea de a qué ciudad llegan. Herreras de tres generaciones ocuparon sus calles, viéndola crecer, primero en guerra y luego en paz, hasta hacerse un conglomerado agradable y cálido como el de hoy, en el que la materia prima de su mar es servida deliciosamente en sus muchos lugares de asiento. Desde Los Salazones a La Pérgola, pasando por La Traviata o el Club Marítimo, Melilla es un bocado delicioso servido con aire español, a fuer de peninsular y beréber, difícil de olvidar.
Iba buscando las calles en las que corría mi padre cuando niño y los rincones que también defendió mi abuelo una vez pasó de soldado a oficial. Y buscaba la lápida que recordaba al motrileño que dejó su vida en la ciudad allá por 1908, después de haber vuelto de campañas imposibles. La encontré. Y anoté que no estaba solo. El mármol rezaba que, además del comandante Herrera, también yacía su hijo político Federico Sabau, teniente de Infantería, muerto en 1921 en Monte Arruit. No podía ser otro que el joven marido de la tía Lola, aquel trueno cubano que tanto amenizó y cubrió de gracia la infancia y adolescencia de todos los sobrinos Herrera, que éramos un ciento. Monte Arruit es uno de los pasajes más trágicos de la historia del Ejército español. Un grupo numeroso de soldados españoles se refugió, después de escaramuzas varias, en una suerte de fortificación en la que poder evitar las acometidas de los salvajes rifeños de la época. Sin agua ni comida, aguantaron las acometidas bebiendo su orina y comiendo betún, hasta que aceptaron el ofrecimiento de rendición de los atacantes. Traicioneros y miserables, fusilaron a cada uno de los soldados que iban saliendo a campo abierto y entraron posteriormente a degollar y masacrar a los que habían entregado sus armas. El panorama puede verse en testimonios gráficos en la Red. Una de las páginas más estremecedoras de las guerras de nuestros militares se escribió en los aledaños montañosos de Melilla, parejos en desgracia al Barranco del Lobo o al Desastre del Annual. De pie ante las letras que recuerdan en un rincón del cementerio de la ciudad a dos españoles de ley, cometí una imperdonable emoción por compartir sangre y apellidos con héroes de una España mucho más difícil que la que hoy felizmente vivimos.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

sábado, 7 de febrero de 2015

Tu destino es tuyo

 
No te dejes arrastrar por ideologías totalitarias fracasadas, sistemas económicos caducos generadores de pobreza y liderazgos mesiánicos trasnochados. No se puede construir el futuro con ladrillos usados que han demostrado ser incapaces de sostener un mundo global. Tú eres el forjador de tu destino: Sueña y lucha por ser cada día mejor, piensa en grande y pon todo tu empeño en alcanzar tus objetivos. Invierte tu energía en las ilusiones que guardas en tu corazón. Esfuérzate sin cesar en que tus anhelos se convierten en realidad. Lucha por seguir en la batalla cuando hayas caído y nadie esté cerca para ayudarte, pues solo quien confía en si mismo alcanza el triunfo. Alégrate por haber nacido y mira la vida con esperanza. Enfréntate a las adversidades con decisión, determinación y estrategia. Así que levántate y vive tu vida, no la vieja y obsoteta que otros quieren imponerte, porque ¡sólo tú eres el forjador de tu propio destino!
Félix Velasco - Blog

domingo, 1 de febrero de 2015

El asombro inacabable

Leo con desmedido asombro en la edición sevillana de ABC que un grupo de padres de alumnos de un colegio de la muy panadera Alcalá de Guadaíra -CEIP Los Cercadillos- hubo de movilizarse pidiendo firmas para presentar un escrito ante el Defensor del Pueblo Andaluz con el objeto de que los profesores del centro pudieran enseñar, en horas lectivas, el significado de la Navidad. No quedaba ahí la cosa: añadían el ruego de que el loable cargo intercediera para que en el mismo se pudieran decorar paredes y rincones con motivos cristianos alusivos a esas fiestas. Al parecer, en los últimos cuatro años eso había sido imposible. Ahí detuve la lectura, como digo, con el primer sorbo de asombro en mi escasa capacidad deductiva. ¿Un centro educativo español tenía algún tipo de impedimento para explicar que la Navidad es la Navidad por esto y aquello y lo de más allá? ¿Se trataba de un centro financiado por Arabia Saudí o algo parecido y pendía alguna amenaza de muerte sobre ellos? ¿Era un reducto secuestrado por un comando del Estado Islámico con mando a distancia? Qué va, qué va. Al parecer, esa situación se producía desde que se matriculó en el colegio un alumno cuyo padre amenazaba repetidamente a la dirección con denunciarla si transmitían a su hijo cualquier tipo de enseñanza religiosa. Un fanático partidario de la laicidad de la enseñanza pública, a lo que se ve. 
No acababa ahí la cosa: el tal sujeto presentó quejas repetidamente a la dirección, al Defensor del Pueblo y al Observatorio de la Infancia de Andalucía para que no se hablara de la Navidad, ni tan siquiera como una festividad cultural. ¿Fin del asombro?: ni mucho menos. Las exigencias del talibán en cuestión llegaron hasta intentar impedir la interpretación de villancicos, aunque en este caso la Inspección desestimó la reclamación al considerar folclore esas canciones. El centro, al parecer, acojonado ante semejante orate, evitó de alguna manera el asunto de la Navidad en horas lectivas, a pesar de que en los libros aprobados por la Junta aparecen temas en los que se habla de ello con aparente normalidad. El claustro de profesores, asustado como una damisela en un zoológico, prefirió no tener conflictos, aunque eso supusiera dejar al resto de los niños, cientos de ellos, sin referencia navideña. Como si aquello fuera Riad, más o menos. Pero el asombro continúa cuando se lee que, tras la presión de los padres 'normales', se pudieron decorar algunos espacios comunes: solamente, eso sí, con guirnaldas y espumillón, porque el resto de los motivos del árbol no digamos ya el nacimiento este capullo los consideraba religiosos. No se podían colocar angelitos ni campanas ni estrellas fugaces. Ni siquiera las características bolas de árbol navideño, ya que el gilipollas ve en ellas los frutos del árbol del Bien y el Mal del Génesis. El 19 de diciembre, fuera de horas lectivas, se permitió una pequeña fiesta de Navidad, pero los niños no pudieron ir vestidos de pastorcillos ni nada parecido, ya que ello evocaba una escena del belén... fueron vestidos de cotillón. 
Hace pocos años la fiscal Pilar Barrero exigió histéricamente que se retirase un pequeño conjunto de figuras de un nacimiento confeccionado por jóvenes discapacitados de la Fundación Carmen Pardo Valcarce que habían situado en un rincón del edificio de la Fiscalía General del Estado. A lo que se ve, atentaba contra la dignidad del Estado. Lo sorprendente del caso, al igual que en Alcalá, es que el superior de la institución le hizo caso. Y al carajo el belén, o las tres figuras. Como en el colegio, en el que, sorprendentemente, en vez de enviar a la mierda a semejante integrista como tiene que ser un tío así, qué amargura, todos se acongojaron y se plegaron a sus exigencias. A buen seguro no es el único caso, y muchos me dirán que en su centro tampoco pueden desear Feliz Navidad en virtud del laicismo. Un concejal de Sevilla deseaba, el muy cursi, felicidad para el solsticio de invierno. Pero no pasaba nada, nos reíamos todos de él y ahí acababa la cosa. Lo del colegio es una dejación de funciones elementales por culpa de un neurótico con la cabeza trastornada. Fin del asombro.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

Un verbo que se conjuga poco

Hace unos días, la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género hizo unas declaraciones en las que abogaba por prohibir los piropos, a los que considera, y cito textualmente, «una auténtica invasión de la intimidad de la mujer». Según ella, la sociedad tiene la piel demasiado fina con respecto a este asunto y nadie tiene derecho a hacer un comentario sobre el aspecto físico de una mujer, porque supone una invasión. Leo la noticia y me pregunto si la señora Ángeles Carmona no tendrá ideas más felices para combatir tan terrible lacra social. Para empezar, le diré que anda muy atrasada de noticias. Como saben bien todas mis congéneres, hace ya mucho tiempo que en España no se oyen requiebros, galanterías ni piropos retrecheros que le alegraban el día a una. Por fortuna tampoco se oyen bastezas e insultos, pero, en nuestro afán de ser políticamente correctos, me temo que con el agua sucia tiramos también al bebé, y ahora ya nadie murmura un elogio ni en la calle ni en ningún sitio por miedo a ser tachado de machista. ¿De verdad cree la señora Carmona que se lucha contra la violencia de género ampliando la brecha ya existente entre los dos sexos? ¿Piensa de veras que el problema se acaba multando a un muchacho por intentar abordar a una chica en un bar, o a un compañero de trabajo por decir «qué guapa estás esta mañana»?
Arguye la señora Carmona que en El Cairo las mujeres se ven obligadas a ir por la calle con auriculares o tapones en las orejas para no oír las ordinarieces que les dicen los hombres. No dudo que así sea, y por supuesto lo deploro, pero supongo que tampoco ignorará Ángeles Carmona que en Egipto se producen violaciones múltiples y otras atrocidades, por lo que prohibir el piropo parece un chiste, comparado con las medidas que habría que tomar parar erradicar la violencia de género. Comparto con ella, en cambio, mi perplejidad al ver cómo ciertas conductas que todos creíamos relacionadas con la cultura machista y con educaciones pretéritas persisten, sin embargo, en las nuevas generaciones. De ahí que las últimas campañas de concienciación estén destinadas ahora a explicar a las adolescentes lo que las mujeres adultas sabemos ya de sobra, que las actitudes violentas o dominantes por parte de sus parejas no son un signo de amor, sino todo lo contrario. Habría que reflexionar entonces qué se está haciendo mal en las escuelas y en las casas para que comportamientos de esta naturaleza sean tan difíciles de erradicar. Yo creo que la solución está menos relacionada con el verbo prohibir y más con el verbo respetar. Acepto que es más fácil apelar al primero que conjugar el segundo, pero a la larga es el único que funciona.
 ¿No sería mejor, en vez de prohibir que los hombres expresen su admiración por las mujeres, enseñarles las muchas y buenas razones que hay para hacerlo? ¿No sería más útil fomentar que, en los colegios, sean los propios niños quienes denuncien comportamientos machistas por parte de otros en vez de reírse y jalearlos? El problema con el verbo respetar es que no admite excepciones en su conjugación. De nada sirve, por ejemplo, que un padre le diga a su hijo que respete a su madre o a su hermana si él no lo hace. Y un maestro, por su parte, clamará en el más desolado de los desiertos recomendando a sus alumnos que traten bien a las chicas si no es un comportamiento que ellos vean en su entorno. Sé que el problema no es fácil y que tiene muchas aristas, pero me parece más sensato no perder la cordura ni el sentido común cuando se trata de lacras tan graves. Más aún, creo que voy a arriesgarme a defender todo lo contrario de lo que sostiene la señora Carmona. Un halago, un requiebro y un piropo bien dichos nunca le han hecho mal a nadie y son exactamente lo contrario de esos exabruptos groseros y faltones que, por fortuna, hace ya años que no se escuchan en ningún callejón ni en ningún parque de nuestras ciudades. Algo que para mí indica que sí hay esperanza para la plena conjugación del verbo respetar.
Carmen Posadas
Felix Velasco - Blog


jueves, 29 de enero de 2015

Pequeñas hijas de puta

Supongo que a muchos se les habrá olvidado ya, si es que se enteraron. Por eso voy a hacer de aguafiestas, y recordarlo. Entre otras cosas, y más a menudo que muchas, el ser humano es cruel y es cobarde. Pero, por razones de conveniencia, tiene memoria flaca y sólo se acuerda de su propia crueldad y su cobardía cuando le interesa. Quizá debido a eso, la palabra remordimiento es de las menos complacientes que el hombre conoce, cuando la conoce. De las menos compatibles con su egoísmo y su bajeza moral. Por eso es la que menos consulta en el diccionario. La que menos utiliza. La que menos pronuncia.
Hace dos años, Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Y hace ahora unas semanas, un juez condenó a las dos acosadoras a la estúpida pena -no por estupidez del juez, que ahí no me meto, sino de las leyes vigentes en este disparatado país- de cuatro meses de trabajos socioeducativos. Ésas son todas las plumas que ambas pájaras dejan en este episodio. Detrás, una chica muerta, una familia destrozada, una madre enloquecida por el dolor y la injusticia, y unos vecinos, colegio y sociedad que, como de costumbre, tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida.
Pero hagan el favor. Vuelvan ustedes atrás y piensen. Imaginen. Una chiquilla de catorce años, antipática para algunas compañeras, a la que insultaban a diario utilizando su estrabismo -«Carla, topacio, un ojo para acá y otro para el espacio»-, a la que alguna vez obligaron a refugiarse en los baños para escapar de agresiones, a la que llamaban bollera, a la que amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta, a la espera de madurar en esplendorosos adultos, desarrollan ya desde bien jovencitos. Desde niños. Que se lo pregunten, si no, a los miles de homosexuales que todavía, pese al buen rollo que todos tenemos ahora, o decimos tener, aún sufren desprecio y acoso en el colegio. O a los gorditos, a los torpes, a los tímidos, a los cuatro ojos que no tienen los medios o la entereza de hacerse respetar a hostia limpia. Y a eso, claro, a la crueldad de las que oficiaron de verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando -anuncio de los muy miserables ciudadanos que serán en el futuro- que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentando lo de siempre: «Son cosas de crías». Líos de niñas. Y mientras, Carla, pidiendo a su hermana mayor que la acompañara a la puerta del colegio. La pobre. Para protegerla.
Faltaba, claro, el Gólgota de las redes sociales. El territorio donde toda vileza, toda ruindad, tiene su asiento impune. Allí, la crucifixión de Carla fue completa. Insultos, calumnias, coro de divertidos tuiteros que, como tiburones, acudieron al olor de la sangre. Más bromas, más mofas. Más ojos bizcos, más bollera. Y los que sabían, y los que no saben, que son la mayor parte, pero se lo pasan de cine con la masacre, riendo a costa del asunto. La habitual risa de las ratas. Hasta que, incapaz de soportarlo, con el mundo encima, tal como puede caerte cuando tienes catorce años, Carla no pudo más, caminó hasta el borde de un acantilado y se arrojó por él.
Ignoro cómo fue la reacción posterior en su colegio. Imagino, como siempre, a las compis de clase abrazadas entre lágrimas como en las series de televisión, cosa que les encanta, haciéndose fotos con los móviles mientras pondrían mensajitos en plan Carla no te olvidamos, y muñequitos de peluche, y velas encendidas y flores, y todas esas gilipolleces con las que despedimos, barato, a los infelices a quienes suelen despachar nuestra cobardía, envidia, incompetencia, crueldad, desidia o estupidez. Pero, en fin. Ya que hay sentencia de por medio, espero que, con ella en la mano, la madre de Carla le saque ahora, por vía judicial, los tuétanos a ese colegio miserable que fue cómplice pasivo de la canallada cometida con su hija. Porque al final, ni escozores ni arrepentimientos ni gaitas en vinagre. En este mundo de mierda, lo único que de verdad duele, de verdad castiga, de verdad remuerde, es que te saquen la pasta.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

martes, 20 de enero de 2015

Refranes "cultísimos"

7
 1.    Más vale voluntad en cavidad metacarpiana que diez elevado al cuadrado surcando el etéreo espacio.
        (Más vale pájaro en mano que ciento volando)

 2.    Es más lucrativo plumífero volador en cavidad metacarpiana que antilogaritmo de dos en atmósfera de éter.
        (Más vale pájaro en mano que ciento volando)
 3.    A equino graciosamente transferido no le periscopees el incisivo.
        (A caballo regalado no le mires el diente)
 4.    Quien con impúber pernocta excrementado alborea.
        (Quien con niños se acuesta, ensuciado se levanta)
 5.    A dicciones articuladas por laringes insolentes, trompas de Eustaquio en estado letárgico.
        (A palabras necias oídos sordos)
 6.    A vocablos malsonantes, oídos persecopédicos.
        (A palabras necias oídos sordos)
 7.    Innúmeras estridencias, más escasos frutos de vegetales juglandáceos.
        (Mucho ruido pero pocas nueces)
 8.    Ejecuta la provechoso y no vislumbres al sujeto agraciado.
        (Haz bien y no mires a quien)
 9.    Manifiesta a mi ego con quién te relacionas y un servidor pronosticará tu personalidad.
        (Dime con quién andas y te diré quién eres)
10.    Quien anhele semovientes acuáticos que se inunde los glúteos.
         (El que quiera peces que se moje el culo)
11.    ¿Qué individuo te ha surtido de cilindro cerífeo en el presente sepelio?
         (¿Quién te ha dado vela en este entierro?)

sábado, 17 de enero de 2015

Agunos tipos de café italiano

No.1 Caffé (café expreso), es una pequeña taza de café muy fuerte, y es el más típico de Italia.
No. 2 Caffé doppio (café doble) dos cafés expresos servidos en una taza.
No. 3 Caffè ristretto, un café corto, esto es un café condensado (menos de 20 ml.)
no. 4 Caffè macchiato (un macchiato), un café manchado es un café expreso con unas gotas de leche. Un macchiato caldo (con gotas de leche caliente) o un mancchiato freddo (con gotas de leche fría), por último, o un mancchiato con schiuma di latte (con espuma de leche).
No. 5 Caffé Americano. Café más débil que se sirve en una taza grande o en un vaso, hay que advertir que es un café más fuerte que el americano, típico de los países anglosajones. Es un expreso al que se le añade agua caliente.
No. 6 Caffé Lungo. Es un café largo, se emplea más agua con la misma cantidad de café molido, es un café menos fuerte.
No. 7 Capuchino (capuccio en el sur de Italia). Otro de los cafés italianos más populares. No es sólo un café expreso con leche al vapor. Se vierte 1/3 de leche caliente, antes de completar 1/3 de espuma de leche. Opcionalmente se sirve con polvo de cacao o chocolate. Hay algunas variedades de capuchino bastantes extendidas en Italia. Por ejemplo, el capuchino con caffé doppio, (capuchino con café doble), osea, un doble de café preparado como un capuchino, es más fuerte que el capuchino normal. Otra opción es el Cappuccino scuro, un intermedio entre un capuchino y un caffè machiato que lleva menos leche que un capuchino normal.
No. 8 Caffê hag (también llamado un deca), es un café descafeinado. que se puede hacer de todas las formas descritas anteriormente.
No. 9 Caffè con schiuma (o Caffè schiumato), café al que se le prepara espuma en la parte superior.
No. 10 Caffè corretto, un café expreso con unas gotas de licor. Algunos tienen nombre propio, como el Caffè Borghetti, un café expreso con gotas de licor Borghetti…
No. 11 Caffé freddo, frecuente en verano, se trata de un expresso servido en un vaso con hielo. Es lo que se llama un “café del tiempo” en algunas partes de España.
No. 12 Caffè con panna, café con crema en la parte superior. Es lo que en muchos países se entiende que es un capuchino.
No. 13 Caffè latte. Puede dar lugar a bastante confusión entre los españoles. No se trata del típico “café con leche”, incluso no es realmente un café. Se trata de leche caliente abundante mezclada con un poco de café. Se sirve en vaso largo o grande.

Esnobismo gourmet
Félix Velasco - Blog

sábado, 13 de diciembre de 2014

Moctezuma y Atahualpa en el Palacio Real de Madrid

¿Qué pintan Moctezuma y Atahualpa en el Palacio Real?
En la fachada del Palacio Real de Madrid que da a la plaza de la Armería se encuentran las estatutas de Moctezuma (1466-1520) y Atahualpa (1500?-1533), los últimos Emperadores de los aztecas y de los incas. Los dos gobernantes americanos están acompañados por otros Reyes españoles, como si la fachada del Palacio sirviera de lección de historia de la Monarquía hispánica.
La idea de colocar las estattas de todos los Monarcas se la propuso a Fernando VI el erudito Fray Martín Sarmiento, quien sugirió empezar por el Rey Ataulfo. Los historiadores consideran que la Monarquía apareció en la península ibérica hace 1.600 años, cuando se instaló el Rey Ataulfo, primer Rey visigodo, en 415 en la provincia romana Tarraconense.
Los Reyes posteriores se consideraban herederos de los que les precedieron, no sólo en los distintos Reinos de la península ibérica sino también en los territorios de otros continentes que se incorporaron a la Monarquía española. Y así se quiso expresar incluyendo las estatutas de los Emperadores azteca e inca en la entrada principal del Palacio Real.
Aquel centenar de estatuas reales estuvo decorando la fachada del Palacio hasta que Carlos III las ordenó retirar. Algunas acabaron en los almacenes del Alcázar y otras se distribuyeron por diversas ciudades españolas. Ataulfo terminó, junto a otros Reyes visigodos, en el parque de La Florida de Vitoria. En 1970 varias de ellas regresaron a su lugar original, pero otras se quedaron en Burgos, en Pamplona y en diversos lugares de Madrid, como el Retiro o la plaza de Oriente. Y la lección de historia quedó incompleta.
Almudena Martínez
Félix Velasco - Blog

miércoles, 3 de diciembre de 2014

España noble y bravía

Tengo plantada una flor,
Y en los montes de Navarra,
Tengo plantada una flor,
Y el aire la vahándola,
Y hasta aquí llega el olor,
Y hasta aquí llega el olor,
Y en los montes de Navarra.

Va el león de mi bandera,
Pregonando la bravura,
Va el león de mi bandera,
Por eso al oír la jota,
Se enardece España entera,
Se enardece España entera,
Pregonando la bravura.

España noble y bravía,
Aragón tierra valiente,
España noble y bravía,
No hay en todo el mundo entero,
Patria mejor que la mía,
Patria mejor que la mía,
Aragón tierra valiente.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El día en que la Alemania libre ganó la guerra al comunismo

La Friedrichstrasse que cruza Unter den Linden y el canal del río Spree no es aun hoy lo que fue a principios del siglo XX, la única calle europea que competía con Times Square en tráfico peatonal y rodado. Pero es ya otra vez una gran calle europea de luces, ruidos y bullicio. Hay que tener la mirada muy avisada para descubrir tras la gran estación del mismo nombre, unas escaleras cubiertas que bajan a lo que hoy es, en un gran semisótano, el museo del «Grenzgang», del «paso de fronteras».
Suena allí hoy aquello de «frontera» tan absurdo e irreal como un puente en medio del mar. Y nadie podría adivinar que allí estuvo durante casi tres décadas el nudo sentimental y emocional de Alemania. En aquellas instalaciones paralelas a la estación Friedrichstrasse, con compuertas, pasillos, juegos de espejos y rejas con pinchos, se producían a diario tremendas escenas de drama y desconsuelo entre quienes se iban y quienes se quedaban.
Allí se consumaban rupturas, reencuentros y separaciones unas fugaces, muchas temporales y también definitivas. Allí estuvo durante todos los 28 años de existencia del Muro de Berlín, el túnel vigilado que lo atravesaba, por el que el poder comunista regulaba, con cuentagotas, los contactos humanos entre las dos partes de la Alemania demediada por la Guerra Fría. Dos Alemanias que entonces se separaban rápidamente por un abismo cada vez mayor en desarrollo, bienestar, información y libertad.
Era el escenario y el símbolo a un tiempo del desgarro alemán. El Palacio de las Lágrimas lo llamaban. Estaba cerca del Palacio Admiral en el que se produjo el acto político que iba a consumar una larga tragedia, el del secuestro comunista de las regiones orientales de la Alemania derrotada. En el Admiral se obligó, por orden de Stalin, que los socialdemócratas del SPD en la zona oriental se unieran a los comunistas del KPD en el Partido Socialista Unificado. Que por supuesto fue comunista.
Las quejas no eran recomendables. Se desaparecía. El 22 de abril de 1946 con Berlín aún siendo un mar de escombros. Stalin dejaba ya claro que en la parte de Alemania ocupada por el Ejército Rojo se impondría un régimen obediente a Moscú. Ya no había que simular nada. Dos años más tarde, en 1948, se imponían los comunistas en todos los países que habían sido «liberados» por las fuerzas de Stalin. Tan solo tres años de frágil esperanza de libertad.
La ocupación nazi que había devastado Centroeuropa hacia sitio no a la democracia sino a una ocupación soviética. En Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumanía y Bulgaria se imponían los comunistas obedientes a Moscú. Tan solo en Yugoslavia, un Josip Broz «Tito», envalentonado por su propia leyenda, negaba obediencia a Stalin y protagonizaba la primera ruptura en la hasta entonces marmórea unidad comunista internacional bajo Stalin. Muchas ejecuciones habría de causar la purga estaliniana de «titoistas» reales o inventados, en toda la región.
El puente aéreo.
Alemania fue dividida en 1945 en cuatro partes por las potencias vencedoras. Pronto quedó claro que solo había dos, una con los sectores americano, francés y británico y otra la soviética. Y dentro de ese sector soviético de la Alemania dividida, que se habría de convertir en la República Democrática (RDA), en medio del mismo como una isla, la capital Berlín dividida a su vez en cuatro partes y a la postre en dos, la occidental democrática y la comunista. En 1948 cuando la Guerra Fría viene a hacerse oficial, Stalin hace su primer pulso a las potencias occidentales.
En reacción al anuncio de la creación de la República federal, Moscú pone en cuestión el estatus internacional de la ciudad y bloquea todos los accesos y suministros terrestres. Habría sido difícil convencer a la opinión pública norteamericana de que volviera a la guerra, esta vez contra la URSS, para defender la libertad de quienes hasta hacía tres años habían sido su mortal enemigo. Pero el presidente Harry Truman era consciente de que si Stalin lograba echar a los aliados occidentales de Berlín, toda Alemania caería en manos soviéticas.
La idea de tener a las fuerzas del Ejército Rojo en el Rhin y a horas de París era una pesadilla. Por eso se emprendió una operación sin precedentes. Un fuente aéreo de más de 272,000 vuelos durante 321 días alimentó a toda la ciudad hasta que, admitido el fracaso, Stalin abrió el tráfico a la ciudad sitiada.
El Tercer Reich, ese Imperio que iba a durar mil años según los planes de su fundador Adolf Hitler, apenas superó los doce. Su apoteosis final se consumó no lejos de la Friedrichstrasse. Su paralela, la Wilhelmstrass, tenía algunas de las principales direcciones oficiales del Estado nacionalsocialista. Aparte de ministerios como Exteriores, estaba allí, construido sobre el solar de una razonable cancillería imperial de Otto von Bismarck, el colosal edificio construido por Albert Speer para el Führer, la Reichskanzlei. Era símbolo, lleno de brutal energía, columnas y mármol, del poder emergente y oficialmente eterno aun en 1938. Con su búnquer en los jardines, en el que pasaría los últimos agónicos meses antes de quitarse la vida el 30 de abril de 1945, con los soldados soviéticos ya en calles aledañas.
Estallido de protestas.
Esa cancillería como otros muchos edificios del devastado barrio oficial entre la Puerta de Brandenburgo y la estación de ferrocarril Anhalter, que desapareció de la faz de la tierra, habría de quedar a partir de agosto de 1961, en un limbo urbano inalcanzable, no urbanizado hasta el año milagroso de 1989. Porque el muro que atravesaba el centro, aislando las tres zonas de Berlín ocupadas por americanos, franceses y británicos —los sectores occidentales— no era un simple muro. Era una amplia franja de terreno entre dos muros paralelos, en la que había minas, alambradas de espino, fosos, carretera para patrullas, instalaciones de perros, mecanismos de disparo automático y torres de vigilancia. En unas partes de la ciudad la franja tenía dos o tres centenares de metros de ancho y en otras siete u ocho.
La siguiente crisis estalló el 17 de junio de 1953. Los obreros que construían las viviendas de la avenida Stalin en el este de la ciudad se rebelaron aquel día contra nuevas exigencias laborales de las autoridades comunistas. Y lo que empezó como un conflicto laboral muy localizado se convirtió en horas en la mayor manifestación anticomunista desde el final de la guerra. Stalin había muerto el 5 de marzo. Pero quienes pensaron que eso podía cambiar actitudes en Moscú se equivocó. La lógica de Stalin funcionó sin él aún mucho tiempo.
Los tanques soviéticos, cuya presencia en la región era masiva, aplastaron con decenas de muertes aquella protesta obrera convertida en levantamiento nacional. El de Berlín este fue el primera levantamiento anticomunista con eco que se produjo en los países conquistados por Stalin en su guerra contra Hitler. Aunque ese mismo año ya se produjeron en Polonia y muy pronto habría de surgir, de forma muy traumática, el levantamiento de Hungría de octubre de 1956 y sus ecos polacos.
Un año antes se había producido un hecho insólito que hizo disparar las expectativas de muchos. Austria, que había estado dividida igual que Alemania, con Viena a su vez también dividida como Berlín, lograba que las cuatro potencias vencedoras firmaran su Tratado de Estado a cambio de «eterna neutralidad». Y por primera vez en la historia, el Ejército soviético abandonaba un país, Austria, cuya parte oriental había conquistado en guerra contra el nazismo.
Antagonismo ideológico.
Pero en Alemania no había neutralidad. La República Federal de Alemania, dirigida por Konrad Adenauer, se había comprometido firmemente con las potencias occidentales e ingresaba en la OTAN. Su democracia liberal no tendría nada que ver con la dictadura comunista del «otro lado». La economía social de mercado, con su elemento socialcristiano, era lo contrario que el dirigismo soviético de los planes quinquenales. Y las dos Alemanias, que se habían puesto a andar al mismo tiempo, se convirtieron así para todo el mundo en un inmenso campo de pruebas en el que verse la competencia de dos sistemas en una misma sociedad desarrollada.
El resultado no tardó en ser evidente. Nada más limpiarse las escombreras en que la guerra había convertido las ciudades alemanas, los alemanes occidentales se dejaron cautivar por un frenesí emprendedor y laborioso que pronto habría de llamarse el Milagro económico. Sobre los efectos de la Reforma Monetaria de Ludwig Erhard en 1948 que había introducido el marco alemán, DM, la década de los años cincuenta registra un espectacular crecimiento de la producción, la economía y del bienestar. Los fondos del Plan Marshall que Estados Unidos lanzó para la recuperación de una decena de países europeos afectados por la guerra, fueron ante todo a Francia y al Reino Unido, pero la parte que llegó a Alemania tuvo también un gran efecto positivo muy visible.
Telón de Acero.
Mientras, la parte de Alemania ocupada por los soviéticos apenas se movía. Sus dirigentes que habían fusionado por dictado moscovita a los dos partidos de izquierda SPD y KPD para crear el Partido Socialista Unificado (SED) fueron relevados por Walter Ulbricht, un comunista inflexible entre los fundadores del partido comunista KPD en la República de Weimar que había logrado sobrevivir doce años en la emigración soviética. Lo que habían logrado pocos sin sucumbir a las purgas. Alemania oriental se vio aplastada por regulaciones, ukases y otras órdenes de Moscú volcadas en las grandes industrias y en el control total del enemigo ocupado.
La mayor parte de la industria pesada había sido desmantelada y trasladada a Moscú como reparación de guerra. La frontera a lo largo de las dos Alemanias ya se había fortificado y era impermeable. Como ya había anunciado en su viaje a EE.UU. en 1946 Winston Churchill, un telón de acero había caído sobre Europa desde el Báltico al Adriático. Había una frontera totalmente cerrada a lo largo del frente entre las dos grandes potencias e ideologías.
¿Totalmente? No. El telón de acero tenía un inmenso agujero. En Berlín. Era toda la linea que separaba al sector soviético de los otros tres sectores, de norte a sur. Pese a las trabas administrativas y policiales, la ciudad abierta permitía que muchos trabajaran en un sector en el que no vivían. Trabajo bueno había en el oeste. Y cada vez eran más los que no volvían. Muchos para coger los aviones que comunicaban a diario a la isla de Berlín Oeste con Alemania occidental. Por ese agujero votaban los alemanes orientales a los que habían impuesto la dictadura. Votaban libertad. Votaban bienestar. Y votaban con los pies, como solía decirse. A lo largo de los trece años desde la reforma monetaria, Alemania oriental se desangraba.
El precio de la libertad.
El agravio comparativo entre las dos partes de Berlín y comunicado por el boca a boca diario del tráfico humano resultaba demoledor para la Alemania socialista. En 1961 la situación era ya dramática. Y un Nikita Jruschov con problemas propios internos no se podía permitir una RDA en la que pronto no quedaría mano de obra cualificada y amenazaba con el colapso. Ulbricht, agente del Komintern en España, burócrata inmovilista que saboteaba la desestalinización del propio Jruschov, estuvo más que dispuesto. Célebre es su frase un día antes de la construcción el 13 de agosto de 1961 de «nadie tienen intención de construir un muro».
Aquella madrugada hubo un inmenso despliegue policial y militar. Se cerraron las calles, se cegaron las alcantarillas, se prohibió el tráfico. Y un ejército de obreros en camiones llegaron al centro de la ciudad a cerrar herméticamente el sector soviético de los demás. No era tan fácil. Los límites atravesaban edificios y hasta viviendas, los canales y la amplia red de metro y de tren suburbano que distingue a Berlín desde el arranque del siglo XX. Hubo escenas escalofriantes. Tragedias. Muertos por disparos. Por suicidio. Muchos aprovecharon la confusión aquellos días para salir a través de una frontera aún imperfecta. Y durante toda la existencia del Muro hubo intentos logrados o no, de romper y burlar esa frontera.
Cerca de mil muertos dentro de la ciudad son testimonio de ello. A lo largo de los años el muro se sofisticó, se amplió con «la franja de la muerte» como la llamaban. Y hasta el 9 de noviembre de 1989, ese muro fue símbolo de la Guerra Fría pero ante todo del fracaso de un sistema de gobierno basado en la represión y el terror, en el fracaso de la segunda ideología criminal que tras el nacionalsocialismo, había arraigado y sembrado la tragedia en suelo alemán.
Crucé decenas de veces el muro, sobre todo por el «checkpoint charlie» que era para diplomáticos y personas acreditadas ante el gobierno de la RDA. Que era más cómodo que el Palacio de las Lágrimas. Estuve acreditado ante ambas Alemanias y también en Polonia, el país responsable de iniciar con su valentía y calidad moral los cambios que arrastraron al Muro, a sus constructores y a su ideología, al basurero de la historia y a todos los pueblos centroeuropeos a liberarse.
Un cuatro de siglo después, no están por supuesto igual todos los países implicados en aquella maravillosa gesta del siglo XX que fue la revolución democrática de 1989. Pero todos recuperaron entonces su libertad para vivir y equivocarse ellos en democracia. Millones vertimos lágrimas en todo el continente, secuestrado por el crimen nazi y comunista, y ya felizmente recuperado. Muy distintas que las de los lloros del desgarro en la Friedrichstrasse. Marcaron el año en que más felicidad se pudo gozar en todo ese siglo terrible anegado de dolor y sangre. Por la experiencia de la libertad triunfadora sobre la oscuridad y el miedo.
Hermann Tertsch
Félix Velasco - Blog