sábado, 16 de julio de 2016

Sobre idiotas, velos e imanes


SOBRE IDIOTAS, VELOS E IMANES
29 de septiembre de 2014 
Vaya por Dios. Compruebo que hay algunos idiotas –a ellos iba dedicado aquel artículo– a los que no gustó que dijera, hace cuatro semanas, que lo del Islam radical es la tercera guerra mundial: una guerra que a los europeos no nos resulta ajena, aunque parezca que pilla lejos, y que estamos perdiendo precisamente por idiotas; por los complejos que impiden considerar el problema y oponerle cuanto legítima y democráticamente sirve para oponerse en esta clase de cosas.
La principal idiotez es creer que hablaba de una guerra de cristianos contra musulmanes. Porque se trata también de proteger al Islam normal, moderado, pacífico. De ayudar a quienes están lejos del fanatismo sincero de un yihadista majara o del fanatismo fingido de un oportunista. Porque, como todas las religiones extremas trajinadas por curas, sacerdotes, hechiceros, imanes o lo que se tercie, el Islam se nutre del chantaje social. De un complicado sistema de vigilancia, miedo, delaciones y acoso a cuantos se aparten de la ortodoxia. En ese sentido, no hay diferencia entre el obispo español que hace setenta años proponía meter en la cárcel a las mujeres y hombres que bailasen agarrados, y el imán radical que, desde su mezquita, exige las penas sociales o físicas correspondientes para quien transgreda la ley musulmana. Para quien no viva como un creyente.
Por eso es importante no transigir en ciertos detalles, que tienen apariencia banal pero que son importantes. La forma en que el Islam radical impone su ley es la coacción: qué dirán de uno en la calle, el barrio, la mezquita donde el cura señala y ordena mano dura para la mujer, recato en las hijas, desprecio hacia el homosexual, etcétera. Detalles menores unos, más graves otros, que constituyen el conjunto de comportamientos por los que un ciudadano será aprobado por la comunidad que ese cura controla. En busca de beneplácito social, la mayor parte de los ciudadanos transigen, se pliegan, aceptan someterse a actitudes y ritos en los que no creen, pero que permiten sobrevivir en un entorno que de otro modo sería hostil. Y así, en torno a las mezquitas proliferan las barbas, los velos, las hipócritas pasas -ese morado en la frente, de golpear fuerte el suelo al rezar-, como en la España de la Inquisición proliferaban las costumbres pías, el rezo del rosario en público, la delación del hereje y las comuniones semanales o diarias.
El más siniestro símbolo de ese Islam opresor es el velo de la mujer, el hiyab, por no hablar ya del niqab que cubre el rostro, o el burka que cubre el cuerpo. Por lo que significa de desprecio y coacción social: si una mujer no acepta los códigos, ella y toda su familia quedan marcados por el oprobio. No son buenos musulmanes. Y ese contagio perverso y oportunista –fanatismos sinceros aparte, que siempre los hay– extiende como una mancha de aceite el uso del velo y de lo que haga falta, con el resultado de que, en Europa, barrios enteros de población musulmana donde eran normales la cara maquillada y los vaqueros se ven ahora llenos de hiyabs, niqabs y hasta burkas; mientras el Estado, en vez de arbitrar medidas inteligentes para proteger a esa población musulmana del fanatismo y la coacción, lo que hace es ser cómplice, condenándola a la sumisión sin alternativa. Tolerando usos que denigran la condición femenina y ofenden la razón, como el disparate de que una mujer pueda entrar con el rostro oculto en hospitales, escuelas y edificios oficiales –en Francia, Holanda e Italia ya está prohibido–, que un hospital acceda a que sea una mujer doctor y no un hombre quien atienda a una musulmana, o que un imán radical aconseje maltratos a las mujeres o predique la yihad sin que en el acto sea puesto en un avión y devuelto a su país de origen. Por lo menos.
Y así van las cosas. Demasiada transigencia social, demasiados paños calientes, demasiados complejos, demasiado miedo a que te llamen xenófobo. Con lo fácil que sería decir desde el principio: sea bien venido porque lo necesitamos a usted y a su familia, con su trabajo y su fuerza demográfica. Todos somos futuro juntos. Pero escuche: aquí pasamos siglos luchando por la dignidad del ser humano, pagándolo muy caro. Y eso significa que usted juega según nuestras reglas, vive de modo compatible con nuestros usos, o se atiene a las consecuencias. Y las consecuencias son la ley en todo su rigor o la sala de embarque del aeropuerto. En ese sentido, no estaría de más recordar lo que aquel gobernador británico en la India dijo a quienes querían seguir quemando viudas en la pira del marido difunto: «Háganlo, puesto que son sus costumbres. Yo levantaré un patíbulo junto a cada pira, y en él ahorcaré a quienes quemen a esas mujeres. Así ustedes conservarán sus costumbres y nosotros las nuestras».
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

Por qué ganan los malos


POR QUÉ VAN A GANAR LOS MALOS
2 de febrero de 2006

De la movida mahometana me quedo con una foto. Dos jóvenes tocados con kufiyas alzan un cartel: Europa es el cáncer, el Islam es la respuesta. Y esos jóvenes están en Londres. Residen en pleno cáncer, quizá porque en otros sitios el trabajo, la salud, el culto de otra religión, la libertad de sostener ideas que no coincidan con la doctrina oficial del Estado, son imposibles. Ante esa foto reveladora -no se trata de occidentalizar el sano Islam, sino de islamizar un enfermo Occidente-, lo demás son milongas. Los quiebros de cintura de algunos gobernantes europeos, la claudicación y el pasteleo de otros, la firmeza de los menos, no alteran la situación, ni el futuro. En Europa, un tonto del haba puede titular su obra Me cago en Dios, y la gente protestar en libertad ante el teatro, y los tribunales, si procede, decidir al respecto. Es cierto que, en otros tiempos, en Europa se quemaba por cosas así. Pero las hogueras de la Inquisición se apagaron -aunque algún obispo lo lamente todavía- cuando Voltaire escribió: «No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo».
Aclarado ese punto, creo que la alianza de civilizaciones es un camelo idiota, y que además es imposible. El Islam y Occidente no se aliarán jamás. Podrán coexistir con cuidado y tolerancia, intercambiando gentes e ideas en una ósmosis tan inevitable como necesaria. Pero quienes hablan de integración y fusión intercultural no saben lo que dicen. Quien conoce el mundo islámico -algunos viajamos por él durante veintiún años- comprende que el Islam resulta incompatible con la palabra progreso como la entendemos en Occidente, que allí la separación entre Iglesia y Estado es impensable, y que mientras en Europa el cristianismo y sus clérigos, a regañadientes, claudicaron ante las ideas ilustradas y la libertad del ciudadano, el Islam, férreamente controlado por los suyos, no renuncia a regir todos y cada uno de los aspectos de la vida personal de los creyentes. Y si lo dejan, también de los no creyentes. Nada de derechos humanos como los entendemos aquí, nada de libertad individual. Ninguna ley por encima de la Charia. Eso hace la presión social enorme. El qué dirán es fundamental. La opinión de los vecinos, del barrio, del entorno. Y lo más terrible: no sólo hay que ser buen musulmán, hay que demostrarlo.
En cuanto a Occidente, ya no se trata sólo de un conflicto añejo, dormido durante cinco siglos, entre dos concepciones opuestas del mundo. Millones de musulmanes vinieron a Europa en busca de una vida mejor. Están aquí, se van a quedar para siempre y vendrán más. Pero, pese a la buena voluntad de casi todos ellos, y pese también a la favorable disposición de muchos europeos que los acogen, hay cosas imposibles, integraciones dificilísimas, concepciones culturales, sociales, religiosas, que jamás podrán conciliarse con un régimen de plenas libertades. Es falaz lo del respeto mutuo. Y peligroso. ¿Debo respetar a quien castiga a adúlteras u homosexuales? Occidente es democrático, pero el Islam no lo es. Ni siquiera el comunismo logró penetrar en él: se mantiene tenaz e imbatible como una roca. «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia», ha dicho Omar Bin Bakri, uno de sus los principales ideólogos radicales. Occidente es débil e inmoral, y los vamos a reventar con sus propias contradicciones. Frente a eso, la única táctica defensiva, siempre y cuando uno quiera defenderse, es la firmeza y las cosas claras. Usted viene aquí, trabaja y vive. Vale. Pero no llame puta a mi hija -ni a la suya- porque use minifalda, ni lapide a mi mujer -ni a la suya- porque se líe con el del butano. Aquí respeta usted las reglas o se va a tomar por saco. Hace tiempo, los Reyes Católicos hicieron lo que su tiempo aconsejaba: el que no trague, fuera. Hoy eso es imposible, por suerte para la libertad que tal vez nos destruya, y por desgracia para esta contradictoria y cobarde Europa, sentenciada por el curso implacable de una Historia en la que, pese a los cuentos de hadas que vocea tanto cantamañanas -vayan a las bibliotecas y léanlo, imbéciles- sólo los fuertes vencen, y sobreviven. Por eso los chicos de la pancarta de Londres y sus primos de la otra orilla van a ganar, y lo saben. Tienen fe, tienen hambre, tienen desesperación, tienen los cojones en su sitio. Y nos han calado bien. Conocen el cáncer. Les basta observar la escalofriante sonrisa de las ratas dispuestas a congraciarse con el verdugo.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

sábado, 23 de abril de 2016

¿Por qué «El Quijote» es una obra única?


Cuando los homenajes acaben, las exposiciones desmonten por fin sus vitrinas, las funciones teatrales terminen, y la gente devuelva el nombre de Miguel de Cervantes al discreto retiro que supone el olvido, lo que quedará de este aniversario será la «Gran enciclopedia Cervantina», una empresa hecha en silencio, con la discreción que rodea a los trabajos universitarios y de la que hace escasos días se presentó el IX volumen. Una obra ambiciosa, hecha con más voluntad que apoyos ,y dirigida por Carlos Alvar, catedrático, director del Centro de Estudios Cervantinos de Alcalá de Henares y profesor que ejerce la docencia en Ginebra, explica, en este año que conmemora al escritor, las claves para entender su obra magna, «El Quijote», para que esta celebración no quede sólo en un festival de actos.
- ¿Por qué es tan importante «El Quijote»?
«Es la primera novela, la fuente de la que beben todos los escritores. El modelo que sigue la novela durante los siglos XVIII, XIX, XX y XXI. Harold Bloom, que habla del canon occidental, asegura que uno de los pilares es Shakespeare y el otro, Cervantes. Todos los autores reconocen haber aprendido de ellos. “El Quijote” tiene una riqueza extraordinaria que se aprecia de forma diferente cuando eres joven que cuando eres mayor. En la juventud, te quedas con las anécdotas; en la madurez, con los pensamientos, las conversaciones y las reflexiones sobre literatura, de las que está lleno el libro. Al que le gusta “El Quijote”, le gusta a cualquier edad».
- ¿Representa el carácter español?
«Es una discusión que se ha planteado. Hasta qué punto lo representa, pero yo no creo que los españoles sean idealistas. Tampoco creo en los estereotipos. Los ingleses, que fueron los primeros impulsores, vieron en esta obra el delirio belicoso de los españoles y su tendencia a defender causas imposibles. Realmente, “El Quijote” tiene muchas caras. No representa el espíritu de un pueblo».
- ¿Es una burla de los libros de caballería?
«Sí, eso es cierto, pero también es una burla del sistema social, del comportamiento, de una serie de actitudes y, posiblemente, mucho más de lo que vemos... de la ciudad de Toledo y de sus habitantes. Hay una burla de la actitud de los intelectuales, una burla del bachiller, el barbero, el cura... pero también es un libro que funciona a varios niveles. Aparte de las aventuras, cuenta con una extraordinaria riqueza de diálogos. Debemos diferenciar la técnica literaria y el contenido y valorar cómo se adecúan las dos cosas».
- ¿Es un debate entre el idealismo y la realidad?
«Hay un enfrentamiento entre la visión idealista de don Quijote y la mirada realista de Sancho. Es un hallazgo de Cervantes, que presenta dos personajes dispares y establece un diálogo entre ellos».
- En la segunda parte, don Quijote se enfrenta a sus lectores
«En el segundo volumen hay una verdadera novedad técnica y literaria. Lo interesante de esta continuación es que los personajes que aparecen en el libro ya han leído la primera parte de «El Quijote» Para esos lectores, el protagonista del libro era un personaje de ficción, pero, de pronto, se encuentran con él de manera real. De repente, ven, en carne y hueso, el personaje de ficción. Esto es un juego. Una ficción dentro de la ficción. Cuando don Quijote escucha en una venta que uno lee su historia, él se queda muy sorprendido. Se entera de cosas que son falsas, porque es “El Quijote”, de Avellaneda». Por eso dice que se va a Barcelona, en vez de Zaragoza. Hay una técnica de la ficción dentro de la ficción. Es una novedad».
- ¿Hay una influencia de «El Quijote», de Avellaneda?
«La segunda parte de “El Quijote” está escrita a raíz del de Avellaneda. No se puede ignorar. La idea de un falso don Quijote, de que alguien lo ha suplantado, es un elemento importante. Pero casi no habría que hablar de Avellaneda. Es el juego de un falsario, de alguien del círculo de Lope de Vega, que pretende quitarle el prestigio a don Quijote y el dinero a Cervantes. De nuevo, es la literatura dentro de la literatura. Aquí se produce un conflicto en la narración entre el Quijote de Cervantes y el de Avellaneda. Por eso, Cervantes defiende a su persona y a su personaje».
- ¿«El Quijote» influye en la enemistad con Lope?
«No sabemos lo que pudo pasar entre Miguel de Cervantes y Lope de Vega. Fueron enfrentamientos literarios. Eran amigos y, de pronto, surge entre ellos una enemistad, un encono violento, pero no sabemos el motivo. Puede que Lope de Vega sintiera que «El Quijote» se burlaba de él... casi seguro que sí, que había elementos en la novela que no le hacían gracia. De hecho, en el caso de “El Quijote”, de Avellaneda, el prólogo es realmente insultante y la respuesta que hace Cervantes a él es muy dura».
- ¿La Mancha es un territorio figurado?
«Todo puede ser. Ahí cada cual lo puede tomar como quiera. Pero La Mancha es un territorio real y tiene que ser real, porque, de otra manera, la parodia no tiene gracia. La parodia necesita un territorio real. La Mancha no puede pertenecer a un territorio de la imaginación porque se alejaría de los hechos, los acontecimientos. La región de La Mancha, puede ser todo lo amplia que se quiera, casi desde Sierra Morena hasta Toledo, o más restringida, pero realmente es una geografía concreta, lo que no quiere decir que las aventuras sean concretas. Es un absurdo pretender que don Quijote haya ido por unos caminos determinados y que cada día recorra 50 kilómetros. El territorio es real, pero el personaje se puede desplazar 300 kilómetros, si lo desea el autor, para situarlo en un pueblo. Eso da igual. No tiene por qué ser real».
- ¿En qué consiste la locura de don Quijote?
«Tenemos que dividir la locura de don Quijote en dos aspectos. El primero, que se ha vuelto loco por leer libros de caballerías. Desde este punto de vista es lo que hoy llamaríamos un friki. Cuando uno ve, por ejemplo, la serie de “Big Bang Theory”, no dejan de ser una pandilla de locos maravillosos, pero son unos frikis y, esto es lo relevante, no saben qué es el mundo. El doctor House es igual. Pero en el caso de don Quijote también está presenta otra locura, que no es sólo haber leído libros de caballerías y que se crea que es verdad todo lo que se dice en ellas. Esta segunda locura es que se llega a creer que se puede cambiar el mundo según las reglas de los libros de caballerías. Y esto es lo que le hace sufrir y no lo puede cambiar».
«Los adolescentes no leen “el quijote” porque no leen nada»
Carlos Alvar lo dice con claridad: «¿Por qué los adolescentes no leen “El Quijote”? Porque en general no leen nada. No se entiende que no seamos capaces de hacer un sacrificio para la que es una de las obras maestras mundialmente reconocida. Nos hemos acostumbrado a adquirir las cosas sin sacrificio y eso es un error. ¿Por qué ha llegado a ser “El Quijote” tan importante? Porque los ingleses y los franceses, y más tarde los alemanes, encontraron que era una obra interesante. Y es posible que a algún español le parezca lo mismo. Hay gente que lo lee, pero esa aversión que tenemos a nuestros clásicos... podríamos hablar de Lope de Vega. ¿Por qué se programa más a Shakespeare que a él? Lo que se ha hecho de Cevantes en el teatro nacional es poca cosa. No hay una capacidad de apreciar la calidad de “El Quijote’’». Hay dejadez, falta de imaginación y desinterés. Si no aceptamos el pasado, perderemos las raíces y seremos un pueblo sin memoria».
Carlos Alvar, catedrático de Literatura, dirige la Gran Enciclopedia Cervantina
Félix Velasco - Blog

sábado, 16 de abril de 2016

Historia del chocolate


Junio de 1698. En una oscura celda de un convento dominico, un exorcista pregunta al Diablo acerca del maleficio que pesa sobre un hombre enfermo. El demonio responde por boca de tres monjas, que llevan sobre el pecho un papel con los nombres del doliente y de su esposa. Poseídas, contestan a las preguntas del religioso contorsionándose por el suelo: “¡El chocolate!”. 
Según el Maligno, veintitrés años antes la víctima había sido hechizada a través de su bebida favorita, emponzoñada con los miembros de un hombre muerto. “De los sesos, para quitarle el don de gobierno; de las entrañas, para que perdiera la salud; y de los riñones, para corromperle y destruir su virilidad”. El lóbrego convento es el de Nuestra Señora de la Encarnación, en Cangas del Narcea (Asturias). El misterioso enfermo, Carlos II. Rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y conde de Borgoña.
Esta historia no sólo se la creyó el Rey Hechizado, un hombre débil, enfermizo y medio imbécil debido al extraordinario nivel de consanguineidad de sus padres, sino también su confesor fray Froilán Díaz, el Inquisidor General Tomás de Rocaberti y muchos de los consejeros y asesores reales. Académicos y hombres de estudios sometieron al monarca a unciones de aceite bendito, purgas, vehementes rezos y dietas repulsivas para intentar expulsar la maldición de su cuerpo.
Estaban desesperados por conseguir un heredero de la Casa de Austria y aquel asunto del chocolate maldito les pareció una causa verosímil de la esterilidad del rey. No en vano se creía que aquella exótica bebida de las Indias podía tener extraños efectos sobre la salud y el infortunado Carlos II era adicto a ella desde su infancia.

Sustento de dioses, reyes y soldados

El último de los Austrias padeció probablemente síndrome de Klinefelter, además de epilepsia y un acusado prognatismo que le impedía masticar correctamente. Esta deformación, unida a una debilidad general provocada por diarreas continuas y otras dolencias intestinales, le inclinó a sustentarse de manjares blandos y pócimas medicinales. Estas dos cualidades las reunía un solo alimento que además era nutritivo y vigorizante: el chocolate.
El cacao, fruto del cual se extrae el chocolate, fue conocido por los europeos durante el cuarto viaje de Colón. Hernando, hijo del almirante, vio cómo en la isla hondureña de Guanaja unos indios llevaban “muchas almendras que usan por moneda en la Nueva España... pareció que las estimaban mucho porque […] noté que cayéndose algunas de estas almendras, procuraban todos cogerlas como si se les hubiera caído un ojo”.
Sin saber su nombre, uso o procedencia, los españoles se percataron de que aquellas habas eran bienes preciados y las llamarían “amigadala pecuniaria” (almendra del dinero).
Fue en 1519 cuando por fin se apreció el verdadero valor de aquellos frutos. En sus cartas al emperador Carlos V, Hernán Cortés cuenta sus impresiones sobre la corte azteca de Moctezuma y cómo allí se sembraba “cacao, que es una fruta como almendras, y tiénenla en tanto, que se trata por moneda en toda la tierra, y con ella se compran todas las cosas necesarias en los mercados y otras partes”. También ponderó el uso alimenticio del cacahuátl (agua de cacao) con el que fue agasajado, informando al monarca de que una sola taza de este brebaje servía para fortalecer a un soldado durante un día entero de marcha.
Bernal Díaz del Castillo, compañero de Cortés en la conquista de México, escribe en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España (1575) cómo en los suntuosos banquetes de Tenochtitlán “traían unas copas de oro fino, con cierta bebida hecha del mismo cacao, que decían que era para tener acceso con mujeres”.
Para los conquistadores el cacao tenía valor como moneda, sustento, estimulante, componente afrodisíaco y manjar vinculado a la clase dominante, regalado a los hombres por la deidad Quetzalcóatl. Con razón el cacao fue descrito como Theobroma (alimento de los dioses) por Carlos Linneo en 1753. Tan sólo faltaba convertir aquella pócima indígena, amarga y picante, en el dulce y más adecuado para el paladar europeo chocolate.
Esto ocurrió a mediados del siglo XVII en Oaxaca (México), utilizando azúcar de caña y especias más afines al Viejo Continente como la canela y el clavo.
La familia real española fue pionera en el consumo y disfrute del chocolate. Carlos V recibió las primeras habas de cacao en 1528 y partir de entonces los virreyes de Indias enviaron directamente a la corte constantes cargamentos de chocolate ya procesado para diluir en agua.
Su precio desorbitado lo convirtió en un manjar exclusivo, propio de nobles y ricos amantes del exotismo. Aficionados al chocolate fueron los sucesivos Felipes II, III y IV. Carlos II fue un verdadero chocoadicto y los Borbones no fueron menos. Carlos III lo tomaba todos los días para desayunar y según su biógrafo “cuando había acabado la espuma, entraba en puntillas con la chocolatera un repostero, y como si viniera a hacer algún contrabando, le llenaba de nuevo la jícara".
El chocolate era signo de exclusividad y ostentación. De la mano de las infantas españolas Ana y María Teresa de Austria, esposas de los monarcas franceses Luis XIII y XIV llegó el chocolate a París y de ahí a otros países europeos.

De manjar real a opio del pueblo

El chocolate a la taza pasó rápidamente a ser la bebida nacional. En esa transformación tuvo un papel relevante la Iglesia y en especial las órdenes cisterciense, franciscana y jesuita. Sus religiosos trajeron de América el secreto de la elaboración del chocolate y lo difundieron primero en España y luego en las colonias de África y Filipinas.
Se discute si el introductor del cacao en la Península Ibérica fue el trapense -acompañante de Hernán Cortés- fray Aguilar, que lo pudo enviar al monasterio de Piedra (Aragón), o el franciscano Pedro de Olmedo, pero está claro que fue alguien con experiencia personal en la Nueva España.
Al comienzo se tomó como medicamento o elixir vigorizante merced a su contenido en teobromina, un alcaloide estimulante del sistema nervioso con un más suave pero efecto más prolongado que el de la cafeína. La teobromina es vasodilatadora y diurética, además de activadora de la función cardíaca. En 1755 se decía que el chocolate a la taza confortaba el estómago y el pecho, mantenía y restablecía el calor natural, alimentaba, disipaba y destruía los humores malignos fortificando el ánimo y la voz.
 El chocolate del siglo XVII, más fuerte que el de la actualidad, podía provocar una ligera adicción. Juan de Palafox (1600 - 1659), obispo de Burgo de Osma, se privaba de él no por mortificación sino “por ser dueño de mi persona, porque, habituado a él, uno no lo toma cuando quiere, sino cuando lo quiere él”.
El azúcar convirtió el amargo cacao en una golosina y pronto llegaron a España noticias del furor que esta bebida desataba en la sociedad criolla de las Indias. Thomas Gage, fraile dominico inglés educado en España, vivió en América entre 1625 y 1637 y en su obra The English American 
El azúcar convirtió el amargo cacao en una golosina y pronto llegaron a España noticias del furor que esta bebida desataba en la sociedad criolla de las Indias. Thomas Gage, fraile dominico inglés educado en España, vivió en América entre 1625 y 1637 y en su obra The English American relata cómo en Chiapas las damas tomaban durante la misa chocolate caliente y dulces, alegando flaqueza de estómago.
El obispo prohibió comer o beber dentro de la catedral, so pena de excomunión. Las mujeres de la ciudad se rebelaron, dejando de asistir a misa, y poco después el obispo enfermó gravemente y murió. Su muerte se achacó a un veneno suministrado en su jícara (del náhuatl xicalli, “vaso”) diaria de chocolate.
En España el chocolate era caro debido a los gastos de importación, pero a pesar de su precio se convirtió en un febril objeto de deseo. Como cualquier otro artículo de lujo, el cacao era anhelado por todos. El incremento del comercio con las colonias fue abriendo poco a poco la puerta a nuevos consumidores. Desde los ambientes nobiliarios la pasión por el chocolate se extendió a toda la sociedad española, pasando a ser identificado con la identidad y las costumbres nacionales.

Un rito social

El chocolate, aparte de su sabor, disfrute y valor nutritivo acarreaba nuevos ritos sociales. El desayuno, hasta entonces despreciado, pasó a ser una de las comidas centrales del día junto a la comida y la cena. La merienda era una segunda oportunidad para degustar en compañía la consabida jícara de cacao, servida de manera similar al británico té de las 5 con distintos dulces y frutas.
En 1644 la locura por el chocolate era tal que en Madrid se prohibió su venta al público, obligando así a hacerlo y beberlo en el decoroso retiro del hogar. Según un manuscrito del Archivo Histórico Nacional en los últimos años de ese siglo se había “introducido de tal manera el chocolate y su golosina, que apenas se hallará calle donde no haya uno, dos y tres puestos donde se labra y vende; y a más de esto no hay confitería, ni tienda de la calle de Postas, y de la calle Mayor y otras, donde no se venda, y solo falta lo haya también en las de aceite y vinagre”.
El bajo precio se conseguía adulterando el producto, e igual que en las drogas de hoy en día, los traficantes y vendedores inventaban nuevos y peligrosos ardides para disminuir la cantidad de cacao presente en las pastillas que se vendían. “Cada día buscan nuevos modos de defraudar en él echando ingredientes que aumentando el peso disminuyen su bondad y aun se hacen muy dañosos a la salud. […] Con una punta de canela y mucho picante de pimienta disimulan el pan rallado, harina de maíz, cortezas de naranjas secas, castañas, cenizas y otras muchas porquerías”.

El antiguo chocolate a la española

Antes de llegar a la bandeja de la merienda, el chocolate había pasado por un largo proceso de transformación. Las habas de cacao primeramente se secaban, tostaban y abrían para quitar las cáscaras. Se tostaban de nuevo y se las despojaba de cualquier tipo de piel. Entonces llegaba el trabajo duro, que consistía en moler las almendras hasta reducirlas a una pasta bajo el efecto de la fricción y del calor.
Hasta principios del siglo XIX esto se hacía manualmente con un metate de piedra y después con molinos mecánicos empujados por animales, vapor o electricidad. La pasta de cacao resultante se mezclaba con igual cantidad de azúcar y gran cantidad de especias como pimienta, canela, clavo o vainilla. Se metía en moldes y se dejaba enfriar, cortándolo después en distintos tamaños y pesos, siendo el más usual la onza (28 gramos), de ahí que éste sea aún el nombre de los trozos de chocolate que forman una tableta.
Estas pastillas se rallaban en el agua hirviendo de una chocolatera, recipiente metálico con un palo o molinillo incorporado para batir la mezcla. Para que quedara muy espeso, por cada onza de chocolate se medían seis (170 ml) de agua. Quince minutos de reposo y un último batido dejaban el chocolate perfecto y espumoso, listo para servir.
Aunque llevara azúcar, el antiguo chocolate a la taza era mucho más fuerte y especiado que el actual, que suele ser mezclado con leche a la usanza francesa. El chocolate “a la española” era una bebida tan popular y de elaboración tan habitual que no se solía describir ni explicar en recetarios. En su Arte de Repostería de 1755, Juan de la Mata dice que “como el modo de labrarlo es tan común, lo omitiremos como impertinente y sabido. El modo de hacerlo en la chocolatera para tomarlo, se omite también, porque no hay parte o casa, aun en la del más rústico aldeano, que no se sepa”.
Fueron numerosos los viajeros extranjeros que describieron las maravillas del chocolate español. John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, visitó España en 1779, y después de desayunarlo por primera vez anotó en su diario que “sin duda merece la fama que ha adquirido en todo el mundo. No tenía ni la más remota idea de que algo con esa apariencia y ese nombre pudiera ser tan delicioso y saludable”.
El escritor francés Alejandro Dumas viajó por nuestro país en 1846, parando en Tolosa de camino a Madrid. Acompañado de tres amigos, entró en una fonda de la villa guipuzcoana para pedir un chocolate caliente. En su libro De París a Cádiz recuerda la anécdota y el chocolate como “un líquido espeso y negruzco que parecía un brebaje preparado por alguna bruja de Tesalia. En la misma bandeja había cinco vasos de agua pura y una cesta llena de unos objetos desconocidos para nosotros; eran como panecillos blancos y rosas, de forma alargada […] Probamos el chocolate con la punta de los labios temiendo ver desaparecer, como tantas otras cosas, la ilusión del chocolate español nacida en nuestra infancia. Pero esta vez nuestro temor se disipó rápidamente. El chocolate era excelente”.
Los panecillos a los que hace referencia eran los bolados, esponjas o azucarillos rosados que se servían siempre con el chocolate y eran disueltos al final en agua fría para limpiar el paladar de una manera refrescante.

El chocolate moderno

Aunque la pérdida de las posesiones españolas en América y la limitación comercial con ellas provocó una crisis en el sector chocolatero durante el siglo XIX, el chocolate siguió siendo en España la bebida más popular. Era el chocolate el alimento más común en todo el país, tomado por la mañana y la tarde, con o sin leche, en todas las casas en las que hubiera una lumbre.
No había hogar pobre o rico en el que no se bebiera chocolate a diario, ya fuera de ínfimo nivel y conteniendo gran parte de harina o de calidad superior y degustado en el mismísimo Palacio Real. Alfonso XII era muy afecto a este desayuno español, prefiriéndolo al café y al té. Según el cocinero real José de Castro y Serrano, eran tan aficionado a untar el pan o el bizcocho en él, “que si en alguna comida le sirvieran chocolate en vez de ponche á la romana, lo tomaría distraído sin extrañar la incongruencia”.
La bilbaína María Mestayer, más conocida como la Marquesa de Parabere, cuenta en su Historia de la Gastronomía (Esbozos) que en torno a 1900 su familia compraba un chocolate especialmente confeccionado para ellos en una “tarea” superior hecha únicamente con cacao y azúcar. Estas tareas se vendían en confiterías y tiendas de ultramarinos y coloniales a distintos precios según sus componentes o procedencias, siendo el más apreciado el de Caracas y después los de Soconusco y Guayaquil.
Aunque el oficio de chocolatero seguía siendo en gran parte una labor artesanal, en las grandes ciudades comenzaron a surgir fábricas con maquinaria moderna y capacidad para elaborar grandes cantidades. En 1851 se fundaba en Chocolates Matías López, la primera empresa chocolatera con producción verdaderamente industrial.
Matías López, quien escribió varios libros sobre el origen, uso y fabricación del chocolate, fue un empresario pionero en el uso de la publicidad y el marketing. Sus famosos gordos y flacos abrieron la senda a la promoción comercial del chocolate, que empezó a venderse en tabletas envueltas con marcas distinguibles y reclamos de cromos y postales. En esa época nacieron otras empresas emblemáticas del sector como Chocolates Valor, Elgorriaga, Lacasa, Amatller, La Española, Chobil o Nogueroles. Muchas de esas marcas subsisten aún hoy en día, a pesar de que el descenso de ventas de chocolate a lo largo del siglo XX se llevara por delante a la mayoría de las pequeñas marcas de provincias.
En 1920 España seguía siendo el mayor consumidor mundial de cacao, en gran parte procedente de la colonia africana de Fernando Póo. Sin embargo, la Guerra Civil y el posterior racionamiento de alimentos limitaron enormemente la producción de chocolate y el acceso de los fabricantes a las materias primas. Las tabletas adulteradas y los sucedáneos a base de algarroba o castaña mataron el gusto por el chocolate y a pesar de que en los años 50 se restableció su normal fabricación su puesto como bebida de preferencia fue asumido por el café. Hoy en día, el chocolate a la taza es un placer ocasional.
Honoré de Balzac pensaba que el abuso del chocolate fue la razón de la caída del imperio español y del embrutecimiento de su sociedad justo en el momento de su máximo esplendor. Sin embargo, el cacao y el chocolate fueron piezas clave en el sostenimiento físico, económico y moral de los españoles durante siglos; la prueba de que habían conquistado un mundo desconocido y lo habían bebido a su antojo.
Como decía el gastrónomo y escritor Ángel Muro en 1894, “quien dice chocolate dice España. Nuestro país sin chocolate dejaría de ser lo que es”.
Ana V. Perez de Arlucea
Félix Velasco - Blog

domingo, 10 de abril de 2016

La Victoria de Samotracia, icono de la Grecia clásica


La Victoria de Samotracia ha fascinado a artistas y literatos como una de las más espectaculares y acabadas muestras del arte helenístico. Representa a Niké, la diosa de la victoria, posándose sobre la proa de una nave con tan meditado equilibrio que el mármol parece elevarse a los cielos. El poeta Rainer Maria Rilke vio en esta composición «una imperecedera recreación del viento griego en lo que tiene de vasto y de grandioso». Es admirable la maestría con la que se sugiere el movimiento en el sinuoso equilibrio de la figura. Pero no menos fascinante resulta el modo en que, a partir de los fragmentos descubiertos en 1863 en una isla del Egeo, los expertos lograron  recomponer la majestuosa estatua para exponerla en el Museo del Louvre.
El descubridor de la Victoria de Samotracia, Charles Champoiseau, nació en Tours en 1830. No era arqueólogo de profesión, sino miembro del cuerpo diplomático francés, aunque quizá su interés por la historia le vino de su padre, miembro fundador
de la Sociedad Arqueológica de Turena. Champoiseau ejerció como cónsul en varios países y ciudades (incluso en Bilbao, en 1874), pero principalmente en el Imperio otomano, lo que le hizo familiarizarse con la costa del mar Egeo y su ilustre pasado.
En 1862, Champoiseau era cónsul en Adrianópolis (Edirne), en el Imperio otomano. Como tantos otros jóvenes de su época, buscaba el favor de Napoleón III, de quien conocía su pasión por  las antigüedades, pues el emperador no paraba de engrosar las colecciones del Louvre con nuevas adquisiciones.

Santuario del Egeo

A mediados de 1862, Champoiseau se encontraba en Eno (la actual Enez), en la costa tracia de Grecia, desde donde se podía divisar fácilmente la silueta de la isla de Samotracia. El joven cónsul quedó encandilado por los relatos de los lugareños sobre las ruinas y los tesoros que le aguardaban a tan sólo unos cuantos kilómetros. Sin embargo, la isla era un lugar de infausto recuerdo: tras la masacre de sus residentes por parte de los turcos durante la guerra de la Independencia griega (1821-1832), estaba prácticamente abandonada. Champoiseau pensó que eso le favorecería, ya que así no tendría que solicitar un permiso oficial a las autoridades otomanas. Su primera estancia en la isla, de apenas dos días, no le decepcionó: en una carta dirigida al primer ministro francés, fechada el 15 de septiembre de 1862, Champoiseau explica ilusionado que «por todas partes hay centenares de columnas quebradas, fustes y capiteles de mármol». Champoiseau pide en la misma carta 2.000 francos, una importante suma para la época, ya que «no hay duda de que unas excavaciones serias llevarán al descubrimiento de objetos raros y de gran valor».

¡Señor, una mujer!

Champoiseau regresó a Samotracia en marzo de 1863 con un equipo de obreros griegos de Adrianópolis. Instalado en el ciclópeo recinto del santuario de los Grandes Dioses, Champoiseau procedió a excavar, identificando y clasificando mármoles e inscripciones antiguas. Al poco tiempo, los trabajadores descubrieron un hombro del más puro mármol blanco de Paros que asomaba en la falda de la colina. «¡Señor, hemos encontrado a una mujer!», gritaron tras desenterrar un busto. Unos pasos más allá, el propio Champoiseau descubrió el tronco de la estatua, de más de dos metros de altura, cubierto por un manto. Champoiseau acababa de exhumar una de las más extraordinarias obras de la Antigüedad clásica.
Junto a esta pieza se hallaron fragmentos de los faldones de un manto, así como de unas alas, lo que permitió a Champoiseau identificar la figura como una Niké. El 15 de abril de 1863 dirigió una carta al embajador francés en Estambul: «Hoy acabo de encontrar, en mis excavaciones, una estatua de la Victoria alada (o eso parece), de mármol y de proporciones colosales. Por desgracia, no tengo la cabeza ni los brazos, a menos que los encuentre en pedazos en la zona. El resto, la parte entre los pechos
y los pies, está casi intacto, y trabajado con una habilidad que no he visto superada en ninguna de las grandes piezas griegas que conozco».
Champoiseau embaló los fragmentos de la estatua y partió rumbo a Estambul. Desde allí, la Victoria inició un largo periplo por el Mediterráneo, pasando por el Pireo en Grecia, hasta el puerto de Tolón, en el sur de Francia. Tras un breve viaje en tren, la Victoria  llegó a París el 11 de mayo de 1864, más de un año después de su descubrimiento.

París, fin de trayecto

Una vez depositadas las piezas en el Louvre, comenzaron las labores de restauración. Para asegurar la estabilidad de la estatua se insertó una barra metálica entre el costado derecho y el zócalo. También se reconstruyó la pierna derecha, que era la más dañada. Sin embargo, no se pudieron colocar ni el busto ni el ala izquierda, que no podía colgarse en el vacío, a pesar de que el equipo de restauradores la había recompuesto casi en su totalidad. La estatua se expuso por primera vez en la sala de las Cariátides en 1866, y en 1870 se hizo una copia que  hoy en día se guarda en la galería de esculturas y reproducciones artísticas del palacio de Versalles.
En 1875, arqueólogos austríacos descubrieron grandes bloques de mármol gris de la cantera de Lartos, en la isla de Rodas, que, correctamente ensamblados, representaban la proa de un barco de guerra. Rápidamente asociaron estos bloques con algunas monedas helenísticas en las que la Victoria aparecía representada de pie sobre la proa de un navío. Sin duda esos bloques pertenecían a la base de la estatua. Cuando Champoiseau recibió la noticia, hizo las gestiones necesarias para trasladar los bloques de mármol a París. Incluso años después, en 1891, ya miembro consagrado del Instituto de Francia, Champoiseau regresó a Samotracia al mando de una expedición arqueológica con la esperanza de hallar las piezas que faltaban y la ansiada cabeza, que, sin embargo, nunca logró encontrar.
Entre 1880 y 1883 se decidió recrear el monumento al completo, siguiendo el modelo sugerido por un arqueólogo alemán que también había empezado a excavar en Samotracia: Alexander Conze, el descubridor del Altar de Pérgamo. Así, se reforzó la estatua con una estructura de metal y se reconstruyeron partes con diversos fragmentos de mármol y con yeso, como el ala derecha, que se reconstruyó con un molde inverso de la izquierda. El trabajo de restauración terminó en 1884.
La Victoria de Samotracia fue colocada en la escalera Daru, a la entrada del museo. Sólo abandonó este puesto de honor en 1939, al estallar la segunda guerra mundial, cuando fue trasladada fuera de París. Su retorno en 1945 fue un acontecimiento nacional, explotado como símbolo de la liberación de Francia.

La Victoria remozada

El interés de los especialistas por esta obra única se ha mantenido siempre vivo, pero no fue hasta 2013 cuando se puso en marcha una restauración completa del monumento. Ésta se realizó en una sala del museo a la que se trasladaron la estatua y los veintitrés bloques que componen la base. Tras un minucioso análisis, los expertos limpiaron la superficie de la escultura, retirando el recubrimiento que restauradores anteriores habían añadido para uniformar el tono. También se sustituyeron los antiguos rellenos en ranuras y grietas por otros de material más estable, y hasta se añadió una nueva pluma en el ala.
Tras volver al emplazamiento tradicional, la Victoria, que ahora descansa directamente sobre el navío –se ha retirado el pedestal de cemento colocado en 1934–, sigue siendo una diosa acéfala y manca, pero el refinamiento de sus alas desplegadas y el contraste entre los ropajes ceñidos al cuerpo y los que evolucionan libres han cobrado nueva nitidez, al igual que el ombligo y la curva del abdomen que han surgido como por encanto. Más que nunca vemos en ella, como decía Rilke, «una maravilla y todo un mundo: he aquí Grecia, el mar, la luz, el coraje y la victoria».
National Geographic
Félix Velasco - Blog

sábado, 26 de marzo de 2016

Azotes



En la bipolaridad de la Guerra Fría, había soluciones fotogénicas para militar en la pulsión antioccidental. Véase el Che de Korda. El comunismo tenía coartadas intelectuales y era un bálsamo para la conciencia gracias a propósitos tales como la redención de los oprimidos. Casi era ir a misa de otra manera. Pese a su propio terrorismo en los años de plomo -Brigate, RAF, etc-, y pese a las guerras periféricas y las «black ops» de los servicios secretos, no traía a Occidente la noción de muerte indiscriminada, aniquiladora de toda una civilización, que tiene a los europeos haciendo lacitos y pegatinas de «Je suis», como en un concurso de creatividad mortuoria y de entreguismo sentimental, desde que el contrapeso de la siguiente bipolaridad lo ocupa el yihadismo.

Para comprender la empatía con los yihadistas de los «alcaldes del cambio», capaces de encontrar justificación para una bomba detonada en una cola de facturación o para un ametrallamiento durante un concierto de rock, hay que recordar que el esquema mental de esta extrema izquierda -¡lo nuevo!- no ha evolucionado un ápice desde la Guerra Fría. Siguen viendo en los Estados Unidos, y por añadidura en Occidente, un ente culpable, antagonista, que engendra violencia imperialista. Lo único que han alterado es el actor al que encomiendan el azote y la venganza de sus resentimientos. Y aquí es donde empieza el problema para ellos. Porque no es fácil tomar partido por la Yihad, que no es fotogénica como el Che ni está adornada por coartadas intelectuales, sino que reparte a domicilio muerte indiscriminada por una interpretación religiosa que nos convierte a todos en víctimas potenciales por el mero hecho de existir. Y cuando digo a todos, me refiero también a los musulmanes que luchan desde la primera hora contra el ISIS y cuyas cabezas fueron clavadas en las verjas de las plazas públicas.
¿Se puede empatizar con psicópatas así? ¿Con decapitadores, con asesinos en masa, con forjadores de un mundo en el que los homosexuales son arrojados desde azoteas? La extrema izquierda europea hace todo lo posible por lograrlo pese a la podredumbre del material humano de que dispone para perpetuar el rencor antioccidental que antaño estuvo encomendado al comunismo. Porque ése es su esquema mental: el que impone la idea de que, por definición, toda violencia ejercida contra Occidente tiene un componente de legitimidad porque es una respuesta al imperialismo y al capitalismo. Este automatismo comenzó con el mismo 11-S, cuando la pregunta podrida fue: «¿Qué habremos hecho a estos buenos salvajes para obligarlos a vengarse de esta manera?».
No deja de ser paradójico que, cuando más aislada y residual debería ser esta extrema izquierda en la Europa sometida a ataque, más cerca está de consagrarse como poder institucional en la España antojadiza, subyugada por la cuchilla purgante.
David Gistau
Félix Velasco - Blog 

La voltereta


Convergència no se hizo independentista por convicción sino porque Mas creyó que de este modo remontaría las encuestas adversas y se mantendría en el poder. La primera desviación se produjo en 2012, y durante los siguientes tres años, empujados hacia el abismo por ERC y por un progresivo derrumbe electoral en favor de los republicanos, los convergentes se fueron radicalizando y arrinconando, de modo que el partido gallo de la política catalana, capaz de pactar con todas las gallinas, se fue poco a poco convirtiendo en una gallina más, y no en una de las más atractivas, precisamente. Fue tal el despropósito, que a la gallina convergente le cortaron la cabeza –Mas– pero como hacen algunas gallinas cuando son decapitadas, continuó corriendo por inercia nerviosa, y ahora tenemos este Puigdemont agitado, que no lleva a ninguna parte, y que intenta salvar inútilmente a Convergència del naufragio.
Algunas veces escribí que Mas era gafe y me acusaron de ser demasiado coloquial, pero exactamente como predije, este hombre, con sus propias decisiones y sin que de la nada surgiera un líder carismático y alternativo, ha acabado arruinando su carrera política y la hegemonía de su partido en Cataluña.
Las presuntas redefiniciones ideológicas de los convergentes no son tales. Se trata de meros trucos de maquillaje para intentar engañar a la vez al votante que les queda y al votante que se les fue, porque Convergència no tiene ninguna otra ideología que permanecer en el poder. Así, mientras parece renunciar a la independencia automática y regresar a la idea del referendo y del pacto con España; le exige a Esquerra, netamente independentista, que de repetirse las elecciones generales, concurran con ellos en una candidatura única, en tanto que las encuestas sugieren que el partido de Junqueras podría ampliar su ventaja respecto del pobre Quico Homs y pasar del 9 a 8 actual a un mucho más abultado 10 a 6.
Mas creyó un día de 2012 que si perseveraba en sus excelentes políticas de austeridad, perdería la Generalitat, y así recurrió a la épica secesionista. Hoy su partido entiende que no tiene ni la fuerza electoral ni la política para lograr la independencia, y así recula en busca de alguna fórmula que le permita remontar, o como mínimo disimular la derrota.
No son las ideas, es el cinismo. No es Cataluña, es el poder. No es el nacionalismo, es el oportunismo más rastrero y ajeno a cualquier convicción, que busca renacer aunque sea de las migajas para perpetuar su negocio y su trama, y su modo de vivir de la política catalana.
Si a Mas le juraran que con un giro autonomista volvería a ser presidente y con mayoría absoluta, volvería a hacer la voltereta, que es lo que ha hecho durante toda su vida.
Salvador Sostres
Félix Velasco - Blog

viernes, 25 de marzo de 2016

Bélgica en su laberinto


La Gran Mezquita de Bruselas fue inaugurada en los años sesenta. Financiada por Arabia Saudí y bajo tutela del radical clero wahabita. Allí se formó el núcleo duro del yihadismo europeo.
–Medio siglo después. Era un 9 de septiembre, cuando el comandante Masud recibe, en Afganistán, a dos periodistas europeos. Nadie podía prever lo que sucedería dos días más tarde. Masud, héroe militar contra la URSS, era la única esperanza de un Afganistán libre frente a los talibanes. Apenas iniciada la entrevista, el cámara pulsa su cinturón explosivo. Y Masud muere camino del hospital. Con él se va la última esperanza de un poder afgano no islamista. 48 horas después, dos aviones se incrustarían en las torres de Manhattan. Una guerra empezaba. Ésta en la cual vivimos. Los asesinos de Masud eran yihadistas tunecinos de Al-Qaeda formados en Bélgica. La carta de recomendación de la que hicieron uso para llegar hasta el comandante afgano había sido redactada en el ordenador del número dos de Bin Laden, Ayman Al-Zawahiri. Afganistán quedaba, a partir de ese día, bajo la exclusiva potestad política y religiosa de Al-Qaeda.
–En mayo de 2014, Mehdi Nemmouche, asesina a punta de kalashnikov, a cuatro visitantes del Museo Judío de Bruselas. Nemmouche había completado el ciclo que lleva de pequeño delincuente a asesino yihadista en la madriguera salafista del Molenbeek del cual procedía y donde recibió su primer adoctrinamiento y sus primeras lecciones en el manejo de las armas.
–El 21 de agosto de 2015, dos soldados estadounidenses de vacaciones y un pasajero francés frustran la matanza general que, en el tren Thalys que hace el recorrido de Ámsterdam a París, trata de ejecutar un yihadista armado hasta los dientes. Ayoub El-Khazani provenía de Molenbeek. Como, con casi seguridad, de Molenbeek provenían su kalashnikov, sus nueve cargadores y su pistola automática.
–París, noviembre de 2015. Doscientos asesinados en un concierto de rock and roll y en varias cafeterías colindantes, atentado fallido contra el Estadio de Francia, repleto de aficionados al fútbol y presidido por François Hollande. Todos los asesinos provenían de Molenbeek. El último de ellos, Salah Abdeslam, no pudo ser detenido hasta hace una semana. Durante todo un año, permaneció oculto en esa comunidad al margen de la legalidad belga.
Pero no es de ahora esta tragedia que hace de Bélgica la plataforma principal del yihadismo en Europa. Desde los años sesenta, los atentados antisemitas fueron allí una rutina: en 1969, atentado con granada contra tripulantes de la línea israelí El-Al; en 1979, lanzamiento de granadas contra viajeros israelíes en el mismo aeropuerto de Zaventem en el que se produjo la matanza de anteayer; en 1980, lanzamiento de granadas contra un grupo de escolares judíos en Amberes, un chaval de quince años muerto; en 1981, coche bomba ante la sinagoga de Amberes, tres muertos; en 1982, ametrallamiento de la sinagoga de Bruselas…
Entre tanto, Bruselas se había convertido en la capital de Europa. De la UE, al menos. Y es ése el paradigma de la esquizofrenia en la cual vive nuestro continente. En el mismo espacio, el centro institucional de lo que decía aspirar a ser una primera potencia y la fortaleza blindada de ciudades (Molenbeek en primer lugar, pero no sólo) en las cuales no hay más legalidad vigente que la sharía. Los islamistas se saben en guerra contra una Europa democrática, laica y, por tanto, intolerable. Dan esa guerra. ¿Sabremos, frente a ellos, darla nosotros?
Gabriel Albiac
Félix Velasco - Blog

sábado, 12 de marzo de 2016

Todas las Cataluñas que han sido



Cataluña ha sido muchas cosas. En el imaginario pujolista de los noventa era Lituania. Fue Puerto Rico algo más tarde, como el País Vasco, que también pasó por fases igualmente ridículas. Ni que decir tiene que fue Quebec, ese ejemplo inexplicado según el cual la voluntad irredenta de sus ciudadanos les llevó una y otra vez… a quedarse en Canadá. También ha sido Escocia recientemente: el contratiempo del voto negativo a la independencia –de alguien que en su día sí lo fue– supuso un pequeño revés a las pretensiones de sus líderes, convencidos de que para una vez que se les pregunta podrían decir que sí y ayudar a los demás. Pero ahora, a la vuelta de estos años malditos, Cataluña se ha emparejado a Angola. Y a Albania. Tanto sufrir para llegar aquí. El caso es que Angola y Albania y Camboya gozan de la misma consideración crediticia que el exquisito Principado del noreste peninsular. Ya es triste, pero si la Administración catalana quiere endeudarse, quiere pedir dinero a los inversores para hacer frente a sus planes, va a tener la misma consideración que los tres enclaves anteriormente citados, paraísos del progreso como bien se sabe.
Cataluña debe hasta callarse, cosa que no hace. La culpa de la putrefacción de las cuentas públicas catalanas no está, como intuyen, en la desgraciada actuación de sus sucesivos gobiernos y en el latrocinio de su establishment. La culpa está en España, como anteayer escupió, sin mayor complejo, el peludo Puigdemont. La España del FLA es, por lo visto, la causante de que la Administración catalana deba cerca de setenta mil millones de euros y de que nadie, repito, nadie, le deje dinero. De no ser por los fondos de liquidez autonómica que sufragan todos los españoles –los catalanes también– los funcionarios de Gerona o de Lérida no cobrarían su nómina este mes y todos aquellos proveedores de la Generalitat a los que esta debe dinero no verían ni un solo euro de lo que se les adeuda. Es evidente que esa ayuda del Estado a un territorio como el catalán resulta imprescindible si se quiere guardar equilibrios mayores: un descenso de Cataluña en el ranking afecta a la credibilidad de toda España y perjudica a las cuentas generales, no solo a las catalanas. Lo cual quiere decir que hay que hacerlo, y ya. Pero sorprende que con la misma mano que recogen el dinero de todos los españoles para poder pagar nóminas y pensiones se dispongan a hacer sucesivos cortes de mangas. La abominable España de la que unos cuantos se quieren independizar es la misma a la que acuden desesperados para poder amanecer mañana sin que la soga les apriete el cuello de forma mortal; lo cual, por demás, no va a servir para que haya una cierta consideración en el lenguaje o en los aprecios elementales. España es culpable y no hay más que hablar.
Esa desafección de la que tanto se habla, esa desconexión efectiva que algunos constatan en el quehacer diario catalán, también se produce en sentido contrario, desgraciadamente. En Cataluña vive mucha gente que merece el aprecio y la solidaridad del resto de los españoles, pero a efectos sociales parecen no importar. Cuando una perfecta idiota en forma de alcaldesa (Colau) desprecia al Ejército en función de la ignorancia y el odio sectario que le corre por su cuerpo, muchos creen que todo lo que les pase a los barceloneses les está bien merecido. Como cuando las agencias de rating les equiparan a países de tercera. Y no es eso. O al menos no del todo. No se puede caer en la tentación de considerar Cataluña como un todo encarnado en despreciables tipos como Colau, Mas, Junqueras o Puigdemont. Difícil, pero no hay más remedio.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

miércoles, 17 de febrero de 2016

miércoles, 20 de enero de 2016

Relativismo moral


    El relativismo consiste en la postura que dice que la verdad de todo conocimiento o principio moral depende de las opiniones o circunstancias de las personas. Como las opiniones y las circunstancias son cambiantes, ningún conocimiento o principio moral, según esta postura, es objetivo o universal.
    Surgió como una corriente filosófica individual hasta que comenzó a practicarse en el derecho y la política convirtiéndose en justificación de la doble moral de las esferas socio-ec...onómico-políticas, gobiernos y oposiciones, ideologías, en grupos que tratan de dirigir el mundo, en el quehacer diario de las instituciones públicas y en la degeneración de los pueblos hacia la dictadura.
    Este relativismo que se ha ido imponiendo, de manera progresiva, en las sociedades a través de la política y de la legislación so pretexto de amparar y promover la libertad de pensamiento y de expresión, llegando relativizar también el bien y el mal.
    http://www.fvamanagement.es/index.html 
    Félix Velasco


domingo, 17 de enero de 2016

Circo


Por lo que podemos ver en los unos y en los otros, tanto promete el Congreso –gracia, broncas y bochornos, que la brillantez no creo que se destaque en el foro- que, para estar informados y para estar bien al loro, lo mejor es preguntar a cómo sale un abono para no perderse una, para empaparse de todo, que la carpa ya está puesta, y han encendido los focos, y se han pintado payasos, y rugen tigres y osos, y allá arriba, en el trapecio, emparejados o solos, unos se columpiarán y harán maravillas otros, y están los malabaristas con pelotas y con bolos, y el lanzador de cuchillos, y la mujer que de pronto, cuando menos se esperaba, camina -¡santo Dios, cómo! sobre un alambre, y se mece, y hasta se venda los ojos…
La temporada del circo ha descorrido sus toldos y ya se va viendo ambiente, ya empiezan, poquito a poco, a crecer las ilusiones de los que gracias al voto han hecho que el circo sea esto que ahora vemos todos. Circo por lo divertido y circo por alborotos, y circo por malabares, y circo por, por, por todo. Las urnas nos han dejado este rebujo tan mono donde lo mismo me encuentro a una con un traje rojo que a otra que lleva una chupa negra de las de ir en moto; o me encuentro a un trajeado con corbata y serios modos, peinado, muy repeinado, un clásico puntilloso, o a uno que lleva camisa y unos pantalones rotos, barba descuidada y pelo enredado y espantoso, tieso, como si pringara, como si viniera el mozo de dormir en un pajar y no haber pegado ojo; y para rizar el rizo –no de ese pelo, del foro-, asoma una diputada que en brazos trae a su rorro, una mujer que, comentan, ha disfrutado de todo, de vida de pazo y chófer, de no faltarle centollos, de no faltarle percebes, y ahora va de punto rojo. Como si jugar a izquierdas fuera un capricho, de pronto. Y con la sal de su tierra –y la miel de suelo propio-, con su sano desparpajo, a su forma y a su modo, ha dicho cuatro palabras la gran Celia Villalobos: “Si quieren dejarse rastas, a mí se me importa poco, mientras usen de champú y capilar escamondo, que yo no quiero que nadie venga a pegarme piojos…” (Más o menos). Bien por Celia, pero ¿se habla de nosotros? ¿Alguien ha hablado de España y del problema de fondo? Este es el plan que tenemos, trajes, pantalones rotos, niños -¿Qué pinta ese niño en lugar como ese, coñ.?-, juramentos que parecen que van a un frente de lobos, puños en alto, promesas, caras de miedo y de asombro, novelería de cargos… ¿Y de España qué, maromos? Gobiernen ya de una vez o dejen que lo hagan otros. Para circo ya tuvimos la gran Pinito del Oro.
A. García Barbeito
FVA Management

lunes, 4 de enero de 2016

El primer español que lo tuvo todo


La generación de frívolos

Artur Mas (Barcelona, 1956) tiene la edad de mis padres y son los primeros españoles que lo tuvieron todo. Fueron frívolos e inconsistentes, entre la resistencia de nuestros abuelos y el camino arrasado y solitario que nos han dejado. Demasiado bienestar, demasiado excedente. Demasiadas carreras frente a los grises y Franco se les murió en la cama; demasiada épica de supermercado. Demasiado pecado en nombre de una libertad que nunca entendieron y siempre devaluaron. Mis padres y Mas son una sombra y se confunden entre el polvo como las figuras del fantasma. Siempre han vivido de dar lecciones y se ofenden cuando vamos a reclamárselas. 

El contable con ínfulas

Ahí está Cataluña, con las instituciones arrasadas por un contable con ínfulas que prefirió su vanidad a proteger la más elemental dignidad del pueblo al que tanto dice amar. Mas no tiene el nivel político, institucional ni moral para el cargo que ostenta. Ha tratado a los catalanes como el niño caprichoso trata a la mascota que le traen los Reyes. Con histérica pasión al principio, y con desdén e indiferencia al cabo de los días, hasta que un día muere por haberla hecho participar en un juego temerario. 

El gafe 

Todo lo que Mas ha tocado lo ha convertido en naufragio. Con él, Convergència pasó por vez primera a la oposición, y no solo una legislatura, sino dos. De todos los catalanes que tienen dinero en Suiza, va y encontraron a su padre. Dramáticamente confundido por una manifestación, adelantó sus elecciones para hacerse con la mayoría absoluta, y en lugar de ganar los 6 diputados que le faltaban, perdió doce y se quedó en manos de Esquerra. En 2014, ERC le ganó unas elecciones a Convergència –las europeas–, y eso no sucedía desde la recuperación de la democracia. Luego CiU se rompió, Mas forzó a Junqueras a la candidatura unitaria (Junts pel Sí) y además de perder 9 escaños respecto de la suma de los dos partidos en las últimas elecciones (50+21 contra 62) se quedó a un escaño de poder ser investido con la abstención de la CUP. 

El imprescindible

En su falsa modestia, Mas sostuvo siempre que podía «encabezar o cerrar» la candidatura unitaria de Junts pel Sí, cuando todavía no estaba pactada e intentaba que Junqueras sucumbiera. Pero a pesar de ir de número 4, exigió ser el presidenciable, y ante las sucesivas negativas de la CUP a investirle –ayer fue solo la última–, insistió en mantenerse como candidato en nombre de las más sonrojantes mentiras, como por ejemplo que él es la cara internacional del «procés», cuando nadie le conoce ni en Europa ni en el resto del mundo, y los pocos que saben quién es, le consideran un mequetrefe entrometido que dificulta el crecimiento económico de España y trata de poner en riesgo la integridad de un Estado miembro. Mas ha reducido las esperanzas independentistas a un agónico y estéril debate sobre su persona y su protagonismo. Y lo ha perdido aparatosamente.

El flautista sin ratoncillos 

Después de tantas lecciones de democracia impartidas a España, y muy concretamente al presidente Rajoy, Mas no tuvo el valor de convocar el referendo secesionista que tanto prometió, perdió el «plebiscito» en el que él mismo convirtió –al modo de los caudillos– las elecciones autonómicas del pasado 27 de septiembre, y también como los caudillos no reconoció su derrota. Ayer la CUP le aterrizó a su realidad de flautista sin ratoncillos, de demócrata de baja estofa, de líder desfigurado por su arrogancia y abandonado por la mayoría de su pueblo.

El verdugo 

Aunque Mas pretenda presentarse como víctima de la última decisión de la CUP (ya veremos si la definitiva), es el único culpable de que hayamos llegado hasta aquí. Ni Mas es independentista ni puede quejarse de lo bien que le ha ido en España. Tanto a él como a sus familiares. Pero para mantenerse en el cargo, ha ido defendiendo posiciones cada vez más extremas y grotescas con las que pensaba ganarse el favor de los partidos de izquierda, así como de la masa, iracunda y desorientada. Al final, la izquierda (Esquerra) y la extrema izquierda (Podemos y CUP) se han quedado con sus votos y le han despachado. Y en breve cambiarán la urgencia separatista por la emergencia social, de modo que Mas, no solo se ha cargado el centro derecha, sino que ha dejado a Cataluña en manos de socialistas y comunistas, en la clase de desastre que nos acaban siempre procurando los iluminados que vienen a salvarnos. Pero es cierto: no es nada que los catalanes no merezcamos, por tal como nos hemos comportado. 

En este último espejo se ve, al fondo, el reflejo de lo que Pedro Sánchez, si se continúa equivocando, podría hacer que le ocurriera también al conjunto de España.
Salvador Sostres
Félix Velasco - Blog

lunes, 2 de noviembre de 2015

El adiós de Héctor


Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces.
Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo.
Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes... Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío.
Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie...». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle. 
Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

domingo, 1 de noviembre de 2015

Ya aburre


A todos nos ha ocurrido con algún amigo que sobresalía en la cuadrilla juvenil, o con algún compañero de colegio que era el líder del grupo. Personas que en su momento descollaban por su ingenio y brillo personal, pero que luego envejecieron mal y defraudaron todas las expectativas que habían concitado. Su chispa se quedó en tic gastado. Su atractiva extraversión derivó en pura plomada. Su liderazgo degeneró en un empalagoso afán de protagonismo. Las ideas llamativas se oxidaron rápido y se redujeron a lo que en realidad eran: ramplones lugares comunes de poco provecho. Me he acordado de muchos envejecimientos fallidos observado con saturación a Pablo Iglesias Turrión, un hombre muy inteligente y bien preparado, que con solo dos años de exposición pública ha logrado algo difícil: convertirse en un personaje insufrible, eso que en el argot de barrio se llamó siempre «un nota».
Una cosa es el amor propio y la necesaria confianza en las capacidades personales. Otra es hacer el ridículo. Ayer Iglesias acudió a La Moncloa, pero no pudo ser un visitante más, no. Tocaba dar la nota, marcar estilo. La liturgia del marketing más facilón. Camisa con mangas recogidas en el otoño madrileño, que se visualice que soy guay, que paso del uniforme de los esbirros de la casta. Librito de regalo para Rajoy en la escalinata (la repetición del chiste del DVD para el Rey). Rueda de prensa inmediata, utilizando una reunión de Estado sobre la unidad de España para darse pote y hacer campaña. 
Paradójicamente, el libro que regaló a «Mariano» -con dedicatoria autógrafa dándole lecciones- es de Antonio Machado, el poeta de la humildad. Como si hubiese intuido la futura existencia de Iglesias Turrión manipulando su nombre, Machado dejó escrito: «Todo narcisismo es un vicio feo, y ya un viejo vicio». Machado, tan buena gente, arrugaría la nariz ante quien con solo 37 años se ha convertido en un ególatra más bien cargante. Hace dos noches explicó en el programa de fútbol de la COPE que si fuese presidente del Gobierno no iría al palco del Real Madrid, cuando sus posibilidades de serlo son nulas. Un tipo que escribió un artículo sobre Jeremy Corbyn, el nuevo líder laborista, y lo tituló: «¿Por qué todos hablan del Pablo Iglesias británico?». Un hombre que se cita en tercera persona, que escucha arrobado su propio verbo, cada vez más afectado y ñoño. Un líder que domina con caudillaje carismático el partido que iba a ser la madre de todas las democracias asamblearias.
Un revolucionario iconoclasta, que en realidad es un niño bien de cómoda cuna de clase media ilustrada. Un predicador de libertades, que emite desde una tele iraní y que coqueteó con la satrapía venezolana y se apoyó en ella. Una veleta ideológica, que modula su mensaje al calor de las encuestas. Un regurgitador de un recetario comunistoide multifracasado. Un madrileño que para defender la unidad de su país propone regalar referéndums separatistas y que tiene una sucursal en Cataluña que no se acaba de saber de qué lado está. Un profesor que por las noches necesita menos «Juego de Tronos» y más Montaigne: «Nadie está libre de decir estupideces. Lo malo es decirlas con énfasis».
Luís Ventoso
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