sábado, 12 de marzo de 2016

Todas las Cataluñas que han sido



Cataluña ha sido muchas cosas. En el imaginario pujolista de los noventa era Lituania. Fue Puerto Rico algo más tarde, como el País Vasco, que también pasó por fases igualmente ridículas. Ni que decir tiene que fue Quebec, ese ejemplo inexplicado según el cual la voluntad irredenta de sus ciudadanos les llevó una y otra vez… a quedarse en Canadá. También ha sido Escocia recientemente: el contratiempo del voto negativo a la independencia –de alguien que en su día sí lo fue– supuso un pequeño revés a las pretensiones de sus líderes, convencidos de que para una vez que se les pregunta podrían decir que sí y ayudar a los demás. Pero ahora, a la vuelta de estos años malditos, Cataluña se ha emparejado a Angola. Y a Albania. Tanto sufrir para llegar aquí. El caso es que Angola y Albania y Camboya gozan de la misma consideración crediticia que el exquisito Principado del noreste peninsular. Ya es triste, pero si la Administración catalana quiere endeudarse, quiere pedir dinero a los inversores para hacer frente a sus planes, va a tener la misma consideración que los tres enclaves anteriormente citados, paraísos del progreso como bien se sabe.
Cataluña debe hasta callarse, cosa que no hace. La culpa de la putrefacción de las cuentas públicas catalanas no está, como intuyen, en la desgraciada actuación de sus sucesivos gobiernos y en el latrocinio de su establishment. La culpa está en España, como anteayer escupió, sin mayor complejo, el peludo Puigdemont. La España del FLA es, por lo visto, la causante de que la Administración catalana deba cerca de setenta mil millones de euros y de que nadie, repito, nadie, le deje dinero. De no ser por los fondos de liquidez autonómica que sufragan todos los españoles –los catalanes también– los funcionarios de Gerona o de Lérida no cobrarían su nómina este mes y todos aquellos proveedores de la Generalitat a los que esta debe dinero no verían ni un solo euro de lo que se les adeuda. Es evidente que esa ayuda del Estado a un territorio como el catalán resulta imprescindible si se quiere guardar equilibrios mayores: un descenso de Cataluña en el ranking afecta a la credibilidad de toda España y perjudica a las cuentas generales, no solo a las catalanas. Lo cual quiere decir que hay que hacerlo, y ya. Pero sorprende que con la misma mano que recogen el dinero de todos los españoles para poder pagar nóminas y pensiones se dispongan a hacer sucesivos cortes de mangas. La abominable España de la que unos cuantos se quieren independizar es la misma a la que acuden desesperados para poder amanecer mañana sin que la soga les apriete el cuello de forma mortal; lo cual, por demás, no va a servir para que haya una cierta consideración en el lenguaje o en los aprecios elementales. España es culpable y no hay más que hablar.
Esa desafección de la que tanto se habla, esa desconexión efectiva que algunos constatan en el quehacer diario catalán, también se produce en sentido contrario, desgraciadamente. En Cataluña vive mucha gente que merece el aprecio y la solidaridad del resto de los españoles, pero a efectos sociales parecen no importar. Cuando una perfecta idiota en forma de alcaldesa (Colau) desprecia al Ejército en función de la ignorancia y el odio sectario que le corre por su cuerpo, muchos creen que todo lo que les pase a los barceloneses les está bien merecido. Como cuando las agencias de rating les equiparan a países de tercera. Y no es eso. O al menos no del todo. No se puede caer en la tentación de considerar Cataluña como un todo encarnado en despreciables tipos como Colau, Mas, Junqueras o Puigdemont. Difícil, pero no hay más remedio.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

miércoles, 17 de febrero de 2016

miércoles, 20 de enero de 2016

Relativismo moral


    El relativismo consiste en la postura que dice que la verdad de todo conocimiento o principio moral depende de las opiniones o circunstancias de las personas. Como las opiniones y las circunstancias son cambiantes, ningún conocimiento o principio moral, según esta postura, es objetivo o universal.
    Surgió como una corriente filosófica individual hasta que comenzó a practicarse en el derecho y la política convirtiéndose en justificación de la doble moral de las esferas socio-ec...onómico-políticas, gobiernos y oposiciones, ideologías, en grupos que tratan de dirigir el mundo, en el quehacer diario de las instituciones públicas y en la degeneración de los pueblos hacia la dictadura.
    Este relativismo que se ha ido imponiendo, de manera progresiva, en las sociedades a través de la política y de la legislación so pretexto de amparar y promover la libertad de pensamiento y de expresión, llegando relativizar también el bien y el mal.
    http://www.fvamanagement.es/index.html 
    Félix Velasco


domingo, 17 de enero de 2016

Circo


Por lo que podemos ver en los unos y en los otros, tanto promete el Congreso –gracia, broncas y bochornos, que la brillantez no creo que se destaque en el foro- que, para estar informados y para estar bien al loro, lo mejor es preguntar a cómo sale un abono para no perderse una, para empaparse de todo, que la carpa ya está puesta, y han encendido los focos, y se han pintado payasos, y rugen tigres y osos, y allá arriba, en el trapecio, emparejados o solos, unos se columpiarán y harán maravillas otros, y están los malabaristas con pelotas y con bolos, y el lanzador de cuchillos, y la mujer que de pronto, cuando menos se esperaba, camina -¡santo Dios, cómo! sobre un alambre, y se mece, y hasta se venda los ojos…
La temporada del circo ha descorrido sus toldos y ya se va viendo ambiente, ya empiezan, poquito a poco, a crecer las ilusiones de los que gracias al voto han hecho que el circo sea esto que ahora vemos todos. Circo por lo divertido y circo por alborotos, y circo por malabares, y circo por, por, por todo. Las urnas nos han dejado este rebujo tan mono donde lo mismo me encuentro a una con un traje rojo que a otra que lleva una chupa negra de las de ir en moto; o me encuentro a un trajeado con corbata y serios modos, peinado, muy repeinado, un clásico puntilloso, o a uno que lleva camisa y unos pantalones rotos, barba descuidada y pelo enredado y espantoso, tieso, como si pringara, como si viniera el mozo de dormir en un pajar y no haber pegado ojo; y para rizar el rizo –no de ese pelo, del foro-, asoma una diputada que en brazos trae a su rorro, una mujer que, comentan, ha disfrutado de todo, de vida de pazo y chófer, de no faltarle centollos, de no faltarle percebes, y ahora va de punto rojo. Como si jugar a izquierdas fuera un capricho, de pronto. Y con la sal de su tierra –y la miel de suelo propio-, con su sano desparpajo, a su forma y a su modo, ha dicho cuatro palabras la gran Celia Villalobos: “Si quieren dejarse rastas, a mí se me importa poco, mientras usen de champú y capilar escamondo, que yo no quiero que nadie venga a pegarme piojos…” (Más o menos). Bien por Celia, pero ¿se habla de nosotros? ¿Alguien ha hablado de España y del problema de fondo? Este es el plan que tenemos, trajes, pantalones rotos, niños -¿Qué pinta ese niño en lugar como ese, coñ.?-, juramentos que parecen que van a un frente de lobos, puños en alto, promesas, caras de miedo y de asombro, novelería de cargos… ¿Y de España qué, maromos? Gobiernen ya de una vez o dejen que lo hagan otros. Para circo ya tuvimos la gran Pinito del Oro.
A. García Barbeito
FVA Management

lunes, 4 de enero de 2016

El primer español que lo tuvo todo


La generación de frívolos

Artur Mas (Barcelona, 1956) tiene la edad de mis padres y son los primeros españoles que lo tuvieron todo. Fueron frívolos e inconsistentes, entre la resistencia de nuestros abuelos y el camino arrasado y solitario que nos han dejado. Demasiado bienestar, demasiado excedente. Demasiadas carreras frente a los grises y Franco se les murió en la cama; demasiada épica de supermercado. Demasiado pecado en nombre de una libertad que nunca entendieron y siempre devaluaron. Mis padres y Mas son una sombra y se confunden entre el polvo como las figuras del fantasma. Siempre han vivido de dar lecciones y se ofenden cuando vamos a reclamárselas. 

El contable con ínfulas

Ahí está Cataluña, con las instituciones arrasadas por un contable con ínfulas que prefirió su vanidad a proteger la más elemental dignidad del pueblo al que tanto dice amar. Mas no tiene el nivel político, institucional ni moral para el cargo que ostenta. Ha tratado a los catalanes como el niño caprichoso trata a la mascota que le traen los Reyes. Con histérica pasión al principio, y con desdén e indiferencia al cabo de los días, hasta que un día muere por haberla hecho participar en un juego temerario. 

El gafe 

Todo lo que Mas ha tocado lo ha convertido en naufragio. Con él, Convergència pasó por vez primera a la oposición, y no solo una legislatura, sino dos. De todos los catalanes que tienen dinero en Suiza, va y encontraron a su padre. Dramáticamente confundido por una manifestación, adelantó sus elecciones para hacerse con la mayoría absoluta, y en lugar de ganar los 6 diputados que le faltaban, perdió doce y se quedó en manos de Esquerra. En 2014, ERC le ganó unas elecciones a Convergència –las europeas–, y eso no sucedía desde la recuperación de la democracia. Luego CiU se rompió, Mas forzó a Junqueras a la candidatura unitaria (Junts pel Sí) y además de perder 9 escaños respecto de la suma de los dos partidos en las últimas elecciones (50+21 contra 62) se quedó a un escaño de poder ser investido con la abstención de la CUP. 

El imprescindible

En su falsa modestia, Mas sostuvo siempre que podía «encabezar o cerrar» la candidatura unitaria de Junts pel Sí, cuando todavía no estaba pactada e intentaba que Junqueras sucumbiera. Pero a pesar de ir de número 4, exigió ser el presidenciable, y ante las sucesivas negativas de la CUP a investirle –ayer fue solo la última–, insistió en mantenerse como candidato en nombre de las más sonrojantes mentiras, como por ejemplo que él es la cara internacional del «procés», cuando nadie le conoce ni en Europa ni en el resto del mundo, y los pocos que saben quién es, le consideran un mequetrefe entrometido que dificulta el crecimiento económico de España y trata de poner en riesgo la integridad de un Estado miembro. Mas ha reducido las esperanzas independentistas a un agónico y estéril debate sobre su persona y su protagonismo. Y lo ha perdido aparatosamente.

El flautista sin ratoncillos 

Después de tantas lecciones de democracia impartidas a España, y muy concretamente al presidente Rajoy, Mas no tuvo el valor de convocar el referendo secesionista que tanto prometió, perdió el «plebiscito» en el que él mismo convirtió –al modo de los caudillos– las elecciones autonómicas del pasado 27 de septiembre, y también como los caudillos no reconoció su derrota. Ayer la CUP le aterrizó a su realidad de flautista sin ratoncillos, de demócrata de baja estofa, de líder desfigurado por su arrogancia y abandonado por la mayoría de su pueblo.

El verdugo 

Aunque Mas pretenda presentarse como víctima de la última decisión de la CUP (ya veremos si la definitiva), es el único culpable de que hayamos llegado hasta aquí. Ni Mas es independentista ni puede quejarse de lo bien que le ha ido en España. Tanto a él como a sus familiares. Pero para mantenerse en el cargo, ha ido defendiendo posiciones cada vez más extremas y grotescas con las que pensaba ganarse el favor de los partidos de izquierda, así como de la masa, iracunda y desorientada. Al final, la izquierda (Esquerra) y la extrema izquierda (Podemos y CUP) se han quedado con sus votos y le han despachado. Y en breve cambiarán la urgencia separatista por la emergencia social, de modo que Mas, no solo se ha cargado el centro derecha, sino que ha dejado a Cataluña en manos de socialistas y comunistas, en la clase de desastre que nos acaban siempre procurando los iluminados que vienen a salvarnos. Pero es cierto: no es nada que los catalanes no merezcamos, por tal como nos hemos comportado. 

En este último espejo se ve, al fondo, el reflejo de lo que Pedro Sánchez, si se continúa equivocando, podría hacer que le ocurriera también al conjunto de España.
Salvador Sostres
Félix Velasco - Blog

lunes, 2 de noviembre de 2015

El adiós de Héctor


Estoy leyendo tranquilo, disfrutando una vez más del viejo amigo Homero, y de pronto me detengo cuando Héctor, consciente de que va a la muerte bajo los muros de Troya, se despide, armado para el combate, de Andrómaca, su mujer, y de su hijo Astianacte: «Inclinóse gritando el niño, asustado por el aspecto del padre / pues lo aterraban el bronce y el penacho de crin de caballo». Leo de nuevo esas dos líneas del canto VI de la Ilíada, recorro con la mirada los lomos de los libros alineados en los estantes de la biblioteca y pienso que a veces la vida concede extraños privilegios. Curiosas coincidencias. Traduje del griego esos mismos versos en el colegio hace ya casi cincuenta años -recuerdo que mi traducción, más literaria que rigurosa, decía «el casco de bronce de tremolante penacho»-, ignorante, todavía, de que no demasiado tiempo después iba a ver a Héctor despedirse de Andrómaca en la vida real. Y no una, sino muchas veces.
Fueron los libros los que me ayudaron, desde el principio, a mirar el mundo con aplomo. A moverme por él con la certeza creciente de que cuanto veía o iba a conocer ya estaba, de alguna forma, en lo que había leído antes. Cuando con poco más de veinte años vi arder Beirut, o mucho más tarde Sarajevo, reconocí en ellas, sin dificultad, las llamas de Troya; del mismo modo que en cierta ocasión en Eritrea, primavera de 1977, cuando me vi entre cientos de hombres desesperados tras un terrible desastre militar, intentando regresar a casa por un territorio hostil donde derrota equivalía a aniquilación, reconocí en ellos, y también en mí mismo, a los mercenarios griegos que en la Anábasis pelean intentando llegar al mar y a sus hogares. En cierto modo, todo eso lo había visto ya. Lo había leído. Estaba, en cierto modo, preparado para comprenderlo y asumirlo. Para extraer lecciones prácticas de vida, rentabilizándolo en una mirada sobre el mundo y sobre mí mismo. Y es con todo eso, con la mirada que tales libros y vida me dejaron, con lo que ahora escribo novelas. Con lo que hoy hablo de Héctor despidiéndose de Andrómaca. O lo recuerdo.
Lo vi muchas veces, como digo. Lo vi despedirse en diferentes lugares, con rostros y nombres distintos, aunque siempre era la misma escena. La primera vez que fui consciente de eso fue en Chipre en 1974, cuando abrí la ventana de mi hotel en Nicosia y vi el cielo lleno de paracaidistas turcos. Bajé a la calle con mis cámaras colgadas del cuello, y por el camino me crucé con docenas de hombres despidiéndose de sus mujeres e hijos para acudir al combate: griegos morenos, bigotudos, que con el rostro desencajado abrazaban a sus familias y corrían luego en grupos, vecinos, parientes y amigos, hacia los centros de reclutamiento. En los siguientes veinte años tuve ocasión de ver a los mismos hombres -siempre son los mismos hombres- en diversos lugares de la extensa geografía de las catástrofes por la que yo transitaba entonces: Sáhara, Líbano, Salvador, Chad, Nicaragua, Iraq, Angola, los Balcanes... Incluso presencié una escena cuya semejanza con el texto de Homero me estremeció, y todavía lo hace. Entre otras cosas porque su protagonista se llamaba Elie Bou Malham, y era y sigue siendo amigo mío.
Fue en Beirut, todavía en plena guerra. Elie era oficial de una unidad de élite. Yo, que entonces aún era reportero del diario Pueblo, iba a acompañarlo en una misión. Pasábamos por delante de su casa, y quiso ver a su mujer y a su hijita de tres años. Mi amigo iba equipado con casco, cinchas con cargadores, granadas y fusil de asalto colgado al hombro. Llegamos arriba, besó a su mujer, y se acercó a ver a la niña, que estaba en la cuna. La misión iba a ser difícil y la mujer -una de las guapas hermanas Sneifer- lo sabía. Hablaron un rato en voz baja. Después Elie se inclinó sobre la cuna. Llevaba el casco puesto; y la niña, que dormía, despertó sobresaltada al verlo y rompió a llorar. En ese momento, ante mis ojos fascinados, él se quitó el casco, la cogió en brazos, y la niña se calmó y empezó a acariciarle el rostro murmurando «Elie, Elie...». Y entonces fue él, un soldado duro como el pedernal, curtido en años de guerra, quien se echó a llorar. Y yo me retiré despacio, discretamente, y bajé a esperarlo en la calle. 
Sé que a Elie no le gustará que cuente esto, si se entera -con Internet hay pocos secretos-, pero hoy no puedo evitarlo. Homero, el tremolante casco y todo eso. Ya saben: canto VI de la Ilíada. Contarles a ustedes una de esas veces en las que vi a Héctor despedirse de los suyos. Y gracias a los libros leídos, pude reconocerlo.
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

domingo, 1 de noviembre de 2015

Ya aburre


A todos nos ha ocurrido con algún amigo que sobresalía en la cuadrilla juvenil, o con algún compañero de colegio que era el líder del grupo. Personas que en su momento descollaban por su ingenio y brillo personal, pero que luego envejecieron mal y defraudaron todas las expectativas que habían concitado. Su chispa se quedó en tic gastado. Su atractiva extraversión derivó en pura plomada. Su liderazgo degeneró en un empalagoso afán de protagonismo. Las ideas llamativas se oxidaron rápido y se redujeron a lo que en realidad eran: ramplones lugares comunes de poco provecho. Me he acordado de muchos envejecimientos fallidos observado con saturación a Pablo Iglesias Turrión, un hombre muy inteligente y bien preparado, que con solo dos años de exposición pública ha logrado algo difícil: convertirse en un personaje insufrible, eso que en el argot de barrio se llamó siempre «un nota».
Una cosa es el amor propio y la necesaria confianza en las capacidades personales. Otra es hacer el ridículo. Ayer Iglesias acudió a La Moncloa, pero no pudo ser un visitante más, no. Tocaba dar la nota, marcar estilo. La liturgia del marketing más facilón. Camisa con mangas recogidas en el otoño madrileño, que se visualice que soy guay, que paso del uniforme de los esbirros de la casta. Librito de regalo para Rajoy en la escalinata (la repetición del chiste del DVD para el Rey). Rueda de prensa inmediata, utilizando una reunión de Estado sobre la unidad de España para darse pote y hacer campaña. 
Paradójicamente, el libro que regaló a «Mariano» -con dedicatoria autógrafa dándole lecciones- es de Antonio Machado, el poeta de la humildad. Como si hubiese intuido la futura existencia de Iglesias Turrión manipulando su nombre, Machado dejó escrito: «Todo narcisismo es un vicio feo, y ya un viejo vicio». Machado, tan buena gente, arrugaría la nariz ante quien con solo 37 años se ha convertido en un ególatra más bien cargante. Hace dos noches explicó en el programa de fútbol de la COPE que si fuese presidente del Gobierno no iría al palco del Real Madrid, cuando sus posibilidades de serlo son nulas. Un tipo que escribió un artículo sobre Jeremy Corbyn, el nuevo líder laborista, y lo tituló: «¿Por qué todos hablan del Pablo Iglesias británico?». Un hombre que se cita en tercera persona, que escucha arrobado su propio verbo, cada vez más afectado y ñoño. Un líder que domina con caudillaje carismático el partido que iba a ser la madre de todas las democracias asamblearias.
Un revolucionario iconoclasta, que en realidad es un niño bien de cómoda cuna de clase media ilustrada. Un predicador de libertades, que emite desde una tele iraní y que coqueteó con la satrapía venezolana y se apoyó en ella. Una veleta ideológica, que modula su mensaje al calor de las encuestas. Un regurgitador de un recetario comunistoide multifracasado. Un madrileño que para defender la unidad de su país propone regalar referéndums separatistas y que tiene una sucursal en Cataluña que no se acaba de saber de qué lado está. Un profesor que por las noches necesita menos «Juego de Tronos» y más Montaigne: «Nadie está libre de decir estupideces. Lo malo es decirlas con énfasis».
Luís Ventoso
Félix Velasco Blog

domingo, 25 de octubre de 2015

El Napoleón del crimen


Ayer mismo, caminando por la acera de una calle de Madrid, un niño de unos seis o siete años que iba despistado con sus padres, mirando el escaparate de una tienda, tropezó conmigo. Le acaricié la cabeza con una sonrisa, y ya iba a seguir adelante cuando escuché a su padre decirle al crío, con mucha naturalidad. «Mira por donde andas, por favor. Gracias». Y luego me dirigió una mirada de excusa. Entonces el niño, sin mirarme, dijo «perdón» y siguió su camino junto a ellos. Me quedé tan sorprendido por el suceso, por aquella reconvención paterna y la reacción del niño, del todo extraordinarias en estos tiempos, que volví la cabeza para verlos alejarse. Eran dos padres jóvenes, normales. Dos padres de infantería. Pero aquellos diez segundos junto a ellos habían hecho hermosa la mañana, y la calle parecía otra, más despejada y luminosa, y al fin continué mi paseo aún con la sonrisa en la boca, pensando que Dios o el diablo aprietan pero nunca ahogan, y que siempre hay quien se salva, y te salva. O te da esperanza. Que siempre quedan uno, o diez, o cien, justos en Sodoma. E incluso en Gomorra.
Hay días, como ayer, en los que lamento no ser millonario, como el tío Gilito o el que sea su equivalente ahora. Pero no un millonetis cualquiera, sino de verdad, a lo bestia, de ésos que pueden pagarlo todo y comprar cuanto se les pone en el morro. Un fulano con viruta suficiente para crear varios centenares, o miles, de becas para niños bien educados. Niños a los que sus padres les hayan enseñado, previamente, que las buenas maneras hacen mejor el mundo, nos hacen mejores a todos y son mecanismo clave, puerta franca para acceder a lugares y corazones. Niños, por ejemplo, como los de mi amigo Etienne de Montety, que cada vez que invitaba a cenar en su casa hacía que sus cuatro hijos, entonces de entre diez y dieciséis años, se encargaran de recibir y atender a los visitantes, cosa que hacían todos con una formalidad y una responsabilidad exquisitas. O aquel otro zagal de ocho o nueve años que una vez se me acercó con mucho aplomo junto a un bar de la Plaza Mayor y dijo: «Oiga, señor, ¿puede pedirle un vaso de agua al camarero, por favor?... Tengo sed, y como soy pequeño, puede que a mí no me haga caso». 
Por eso digo que, si tuviera una pasta gansa, crearía las becas Reverte Malegra Verte. Mandaría a mis agentes por todo el mundo a buscar niños de ambos sexos bien educados, para pagar sus estudios y dedicarlos luego, cuando fuesen grandes, a la ciencia, las humanidades, la vida social y la política. Y también, de paso, gratificaría a los padres que los educaron. Financiaría el merecido bienestar de quienes les enseñaron a decir buenos días, por favor y gracias, a manejar los cubiertos, a no hablar con la boca llena, a vestirse con decoro según cada momento de la vida, a no tutear a las personas mayores, a comprender que una sonrisa, una palabra adecuada, un gesto cortés y de buena crianza, tan propios de la gente humilde como de la más afortunada, son la mejor tarjeta de visita, todavía hoy, incluso en un mundo que, como el nuestro, se va poquito a poco al carajo.
Pero eso sí. Ya metido en faena, si como dije fuera millonetis sin límite y sin tasa, también es posible que se me fuera la pinza y me diese un chungo en plan Bin Laden, o Doctor No, o profesor Moriarty -el Napoleón del crimen, enemigo de Sherlock Holmes-, y comprara una isla llena de aparatos electrónicos, misiles nucleares y Úrsulas Andress, o lo que equivalga ahora a eso; y también un gato de Angora para acariciarlo en plan canónico mientras enviaba por el mundo a mis sicarios en plan ninjas suicidas, en comandos implacables que se curraran la otra cara de la luna. Algo así como una brigada pesticida, letal, higiénica, secuestradora y exterminadora de padres de niños, e incluso de algún niño que otro -todos acaban siendo adultos- de esos groseros y maleducados que empujan en las puertas, permanecen mudos ante las palabras «buenos días», ignoran cómo se pronuncia un «por favor», tutean al lucero del alba y no han dado las gracias a nadie en su puta vida. Y ordenaría a mis esbirros especial ensañamiento y torturas refinadas tipo Fumanchú con los padres de familia que se dejan las gorras y sombreros puestos en los locales públicos, gritan al teléfono móvil, entran en calzoncillos y chanclas en los restaurantes, se hurgan la nariz y se rascan las axilas, los huevos o el chichi -seamos paritarios- mientras te empujan en el metro o el autobús. Veneno, soga y puñal, oigan. Sin piedad. Y yo reiría en mi isla, juas, juas, juas, con risa de malvado Carabel, viéndolo todo por videoconferencia, mientras acariciaba al gato. 
Arturo Pérez-Reverte
Félix Velasco - Blog

12 de octubre de 2016


Después de pasadas casi dos semanas de la Fiesta Nacional de hogaño, es aún hora de salir del asombro que produjeron, en personas sensatas, las salidas de pata de banco de alguno de los mamarrachos y cretinos más granados de la fauna nacional. Sé que volver a ello podrá producirles pereza a muchos lectores que ya han empezado a olvidar las sandeces escritas y dichas con motivo del Día de España, pero entiendan que, en ocasiones, hay que dejar algunos días en la nevera, antes de comerla, la carne recién sacrificada con el objeto de que esté en su punto de maduración. Y en su punto puede parecer ya. Desconozco algún país de nuestro entorno que padezca, en fecha tan señalada, una acumulación de zotes como el que padece España cuando llega el 12 de Octubre: pienso en los países vecinos y descarto que ni siquiera los últimos llegados a Francia vomiten estupideces el 14 de julio. Pienso en Gran Bretaña o en Alemania y me cuesta creer que un buen puñado de mamertos cuestione los días en los que cada patria es celebrada por sus ciudadanos. En España, en cambio, se agolpan en el inodoro los que sienten la necesidad de evacuar alguna genialidad que les transporte inmediatamente al olimpo antisistema de la estupidez. Cuando no es la crítica al Ejército por su desfile, es el retorcimiento histórico de la fecha del 12 de Octubre; cuando no la censura al sistema constitucional, es el insulto a la Virgen del Pilar. La pobre y muy limitada alcaldesa de Barcelona arremetía contra la discreta parada militar con la que se ensalzó la fecha elegida en el Parlamento como la más representativa de España. Seguramente no la ha comparado con el desfile de dos horas y media con el que sus colegas de Corea del Norte celebraron recientemente el 70 aniversario del partido que martiriza a diario a sus ciudadanos. Espectacular desfile, todo sea dicho, prácticamente perfecto. También calificaba de genocida la gesta española del Descubrimiento: el hispanista John Elliot asegura que a los españoles los han pintado de crueles y se lo han creído. La Leyenda Negra.
Veamos. El 12 de octubre de 1492 no comenzó ningún genocidio. Un genocidio es el exterminio completo de un pueblo, y eso, de ocurrir, ocurrió en otras latitudes más al norte y en otra colonización. Analizar hechos de hace quinientos años con reflexiones simplistas del siglo XXI es una muestra de severa limitación intelectual: en 1492 comenzó la expansión de un Estado a punto de formarse mediante el vector de la lengua y la religión en ámbitos del mundo desconocidos hasta entonces. La misión estuvo llena de excesos, como ha ocurrido en todas las colonizaciones, pero ni aquello eran reinos idílicos ni parece que fuera preferible la actuación de los colonos en otros lares. Murieron millones de indios, pero mucho más por los virus que portaban los exploradores y conquistadores que por la codicia y el número de estos. La gripe, desconocida para la inmunidad de los pobladores de aquellos territorios, como el sarampión o la viruela, resultaron letales. Aquel viaje de Colón en cáscaras de nuez y en compañía de un puñado de intrépidos audaces cambió radicalmente el mundo. Y eso se hizo en nombre de España. Y en el mismo español que se sigue hablando en todo el continente. Fijaos bien, hatajo de truchas, cualquier país que gozara en sus gestas de esta misma fecha y este mismo significado estaría celebrando durante semana y media cada año el acontecimiento. Piensen en la vecina Francia: ¿se imaginan la que organizarían si pudieran presumir de haber descubierto América y de que todo quisque hablara en francés? No habría días ni horas en todo un mes, cosa que me resultaría comprensible.
En cambio, en España hay que aguantar una y otra tontería a cuenta de un pasaje histórico absolutamente relevante en el peso y paso de los días. O hay que soportar el agotador cansancio que produce una miembro de Podemos diciendo que someterían a referéndum la elección de la Fiesta Nacional. Como si no tuviéramos nada mejor que hacer. 
Ya llegará el 12 de Octubre del año próximo: ¿a que podré repetir textualmente este artículo? 
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

sábado, 17 de octubre de 2015

Una vida nerviosa


Un profesor universitario amigo me confiesa desolado que una amplia mayoría de sus alumnos son por completo incapaces de leer un libro; y que, entre los pocos que afrontan su lectura, sólo un puñado puede comprenderlo. Aunque recomienda a lo largo del curso diversas lecturas que complementan sus apuntes, cuando llegan los exámenes comprueba que casi nadie ha seguido su recomendación; y los pocos alumnos que le comentan los libros recomendados suelen ser pícaros que recopilan en interné cuatro reseñas birriosas, en un esfuerzo estéril por camelarlo. Pero nada ha conturbado tanto a mi amigo como un episodio que le aconteció recientemente: un alumno le solicitó permiso para grabar en vídeo sus clases; como mi amigo se resistía a aceptar, temeroso sobre todo del destino que luego pudieran correr tales grabaciones (que ya imaginaba divulgadas en youtube y, por supuesto, utilizadas para escarnecerlo), el alumno le confesó atribulado que era incapaz de estudiar sus apuntes, porque apenas se ponía a leerlos perdía la concentración. Sólo contemplando el vídeo de sus clases podía llegar a aprender y memorizar las lecciones. Asustado, mi amigo preguntó a su alumno cómo lograba, entonces, estudiar las demás asignaturas; y el alumno le confesó que mediante el mismo método, asegurando que por interné se pueden encontrar numerosos vídeos y presentaciones de PowerPoint que permiten ir aprobando a cualquier universitario remolón, aunque sea sin excesiva brillantez.
Mi amigo no es hombre abstruso ni alambicado; se expresa en un español correctísimo, incluso levemente 'didáctico', y apenas recurre a las oraciones subordinadas cuando expone sus lecciones. Sucedía, sin embargo, que su alumno era incapaz de mantener la atención fija; era incapaz de entender los razonamientos más elementales; era incapaz de seguir el hilo de un relato escrito. Mi amigo se quedó perplejo y horrorizado ante su confesión; y al principio no supo si expulsarlo de clase con cajas destempladas o concederle que grabase su lección. Pero pensó que ambas soluciones eran improductivas; así que citó al alumno en su despacho, en un intento de comprender mejor las causas de su deterioro cognitivo. El alumno acudió contrito al despacho de mi amigo, como quien acude al confesionario, y en varias conversaciones le reconoció que toda su vida, desde que se levantaba hasta que se acostaba, estaba ligada a los diversos cacharritos y artilugios que le permitían mantenerse on line con amigos y allegados: guasapeando, tuiteando, intercambiando vídeos, hablando por el skype, a veces con varios a la vez, en un intercambio excitante.
Inevitablemente, el cerebro de aquel muchacho había acabado por acompasarse a esta vida nerviosa y aturdidora, entretejida de impresiones fugaces y asediada de estímulos cambiantes. Su atención se había acabado convirtiendo en un pájaro enjaulado que salta a cada instante de uno a otro balancín, por no detenerse nunca a considerar que está encerrado. Su repudio de la letra impresa era una consecuencia natural de ese aturdimiento; no podía entender un razonamiento mínimamente complejo por la sencilla razón de que su cerebro se exasperaba tratando de hilvanar sus proposiciones, tratando de desentrañar el significado de sus palabras, y buscaba los mensajes inmediatos, netos, ramplones: las consignas, los apóstrofes, los enunciados más sencillos que le permitiesen saltar de inmediato a cualquier otra simpleza que irrumpiese, a modo de relámpago fugaz, en su cerebro. Todo ello envuelto en una especie de ansiedad eufórica, como si el acopio incesante de estímulos fuese la droga que su cerebro necesitaba para no perecer del todo, o para vivir esa vida sin poso ni reposo, sin cognición ni discernimiento, una vida a modo de incesante carrusel de novedades huidizas en la que no hay tiempo para leer, ni para meditar, ni para conversar, ni para rezar, ni para amar, ni para hacer ninguna de las cosas que hasta hace poco nos distinguían como humanos. Una vida descerebrada y desalmada, ligada a una pantalla táctil, que tal vez sea el paso previo (y tal vez sin retorno) a nuestro internamiento en la trituradora, allá donde formaremos la papilla humanoide que conviene a los nuevos tiranos.
Porque cada vez resulta más evidente que esta vida nerviosa es el cimiento de una nueva esclavitud, mucho más aberrante que ninguna otra que la haya precedido: una esclavitud de esclavos eufóricos, ansiosos de su droga, felices con su droga... ¡Y con título universitario! 
Juan Manuel de Prada
Félix Velasco - Blog

Cuerpo de pecado con cara de arrepentimiento


Hace tiempo que quiero dedicar una Pequeña Infamia al fenómeno de la barba, que me llena de perplejidad. Pertenezco a esa generación que adoraba al Che Guevara y soñaba con descubrir la playa bajo los adoquines de París en mayo del 68 y, de haber nacido hombre, seguro que me habría dejado una. En aquel entonces, hablo de los sesenta y setenta, había barbas para elegir. Uno podía decantarse por una a lo Trotsky, y pasear con aire meditabundo con un libro de Sartre bajo el brazo. O dejársela de chivo, y caer por alguna tertulia emulando a Valle Inclán. Había barbas contestatarias como estas pero también las había aristocráticas. Entre estas últimas podía uno escoger, por ejemplo, parecerse a Jorge V de Inglaterra, como hacía el guapísimo príncipe Miguel de Kent, u optar por la de Nicolás II de Rusia. Su terrible muerte consiguió rodear al personaje de tal fascinación y misterio que, en ciertos círculos, su barba era muy imitada. Y luego estaba la más famosa de todas, la del Che antes mencionada, que era la que, con diferencia, más adeptos tenía y que las chicas adorábamos acariciar, que no mesar (Aprovecho aquí para recordar -pequeña nota informativa- que pese a lo que muchos puedan creer, "mesar" es todo lo contrario de acariciar. Quiere decir, literalmente, "arrancar los pelos con la mano").
Cuento todo esto para que vean que no soy una persona antibarba. Al contrario, forma parte de mi educación sentimental, por no decir sexual. Por eso, porque me encantan los hombres barbudos, estoy de lo más sorprendida por la que ahora infesta casi todas las caras masculinas sin distinción de edad, inclinación política o clase social. Me refiero a esos pelos a medio crecer, hirsutos, muchas veces canos y siempre desprolijos que están tan de moda. Me encantaría que alguien me explicara el insondable misterio de por qué, cuando los hombres se cuidan más que nunca, dedican horas al gimnasio para estar esculturales, se forran a antioxidantes, usan cremas botox y hasta se depilan (otro misterio insondable para mí, pero vamos a lo que vamos) les ha dado por este look. ¿De qué sirve, me pregunto yo, tener un cuerpo digno de una estatua de Praxíteles, unas piernas lampiñas de efebo y un cutis de ninfa si luego van y arruinan por completo el efecto dejándose esa barba a medio crecer a lo Yasser Arafat? ¿Cuándo y de la mano de quién entró en nuestras vidas esta tendencia que hace que muchos vayan por ahí pareciendo un perroflauta vestido de Armani? Yo comprendo que pueda quedar sexy ver a un adolescente o incluso a un veinteañero con barba de dos días y con aspecto de haberse levantado recién de la cama. Pero pasados los treinta, y no digamos los cuarenta -los cincuenta y los sesenta mejor ni mencionarlos-, a nadie, y quiero decir a Nadie, le queda bien esta apariencia. Ni a Brad Pitt, que no me gusta nada, ni a Jeremy Irons, que me encanta, ni a ningún otro de los ídolos del celuloide, de modo que calculen cómo le sienta al común de los mortales. Para más pasmo, el aspecto "barba de tres días, me cachis qué guapo soy", suele completarse con un llamémosle peinado de pelos revueltos o de punta como si el bello de turno acabara de meter los dedos en el enchufe. ¿No es un poco incongruente hacer todo lo posible por tener aspecto de adolescente y al mismo tiempo cultivarse una testa de espantapájaros? Sé que clamo en el desierto, porque las modas son implacables, arrasadoras y no se puede luchar contra ellas. Lo único que espero es que la próxima -y ya toca cambio por fortuna-, sea más favorecedora que esta. ¿En qué consistirá? Sea la que sea, seguro que gustará más que la actual. Esta me recuerda algo que mi abuelo decía de las damas añosas a las que, por tener una bonita figura, les daba por embutirse en vestidos de veinteañeras. Él las llamaba cuerpos de pecado con cara de arrepentimiento.
Carmen Posadas
Félix Velasco - Blog

La hucha del domingo


El próximo domingo España se llenará de huchas del Domund. Yo era postulante de niño chico, como posiblemente lo fuera usted también. Entonces, aquellas huchas mostraban las cabezas de negritos y chinitos. Son un tesoro vintage. Hoy, habida cuenta de la cantidad de individuos presos de la corrección política, serían impracticables. Siempre surgiría algún hipersensible denunciando violentamente el desprecio racista con colectivos menos favorecidos por el reparto de la riqueza y tal y tal. Me imagino a las Colau y diversos cretinos de la fauna hispana subiendo tuits furiosamente en defensa de la dignidad de no sé qué.
La verdad de la cuestación del domingo no está en la palabrería de todos los gilipollas que viven del cuento de la solidaridad –siempre supuesta– en España. La verdad está en el óbolo sencillo y sincero de quien deja unos céntimos que, en tierras de eriales malditos, son una fortuna. Ese dinero llega a las misiones, que no son un puñado de niños pijos que quieren experimentar la fascinación de un verano en tierras de secano –y que, en cualquier caso, bienvenidos sean y vuelvan cuantas veces quieran–, sino que están formadas por religiosos que se marcharon de su casa y su pueblo hasta tierras remotas con la sola idea de dar la vida por los demás. Hombres y mujeres de toda España –de toda, castellanos, andaluces, gallegos, catalanes...– han viajado por el mundo para vivir la misma miseria de aquellas personas que han ido a socorrer: han curado heridas, socorrido moribundos, enseñado a leer y escribir, evangelizado a quienes han querido abrazar la Fe católica... Misioneros en África que han arriesgado su vida –y la han perdido– por ayudar a los enfermos de las muy diversas enfermedades que asuelan un continente entero, sean el VIH o el ébola; misioneros y misioneras que han dado su vida a cambio de proteger a chiquillos víctimas de conflictos territoriales absolutamente cainitas que no han respetado vida alguna; misioneros que han volcado sus esfuerzos en enseñar las elementales reglas que permitan que los hombres y mujeres del futuro sean capaces de defenderse en el mundo contemporáneo; misioneros que han sido capaces de conseguir alimentos, vacunas, medicamentos varios que saquen de la condena a muchachos de pocos años o que permitan morir con dignidad a ancianos de tribus diversas. Javieranos, carmelitas, dominicos, esclavas del Corazón de Jesús, que no necesitan aplauso ninguno de la sociedad para seguir haciendo lo que hacen... sólo necesitan medios, dinero, para sacar a varias generaciones del pozo de la condena persistente. Y no necesitan mucho, sólo lo que a usted le sobra y que a lo mejor es el importe de esa cerveza que el domingo puede dejar de beber. No se pueden imaginar lo que es capaz de hacer una religiosa en Camerún o en Ghana con la cerveza que usted no se va a tomar de más. Con su cerveza abstenida puede dar de comer a varios chiquillos o puede facilitarle la vacuna necesaria para que ese negrito de ojos grandes y piel tostada no se muera de malaria. Digo malaria y puedo decir cualquier otra cosa.
Conozco a estos hombres y mujeres. A estos religiosos. Han pasado su vida entera en lugares en los que usted y yo no aguantaríamos ni una semana. Y les he visto volver de mayores y rebelarse para que les dejen volver a morirse entre los suyos, que no somos usted y yo, insisto, sino los más desfavorecidos del mundo, los que no tienen nada –y a pesar de ello sonríen–, los que agradecen su generosidad de domingo, los que celebran la Palabra de Dios, que, afortunadamente, viene acompañada de pan y penicilina. Toda gratitud a las Misiones es poca. No sólo por lo que hacen por ellos. También por lo que hacen por los que estamos aquí: gracias a su esfuerzo nosotros somos mejores.
Arturo PérezReverte
Félix Velasco - Blog

lunes, 12 de octubre de 2015

Fiesta de la Hispanidad


El capitán del Ejército uruguayo Ángel Camblor ganó en 1932 un concurso internacional que buscaba dotar de una bandera a toda la Hispanidad. Su diseño lo componen tres cruces moradas sobre fondo blanco y la mitad de un sol naciente. Sin embargo, como ha ocurrido de forma crónica con los símbolos nacionales, la enseña es hoy una completa desconocida en España, donde la Hispanidad ha sido en demasiadas ocasiones menospreciada. El cariz precolombino del diseño, con un sol de inspiración inca, tampoco ha ayudado a que esta bandera fuera asumida en España.
En 1987 quedó establecido que el Día de la Fiesta Nacional de España sería el 12 de octubre, lo cual trajo consigo la eliminación del nombre de «Día de la Hispanidad» de esta festividad. Era considerada, y lo sigue siendo a nivel popular, como de la Hispanidad porque el 12 de octubre 1492, festividad del Pilar, Cristóbal Colón hizo tierra en Guanahani, actualmente en las islas Bahamas, y tomó posesión del lugar en nombre de los Reyes Católicos. El navegante desconocía que se trataba de un nuevo continente y no podía imaginar la trascendencia de su acto. Colón, de hecho, creyó que había llegado a Cipango (Japón). Desde entonces, la fecha ha sido usada por diversos países iberoamericanos para celebrar el encuentro de las dos culturas que dieron lugar al Nuevo Mundo. 
Sin embargo, cada país ha denominado la fiesta con distintos nombres en función de la conveniencia política, como por ejemplo «Día de la Madre Patria» o «Día del descubrimiento». En España, se eligió originariamente la designación de «Día de la Raza», una denominación creada a propuesta del exministro español Faustino Rodríguez-San Pedro, como Presidente de la Unión Ibero-Americana, que en 1913 pensó en una celebración que uniese a España e Iberoamérica, eligiendo para ello el día 12 de octubre. En 1918 la fiesta de la Raza alcanzó el rango de fiesta nacional. 
A principios del siglo XX, no obstante, el concepto de Hispanidad estaba en desuso. No fue hasta 1926 cuando un obispo vizcaíno, Zacarías de Vizcarra, recuperó el término de Hispanidad y propuso en un artículo de prensa publicado en Buenos Aires cambiar el nombre a la festividad. Cinco años después, Ramiro de Maeztu, que había sido Embajador de España en Argentina, leyó el artículo e hizo suya la defensa del cambio de nombre. En este contexto reivindicativo de la Hispanidad, surgió en paralelo la iniciativa americana de crear una Bandera de la Hispanidad (o Bandera de la Raza Hispánica) en un concurso continental organizado en 1932 por la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou, proclamada «Juana de América». El lema que acompañaba a la enseña fue «Justicia, Unión, Paz y Fraternidad», aquellos valores que Camblor señalaba como representativos de los hispanos.
Las características de la bandera creada por Ángel Camblor, que era un capitán de origen vascofrancés del Ejército Nacional de Uruguay, eran una bandera blanca (símbolo la paz), tres cruces, que simbolizan las dos carabelas y la nao con la que Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo, y el signo del Inti (el «sol de mayo» de la mitología incaica), que representa el despertar del continente americano. El color púrpura de las tres cruces, a su vez, aluden al color característico supuestamente del león de la Corona de Castilla y León, lugar de nacimiento del idioma común, según explica su diseñador en el libro «La bandera de la raza símbolo de las Américas en el cielo de Buenos Aires» (1935).
La Bandera de la Raza Hispánica fue izada por primera vez el jueves 12 de octubre de 1932, en la Plaza de la Independencia de Montevideo, y fue oficialmente adoptada por todos los estados de Hispanoamérica como bandera representativa en el marco de la VII Conferencia Panamericana reunida en diciembre de 1933 para una raza que, según Camblor, «está compuesta por levadura de indios y españoles; de hombres y mujeres venidos más tarde de todas las regiones de la tierra. Es la raza espiritual, sociológica: más del alma que de los huesos».
El hecho de que la Fiesta Nacional de España (Día de la Hispanidad) coincida con la patrona de Zaragoza y de la Guardia Civil se trata de una mera coincidencia, puesto que la virgen que ostenta el título de Reina de la Hispanidad es Santa María de Guadalupe de Extremadura, cuya festividad se celebra el 8 de septiembre. La íntima vinculación del santuario de Guadalupe, tanto con el descubrimiento de América como con su colonización y evangelización, está documentada, siendo así una de las causas invocadas por la Unesco el 11 de septiembre de 1993, cuando declaró a Guadalupe Patrimonio de la Humanidad. «Porque la famosa imagen de la Virgen de Guadalupe ha sido el símbolo más representativo de la cristianización de una gran parte del Nuevo Mundo», argumentó la Unesco.
Con todo, se mantiene todavía vivo el debate teológico sobre cuál de las dos vírgenes debería gozar del título de patrona de la Hispanidad, en función de su importancia en el descubrimiento de América. Asimismo, el apóstol Santiago el Mayor es el patrón protector de España, así como el santo del Arma de Caballería y del Ejército de Tierra.
César Cervera
Félix Velasco - Blog

sábado, 3 de octubre de 2015

Comuna de Presidents


¿Cómo no se nos había ocurrido antes? El conflicto para designar presidente de la Generalidad de Cataluña se soluciona —tal y como ha propuesto la número dos de la CUP— con una presidencia coral. Vamos, que no haya un solo presidente, que haya cuatro. Déjenme respirar hondo antes de soltar la carcajada.
Convendría, en primer lugar, que las fuerzas insurgentes nacidas entre el Besós y el Llobregat se pusieran de acuerdo. Han malgastado saliva durante un puñado de días asegurando que bajo ningún concepto apoyarían una investidura de Artur Mas, y ayer, a una hora poco sospechosa de intoxicaciones etílicas, aseguraron que no quieren enterrar el futuro de nadie y que en ese triplete o escuadrón de presidentes podría estar el reyezuelo del «tres per cent». En el caso de no llegar desmentido posterior, habrá que convenir que poco les ha durado la firmeza. Y aún bien de aclarar ese pequeño detalle acerca del futuro del rey Artur, tampoco estaría de más que desarrollasen la idea de la coralidad presidencial. Cuatro presidentes no es una coral, es un orfeón, una tuna o, mejor, una comuna. Sólo falta añadir que esa especie de Soviet Supremo debería ser, por demás, rotatorio, es decir, cuatro presidentes cada seis meses y vuelta a empezar. Y así hay más riqueza de matices.
Convengamos que hasta en el Soviet Supremo había uno que mandaba. Y mandaba mucho; tanto que tenía derecho a disponer de vidas y haciendas, pero en esta disposición transversal del poder que sugiere la muchacha del flequillo cortado a machete no queda claro quién tiene la última palabra. El pueblo, ya sé; pero es un engorro consultar a todo el pueblo cada que vez que haya que decidir qué tipo de orden se le da a TV3 o cuántos enfermos deben entrar en cada habitación. Los partidos de raíz asamblearia padecen esa enfermedad de la mano alzada y es normal que simulen un rechazo a la personificación del poder, pero de ahí a organizar un gobierno de cuatro presidentes va un mundo. Llevando al extremo la genial idea, podrían sugerir un gobierno con solo presidentes, sin consejeros: luego nombran una especie de «conseller en cap», que es el que trabaja, y que haga de portavoz y coordinador de sus superiores, todos muy honorables aunque vistan de jersey de lana.
Creíamos que la política catalana ya no podía regalarnos más momentos de hilarante surrealismo: cuán equivocados estábamos. La cruel y terminal enfermedad de corrección política que vive esa comunidad hace que cada día sea mejor que el anterior y que cada ocurrencia supere la barbaridad de ayer. Después de soltar con toda solemnidad esa gilipollez vendrá un día posterior en el que cualquier otro turista disponga una tontería desmenuzada en el plato lista para saborear. Nuestros amigos catalanes tienen mucha razón para lamentarse de su destino reciente, pero habrán de convenir que de su propio seno salen los votos que confían en personajes como los mentados, que no solo quieren nacionalizar, independizarse, prohibir y someter cualquier tipo de idea liberal, sino que también pretenden instaurar una santísima trinidad o un cuarteto de gloria para administrar las cosas públicas. Como Podgorni, Breznev y Kosiguin en sus buenos tiempos, que llevaban al unísono la gestión de aquel fracaso que tanto gusta a estos muchachos. Es verdad que luego quedó solo Breznev y que la felicidad del trío duró poco, pero ahí está para la historia por si quieren hacer alguna analogía.
Lo que les falta a los del nordeste español es que los gobiernen cuatro en vez de uno. Definitivamente, la política catalana ha perdido la cabeza. Y, en el caso de estos muchachos, hasta la sandalia.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

viernes, 2 de octubre de 2015

Tiempo de héroes (y de villanos)


En 1992 el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama se convirtió en una celebridad mundial gracias un libro titulado 'El fin de la historia y el último hombre'. En él sostenía que la lucha de ideologías había terminado como consecuencia de la caída del comunismo, lo que propiciaba el fin de las guerras. Según él, tal coyuntura histórica dejaba como única opción viable la democracia liberal tanto en política como en economía. O dicho en sus propias palabras: «El fin de la historia en que nos encontramos significa el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, pues los hombres satisfarán sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas». Eran los felices noventa, el mundo prosperaba y las sociedades avanzadas se miraban el ombligo. La corrección política nos volvió a todos más sensibles hacia causas como la vida sana, el ecologismo, el respeto a los animales. Crecía la clase media y a ella se incorporaban todos los años cientos de miles de personas. Primaba ser más solidarios, más tolerantes y comprensivos. Civilizados, en último término. Éramos dignos hijos del nuevo siglo que alumbraba, nunca antes el mundo había estado más lejos de la barbarie. Pero cayeron las Torres Gemelas y nació un nuevo monstruo, fruto del resentimiento y fanatismo de unos (léase los islamistas) y de la imbecilidad de otros (Bush y sus mariachis) y aquí estamos inaugurando el segundo milenio más o menos igual increíble, pero cierto que como comenzó el primero, con guerras de religión. No quiero arruinarles la mañana hablando de lo que ya sabemos y tememos. 
Del avance del Estado Islámico, de su inaudita crueldad, ni de los millones de personas que huyen de ella. Sí me gustaría, en cambio, apuntar lo único bueno que estas confrontaciones tienen: el hacernos más humanos, el despertar lo mejor que anida en nuestros corazones. Con sesenta millones de refugiados y desplazados como hay en este momento en el mundo, aquella sociedad hedonista y narcisista cuyas mayores preocupaciones eran la obesidad, por ejemplo, o el más ramplón arribismo, de pronto, se ha dado cuenta de qué va la vida realmente. Se acabaron las pavadas y jalear a 'iconos' imbéciles como Paris Hilton o las Kardashian, ahora es tiempo de Héroes. Como Jalid Asaad, de 82 años, que murió decapitado en ejecución pública y su cuerpo colgado de una columna por negarse a revelar el lugar secreto en que había escondido tesoros arqueológicos de Palmira. O como el niño Aylan, cuyo pequeño cadáver ha desatado la mayor ola de compasión de los últimos tiempos, obligando a los políticos del mundo entero a replantear su actitud con respecto a los refugiados. Ahora, todos estamos dispuestos a ayudar, a comprender, a compartir. Pero conviene no olvidar que si este es tiempo de héroes también lo es de villanos. Las emergencias sacan lo mejor, pero también lo peor del ser humano y ahí están como muestra las patadas de la reportera Petra Laszlo o los primeros brotes neonazis en Alemania. Ahora mismo, no son más que feas excepciones condenadas por todos, pero estamos solo al principio de esta nueva situación. ¿Qué pasará dentro de un año, y de dos, y de tres? Fukuyama se equivocó estrepitosamente en los noventa pensando que era el fin de la Historia. Creyó que, muertas las ideologías, no habría motivos de confrontación, que todos seríamos civilizados, perfectos, miríficos y no fue el único en creerlo. Olvidó olvidamos el factor humano. El hombre es capaz de todo lo mejor como estamos viendo por fortuna en este momento, pero también de lo más mezquino, lo más abyecto. Conviene estar vigilantes por aquello que decía Cicerón (que era bastante menos cándida paloma que Fukuyama) de que los pueblos que ignoran su historia están condenados a repetirla. 
Carmen Posadas
Félix Velasco - Blog

sábado, 19 de septiembre de 2015

No hay huevos


Da igual. Por muchos avisos que mandes acerca de la ruina que supone sentirse independientes –y serlo, evidentemente– nada cambiará la opinión de los que viven en la lluvia de azufre de la química sentimentaloide. Es inútil confrontar racionalidad con sentimentalidad: gana la puesta en escena, la épica pequeña de cuarto de baño, la ensoñación infantil. Les han prometido la Arcadia Permanente y se lo han creído, y ante eso no hay Junker que valga, ni Merkel, ni Cameron, ni Obama, ni la madre que los crió. Presumen de ser una colectividad guiada por el «seny» y son, en su mitad más expresiva, unos adolescentes inmaduros ensimismados en melancolías absurdas. La otra mitad, salvo meritorias excepciones, no saca la cabeza del agua por temor a la exposición al sol: y no acaban de entender que así, aunque se evite la insolación, lo más probable es perecer ahogado.
Si yo fuera independentista sospecharía muy mucho de mis iniciativas si fuera de mi corral me apoyaran los más tontos de la clase. La imposible independencia de Cataluña es sólo refrendada y jaleada por sujetos del tipo Willy Toledo, lo cual desalienta al más pintado. Pero digo, da igual. Entiendo la épica menor de los que se sienten protagonistas de la historia, pero no acabo de entender a los que, con todos los datos en su mano, juegan con el fuego del futuro vacío, nudoso, casi estéril. Allá cada uno, podrá decir usted, y tendrá razón, pero me sorprende que empresarios catalanes le tengan más miedo a Artur Más que a perder el mercado que les sustenta.
El Círculo famoso de empresarios catalanes que tanto se juega en este sopicaldo ha optado por la equidistancia. No le ha dicho a los separatistas «estáis jugando con nuestras empresas, con nuestro patrimonio, con el trabajo de miles de familias», no. Le ha dicho «no es lo mejor, pero pedid luego un referéndum». Ha pedido la consecución de una ilegalidad para quitarse de en medio, como siempre, y no dar un paso al frente en defensa de sus intereses. Es evidente que los separatistas encabezados por ese dislate de Más han presionado hasta la náusea a Fomento del Trabajo y al Círculo en cuestión, prometiéndoles un futuro sin impuestos o un presente sin ayudas. Y éstos, a buen seguro, han pensado que es más cómodo dejar que los votantes le den la mayoría a los independentistas, cosa que ocurrirá puede que por incomparecencia de los contrarios –que seguirán quedándose en casa si nada lo remedia–, para después reclamar un cierto toque de queda, una moratoria de incendios, una salida rápida de los bomberos para apaciguar fuegos innecesarios. No lo dicen ahora porque no se atreven. Lo dirán después y con la boca contrita. Nadie espere heroicidades. Muerto Lara, Bonet hay sólo uno. El dueño de Freixenet, una suerte de héroe solitario, le dijo a sus trabajadores: después de la independencia perderemos la Denominación de Origen, tendremos que pagar aranceles, perderemos también mercado, ya no seremos competitivos y muchos de ustedes, lamentablemente, se quedarán sin trabajo. La verdad desnuda. No espere que eso lo digan los de Gallina Blanca, por ejemplo. 
Será interesante comprobar cuántos capitales saldrán pitando de Cataluña al día siguiente de la victoria de Juntos Por El Sí. Ni siquiera el día en que salga algún iluminado al Balcón, el Gran Balcón Soñado. No. El mismo día de la victoria de los separatistas. Ayer se publicaba un dato interesante: las empresas con sede en Cataluña caen en bolsa cuatro veces más que las del Ibex 35 (elconfidencial.com). Aten esa mosca por el rabo. ¿Quién quiere sacrificar gratuitamente su patrimonio? Desde luego no todos los empresarios que, en cuanto pueden, te lloran en el hombro lamentando los aconteceres. Claro que siempre se les puede decir que quien quiere tortilla antes o después tendrá que romper los huevos. Y lo malo es que no hay huevos.
Carlos Herrera
Félix Velasco - Blog

sábado, 5 de septiembre de 2015

Responsabilidades colectivas

Ayer, tras ver la foto de ese ángel dormido a la orilla de la muerte, se me despertó la incorrección política ante el exceso de ayes teatralizados y demagógicos de este Occidente en permanente búsqueda de la autoinculpación por todo lo que ocurre más allá de nuestras soberanías personales. No pude por menos que pensar en la machacona insistencia en crear culpables colectivos que tiene buena parte de la biempensante sociedad de este lado de las guerras o de la miseria. Pareciera que usted, bien individualmente, bien de forma conjunta, fuera el culpable de la muerte de un pobre chiquillo, su hermano y un puñado de personas más. 
Convengamos de partida que ni usted, ni yo, ni Europa en su conjunto somos responsables de la espiral de destrucción a la que se ve sometida Siria o Iraq. Usted no es el Daesh, ni forma parte de las mafias que acarrean personas a cambio de muchos dólares en embarcaciones abarrotadas camino a ninguna parte. Usted no es El Assad, ni es la resistencia Siria, ni ha invadido aquél país con cuchillos degolladores, ni es el malo de la película. Usted tiene bastante con salir adelante cada día y escudriñar el futuro en busca de oportunidades. Pero usted, como yo, como todos, no puede dejar de estremecerse ante la visión descarnada de la tragedia. Eso no debe llevarnos a diagnosticar equivocadamente el monto de las culpas: no es el fracaso de Europa, como machaconamente se repite de forma simple e impostada, es el fracaso de Siria, en todo caso. Ese pobre chiquillo de poco más de tres años huía de la mano de su padre de un infierno que no somos capaces de imaginar y a lo más que podemos llegar, más allá de compadecernos, es a entender que hay que realizar un esfuerzo por acoger a los que huyen y comprender a los gobernantes comunitarios cuando tomen la decisión de darles cobijo. Sin embargo, será correcto estremecerse también por todos aquellos niños que no mueren en el mar pero que sí mueren en Alepo, asesinados por el islam fanático. Miles de ellos hasta ahora. Y hasta ahora no han agitado sentimientos y conciencias, de quien los tenga. 
Aún peor que esta visión que ha sacudido el remordimiento occidental es la de un bebé asesinado y pisoteado por un Imán fanático. Anda por ahí el video y hay que tener valor para verlo, sin entrar en ese debate un tanto exquisito en el que nos entretenemos los periodistas cuando nos planteamos si ofrecer o no la carnicería completa. Una cosa es conmoverse y otra moverse, y hacerlo en la dirección adecuada. No nos engañemos: la solución es bélica y consiste en enviar soldados bien armados hasta acabar con toda esa chusma. No basta con bombardear. Europa, tan estupenda, debe hacerse a la idea de que los ejércitos no son oenegés con pistolas, ni son meros instrumentos de «misiones de paz». Y los Estados Unidos, aunque vea de lejos el problema de los refugiados masivos, no debe mirar para otro lado y pretender que sea Irán quien saque las castañas del fuego sirio. A algunos les costará diferenciar entre malos y muy malos y puede que haya que tragar con la presencia en aquél escenario de un asesino compulsivo como el dictador sirio, pero antes o después habrá que tomar posiciones. Eso o abrir las puertas para que entre un país entero y sea deglutido por sociedades agotadas como son la mayoría de las europeas. Evidentemente, a los cristianos de aquellos lares hay que protegerlos de la voracidad criminal de los fanáticos islamistas, pero también a no pocos musulmanes igualmente víctimas, y a paseantes y a descreídos, a grandes y pequeños. Vayamos haciéndonos a la idea.
Pero guarde firmemente un convencimiento: que no le cuenten cuentos, no hay culpables colectivos. Y a ese niño no lo ha matado usted.

viernes, 7 de agosto de 2015

Dinero, sueños y felicidad

La realización personal implica algo distinto para cada individuo, dependiendo de su cultura, necesidades y situación. Disfrutar de la vida, de una conversación, de los amigos, de la familia, sentirse bien con uno mismo,... son algunos de los ingredientes de la felicidad. Podríamos explicarla de mil maneras diferentes pero, aunque cada uno tengamos nuestra propia definición, todos coincidimos en una cosa: nuestro objetivo principal en la vida es encontrarla.
- ¿El dinero no compra la felicidad? - Tal vez no lo haga, pero sí podría hacerte la vida menos infeliz. Las principales preocupaciones de las personas son la ansiedad financiera, los problemas de salud, la inseguridad laboral, y tener que hacer tareas aburridas y agotadoras. Bien invertido, el dinero podría aliviar estas inquietudes.
- ¿Al cumplir mis sueños seré feliz? - Es común pensar que encontrarás la plenitud después de lograr tus planes, pero la felicidad no deberían depender del éxito, sino acompañarte en el camino hacia él. De hecho, si te sientes feliz al crear y perseguir una meta, podrían aumentar tus posibilidades de alcanzarla.
O tal vez sea más sencillo, como afirmaba Albert Schweitzer: “la felicidad no consiste en otra cosa que en tener buena salud y mala memoria”.
Félix Velasco - Blog

sábado, 1 de agosto de 2015

Tontos de verano

Como los tintos de verano, bebida espumosita y valdepeñística con nombre de chirigota gaditana, los tontos de verano. Son legión. Como las citadísimas bicicletas, los tontos son para el verano. Un tonto, en verano, se ve venir desde más larga distancia que en invierno. El tonto de verano salta más a la vista que el tonto de entretiempo. Si para el invierno consagré la clasificación entomológica de Tonto con Balcones a la Calle, el de verano es un tonto con los balcones abiertos, para que le entre el fresquito. Sin agotar la nómina, he aquí una primera aproximación al Catálogo de Tontos de Verano, que prometo ampliar en próximas entregas con la colaboración siempre impagable de mis lectores:
El tonto de la botella.- Suele ir en pantalones cortos y chancletas, pero se le reconoce por la botella de agua mineral que siempre lleva en la mano. El tonto de la botella ha oído en los consejos médicos para el verano que hay que hidratarse y lo sigue al pie de la letra. Porque el tonto de la botella no bebe: se hidrata. Existe una versión femenina del tonto de la botella, resultado de la obligatoria paridad: la tonta del botellín. En vez de la botella en la mano lleva el botellín de agua mineral dentro del bolso.
El tonto del bronceador.- Este se ha aprendido perfectamente lo del melanoma y menudo coñazo te pega con el peligro del melanoma cuando te ve extenderte el bronceador normal y corriente que te has comprado. Para el tonto del bronceador, el bronceador de toda la vida no es bronceador: es el protector solar, ¡toma ya! Y la bronca te la pega como uses un protector normalito, de factor 5 o así. Como no sea de factor 30 o factor 50, prepárate para la monserga del melanoma que te va a colocar el tonto del bronceador. Y por el contrario, haz la prueba: dile que usas un Protector Pantalla Total, que seguro que te da un homenaje y hasta te canta «El Veranito», la canción en plan León y Quiroga con música de Georgie Dann y letra del Cortinglés.
El tonto de la hoja de reclamaciones.- El tonto de la hoja de reclamaciones se lo pasa mucho mejor en verano que en invierno. En invierno protesta menos. Pero en el verano está en todo lo suyo. Te lo encuentras en el chiringuito, en la agencia de viajes, en la recepción del hotel, en la oficina de alquiler de coches, siempre dando por saco, formando cola de los otros clientes que esperan, hasta que el tío sale con cara de satisfacción tras exigir sus derechos en la hoja de reclamaciones que ha presentado, y que suele ser de un papel con el mismo uso que el Renova o el Scott.
El tonto del refrescante.- Es un tonto exclusivo que tienen para el verano las agencias de publicidad. Derrochan tanta imaginación (¡por aquí, mira cómo se me ha quedado el dedo!) que todo te lo venden como refrescante: la película más refrescante, el programa de televisión más refrescante, la bebida más refrescante, el viaje más refrescante... La que tenéis que refrescar es vuestra imaginación, so tontos.
El tonto con niños en Inglaterra.- He comprobado para qué mandan los niños a Inglaterra estos tontos. No para que estudien inglés, sino para que el tonto con niños en Inglaterra pueda presumir diciéndote que los ha mandado. La antitítesis del tonto con niños en Inglaterra era mi recordado amigo Eduardo Osborne, que decía: «No, yo no mando a los niños a Inglaterra para que aprendan inglés; los mando para que por lo menos aprendan a hablar bajito como los ingleses...»
Tontos de verano, tontos con suplemento de vista al mar. Y eso que no he hablado del que ayer tuvo su día de gloria: el tonto forofo de José Tomás, al que los toros le suelen importar un ca...tálogo de tontos de verano.
Antonio Burgos
Félix Velasco - Blog

Errores

Es listo quien comete errores y aprende de ellos. Pero quien aprende de los errores de los demás es inteligente, y tal vez, sabio porque puede aprender mucho, mucho, mucho más.
 La tendencia humana es tratar de ser listo, no sabio. Hay quien, ignorando las lecciones que le brinda su entorno, les gusta afirmar: “Tengo derecho a equivocarme, déjame cometer mis errores, la experiencia propia es mejor que la teoría ajena…” 
Pero por muchos errores que uno cometa, la Humanidad a lo largo de la Historia, ha cometido muchos más, cientos de millones más,... y seguramente, algunos más graves.
 ¡Las oportunidades que se pierden de ser inteligente o sabio, colocándose adelante de la mayoría empeñada en equivocarse y no en aprender!
Félix Velasco - Blog